miércoles, 15 de julio de 2020

Juan Alcalde (Autobiografía III) LA AMISTAD CON MARCEL MARCEAU

Marcel Marceau (1923-2007)


Juan Alcalde, primer plano


por Julia Sáez-Angulo

16.0.2020.- Mafrid

Un día en Paris, vino a verme el compositor español Carlos Palacio, celebre por haber compuesto el Himno de las Brigadas Internacionales, con letra del poeta alemán Erich Weinert, y que antes se titulaba Himno a Luís Carlos Prestes. Palacio era un tipo simpático, nacido en Alcoy en 1911, que había compuesto buena parte de himnos para los combatientes republicados durante la Guerra Civil, a petición del Gobierno de la II República. Había estado en Moscú, pero como muchos otros, no gustaron de lo que vieron y prefirieron otro ambiente más abierto y libre. Se instaló en París hasta su muerte en 1997.
Yo tuve con Palacio una cierta amistad y, gracias a él, conocí a Marcel Marceau, el gran actor del mimo francés, con el que llegué a entablar una hermosa amistad de admiración mutua y de comprensión como artistas. Él había coqueteado con los comunistas en su juventud, llevado por un idealismo igualitario, pero más adelante dejó de participar en aquella utopía, que intuyó no llegaba a nada bueno. No quería recordar ese pasado suyo de simpatía comunista, porque viajaba con periodicidad a los Estados Unidos de América, donde era reconocido y muy aplaudido. Sus veleidades comunistas de juventud no le hubieran favorecido en absoluto entre el público americano, celoso de su libertad. Como buen judío Marceau quería el bien de la humanidad, sin perder de vista el beneficio propio. Marcel Marceau era un tipo muy inteligente. Su padre fue deportado y asesinado en Auschwitz en 1944. Para sobrevivir en plena guerra mundial, Marcel y sus hermanos se cambiaron el apellido judío Mangel, por el de Marceau.
Conectar o no con una persona sabia es un don de la vida. Marcel Marceau y yo conectamos muy bien desde el lado humano y como artistas en diversos campos. Nos visitábamos en nuestros respectivos estudios o paseábamos. Los primeros dibujos que le hice fueron después de que nos presentara Carlos Palacio y yo pidiera permiso al actor para hacerlo. Me coloqué de manera discreta entre bambalinas, junto al bombero de seguridad y, mientras actuaba, le hice numerosos apuntes rápidos de sus graciosas y dramáticas muecas o poses. ¡Qué artista! ¡Qué actor! ¡Qué clown!

pintura por Juan Alcalde

Hemos paseado juntos por las calles de París conversando sin parar; le gustaba sentarse en el bordillo de la acera, desde donde se ponía a mirar a la gente, al género humano, decía él. Le gustaba observar la vida de los hombres y, sobre todo, al ser humano en la vida cotidiana. En sus espectáculos mostraba los laberintos del hombre sobre la tierra. Se reía con su gran boca roja perfilada de negro, donde parecía encajar la dentadura en medio de su cara blanca, blanqueada. Reía con la boca y lloraba con la espalda al representar a un pobre tipo, un pobre hombre perdido en la vida. Su personaje, casi un alter ego, era Bip, con su peculiar chistera y la flor que nacía de ella.
            -Has estado muy bien Marcel- le dije yo tras una función, como lo hacía en muchas otras. La gente te ha aplaudido a rabiar.
            -¡Hoy he estado muy mal!- me respondió enfadado en esa ocasión. –La gente aplaude, porque no sabe, porque no entiende, porque se queda en lo superficial. ¡Yo sí sé cuando he estado bien o mal!, concluía contrariado. Y tú, que eres artista, debieras haberlo visto como yo lo he visto y sentido.
            Yo entonces guardaba silencio; es lo que hay que hacer cuando la gente no está de buen humor. Dejar que se desahogue.
            Marcel Marceau era un artista muy exigente consigo mismo. Ensayaba sin parar en su estudio de espejos, donde trataba de controlar cada uno de los ángulos de su figura y cada apariencia mínima de sus movimientos. Era de una exigencia brutal. Contemplaba las poses por arriba y por abajo, por los cuatro costados. Estudiaba las luces y las sombras con una precisión de miniaturista. Buscaba el espíritu y la transparencia, en las formas en que se manifestaba. Medía las distancias y los espacios del lugar en el que iba a actuar, para reproducirlos en su estudio. Uno comprendía, al verlo, aquello de que el genio es fruto del trabajo. ¡Era un espectáculo verlo en los ensayos ante el espejo! Su experiencia en el teatro me enseñó muchísimo sobre coreografía y atrezzo.  No hay que olvidar que Marcel Marceau era un pintor fracasado, por su propio bien y en beneficio de la humanidad; su arte era muy otro: el mimo que el sabía interpretar como nadie. Llegó a la altura de Charles Chaplin a quien admiraba, pero fue muy distinto a él. Era muy refinado. Muy diferente también al catalán Charlie Rivel,que cultivó más el género de payaso más tradicional, aunque renovado.
            Marcel Marceau creó a su personaje Bip, vestido con un jersey de rayas y un gastado sombrero de copa del que nacía una flor. Emanaba cierta melancolía del esprit francés. Era la representación personal de su espíritu de poeta, con la pantomima como lenguaje. Sabía encarnar en su silueta desde el viento, a una mariposa y todo ello, con el silencio cómo fondo. La palabra hubiera sido una profanación. 

"Hombre solitario", por Juan Alcalde

Además de apuntes de sus actuaciones, le hice varios retratos. Sorprendentemente los dibujos que hice de Marcel Marceau se vendieron muy bien por todo el mundo. La gente quería tener alguno de aquellos momentos inefables, que él representaba en el escenario, lugar en el que ciertamente se transformaba. No me quedan más que tres o cuatro dibujos sobre Marceau de los que no pienso desprenderme mientras viva. La amistad de este cómico francés es uno de los orgullos de mi vida.
Marcel y yo íbamos a almorzar juntos; él comía muy poco, yo tampoco mucho. Se cuidaba la figura. Le gustaba que yo le contara mis andanzas durante la guerra civil española, en el exilio en el campo de internamiento de Le Barcarés, o mis audacias en Venezuela y Santo Domingo. Se interesaba mucho por España, donde actuó en diversas ocasiones y donde llegó a representar a su manera a Don Juan Tenorio.  Sostenía una compañía de actuación costosísima de mantenimiento, por lo perfeccionista que era. Tenía un ballet magistral. ¡Traedme gente al espectáculo! nos pidió a Palacio y a mí el día que nos conocimos.
                 Continuará mañana, cap. IV

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