domingo, 2 de octubre de 2011

Antonio Garrido , “El lector de cadáveres” y la novela histórica





“El lector de cadáveres”
Antonio Garrido
Editorial Espasa
Madrid, 2011 (539 pags.)






Julia Sáez-Angulo


La novela histórica es un subgénero de la novela, que viene de antiguo. Las novelas bizantinas –verdaderos folletones- son el exponente más genuino de la antigüedad pasando por las de caballería que reprobara don Miguel de Cervantes en su célebre “Don Quijote”. Hoy la novela histórica goza de buen mercado, si bien cabe distinguir las que son disparatadas en su evocación histórica, y las que observan un buen y riguroso marco de la Historia, que pueden ser educativas de esta disciplina. Entre las malas están las de Dam Brown como “El Código da Vinci”, que no da un dato en el clavo sino todo lo contrario y entre las buenas las de Mika Waltari como “Sinuhé el egipcio”, verdadero tratado ameno de egiptología.

Antonio Garrido (Linares, Jaén, 1963), después de su éxito con la primera novela “La escriba”, entra de nuevo en el género de novela histórica con “El lector de cadáveres”, situada en la antigua China, donde una elite de forenses tenía el encargo de no dejar impune crimen alguno, aún a riesgo de su propia vida. Está inspirada en un personaje real según informa la editorial de la novela.

Felizmente el libro de Garrido se aparta de la novela histórica última, infectada de templarios, ocultismo de Vaticano, Marías de Magdala y otras “pachangas metafísicas”, al decir del escritor Juan Manuel de Prada en una reciente conferencia pronunciada en la Asociación Española de Escritores y Artista sobre “La novela histórica”.

En muchos ejemplos de novela hsit´rocia, reinan los feminismo fuera de tiempo y lugar que se venden como ganchos para las lectoras que gustan verse así en tiempos en los que el varón era el rey de la sociedad y las decisiones. Una ucronía en toda regla.

El pasado como excusa

El pasado en una excusa formidable para trasladar un mundo interior y tener mayor margen de libertad creativa. El pasado permite plantear conflictos humanos que en nuestro tiempo sería más duro y desagradable. Dickens y Victor Hugo escribieron buenas novelas históricas, así como Robert Graves, mientras que la bazofia en este campo se extiende como un reguero de inconsistencias ante los lectores que se tragan folletines como los de Ruiz Zafón –nutricio de editoriales- o exoterismos estremecedores que toman a los Apócrifos, entre otros libros, como fuente de su insensatez.

La novela histórica toma al lector como un ignorante o un imbécil al que envuelve con sus invenciones y sofismas, haciendo interpretaciones abracadabrantes de cuadros clásicos o manuscritos carmesíes. Algunas se acogen al “word if” de los ingleses para escribir lo que hubiera pasado si la II guerra mundial o cualquier otra hubieran terminado de otra manera. Un ejercicio calienta cabezas sin más, que tiene el exponente en pensar qué hubiera pasado si la nariz de Cleopatra no hubiera “hechizado” a Cesar y Marco Antonio.

Frente a la buena novela histórica como la de Walter Scott, por ejemplo, se suceden verdaderos ejemplares mostrencos y fantasiosos envueltos en un etéreo halo de elevación espiritual que resulta vomitivo. Son novelas góticas entreveradas de universos histéricos conspiratorios hasta decir basta.

Pidamos al menos el rigor del marco de los datos reales o de la Historia a los que escriben este subgénero pues de lo contrario pereceremos en él, sobre todo si llegan a best-sellers y las editoriales siguen con esa dinámica de poco rigor.


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