jueves, 22 de mayo de 2014

Manuel Ortega y Pérez de Monforte, Recuerdos de Vida y Arte




 L.M.A

Manuel Ortega y Pérez de Monforte (Madrid, 1921-2014) ha fallecido el pasado mes de abril y hemos querido publicar algunos de sus recuerdos y reflexiones sobre la vida y el arte.


1921.- Nací en Madrid. Mi padre, Manuel Luis Ortega Pichardo (Jerez de la Frontera, 1887 – Madrid, 1943) era escritor notable, con 36 libros en su haber y más de quince mil volúmenes en su biblioteca. Entre sus libros más conocidos: “Los hebreos en Marruecos”, que leían todos los diplomáticos destinados al Magreb, y “El Raisuni”, un sublevado contra España. Mi padre había hecho toda la campaña de la guerra de África como corresponsal de prensa y sabía todo de aquella zona. Era un hombre liberal muy inteligente; muchos decían que era un hombre genial, con talento. Dirigió el Diario de Jerez, que todavía existe, cuando sólo tenía 21 años. Como no era mayor de edad en aquel momento, tuvo que andar ocultándolo. El historiador del Periodismo, Pedro Altabella, lo ha contado en su Enciclopedia del Periodismo.

El hecho de ser escritor le llevó a mi padre al mundo de la edición. Fundó la editorial Compañía Iberoamericana de Publicaciones  (CIAP) en Madrid, junto a Ignacio Bauer, un judío de origen sefardí, que era administrador de los Rothchild en Francia. Bouer puso un cheque de quince millones de pesetas de la década de los 20, lo que suponía un capital respetable para la editorial en aquellos tiempos. La empresa tenía más de mil obreros y se podía permitir pagar sueldos por anticipado a los escritores. Julio Camba lo cobraba y se iba a escribir sus libros a la Ría de Arosa. Después, con arreglo a las ventas, se le saldaba al autor. La CIAP estaba situada en la Plaza de Salamanca en el lugar donde más tarde se construiría el edificio del Instituto Nacional de Industria (INI).

Vivíamos en un amplio chalé del Parque Metropolitano, prolongación del Paseo Reina Victoria de Madrid. Mi hermano Tomás y yo gozábamos de unos columpios estupendos colgados de cadenas y de una pista de tenis de tierra. Mi padre daba fiestas en el jardín para más de cien invitados y sobraba tanta comida que, al día siguiente, mi hermano y yo hacíamos otra fiesta e invitábamos a todos nuestros amigos.

Mi madre, Julia Pérez de Monforte, estaba enferma con frecuencia y recluida en un sanatorio. Íbamos a visitarla periódicamente. Era una mujer muy bella, como todas las de la familia Pérez de Monforte. Algunas de mis nietas se parecen a ella. A mi hermano y a mí nos cuidó Lorenza, una mujer jerezana que ya estaba en casa cuando yo nací. Fue en realidad una segunda madre para nosotros. A mí me quería particularmente o me mimaba más. Cuando me casé, Lorenza vino a mi casa y siguió cuidando de mis dos hijos: Manuel Luis y Carlos. Ella se ocupó siempre de la intendencia doméstica y mi mujer, Carmina, pudo dedicarse a su vocación: el diseño de moda.

La CIAP publicó numerosos libros de célebres autores españoles e hispanoamericanos. Muchas de sus publicaciones se exportaron a distintos países del otro lado del Atlántico. En casa se conservaron numerosas cartas de autores como Valle Inclán o Juan Valera, aunque las de este último las hacía un escribiente, ya que Valera se quedó ciego y él se limitaba a firmarlas. Alguna de estas cartas la he regalado a algunos amigos. La de Juan Valera se la regalé al periodista de ABC Antonio María Campoy, buen amigo mío.

La CIAP publicaba también revistas como Cosmópolis o la infantil El Perro, El Ratón y El Gato. La empresa iba de lo más próspero y boyante, pero los negocios de Bauer en Francia quebraron y él reclamó el cheque de los quince millones que había puesto en CIAP. Mi padre no tuvo inconveniente en devolvérselo porque habían entrado accionistas españoles con capital suficiente. Pero el capital español fue muy cobarde, más bien miserable. Cuando los socios supieron que Baver había pedido su dinero, les entró miedo y retiraron también el suyo. Todo se vino abajo como un castillo de naipes.

Recuerdo que, siendo niño, una tarde en que estaba columpiándome en el jardín, vi pasar a unos operarios de mudanzas que sacaban el salón japonés de la casa. “¿Qué sucede?”, pregunté. “Es un embargo”, me explicó Lorenza.

1936-39.- Mi padre, era un hombre liberal muy inteligente. Prefería la monarquía a la república para España porque pensaba que el poder representativo de un hombre en la jefatura del Estado evitaría el desgaste excesivo del guirigay en las luchas políticas para alcanzarlo, tal y como era en aquel momento. En definitiva, creía que la república traía más inestabilidad a la sociedad y más disgustos a la ciudadanía. Su filosofía era la de que el hombre debe ser libre para trabajar, que tenía que tener vergüenza torera para actuar libremente sin leyes excesivamente protectoras por parte del Estado, que le llevaran a la irresponsabilidad o la holganza.
Supo desde el principio que el comunismo era lo contrario de la libertad y el Frente Popular se había apoderado de la II República. Tenía muy claro que aquello no iba a funcionar. Él no tuvo que lamentarse como Ortega diciendo “No es eso. No es eso” porque las vio venir de modo meridiano.
Al estallar la guerra civil sabía que hay que tomar partido porque en esos momentos no existe la tierra de nadie. Él había visto el levantamiento de los mineros en Asturias y la toma de Oviedo; todo eso le dio mucho que pensar. Optó por el bando nacional lo que le llevó a ser detenido e ingresado en la cárcel simplemente por ser un hombre de negocios. Se le dio por oficialmente desaparecido y cuando terminó la guerra, ya era otra persona, avejentada y decepcionada. Con todo, ideó una segunda editorial. Muy cerca de él estuvo Tomás Borrás, un falangista que venía a comer a casa con frecuencia. Su mujer era La Goya, una vedette muy simpática.

Mi madre falleció durante la guerra civil.


Entre los proyectos de mi padre, después de la guerra, estuvo el de publicar una serie con la continuación de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Se los encargó a Francisco Camba, hermano de Julio. Se publicó un título con éxito: Cuando la boda del rey. El objetivo era llegar con estos libros hasta la guerra civil de 1936-39 y explicar las claves del por qué surgió la contienda. Pero al fallecer mi padre en 1943, se truncó el proyecto.

1944-49.- Ingresé en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, en la calle de Alcalá, muy cerca de la Puerta del Sol. Hice Bellas Artes porque desde niño dibujaba mucho y bien. Durante la guerra civil hice varios retratos de mi padre y otros familiares, así como paisajes urbanos que veía desde la terraza. Vivíamos en un ático de la calle Juan Bravo, esquina a Alcántara.

En la Escuela de San Fernando tuve como profesor, entre otros, a don Joaquín Valverde, en la cátedra de Bodegones y Colorido. Era un profesor fantástico que no daba recetas para hacer, sino que nos enseñaba a ver ampliamente el modelo para interpretarlo. Era un pintor fantástico, pero pintó poco porque estaba entregado de lleno a la docencia. También tuve como profesor de dibujo, al escultor Adsuara, que era excelente. Más tarde a don Daniel Vázquez Díaz, que me otorgó el Primer Premio de Pintura Mural. Obtuve dos matrículas de honor en las asignaturas de Colorido y Composición. Como condiscípulos tuve a Revello del Toro, Agustín Úbeda, Nelina Pistolesi y Farreras, buenos amigos y colegas.

En 1949 obtuve el Primer Premio Fin de carrera en la escuela de San Fernando y esto fue un orgullo para mí. Dos años más tarde, en 1951, hice mi primera exposición en el Ateneo de Madrid y me presentó Vázquez Díaz.


1955.- En el Café Gijón del Paseo de Recoletos madrileño nos reuníamos numerosos artistas amigos en tertulia. Fue allí donde formalicé un contrato para trabajar durante cuatro meses en Santo Domingo, la capital de la República Dominicana, para hacer varios murales. Ese año yo había quedado finalista en el concurso del techo del Teatro Real de Madrid. En Santo Domingo me pagaban 300 dólares al mes, una fortuna en la España de aquel momento, si uno la guarda como un emigrante gallego, pero no tanto si se la gastaba al ritmo del propio país. Un ron valía un dólar y como eso, todas las demás cosas. El dólar equivalía a 42 pesetas de entonces.
            No ahorré mucho dinero haciendo los murales y me iba a casar pronto, así que prolongué mi estancia unos meses más e hice dos murales para la Capilla de Aviación, en los que representé escenas de la vida de santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz, ambos levitando. También hice algunos retratos oficiales y particulares, entre ellos a Renfis, el hijo del dictador Trujillo y vendí varios cuadros. Así pude volver con algún dinero en el bolsillo.

1956.- Me casé en Madrid con Carmina Oyonarte Álvarez, una alumna bella y bien dotada para la pintura, que con el tiempo habría de dedicarse al diseño de moda femenina. Era un campo que conocía bien y que disfrutaba tanto en su boutique madrileña Duchenkas como en sus viajes a las ferias textiles de Versalles o desfiles de moda en París para proveerse de nuevos diseños. En su tienda nunca faltaban vestidos con el plisado Fortuny en trajes de fiesta importados de la capital francesa. Era una de sus especialidades. A su vez era una crítica de arte aguda y certera; sabía calificar un cuadro con objetividad y acierto.

1957.- Nace mi hijo mayor, Manuel Luis, que con el tiempo estudiaría Arquitectura y más adelante la compaginaría con la docencia y la pintura bajo la firma de Oyonarte.

1959.- Ganar el premio “Pintores de África” me procuró una beca de cuatro meses para viajar a Guinea. Mi mujer estaba encinta de nuestro segundo hijo, Carlos, que nacería en 1960 en Madrid, al poco de regresar del continente africano. Él estudiaría Historia y también se dedica a la pintura, un gen que invade a los Ortega, porque su hija Irene también tiene talento artístico. Con el tiempo, los cuatro: Oyonarte, Carlos Pérez de Monforte, Irene Ortega y yo expusimos juntos en el Palacio de Saldaña en Madrid.

La experiencia africana fue magnífica para acoger en mi pintura la luz y los temas de aquella geografía sugerente. Traje muchos dibujos de figura humana de aquellas tierras; numerosas mujeres con siluetas muy sugerentes. En Fernando Poo conocimos al funcionario español Iñigo de Aranzadi junto a su esposa Marisa y su numerosa familia, con los que sostuvimos una prolongada amistad.

1960.-La beca que me concedió la Fundación Juan March me permitió viajar a Italia varios meses para perfeccionarme en la pintura al fresco, una técnica muy poco practicada en España y que a mí me ha permitido llevar a cabo numerosos murales en iglesias, seminarios y otros edificios. Mi esposa no pudo viajar conmigo porque acababa de dar a luz a mi segundo hijo, Carlos. Pero años más adelante, los cuatro miembros de la familia hicimos un prolongado viaje a Italia que nos permitió conocer a fondo todo el país y su arte.

1962-82.- Estos veinte años de mi vida me dediqué por entero al arte aplicado a la Arquitectura, lo que me permitió vivir bien, al día, pero dejé de exponer, aunque no de practicar la pintura de caballete en el interior del estudio y en el exterior, a la naturaleza. Veinte años sin exponer en galerías, después de haberlo hecho en el Ateneo, la galería Goya del Círculo de Bellas Artes y la galería Biosca, que entonces eran los espacios con más prestigio, me alejó del circuito artístico en el que seguían estando mis colegas. No me arrepiento porque en esos veinte años no dejé de trabajar en el arte y he dejado una obra junto a la arquitectura que se traduce en más de doscientos murales al fresco, cerámicos, con vidrieras o acrílicos.
            Entre tanto he sido un gran viajero por toda Europa, junto a mi mujer y mis hijos. Hemos visitado decenas de museos y galerías de arte. Italia y Francia eran nuestros países favoritos.

1982.-Aunque dejé de exponer en galerías, nunca dejé de pintar de caballete en mi estudio. He alternado la pintura con el diseño y la creación de vidrieras como lo demuestran en el 2000 los trabajos de las vidrieras para la catedral de la Almudena y el Palacio de Neptuno (Madrid), entre otros monumentos. La galería Macarrón acogió en los 80 mi pintura y allí expuse en varias ocasiones.

1994 .- Hice mi primera exposición retrospectiva en el Centro Cultural Galileo de Madrid, lo que me permitió mostrar mis distintas facetas series en el arte: óleos, dibujos, bocetos, fotografías sobre los murales, serigrafías, etc. Fue una larga mirada al trabajo realizado.

1998.- Vidrieras de la Almudena. Gané el primer Premio y Adjudicación de Obra del Concurso de Vidrieras en la Catedral de la Almudena (Madrid). Esto fue para mí un gozo primero y un sufrimiento más tarde. Era un gran logro en mi carrera artística llevar a cabo un trabajo que habría de  permanecer para siempre en la catedral madrileña. Me entregué por entero a dibujar los bocetos del ábside, el crucero y las naves, pero al poco tiempo el deán me dijo que algunas vidrieras del crucero las iban a hacer una señoras de no sé donde. Protesté. No procedía. Yo era el ganador del concurso y de pronto llegaba una extraña ingerencia que iba a perturbar la armonía del conjunto catedralicio de vidrieras. No hubo nada qué hacer. ¡Con la Iglesia hemos tomado, amigo Sancho! Luchar contra el clero es hacerlo contra un muro de sillería. Tuve que pasar por la invasión de unas vidrieras con extrañas figuras rojizas y acarameladas de aire decimonónico, que ocuparan los vanos del crucero y contrastaban con las mías diseñadas con un concepto moderno, a base de composición geométrica que distribuye y unifica las figuras siguiendo el ritmo de la proporción áurea. 
            Pero mi cruz iba a ser todavía más dolorosa, cuando de pronto irrumpe en escena Kiko Argüello, un pintor con obra de aire pseudobizantino fuera de tiempo y lugar, al que el obispado le da carta blanca para que levante mis vidrieras del ábside y coloque sus nada originales pinturas junto a unas vidrieras también diseñadas por él a tono con su pintura. Aquello fue intolerable. La mayor falta de consideración y respeto que yo he recibido a lo largo de mi vida profesional. Soy persona creyente en Dios y en la Santa Madre Iglesia Romana, Católica y Apostólica. Ninguna actuación de un clérigo o un obispo va a remover mi fe porque está acendrada, pero sé distinguir muy bien lo que es una actuación pastoral de una actuación mitral abusiva.
            Yo gané el concurso de vidrieras de la catedral de la Almudena. Ir contra mis derechos es injusto. Conozco mi trabajo y sé que tiene altura y dignidad, por eso, echarlo abajo es un atropello. He apelado a los tribunales y la causa está en proceso. La justicia tiene la última palabra.
Mis vidrieras están a lo largo de las naves de la Almudena, pero las que diseñé para el crucero o las que hice para el ábside, se han levantado, descabalando un magnífico de conjunto, original y no copia, como la obra de Argüello. Mis bocetos son de actualidad, entroncan con las vanguardias artísticas y no apelan a movimiento neobizantino alguno.
Lo que más me entristece de todo este asunto, es el disgusto que tuvo mi esposa Carmina cuando tuvo noticia del atropello. Estuvo toda una semana sufriendo, muy preocupada, sin atreverse a decirme que iban a remover algunas de mis vidrieras para poner otras de menor valor artístico.

2003.- Fallece mi esposa Carmina, que había sido una buena compañera en mi vida y una amiga inteligente desde que la conocí. Tenía, además de elegancia y paciencia, un gran sentido crítico para mirar la pintura. Su opinión fue siempre importante para mí.

2004.- Llevé a cabo las vidrieras para la bóveda de el Palacio de Neptuno, un palacio del XIX al lado del Museo del Prado. Sus medidas: 14 metros por 9 m.). Representé cuatro escenas de la mitología greco-romana alusivas al dios del mar y su familia olímpica. La geometría me permitió una vez más ordenar y componer las figuras del conjunto.

2000-06.- Doris Dart, la directora alemana de la Galería Can Daifa en Santa Gertrudis (Ibiza), se ha revelado como mi gran marchante. Ha vendido muchos de mis cuadros a importantes coleccionistas alemanes que residen o visitan la isla balear en vacaciones. Son coleccionistas que se muestran entusiastas con mi obra y esto me satisface. La prensa local se hizo eco del entusiasmo de los coleccionistas alemanes por mi obra.

200 Murales.- Tengo la satisfacción de haber trabajado junto a los arquitectos y de haber hecho más de 200 murales para edificios públicos, iglesias, seminarios, hoteles, mansiones  o portales de grandes casas de vecinos. El fresco es una técnica que aprendí en San Fernando, que perfeccione en Italia y que me precio de dominar. He impartido cursos de pintura al fresco en el estudio de Betsy Westerdorp en Mahadahonda. Hay poco conocimiento del fresco en España y esto hizo que yo tuviera mucha demanda de trabajo para hacerlo. Lo malo es que me alejó de exponer en las galerías y museos durante veinte años: Me alejé de ese circuito artístico en el que mis colegas seguían trabajando. Volver a retomar el ritmo en las galerías, durante los 80, fue laborioso. Yo nunca había dejado de pintar cuadros de caballete, tanto en el estudio como al aire libre. Felizmente el galerista Rafael Macarrón creyó con fuerza en mi obra y me expuso periódicamente.
            Mis murales son al fresco, con vidriera o pintados sobre grandes soportes en el muro.
            La cadena Fiesta del Hotel Colón me ha dado la oportunidad de intervenir en la ornamentación de todo el edificio con murales de todo tipo: cerámicos, frescos y de vidriera. El tema del deporte ha sido uno de los preferidos en vestíbulos y corredores. También el de la selva africana en el gran comedor.



Amigos.- Mis mejores amigos en la vida han sido Benigno Enríquez, Jaime Fernández Lequerica y el diseñador Luis Vigil, este último desde el tercer curso del Bachillerato.
La amistad es un gozo real en la vida y lo he tenido con colegas de la Escuela de Bellas Artes como Revello del Toro, Agustín Úbeda, Redondela, Farreras, Nelina Pistolessi y Paco Abuja; Pinto... También con Enrique Barandiarán, mi mejor amigo entre los pintores; un tipo muy original en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Nos apreciábamos y nos respetábamos en nuestro trabajo. Las pintoras Luz Alvear y Maruja Moutas nos han honrado con su amistad a mi mujer, Carmina, y a mí. Actualmente mantengo una buena amistad con Juan Alcalde y Hanoos. A veces hemos expuesto juntos en colectivas.

También he sostenido amistad con críticos de arte como Antonio Manuel Campoy de ABC; Faraldo, del Ya; León Tello de la revista Goya; Venancio Sánchez Marín; Tristán Yuste; Francisco Prados de la Plaza; Juan Manuel Bonet o Julia Sáez-Angulo o Sánchez Marín trabajaba en la Casa de la Moneda, cerca de mi estudio en el barrio de La Estrella, y quedábamos con frecuencia a desayunar juntos en un café. Mi sordera y la suya, nuestra pasión común al hablar de arte, nos llevaba a levantar la voz y organizar verdaderos debates en el local.

Los diseñadores Gene y Luis Vigil son otros buenos amigos, con los que me reúno periódicamente para comer juntos. El escritor y colaborador de ABC, Juan Luis Calleja, está también  en el grupo y nos ameniza con su talento y erudición.

Geometría espacial.- Creo haber aportado la idea de la geometría espacial como una nueva regla áurea que renueva o se contrapone a la del Renacimiento. Otorga mayor velocidad o ritmo a la composición pictórica. Le insufla aire. A la hora de componer facilitar más que la perspectiva para situar y mover las figuras en el espacio del cuadro. Comencé a utilizarla cuando diseñé el boceto para el techo del Teatro Real de Madrid. La geometría espacial ofrece unas posibilidades muy valiosas para trabajar la pintura. La composición a base de la geometría espacial me la encontré un día y la fui desarrollando. Se puede apreciar en obras tempranas como en el boceto que hice para el santuario de Aranzazu o en el retablo del Cristo de las Victorias en Madrid en 1962.

300 Retratos.- El retrato ha sido para mí capítulo importante porque el rostro humano me interesa. Está lleno de sugerencias. Siempre lo he trabajado del natural, construyendo por colores. Un retrato copiado de una fotografía suele resultar plano y relamido.
            El retrato forma parte de la naturaleza. Es la piedra de toque de la pintura, por eso hay tan pocos buenos retratistas. Entre los más grandes están Velázquez, Durero, Rembrand, Leonardo, Goya, Van Ghog y Picasso. La pintura española, el Museo del Prado no se entiende sin el retrato.
Al hacer un retrato uno se encuentra con la vida misma, con el carácter de un personaje que sólo se percibe por sensibilidad, intuición y maestría ante el modelo vivo que está delante.
Ante el encargo de un retrato (o de cualquier otro tema) el artista se llena de inquietud, tiene que dar su máxima posibilidad más allá de cualquier tema libre que esté en el interior y desee interpretar. Son los sentidos los que despiertan la posibilidad de manifestar el mundo interior. En el fondo de cada hombre está Dios. La vida y el arte son un regalo en los que nada tiene que ver la simple inteligencia.
El retrato condiciona mucho porque exige al artista dar más de sí que ante un tema libre.
            El retrato ha sido fuente de preocupaciones y satisfacciones. Las primeras por el reto de cómo representar e interpretar al modelo y, las segundas, por los buenos momentos y las amistades que me han proporcionado. He retratado a numerosos hombres de ciencia, sobre todo médicos, como Severo Ochoa, el profesor Fernández Cruz, el doctor Usón... Estoy muy satisfecho, entre otros, de retratos como el del poeta Adriano del Valle o el de Severo Ochoa. También retraté en los años 60 a Camilo José Cela, Fue un retrato a dibujo que se publicó en un libro.
            Un día en que mi mujer y yo fuimos a comer a Casa Lucio con Marino Gómez Sántos, nos tocó en la mesa que solía utilizar el premio Nobel, Severo Ochoa. Al lado estaba comiendo Camilo José Cela, otro premio Nobel, al que hacía tiempo que yo no había visto, pero él me saludó muy atento. Me pareció una curiosa coincidencia y cercanía de premios Nobel en aquel restaurante.
            Cuando uno se pone a pintar un retrato no busca que la pintura se parezca al modelo sino que comunique algo más. El pintor de oficio siempre acierta porque aplica fórmulas y repite las pinceladas. Pero el artista lo ve todo de nuevas, como si lo mirase por primera vez; sabe que no puede repetirse. La inquietud del artista es que no debe detenerse en lo que sabe sino enfrentarse a nuevos retos ante el modelo. Se juega lo que sabe por lo que puede encontrar. Se arriesga para no repetirse.
            No he llevado la cuenta de los retratos que he hecho a lo largo de mi dilatada carrera artística, pero puedo calcular con facilidad unos 300 al óleo, que aumentarían si cuento los que he hecho a lápiz o carboncillo.



El Arte.- El arte es para mí un misterio, pese a llevar sesenta años practicándolo. La pintura es una indagación, un problema que hay que resolver ante el cuadro y en las que unas veces se acierta y otras no. Cuando se acierta, el primer sorprendido es el artista, como si sólo hubiera sido un médium para hacer aquello que tiene vida. No se trata tanto de la perfección por la perfección sino de algo mucho más sutil. Lo perfecto puede ser tan solo artesanía. El profesional del arte ha de tener oficio y maestría, pero para ser artista hay que ser mucho más, tener un plus de sensibilidad y talento para poder plasmar la perfección y la belleza en una obra de arte viva.. La obra de arte en pintura, además de forma y color, ha de tener calor y vida. Pintores hay muchos; artistas muchos menos. Ahí radica la clave de la obra maestra.
            En el arte es importante acercarse periódicamente a la Naturaleza, para evitar que uno se amanere en el estudio. La naturaleza es siempre fuente renovada de sugerencias y enriquece a todo artista que se acerca a ella. Yo visito de vez en cuando la vega del Tajuña, cerca de Madrid, para reencontrarme con el paisaje al aire libre. La frecuente salida a la naturaleza debieran practicarla todos los pintores para pintar mejor y no caer en el amaneramiento, la cárcel del estilo.
            Ante la Naturaleza el buen pintor va abstrayendo las formas sin proponérselo, despertando los sentidos. Se establece una comunión entre el artista y el modelo que la naturaleza le ofrece. A partir de ahí va construyendo por colores.
           


Trascripción y Redacción: Julia Sáez-Angulo





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