miércoles, 16 de marzo de 2016

Arte necesario e innecesario



Obra de Anish Kapoor


Antonio Domínguez Rey 
Catedrático. De la Asociación Española de Críticos de Arte. AECA/Spain

El arte no es una necesidad, ni siquiera secundaria. Puede resultar urgencia para el artista, bien por razones económicas bien existenciales, éstas entonces primarias. El primor de encontrar sentido a la vida con el pincel, la pluma o una uñeta en la mano, o los dedos al piano. Nadie muere, sin embargo, por necesidad artística innata, aunque de ello pueda derivarse una desgracia. Para la exégesis materialista, el arte es una superestructura.

Con todo, existe un arte innecesario. Aquél que, existiendo, nada perderíamos si no se hubiera realizado. En raíz, tampoco ninguna obra suprema sustituiría al hombre. Nos movemos entre dos franjas de un límite. Y si a la línea remitimos, o al contorno, o a la extensión química del color; al esbozo, la figura delineada, la superficie sugerida; a la representación, o a su ausencia, o al horizonte de la visión más allá, pero desde el acá del punto de mira, de la curva o giro para que el perfil adquiera rostro, por ejemplo, o se desfigure, en reverberación múltiple de la materia inicial, primaria… Al fijar un punto, un ápice del proceso artístico, comienza un mundo evocado, un aura de sentido antes inexistente. La única dimensión que justifica ese momento es la del arte en sus varios atributos y títulos.

Si hay revelación de sentido, la forma, ésta o aquélla, incluida aquí la que se desforma o solo insinúa, sin enunciado, hasta sin sentido —deshumanización—, su fragmento, nos adentramos en el dominio del arte. Su origen es gratuito, azaroso. Llega, acontece. Y trae consigo un halo de germen, un haz o brizna de ritmo. Ya ha formado un pliegue o distendido un gesto que, moviéndose, ensarta el espacio, el tiempo, el modo ahí naciente, la respiración modulada, el cuerpo. Si se mueven entonces pies, manos, torso, esa moción es danza; si la línea sobre el papel, dibujo; si el sonido, música; si el tono y la voz, o letra en silencio, poema; si el color, pintura; si el martillo y el cincel, escultura…

El hombre sí necesita sentido revelado en la vivencia del ritmo que es su vida. Le abre un horizonte, una dimensión de existencia con relieve.

Todo arte remite, de una u otra manera, a este origen o célula vibrátil de un tejido que plasma, como obra, su destino. Y aquí alcanzamos el sentido que abre horizonte, funda historia, requiere crítica o juicio del hacerse, realizarse la obra, venir a presencia del hombre como instauración de mundo. Tal es la revelación de la creación humana.

Podríamos decir, pues, y radicalmenteradix, raíz— que la forma u obra carente de esta vibración originaria resulta innecesaria.

Esta reflexión acudía a mi mente paseando con cierta morosidad y pausa, en momentos, por los pasillos de la última feria de arte titulada ARCO, celebrada en el mes de febrero. Hacía años que no visitaba esta manifestación imponente del reflejo artístico contemporáneo. Dejé de asistir después de la cuarta exposición, creo que en 1985, al cuarto año de inaugurarse. Me cansó su colorido comercial y, sobre todo, la pleitesía del diseño y plasticidad del “marketing” consumista. La decoración llegó incluso a sugestionar el reclamo estético de la percepción manipulada por el complejo de la imagen mercantil. Si no había ventas suficientes, la feria fracasaba. En realidad, ARCO se monta para eso, como toda feria de arte. Vender obra es el objetivo de las galerías. Muestran excepciones notables de auténtico valor artístico, el acicate de compra, pero en general predomina la razón de mercado. Y aquí entran los agentes mobiliarios de las finanzas intermedias: asesores, marchantes, críticos, inversores, mecenas, medios, ojeadores de banca, instituciones, coleccionistas… De este mundillo se desprende un halo estratégico que condiciona hasta la tendencia del estilo en venta. Y surge un olor cromático de plasticidad imperante en las páginas subvencionadas por los medios comprometidos con el resultado de las inversiones. Va en ello mucho compromiso de subsistencia y rendimiento económico.

Obra de Baselitz

Este resplandor condicionado del valor artístico es precisamente lo innecesario del arte convertido en reflejo financiero. Y la mayor parte de las ventas responde a esta presión sabiamente urdida. El recinto de la feria funciona entonces como un gran marco o cubo dividido en compartimentos. Cada uno con su reclamo, llámese éste Georg Baselitz, Antonio López, Anish Kapoor, Juan Muñoz, un guiño de Miró, Picasso, una cabeza reducida de Gargallo, o simplemente un Velázquez salpicado con pasta blanca, entre dentífrica o pictórico-tubular. En un recodo, no lejos de Baselitz, y en formato grande, esquinado respecto de otro similar en tamaño de Barceló, el reclinatorio (“Prie-Dieu”) de Yan Pei-Ming (la nota teológica de ARCO-2016, sin contar alusiones un tanto ingenuas de otros artistas al símbolo de la Cruz). Un reclinatorio con trazos de color púrpura carmesí enfatizado en el almohadillado, cruz sombría en el centro de la apoyatura, y frente metido en un lienzo mudo y denso de pasta cenicienta, mar ciego de pintura e interrogante opaco ante la oración evocada, vacía. ¿Deus absconditus? Probablemente la respuesta al silencio imposible del ruido latente de la feria y mundo en que vivimos. Algo francamente innecesario para el sistema financiero.

Los extremos de la línea o espacio sutil del movimiento originario y del contexto expositivo tal vez lo fijaron John Baldessari y Tino Sehgal. El primero con una declaración reveladora de la actualidad artística: “No haré nunca más arte aburrido”. Y el segundo, con una muestra de situacionismo constructivista ("constructed situations”) a modo de representación (“performance”) animada de “El beso” en la historia del arte. Una reproducción viva del beso escultórico (Rodin, Brancusi), pictórico (Kandinski, Klimt), kitsch (Jeff Koons), escenificado por una pareja desnuda. Una reposición (“revival”, diríamos) de la intersubjetividad ensimismada. Con una intención peculiar de fondo. Acompasar el espacio real del contexto con la vivencia del instante y la obra animada. Visión conjunta de objeto y sujeto vidente (“voyeur”).

Tino Sehgal denuncia de este modo la proliferación de objetos innecesarios en el arte. Revive el consejo piadoso de Ortega y Gasset a los escritores de libros innecesarios en la primera mitad del siglo XX. Piedad del lector, suplicaba. Tino Sehgal renuncia a crear nuevas obras por existir ya sobresaturación de objetos, necesarios e innecesarios. Prefiere que el espectador se integre en el espacio y lo convierta en obra. Así procedía el teatro de vanguardia a principios del siglo XX. Vivimos en una dimensión permanente de actuación representativa (“performance”). Las nuevas tecnologías incrementan esta actualidad dramática. Hay artistas dotados por la naturaleza que no saben qué hacer con sus cualidades. Les falta imaginación, sentido poético.

El límite se sitúa realmente en la línea fronteriza del reclinatorio vacío de Yan Pei-Ming ante la inmensidad de la pasta procelosa sin respuesta de sentido, el gesto reactivo de John Baldessari, la reanimación de Tino Sehgal, o la simple proyección con dos focos de color azul y naranja en la pared, de Ann Veronica Janssens. Dos senos lumínicos, uno con difracción rosa y verduzca de cometa en alborada marina (“Orange blue sea”). El reduccionismo del color, de la línea, volumen, trazo, papel, contrasta con el espectáculo, el parque infantil y la escenificación del desnudo simple, como el del artista mejicano Emilio Rojas circuido en una pila de palés de fábrica tocados de rojo indio, mango o esmeralda. ¿Arte necesario para exponer la evidencia del abuso laboral y del mercado artístico? Difícil creerlo. Agotado el intersticio de la imaginación, el roce alzado del pincel siguiendo la línea, contorno y decurso del tacto, el tempo del pulso vibrante en el punto continuo y modulado de la superficie, el arte fenece. Y por falta de talento compresivo, de síntesis creadora. Comparando el taller del pensamiento con la obra del tejedor en la lanzadera, dice Mefistófeles en el Fausto de Goethe: “Que un solo golpe anude mil hilos”. Y Ortega convierte la frase en norma del escritor: “cada palabra valga por otras ciento”. El impulso intuitivo de la trama vital, cuyos ingredientes son, según Dilthey —Ortega siempre atento—, “azar, destino y carácter”. Vértices de la intuición creadora.

Ignoro si Antonio López piensa en este toque vibrante y mínimo de la realidad y sus elementos cuando la pinta sin reproducirla. De su “Mujer en la bañera” puede decirse lo mismo que decía Magritte de su cuadro “Esto no es una pipa”. La realidad aquí pintada no es real, sino “fingida”, el fictus que la imaginación trascendente aporta al conocimiento con el mínimo de suspensión analógica o marco de equivalencias. La evocación también merma, pero el arte sigue vivo. La transparencia de colores suavemente fundidos en los interplanos de bañera, línea del agua, azulejos, sobre la carne del cuerpo apoyándose sutil (mano izquierda sobre el borde del mármol) en el fondo y respaldo; el gesto más bien comedido de la mujer; el ocre azulado y mohoso en torno al pubis; la sombra disuelta a los pies y el reflejo de las piernas sobre el amarillo ferruginoso de la bañera; las arrugas del estómago; el contraste con el saliente fálico del caño o asidero, etcétera, nos inmergen en una secuencia simbólica que trasciende la realidad aparente. La pátina del contexto. La conciencia del volumen tenue del agua también afecta al tiempo vivido. Cada instante suyo vibra, sustancia.


Fijar el punto emotivo de la realidad siempre inaprehensible. El nervio del arte.

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