jueves, 19 de octubre de 2017

La casa verde, de Mario Vargas Llosa, 50 años después

El lunes 6 de noviembre a las 19:30 h. en Casa de América

Casa de América acogerá el próximo 6 de noviembre una mesa redonda sobre la novela que contará con la presencia del autor entre el público.  


L.M.A.
18 de octubre de 2017 .- En 1967, Mario Vargas Llosa obtuvo el prestigioso Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos por La casa verde. Medio siglo después, la Cátedra Vargas Llosa y Casa de América acogerán en Madrid, el próximo 6 de noviembre (19:30h), una mesa redonda para celebrar este aniversario.  

El acto contará con la participación de Jorge Edwards (Premio Cervantes 1999), Carmen Ruiz Barrionuevo (catedrática de Literatura hispanoamericana de la Universidad de Salamanca) y Eduardo Becerra Grande (profesor titular de la Universidad Autónoma de Madrid), moderados por J.J. Armas Marcelo (director de la Cátedra Vargas Llosa). Asistirá el Premio Nobel de Literatura 2010 Mario Vargas Llosa.   

Una choza prostibularia, pintada de verde Según confesó Vargas Llosa, escribió La casa verde en París, entre 1962 y 1965, “sufriendo y gozando como un lunático”. El libro, que vio la luz en 1965 y que consiguió también el Premio de la Crítica, surgió de los recuerdos que guardaba el autor “de una choza prostibularia, pintada de verde, que coloreaba el arenal de Piura el año 1946, y la deslumbrante Amazonía de aventureros, soldados, aguarunas, huambisas y shapras, misioneros y traficantes de caucho y pieles que conocí en 1958, en un viaje de unas semanas por el Alto Marañón”.   

El Premio Rómulo Gallegos fue creado por el Gobierno de Venezuela en 1964, en honor de la gran figura literaria que le daba nombre, político y novelista, autor de uno de los grandes títulos de la literatura iberoamericana, Doña Bárbara. Su primera convocatoria se realizó en 1967, y La casa verde, la segunda novela del escritor peruano, tras La ciudad y los perros, se alzó con el galardón por encima de otras 16 obras. Vargas Llosa no dudó en admitir su deuda con el estadounidense William Faulkner, “en cuyos libros descubrí las hechicerías de la forma en la ficción, la sinfonía de puntos de vista, ambigüedades, matices, tonalidades y perspectivas de que una astuta construcción y un estilo cuidado podían dotar a una historia”. 


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