viernes, 29 de enero de 2010

Juan Manuel de Prada, "Lágrimas en la lluvia", libro sobre Cine y Literatura

Lágrimas en la lluvia. Cine y Literatura
Juan Manuel de Prada
Sial/Trivium. Madrid 2010
J.S.A.
La presentación del libro “Lágrimas en la Lluvia” de Juan Manuel de Prada tuvo lugar, en medio de una gran fiesta, en la madrileña discoteca Kapital, con la intervención de la escritora Ángela Valvey; el director de cine Jaime Rosales y Basilio Rodríguez Cañada, editor y presidente del Pen Club de España, además del autor.

Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) vivió su infancia y adolescencia en Zamora y se licenció en Derecho en Salamanca. Sus dos primeros libros, Coños y El silencio del patinador (1995), obtuvieron el aplauso de la crítica. Tras sorprender con su primera novela, Las máscaras del héroe (1996) -Premio Ojo Crítico de Narrativa de RNE-, un año después obtuvo el Premio Planeta con La tempestad, novela que le procuró una gran proyección internacional llevándolo a ser seleccionado por la revista The New Yorker entre los seis escritores europeos más prometedores del momento.

A las mencionadas obras siguieron Las esquinas del aire (2000) y Desgarrados y excéntricos (2001). Su novela La vida invisible (Premio Primavera de Novela 2003) fue distinguida, un año más tarde, con el Premio Nacional de Narrativa. Con su última novela, El séptimo velo (2007) obtuvo el Premio Biblioteca Breve que concede la editorial Seix Barral.

Colaborador habitual de prensa, su obra periodística ha merecido también algunos de los premios más relevantes, como el César González-Ruano o el Mariano de Cavia.

Sus artículos periodísticos han sido recopilados en obras como Animales de compañía (Sial, 2000) y, más recientemente, en La nueva tiranía (2009).

Juan Manuel de Prada explica sobre “Lágrimas en la lluvia”

“Hace quince años casi que empecé a colaborar en la prensa, los mismos que llevo viviendo de la pluma. Siempre concebí mi vocación literaria como una «pasión de cercanías»; y eso me ha empujado a deshojarme en multitud de artículos que un día se leen y al día siguiente sólo sirven para envolver el pescado. El replicante de Blade Runner decía, en el memorable monólogo final de la película, que los recuerdos son «lágrimas en la lluvia» que se pierden para siempre, cuando se extingue quien les presta sustento con su memoria; y esta condición efímera y quebradiza de los recuerdos puede predicarse, desde luego, de los artículos que entregamos a la prensa, literatura volandera que, apenas entrevista, sucumbe al voraz e igualatorio olvido. Aunque no lo confiesen, a la mayoría de los escritores los guía un anhelo de perduración (no escribiremos inmortalidad, por no ponernos demasiado estupendos); pero cuando escribimos en periódicos ni siquiera nos alienta ese vago e improbable consuelo: sabemos que lo que hoy multiplican las imprentas o distribuyen instantáneamente los canales informáticos acabará, irremisiblemente, amontonado en los pudrideros de la incuria. Así y todo, seguimos deshojándonos en cientos o miles de artículos, como quien se da cabezazos contra un muro que ni siquiera se inmuta; y no lo hacemos tan sólo por ejercitar la muñeca –hay quienes sostienen, con Valle, que la colaboración periodística «avillana al estilo»–, ni siquiera por necesidad alimenticia. ¿Por qué entonces? Pues sospecho que por la misma razón que la mariposa alza el vuelo espléndido de sus alas que mañana mismo se apagarán; por la misma razón que la flor abre a la luz sus pétalos que mañana mismo se marchitarán: porque está en nuestra naturaleza, porque de algún modo misterioso en esos retazos de escritura urgente, tal vez premiosa, tal vez aturullada, está condensado nuestro designio. A Ruano, en cierta ocasión, mientras convalecía de una enfermedad en un hospital, la monja que lo cuidaba le reprochó que pusiera en peligro su recuperación emborronando nerviosamente unas cuartillas que tenía que entregar al periódico; y Ruano se defendió así: «Hermana, ¿es que no se da cuenta? Yo soy escritor, como usted es monja. No lo puedo evitar».

“No lo podemos evitar, es superior a nuestras fuerzas. Escribimos por imperativo biológico; y tal vez, incluso, por encomienda divina. Y resistirnos a hacerlo es propósito estéril, tan estéril como el de Jonás, cuando trataba de escaquearse de aquel mandato de Yavé: «Levántate y ve a Nínive». Este imperativo se hace especialmente aflictivo en el escritor de periódicos, al que le ocurre lo que Julio Camba dejó testimoniado en un memorable artículo: está viajando en tren y desde la ventanilla avista a una vaca pastando en un prado; el viajero normal puede entregarse entonces a ensoñaciones bucólicas, pero el escritor de periódicos inmediatamente empieza a maquinar cómo podría introducir esa vaca pastueña en su próximo artículo. Todo lo que vivimos, todo lo que pensamos, todo lo que discurre ante nuestros sentidos, todo lo que inquiere nuestra inteligencia se convierte ipso facto en materia prima –si se quiere informe, deslavazada, caótica—para el próximo artículo; y cuanto más vivimos, cuanto más pensamos, cuanto más nos inquiere o estimula el incesante mundo, más deseos apremiantes tenemos de volcar nuestras fugitivas impresiones en un artículo. Se trata, simple y llanamente, de una manera de estar y, sobre todo, de ser en el mundo; y contra lo que somos vano empeño es rebelarse.

Yo soy, entre otras cosas (y tal vez más que ninguna otra cosa), un cinéfago insomne y un letraherido impenitente. Borges concebía el paraíso bajo la especie de una biblioteca; y yo me atrevería a añadir que en ese paraíso soñado no debería faltar tampoco una sala oscura donde se proyecten sin descanso películas. Los libros y las películas han amueblado mi vida, haciéndola más habitable; y, desde luego, han sido mi cobijo, cuando el frío invierno, y también el frío infierno, me arañaban con su angustia. No hay desdicha, por inclemente que sea, que no se haga más llevadera si a mano tenemos a estos compañeros del alma; y no hay exultación que no se haga más vívida y perdurable en su compañía. Si por mí fuera, no haría otra cosa que escribir sobre libros y sobre películas, porque en ellos está la cifra del mundo; sospecho, sin embargo, que si cediera a esta tentación mis días como escritor en periódicos estarían contados, porque vivimos en una época entregada al ruido y la furia de las pasiones bárbaras. Pero entre tantas pasiones bárbaras siempre hallamos remansos para escribir sobre lo que nos importa, como en medio de nuestras vidas idiotizadas por la prisa hallamos una tregua para sentarnos a la amena sombra de una encina; y aun ocurre que, después de ese rato pasado a la sombra de una encina, ya no queremos regresar a esa vida idiotizada por la prisa, que de repente se nos antoja vida sucedánea y no verdadera. En estas Lágrimas en la lluvia que tienes entre las manos, curioso lector, se congregan un puñado de testimonios de mi pasión indesmayable por los libros y las películas, que comenzó siendo pasión deslumbrada en la infancia, se hizo pasión devoradora y un poco enfermiza allá en la turbulenta adolescencia y hoy es pasión gustosa y aquietada en las neveras de la madurez”.

“Aparecieron originariamente en las publicaciones más variopintas –algunas ya tristemente fenecidas, como la benemérita revista Nickel Odeon–, pero sobre todo en el diario ABC y en la revista XL Semanal, que han sido los más hospitalarios y consoladores albergues de mis palabras. Ahora, por empeño cordial de Basilio Rodríguez Cañada, estas Lágrimas en la lluvia encuentran otros ojos en los que copiarse: son los tuyos, curioso lector, tan codiciosos de tinta y de celuloide como los míos. Ojalá te sirvan para exorcizar el frío invierno”.


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