"La Piedad". Miguel Ángel Buonarotti. Basílica de la Santa Sede
Julia Sáez-Angulo
13/10/26.- Madrid.- Ha sido un test entre periodistas y comunicadores cercanos. ¿Qué obras de arte les han dejado en suspenso por belleza, por su interés, por lo que conllevan…? Estas han sido sus respuestas.
El síndrome de Stendhal (también conocido como síndrome de Florencia) es una reacción psicosomática de carácter transitorio que experimentan algunas personas al verse expuestas a una sobredosis de belleza o a obras de arte de extraordinaria grandiosidad. Debe su nombre al escritor francés del siglo XIX Stendhal (seudónimo de Henri-Marie Beyle), quien describió esta sensación en 1817 tras visitar la basílica de Santa Cruz en Florencia, Italia.
Algunos especialistas lo atribuyen a una combinación de fatiga de viaje, deshidratación, agobio en espacios cerrados y alta carga emocional, aceleración del ritmo cardíaco (taquicardia), palpitaciones, mareos, vértigo, sudoración, visión borrosa, ahogo o sensación de desmayo.
Ocurre con frecuencia en museos y ciudades de gran densidad artística como Florencia (frente a obras de Miguel Ángel o Botticelli), aunque también se ha asociado de manera similar al síndrome de París o el síndrome de Jerusalén.
La pintora y escultora Mercedes Ballesteros lo sufrió al contempla “La Pietá” de Miguel Ángel en el Vaticano. “La estatua estaba abierta y cercana, no como ahora que está muy protegida por un fuerte vidrio. Aunque la conocía por los libros, me impactó de tal manera que me quedé pegada a ella contemplándola, durante más de media hora. Era la perfección absoluta. Mis compañeros de viaje tuvieron que venir a rescatarme, porque yo me había quedado como en éxtasis”.
Algo similar le ocurrió en el Museo del Prado al contemplar el cuadro de Moreno Carbonero “El Príncipe de Viana”, “una pintura que concentra con fuerza la soledad y la locura al mismo tiempo”.
Otra escultora, Patricia Larrea, cita a una pintura “El jardín de las delicias” de El Bosco en el Museo del Prado. “Me pareció una obra maestra de tal magnitud, que creía imposible superarla. Requería mi atención continua para ver y descifrar todo lo que allí se contiene. Y no sólo eso, cada vez que visito el Museo del Prado me atrae como un imán y sigo descubriendo en ella cosas nuevas.
También Lola R. Casanova tuvo su síndrome de Stendhal con “El Jardín de las Delicias” de El Bosco. “Me pareció un tríptico extraordinario que no te deja indiferente al contemplarlo, por lo que representa: el paraíso, el pecado y el infierno. Me fascinó y a la vez me produjo mucha inquietud al contemplarlo”.
Susana Arregui, directora del Secretariado de Apostolado Seglar en Madrid, cuenta que a ella le captó la atención hasta el extremo un pequeño cuadro “Vendedor de aves” de el Pensionante de Saraceni (un artista anónimo cuya identidad real no se conoce, bautizado así por Roberto Longhi en 1943 por la gran influencia de Carlo Saraceni).…. "Me captó la imagen, la atmósfera que respiraba el lugar y los personajes. Nunca entendí por qué me sucedió aquella captación o arrebato estético ante aquella pintura, que no era precisamente sublime".
El fotógrafo Luis Magán cuenta que es el cuadro “Lección de anatomía” de Rembrandt el que le causó un impacto tremendo al contemplarlo, por todo, desde su composición, factura y cromatismo oscuro. “Es una pintura que trasciende el propio tema o argumento, el propio muerto.
Adriana Zapisek, pintora, explica: Cuando esta primavera entré en las salas del Palazzo Reale de Milano, donde se exponían las obras de Anselm Kiefer dedicadas a las alquimistas, me quedé literalmente con la boca abierta. La monumentalidad de aquellas obras me produjo una sensación de majestuosidad difícil de describir. No era solamente una cuestión de tamaño, sino de presencia, de fuerza, de una potencia que parecía desbordar los límites de la propia pintura. Eran mágicas. Pero hubo algo más que me conmovió profundamente: descubrir que, detrás de aquellas obras, estaba la historia de mujeres reales, que habían quedado relegadas, casi invisibles, en el relato de su tiempo.
Salí de aquellas salas con la sensación de haber asistido a algo más que una exposición: a una experiencia en la que la belleza, la historia y la justicia se encontraban presentes. Sentí esa conmoción que a veces provoca el gran arte, esa especie de vértigo que nos deja sin palabras y que nos recuerda que una obra puede transformar nuestra manera de mirar el mundo. El síndrome de Stendhal me acompañaba.
PATINIR, EL PARTENÓN, BERNINI
En mi propio caso fue, siendo adolescente, la contemplación de “El paso de la laguna Estigia” del pintor flamenco Patinir, un cuadro en el que dominan los verdes y narra la escena de Caronte pasando las almas al Hades, donde espera Cancerbero. Nunca vi una escena pictórica que me atrapara tanto por su belleza, por como funde fondo y forma de modo mágico y magistral.
Más adelante, siendo joven, la contemplación del templo el Partenón en la Acrópolis en Atenas. Al haber estudiado griego y mitología clásica, el mundo evocador de aquella arquitectura clásica me dejó sobrecogida -pese a mis temores previos de una decepción. Era de madrugada, no había apenas gente y, sin duda, esto animó a ofrecer un paisaje sin la contaminación de los turistas. Me temblaban los labios y no podía ni quería hablar a mis dos compañeros de viaje..
Más recientemente, fue “El éxtasis de Santa Teresa” de Bernini en la iglesia de N. S de la Victoria en Roma. Un arrebato místico de un rostro, que muestra el alma en otra latitud. Solo Tamara de Lempicka ha podido reproducir con éxito en la pintura, la genialidad del escultor italiano.
Finalmente, Venecia a la llegada del invierno, me parecía irreal, una fantasmagoría imposible de creer, un sueño mítico que se iba a deshacer al cerrar los párpados. Creo que Venecia se presta tanto o más que Florencia al embeleso y arrebato de la pérdida de la consciencia por la belleza del arte.
"Vendedor de aves" de el Pensionante de Saraceni






Me parece un artículo interesantísimo y original. Explicado de forma amena, con cada pintura y motivación de este síndrome de Stendhal. Todos nos hemos maravillado en alguna ocasión al contemplar lo que nos producía la misma sensación de flechazo que a la santa Teresa de Bernini, que nombra la autora. Yo, como a Adriana Zapisek, me embriagué de emoción al visitar Venecia. De hecho, sobre el Rialto lloré al mirarla, me dolía su belleza.
ResponderEliminarEn cuanto a cuadros, de adolescente me sobrecogió el Cristo de Velázquez, su serenidad ante el dolor.
Gracias por tan hermosa lección de arte.
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ResponderEliminarMagnífico artículo que describe lo que sentimos los amantes del arte: lo que somos y solo a través de él podemos expresar
ResponderEliminarUn artículo bellísimo y evocador que me remonta a los diferentes momentos de mi vida en que una obra de arte me dejó muda, sin respiración, absorta. Comenzó siendo muy jovencita y apenas había viajado. El primer éxtasis lo tuve en Santiago de Compostela, en la plaza del Obradoiro. Allí. Contemplando la catedral quedé petrificada, como fundidas con la piedra. Más adelante serían, el Partenón, como no., la entrada al Sic, en la ciudad nabatea de Petra, y serían otros muchos espacios imposible de enumerar. Pero si he de referirme a pintura, El jardín de las delicias de El Bosco me persiguió durante muchos meses sus escenas y todo lo que me hizo reflexionar.. Gracias Julia, por tu hermoso artículo., Concha Pelayo
ResponderEliminarQué hermosa nota, y conocer estas reacciones de queridas y admiradas amigas artistas también y poetas frente al arte me conmueve y transporta a algunas conversaciones y momentos compartidos. Me anima a contar dos ocasiones muy distintas en las que la contemplación de la belleza me dejó inmóvil, con lágrimas corriendo por mis mejillas y sin parpadear para no perder un solo instante: la primera fue cuando entré en la catedral de Toledo por una puerta secundaria y me encontré con la monumentalidad de la arquitectura, profusión de detalles en la ornamentación e imaginar de que quizás ese podría haber sido el punto de encuentro de los "Sabios de Toledo", no la entrada principal.
ResponderEliminarLa otra fue en mi propia ciudad, Buenos Aires, cruzando despreocupadamente los parques que hay entre Av. Figueroa Alcorta u Avenida del Libertador y ver frente a mí dos árboles típicos de esta zona repletos de flores con sus copas unidas: un jacarandá descansando su carga violácea sobre la riqueza amarillo-dorada de una tipa. Herencia del diseño exquisito del paisajista Carlos Thays que diseñó nuestro Jardín Botánico.
Qué hermosa nota, y conocer estas reacciones de queridas y admiradas amigas artistas también y poetas frente al arte me conmueve y transporta a algunas conversaciones y momentos compartidos. Me anima a contar dos ocasiones muy distintas en las que la contemplación de la belleza me dejó inmóvil, con lágrimas corriendo por mis mejillas y sin parpadear para no perder un solo instante: la primera fue cuando entré en la catedral de Toledo por una puerta secundaria y me encontré con la monumentalidad de la arquitectura, profusión de detalles en la ornamentación e imaginar de que quizás ese podría haber sido el punto de encuentro de los "Sabios de Toledo", no la entrada principal.
ResponderEliminarLa otra fue en mi propia ciudad, Buenos Aires, cruzando despreocupadamente los parques que hay entre Av. Figueroa Alcorta u Avenida del Libertador y ver frente a mí dos árboles típicos de esta zona repletos de flores con sus copas unidas: un jacarandá descansando su carga violácea sobre la riqueza amarillo-dorada de una tipa. Herencia del diseño exquisito del paisajista Carlos Thays que diseñó nuestro Jardín Botánico.
Marta de Arepacochaga : Que buenisimo articulo Julia. Me ha requete encantado!!!!
ResponderEliminarMaria Jesus Dominguez: A mí, el síndrome de S. me sobrevino dos veces: muy joven, día luminoso ante las cataratas del Niágara. Y hace poco, en Berlín ante Nefertiti que me miraba con su ojo escrutador como autoridad viva.
ResponderEliminarMe has hecho reflexionar de éxtasis sobre mis momentos de éxtasis ante el arte
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