domingo, 4 de septiembre de 2016

TURQUÍA: COMPLICACIONES DE SU PROYECCIÓN EXTERIOR EN TIEMPOS DE CAMBIO




Víctor Morales Lezcano
         Hay seísmos políticos que alcanzan a puntos muy periféricos. Las repercusiones del golpe fallido que se produjo en Turquía entre el 15 y 16 de julio pasado han sido, y continúan siendo, notorias a mes y medio de su registro. ¿Serán por algún tiempo de duración previsible? El futuro a medio plazo confirmará, o invalidará, el cuestionamiento formulado. No cabe, empero, dejar de cavilar sobre la marcha de los acontecimientos que ha generado el golpe de marras, tanto en Ankara como en Estambul.
         Si se recorren ahora mismo algunos titulares de prensa provenientes de El País, Le Monde, The New York Times y Der Spiegel, que encabezaron sus páginas sobre Turquía, hace aproximadamente mes y medio, salta a la vista la tónica general del mensaje occidental remitido a las autoridades de la república turca. Condenamos el intento de golpe habido, esperando, sin embargo, que las represalias del Gobierno no se ensañen con los responsables del atentado.
         Es evidente, y así lo han hecho saber el presidente Erdogan y más de un par de sus voceros gubernamentales, que, desde la óptica de Ankara, hubo en los medios y redes anglosajones y germanos una palpable consigna, discretamente subrepticia, aunque no por ello ininteligible al lector. Se trató de un mensaje que pretendía calmar los arrestos de R.T. Erdogan, a la hora de sancionar a los golpistas y sus instigadores. El tenor de los titulares y contenidos de la prensa euro-americana disgustó a R.T. Erdogan desde un principio, como ha venido efectivamente sucediendo desde el 17 de julio, cuando, desde Ankara, se  cursó, a la presidencia de Estados Unidos, la petición de extradición del  islamólogo Fethullah Gülen, residente en América desde 2009 y presunto “cerebro conspirador” del fallido golpe militar de julio pasado (Gobierno turco dixit). Erdogan, primero, reclamó al Departamento de Justicia de Estados Unidos  la extradición de F. Gülen, para arremeter después contra el Gobierno de Alemania y su canciller, Angela Merkel. En Alemania, la respuesta turca a la lenidad germana hacia los golpistas consistió en organizar una concurrida concentración de varios miles de ciudadanos, adeptos al Islam, en la ciudad de Colonia el 31 de julio pasado en apoyo de Erdogan y contra los insurrectos de Turquía. La consigna de la entidad organizadora (Unión de Demócratas Turco-Europeos) rezaba así: Sí a la democratización, no al golpe de Estado. La obstrucción del evento por parte de las autoridades germanas ha acrecentado el enfriamiento de relaciones entre Berlín y Ankara desde entonces hasta la fecha. Luego, y por tanto, R.T. Erdogan ha impreso un viraje a la proyección exterior de la República. Un viraje repleto de advertencias, hijo del despecho que le ha generado la templanza de las cancillerías occidentales al abordar el golpe fallido contra el Gobierno de Turquía.

         En efecto, el presidente turco, sin encomendarse a Dios ni al  diablo, ha respondido a sus aliados de Occidente con un doblete estratégico. Primero con una visita relámpago a Moscú para mostrar a la galería internacional la reanudación de una relaciones bilaterales con Rusia, lesionadas de resultas del reciente “percance” aéreo entre los dos Gobiernos. Putin, durante la visita de Erdogan, actuó con su contenida corrección, contribuyendo así a la desazón de las potencias occidentales. Por si no bastara con este viaje a Moscú, en busca de respaldo, R.T. Erdogan volvió seguidamente a hacer gala de su arrojo (calculado), invitando al ministro iraní de Asuntos Exteriores (Mohammad Yavad Zarif) a realizar una visita de cortesía y de claro apoyo diplomático al presidente de la República de Turquía. Con esta estrategia parece que Erdogan ha querido lanzar a los cuatro vientos que no está tan solo ni tan desasistido en la enrevesada segunda cuestión de Oriente, frente a lo que se pueda pensar en Occidente. La semántica de los gestos vuelve a repercutir una vez más en el statu quo político reinante entre naciones que se encuentran envueltas en la guerra civil de Siria, en calidad de agentes intermediarios que apuestan por unos u otros de los contendientes locales enfrentados desde 2013 en aquel sufrido país árabe.

         Obviamente, R.T. Erdogan es consciente de que hay que destruir a ISIS o Daesh (según terminología), en cuanto factor de perturbación general del ya precario statu quo de Oriente Medio, evitando -eso sí- que las tropas de milicias kurdas -pertrechadas con armamento americano- amenacen las fronteras de Turquía al este del río Éufrates. Como se sabe, el problema kurdo continúa siendo la “pesadilla” histórica de la Turquía contemporánea.

         El vicepresidente Biden, por su parte, ha realizado una visita de apaciguamiento para desagraviar a Erdogan, asegurándole que su inflexible petición concerniente al erudito F. Gülen será considerada judicialmente en América, mientras que Angela Merkel busca la forma de no enajenarse el entendimiento con Turquía, siempre con las miras puestas en las oleadas de refugiados que vienen desestabilizando no solo las fronteras de la Unión Europea, sino también el futuro político de  la canciller  alemana. Es decir, Turquía aspira a hacerse imprescindible en la encrucijada que atraviesa actualmente Oriente Medio, aunque a nadie se le escapa que aquel país tiene lazos de dependencia energética, comercial y militar con Rusia, Alemania, Estados Unidos y la OTAN, de la que pasó a formar parte integral en 1952.

El estado de la situación aquí descrita se corresponde con la clásica locución del quid pro quo. No aplicarla, lo agravaría quizá en demasía.

                      Víctor Morales Lezcano

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