jueves, 23 de julio de 2020

MANOLO ORTEGA (Autobiografía, V) GANADOR DEL CONCURSO INTERNACIONAL DE VIDRIERAS DE LA CATEDRAL DE LA ALMUDENA Y ATROPELLO POR DECISIONES CAPRICHOSAS


Vidrieras de la catedral de la Almudena, por Manolo Ortega



Por Julia Sáez-Angulo

24.07.2020.- Madrid.- Gané el primer Premio y Adjudicación de Obra del Concurso Internacional de Vidrieras para la Catedral de la Almudena (Madrid) en 1998. Esto fue para mí un gozo primero y un sufrimiento más tarde. Era un gran logro en mi carrera artística llevar a cabo un trabajo que habría de permanecer para siempre en la catedral madrileña. Me entregué por entero a dibujar los bocetos del ábside, el crucero y las naves, pero, al poco tiempo, el deán me dijo que algunas vidrieras del crucero las iban a hacer unas señoras que salieron de no sé donde. Protesté. No procedía. Yo era el ganador del concurso internacional y de pronto llegaba una extraña injerencia que iba a perturbar la armonía del conjunto catedralicio de las vidrieras. 
No hubo nada que hacer. Era un compromiso con Caja Madrid, un patrocinador fuerte, alegaba el deán. ¡Con la Iglesia hemos tomado, amigo Sancho! Luchar contra el clero y la Banca es hacerlo contra un muro de sillería. Tuve que pasar por la invasión de unas vidrieras con extrañas figuras rojizas y acarameladas de aire decimonónico, que ocuparan los vanos del crucero y contrastaban con las mías diseñadas con un concepto moderno, a base de composición geométrica que distribuye y unifica las figuras siguiendo el ritmo de la proporción áurea. Aquellas desfiguraban el conjunto. Y encima, el deán se lamentaba de que entre unos y otros le íbamos a volver loco.
            Pero mi cruz iba a ser todavía más dolorosa, cuando de pronto irrumpe en escena Kiko Argüello, un pintor con obra de aire neo o pseudo-bizantino fuera de tiempo y lugar, al que el obispado le da carta blanca para que levante mis vidrieras del ábside y coloque sus nada originales diseños junto a unas vidrieras también diseñadas por él a tono con su pintura. Aquello fue intolerable. La mayor falta de consideración y respeto que yo he recibido a lo largo de mi vida profesional. 
        Soy persona creyente en Dios y en la Santa Madre Iglesia Romana, Católica y Apostólica. Ninguna actuación de un clérigo o un obispo va a remover mi fe, porque me la dio Dios y está muy acendrada, pero sé distinguir muy bien lo que es una actuación pastoral de una actuación mitral abusiva. Estaba tan enfadado con el cardenal Monseñor Rouco Varela, amigo de Kiko Argüello, el fundador del  Camino Neocatecumenal, el movimiento conocido como los Kikos, que le auguré en su torpeza diciendo
        ¡Este cardenal nunca será Papa! El Espíritu Santo es demasiado listo como para elegirlo a él. Así ha sido

            Yo gané el concurso internacional de vidrieras de la catedral de la Almudena. Ir contra mis derechos era injusto. Conozco mi trabajo y sé que tiene altura y dignidad, por eso, echarlo abajo era un atropello sin excusa alguna.
Mis vidrieras están a lo largo de las naves de la Almudena, pero las que diseñé para el crucero o las que hice para el ábside, se han levantado, descabalando un magnífico de conjunto, original y no copia, como la obra de Argüello, que sí es copia de otras que hizo en la iglesia de Santo Domingo, capital de la República Dominicana. Mis bocetos son de actualidad, entroncan con las vanguardias artísticas y no apelan a movimiento neo-bizantino alguno. El periodista Luís María Anson escribió un artículo laudatorio sobre Kiko Argüello en la prensa madrileña, donde, tratando de elogiarlo, lo retrataba bien como un pintor con una visión neo-bizantina o neo-románica de los años 70, pero sin mayor alcance.
Hablé una mañana con Kiko Arguello mientras trabajaba sobre un andamio en las vidrieras del ábside y le reproché la suplantación. "Yo solo soy un pobre hombre y hago lo que me han indicado", me dijo de modo aparentemente humilde. Nada cambió.
Lo que más me entristeció también de todo este asunto, fue el disgusto que tuvo mi esposa Carmina, cuando conoció la noticia del atropello. Estuvo toda una semana sufriendo, muy preocupada, sin atreverse a decirme que iban a remover algunas de mis vidrieras para poner otras de menor valor artístico. Sabía la contrariedad y el gran enfado que iba yo iba a tener y que me podría costar un infarto. Le costó una enfermedad de angustia.
Llevé el asunto de ese cambio de las vidrieras a los tribunales. Yo había ganado el concurso con buena parte de dinero igualmente público de la Iglesia, la Alcadía de Madrid y el Estado, para que, más adelante se desplazara el trabajo de modo unilateral e injusto a otra persona. El asunto terminó en los tribunales con una indemnización a mi favor por daños y perjuicios económicos, pero nunca se resarcirán los daños morales ni a mí, ni a mi mujer ni a la catedral.
Ahora ya sólo cabe ver los temas expuestos de la Vida de Cristo representados para las vidrieras de la catedral madrileña: Anunciación; Visitación de la Virgen a Santa Isabel; Nacimiento de Cristo; Epifanía; Presentación en el templo; Huida a Egipto... También están las vidrieras para las capillas de las Hermanas de la Compañía de la Cruz, de las Siervas de Jesús o de San Vicente de Paúl. ¡Y comparar!
Las vidrieras retiradas están, según me han dicho, en el Museo de la Catedral de la Almudena. No he ido a verlas para evitarme otro berrinche.

Mitología griega en el palacio de Neptuno, por Manolo Ortega

Reconocimiento en Ibiza de los alemanes

En 2003 falleció mi esposa Carmina, que había sido una buena compañera en mi vida y una amiga inteligente desde que la conocí. Tenía, además de elegancia y paciencia, un gran sentido crítico para mirar la pintura. Su opinión fue siempre importante para mí. Si no se hubiera dedicado al campo de la moda hubiera sido una pintora notable.
En 2004 llevé a cabo las vidrieras para la bóveda del Palacio de Neptuno, un edificio del siglo XIX al lado del Hotel Palace y del Museo del Prado. Las medidas de la cúpula de vidrio son de 14 metros por 9 de ancho. Representé cuatro escenas de la mitología greco-romana alusivas al dios del mar y a su familia del Olimpo. La geometría me permitió una vez más ordenar y componer las figuras del conjunto.
Doris Dart, la directora alemana de la Galería Can Daifa en Santa Gertrudis (Ibiza), se ha revelado como mi gran marchante durante la década de 2000. Ha vendido muchos de mis cuadros a importantes coleccionistas alemanes, que residen o visitan la isla balear en vacaciones. Son coleccionistas que se muestran entusiastas de mi obra y esto me satisface. La prensa local se ha hecho eco de esa aceptación masiva de los coleccionistas alemanes por mi trabajo artístico.
En esta galería se han vendido obras de todas mis series: La Movida madrileña; Multitudes, Músicos del Metro; Deportes... incluso escenas de mi Tauromaquia.

"Hípica", por Manolo Ortega

200 Murales por toda España
Tengo la satisfacción de haber trabajado junto a los arquitectos y de haber hecho más de 200 murales para edificios públicos, iglesias, seminarios, hoteles, mansiones o portales de grandes casas de vecinos. Algunos de los temas de los portales del Barrio de La estrella de Madrid los he pintado después  en cuadros al óleo. Me gustaba recrear las escenas de niños jugando en los parques o paisajes.
El fresco es una técnica que aprendí en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, que perfeccioné en Italia y que me precio de dominar como pocos. He impartido cursos de pintura al fresco en el estudio de Betsy Westerdorp en Majadahonda. Quise enseñar los frescos transportables, algo que yo ya había hecho en Guinea Ecuatorial con una pieza que todavía conservo: 1961 Negros pamues trabajando en un pantalán (1961). Hay bastante desconocimiento del fresco en España y esto hizo que yo tuviera mucha demanda de trabajo para hacerlo. Lo malo es que me alejó de exponer en las galerías y museos durante los 20 años que ya he citado. Volver a retomar el ritmo en las galerías, durante los años 80, fue laborioso. Felizmente el galerista Rafael Macarrón creyó con fuerza en mi obra y me expuso periódicamente.
            Mis murales son al fresco, de vidrieras o pintados sobre grandes soportes en el muro. La cadena Fiesta del Hotel Colón – hoy AYRE Hoteles- me dio la oportunidad de intervenir en la ornamentación de todo el edificio con murales de todo tipo: cerámicos, frescos, de relieve metálico o de vidriera. Más de una decena en total. El tema del deporte ha sido uno de los preferidos en vestíbulos y corredores, al igual que la aventura colombina y la pesca. También el de la selva africana que situé en el gran comedor.
            En Somosierra (Madrid) llevé a cabo una gran pintura mural, al óleo sobre lienzo para la iglesia parroquial con el tema de Nuestra Señora de los Ángeles (1951). Es una pintura figurativa en la que tomé como modelos de la Virgen y los grandes ángeles de cuerpo entero a personas que yo conocía. Uno de ellos era Ángel Villamor, un artista que estudió conmigo en la Escuela de Bellas Artes, aunque después abandonó su carrera artística para encargarse de una fábrica de cartones que había heredado. La figura de la Virgen de las Nieves era mi prima Popi y el niño, su bebé de pocos meses.
            En Vinuesa llevé a cabo el mural del Seminario Conciliar de la localidad soriana, con el tema de Vocaciones de la iglesia (1965), de diez por seis metros. Allí me dejaron una casa para instalarme con mi familia durante el verano, mientras yo trabajaba. Nos gustó tanto el sitio, por su naturaleza, que seguimos veraneando allí durante años alquilando una casa. Y no sólo eso, sino que empecé a llamar a familiares y amigos para que también lo hicieran, de modo que formamos en Vinuesa una buena colonia de madrileños. Vinieron, entre otros mi hermano Tomás con su mujer Asun y sus dos hijos, Pilar de la Serna o el pintor Enrique Barandiarán.
En Medinaceli hice un gran mural acrílico sobre ladrillo, de seis por diez metros, en él, tuve que contar con el sagrario y el Crucifijo que ya estaban en la pared. Otro de los murales de los que más satisfecho me encuentro es el retablo de la iglesia madrileña El Cristo de la Victoria, en pintura al fresco sobre piedra. Es una narración sobre la Vida de Cristo en quince escenas compuestas con mi sistema de geometría, en las que reservo el blanco para la túnica o vestimenta del Señor. El ritmo y las armonías cromáticas hacen de la composición algo muy vivo. El Cristo de la Victoria es de 1962 y una de mis obras maestras.
            En la parroquia de La Paz de Madrid, hice también un gran mural, de seis por cuatro metros, en acrílico sobre yeso, con el tema de La Última Cena. Aquí tuve que resolver la posición de la mesa, pues tuve que hacerla en visión alargada, vertical, frente a la tradicional y conocida en horizontal. Cristo preside la mesa, digamos que a la inglesa, es decir, en el extremo de la misma, mientras los apóstoles se alinean en dos bandas de seis, a dos lados. El mantel de la mesa en blanco, prolonga la luz que entra por el fondo desde Cristo y forma una especie de cruz con un travesaño a modo de altar para la Eucaristía. Estoy contento de cómo resolví el problema de la colocación de las figuras. El pan y el vino eucarísticos aparecen pintados de modo plano sobre el mantel.
            En la parroquia de Villaviciosa de Odón, el mural al fresco, de 6 x 10 metros, representa distintos temas en torno a una gran escultura de un Cristo Crucificado en el centro. Pentecostés y Santiago Apóstol a caballo son dos de los asuntos representados.

"Tauromaquia" (detalle), por Manolo Ortega

La amistad, clave en la vida

Mis mejores amigos en la vida han sido Benigno Enríquez, Jaime Fernández Lequerica y el diseñador Luis Vigil, este último, desde el tercer curso del Bachillerato.
La amistad es un gozo real en la vida y lo he tenido con colegas de la Escuela de Bellas Artes como Revello del Toro, Agustín Úbeda, Redondela, Farreras, Nelina Pistolessi y su marido Paco Abuja, Miguel Pinto... También con Enrique Barandiarán, mi mejor amigo entre los pintores; un tipo muy original de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Nos apreciábamos y nos respetábamos en nuestro trabajo. Las pintoras Luz Alvear y Maruja Moutas nos han honrado con su amistad a mi mujer, Carmina, y a mí. Actualmente mantengo una buena amistad con Juan Alcalde y Hanoos, un iraquí de la edad de mis hijos. A veces hemos expuesto juntos en colectivas. Junto a Hanoos estampé una serie de grabados en color con estampas taurinas.
Miguel Pinto es un pintor de Morata de Tajuña, al que yo he conocido a través de Barandiarán que lo aprecia mucho como artista; se lo presentó, un ingeniero amigo común, que lo vio pintar.      
Pinto es un pintor autodidacta, muy vivo e inteligente, muy agudo para captar la pintura y mimetizar lo que se hace. Ha pintado cuadros bien hechos, siguiendo la tónica de los vanguardistas y se pueden ver en su casa cuadros de Pinto/Matisse, Pinto/Leger o Pinto/Delaunay. Sabe pintar mejor que muchos profesionales, aunque le falta un estilo propio. Le ha faltado encontrar su propio camino. Nunca se ha preocupado de exponer o de vender sus cuadros; él ha ganado dinero con sus tierras y su negocio de frutas y verduras. Tiene una buena casa en una urbanización junto a la Casa de Campo en Madrid y otra estupenda en Morata de Tajuña, donde lo veíamos mi hijo Carlos y yo cuando íbamos a pintar a la vega del Tajuña. Carlos también apreciaba su trabajo y pensó en hacer su tesis doctoral sobre tres pintores coetáneos: Barandiarán, Pinto y yo.
Con Luis García Núñez, Lugán, también he sostenido cierta relación amistosa. Él vive cerca del Hotel Colón y desde allí me ha visto hacer las vidrieras del edificio. Es más joven que yo y me trata siempre con deferencia. Trabajaba en Telefónica y a veces yo lo veía llegar al Hotel para atender algún asunto relacionado con las comunicaciones. Hubo un momento en que sus obras plásticas comenzaron a tener cierto eco mediático por su cientifismo móvil o sonoridad. Hacía cuadros con grifos de agua que emitían sonidos al pasar las manos por debajo o esculturas sonoras de cierta originalidad. Arte cinético. Tuvo su fama en los años 70. Todo tiene su momento. Solía invitarme a sus exposiciones y él siempre venía las inauguraciones de las mías. Es la cortesía recíproca de los colegas.

También he sostenido amistad con críticos de arte como Antonio Manuel Campoy de ABC; Ramón Faraldo, del Ya; Francisco José León Tello de la revista Goya; Venancio Sánchez Marín; Tristán Yuste; Francisco Prados de la Plaza; Juan Manuel Bonet o Julia Sáez-Angulo.

Venancio Sánchez Marín trabajaba en la Casa de la Moneda, cerca de mi estudio en el barrio de La Estrella, y quedábamos con frecuencia a desayunar juntos en un café. Mi sordera y la suya, nuestra pasión común al hablar de arte, nos llevaba a levantar la voz y organizar verdaderos debates en el establecimiento. Venancio quería ser pintor y yo le desanimé. No le veía cualidades. Por el contrario, Manolo Conde, que había sido compañero mío en la Escuela de Bellas Artes –éramos unos 28 alumnos- acabó haciéndose crítico o teórico del grupo El Paso, en los años 60. Era muy amigo de Cesar Manrique. Pasado el tiempo del grupo El Paso, me tropecé a Manolo Conde en una calle de Madrid y conversamos un rato. Me dijo que ya no quería saber nada de la pintura abstracta. Se había cansado de ella.

Los diseñadores Gene y Luis Vigil son otros buenos amigos, con los que me reúno periódicamente para comer juntos. El ágape y el vino es el mejor ámbito para que fluya la palabra. El escritor y colaborador de ABC, Juan Luis Calleja, está también en el grupo de amigos y nos amenizó con su talento y erudición.

Más recientemente he acudido a la peña Contra aquello y esto en el madrileño Café Gijón, donde sus miembros se reúnen todos los viernes a almorzar y conversar. La peña fue fundada por el escritor Medarlo Fraile y ahora la dirige el pintor Ricardo Zamorano, con el que estuve en la República Dominicana en los años 50. Éste es cuñado del poeta y crítico de arte José Hierro. En la citada tertulia he conocido a buenos amigos como el simpático matrimonio del pintor Alfonso Sebastián y su mujer, Guía Boix. También a la pintora Mercedes Solé que hace espléndidas copias en el Museo del Prado; el pintor indaliano Luis Cañadas;  la poetisa Angelina Gatel; el escritor Héctor Vázquez Azpiri, que nos hablaba de Cela o al doctor Juan José Arnedo o a José Bárcena, el camarero escritor o a Onofre, otro veterano camarero recién jubilado. Juanjo Arnedo dijo unas palabras muy elogiosas y sobre todo entrañables en el Café Gijón, cuando presenté allí mi libro catálogo Manuel Ortega, 50 años con el Arte (2008). También hablaron sobre la publicación Alfonso Sebastián y Julia Sáez-Angulo. En este pequeño libro conmemorativo se aprecia que siempre he sido un pintor figurativo, pero no académico. He pintado siempre como he creído que debía hacerlo sin importarme nunca las exigencias del mercado.

"Leda y el cisne", por Manolo Ortega

Geometría espacial compositiva

Creo haber aportado la idea de la geometría espacial compositiva como una nueva regla áurea que renueva o se contrapone a la del Renacimiento. Otorga mayor velocidad o ritmo a la composición pictórica. Le insufla aire. A la hora de componer facilita más que la perspectiva, para situar y mover las figuras en el espacio del cuadro. Comencé a utilizarla cuando diseñé el boceto para el techo del concurso para el Teatro Real de Madrid. La geometría espacial ofrece posibilidades muy valiosas para trabajar la pintura. La composición a base de la geometría espacial, a modo de retícula singular, me la encontré un día en medio del trabajo y la fui desarrollando. Se puede apreciar en obras tempranas como en el boceto que hice para el santuario de Aranzazu, que está en su museo o en el retablo de El Cristo de las Victorias en Madrid en 1962. Cuando se inauguró este último retablo, yo llegué treinta minutos tarde –como es habitual en mí. Allí estaba don Daniel Vázquez Díaz, que llevaba media hora en primera fila y me dijo:
-Manué, me ha gustado muchísimo su mural. Está muy bien. Llevo mirándolo un buen rato paño por paño y me ha dejado asombrado. De haberlo visto antes, no le hubiera encargado el mural de la Moncloa a Javier Calvo, sino a usted.
Con él párroco de esta iglesia tuve un malentendido, que acabó por aclararse. Cuando el Obispado de Madrid me encargó el mural, yo le puse como presupuesto una cifra muy razonable: veinticinco mil pesetas, pero el párroco entendió veinticinco mil duros. Cuando se inauguró, el éxito y la crítica fueron tan favorables que los arquitectos y el párroco se animaron a encargarme las pechinas y la capilla del Santísimo; seguidamente el Baptisterio en la misma iglesia. Cuando le dije el presupuesto al párroco, como buen cura me dijo:
-Ya que ha tenido tanto trabajo en esta iglesia, podría hacer la capilla gratis.
-Mis donativos los hago yo de manera voluntaria y silenciosa, sin que nadie me lo imponga- le respondí yo de manera poco diplomática. Esto enfrió la relación y nos separó.
Después cuando supo que mi presupuesto era en pesetas y no duros, la cosa cambió. El párroco reconoció a mi esposa Carmina que mi trabajo artístico había sido una suerte para la iglesia del Cristo de las Victorias, que yo era un gran artista. Había comprobado que el periódico ABC, por ejemplo, había dedicado una portada al mural de la iglesia como obra digna de destacar en Madrid. El párroco murió pocos años más tarde y lo sentí.

Rey de Corisco (África), por Manolo Ortega

Julia Sáez-Angulo, retrato por Manolo Ortega (c.2011)

Más de 300 retratos

El retrato ha sido para mí, capítulo importante, porque el rostro humano me interesa. Está lleno de sugerencias. Es naturaleza más viva. Siempre lo he trabajado del natural, construyendo por colores. Un retrato copiado de una fotografía suele resultar plano y relamido. No lo resisto. No me interesa el retrato dibujado y después coloreado a modo de ilustración, sino el que se hace directamente con la pintura, componiendo con el pigmento por planos de color. Es así, como funciona verdaderamente como un cuadro, como pintura/pintura, no como dibujo.
            El retrato forma parte de la naturaleza. Es la piedra de toque de la pintura española e italiana, por eso hay tan pocos buenos retratistas. No se entiende la pintura española ni el Museo del Prado sin el retrato. Entre los más grandes retratistas de la Historia del Arte están Velázquez, Durero, Rembrand, Rubens, Leonardo, Goya, Van Gogh y Picasso... Todos ellos aportan su personalidad, su estilo, su caligrafía pictórica a la historia, no del retrato, a la historia de la pintura. No me interesa nada Van Dyck ni los ingleses Reynolds o Gainsborough... son acicalados, relamidos, elegantes; buscan un parecido bonito más que la pintura en sí misma. Eso es no es pintar; no es hacer un buen retrato. No dan lo mejor de sí mismos, sino lo que espera el modelo. A eso juegan los malos retratistas. El parecido no importa o importa muy poco.  Con el paso del tiempo lo que importa, lo que va a quedar es, si hay un buen cuadro o no. Con el paso del tiempo no interesa que el parecido sea o no muy fiel, sino que el cuadro funcione como buena pintura. En la Historia del Arte no creo que haya más de treinta pintores que hayan hecho buenos retratos. A un buen pintor le da igual pintar un retrato o un paisaje, lo que le importa es lo que tiene delante y ha de plasmar en pintura, por eso los peores retratos suelen ser los de los retratistas que se aferran a una fórmula o modelo y repiten siempre el mismo muerto. Eso sucede con los retratos de sociedad que hacía Ricardo Macarrón por ejemplo. No me interesó nunca.
Al hacer un retrato uno se encuentra con la vida misma, con el carácter de un personaje que sólo se percibe por sensibilidad, intuición y maestría ante el modelo vivo que está delante. Yo empecé desde muy joven haciendo retratos. El primer retrato importante que hice al óleo fue el de mi padre, antes de la guerra civil del 36. Después en la escuela de Bellas Artes hice bodegones, paisaje y figura.
Ante el encargo de un retrato -o de cualquier otro tema- el artista se llena de inquietud, tiene que dar el máximo de sus posibilidades, más allá de cualquier tema libre que esté en el interior y se quiera interpretar. Son los sentidos los que despiertan la posibilidad de manifestar el mundo interior. En el fondo de cada hombre está Dios. La vida y el arte son un regalo en los que nada tiene que ver la simple inteligencia.
El retrato condiciona mucho, porque exige al artista dar más de sí que ante un tema libre. El retrato ha sido fuente de preocupaciones y satisfacciones. La primera satisfacción, por el reto de cómo representar e interpretar al modelo y, la segunda, por los buenos momentos y las amistades que me han proporcionado. He retratado a numerosos hombres de ciencia, sobre todo médicos, como Severo Ochoa, el profesor Fernández Cruz, el Doctor Usón... Estoy muy satisfecho de retratos como el del poeta Adriano del Valle o el de Severo Ochoa. También retraté en los años 60 a Camilo José Cela. Fue un retrato a dibujo que se publicó en un libro. Son verdaderos sabios que yo admiro; me gustó mucho una respuesta que Severo Ocho dio en una larga entrevista a un periódico: “Soy un sabio que no sabe nada de lo que más le importa”.
            Un día en que mi mujer y yo fuimos a comer a Casa Lucio con Marino Gómez Santos (al que también hice un retrato), nos asignaron la mesa que solía utilizar el premio Nobel, Severo Ochoa. Al lado estaba comiendo Camilo José Cela, otro premio Nobel, al que hacía tiempo que yo no había visto, pero él me saludó muy atento. Me pareció una curiosa coincidencia la cercanía de dos premios Nobel en aquella ocasión.
            Cuando uno se pone a pintar un retrato, no sólo busca que la pintura se parezca al modelo sino que comunique algo más. El pintor de oficio siempre acierta, porque aplica fórmulas y repite las pinceladas. Pero el artista lo ve todo de nuevas, como si lo mirase por primera vez, aunque tenga dentro de sí todo el dominio técnico y artístico; sabe que no puede repetirse. La inquietud del artista es que no debe detenerse en lo que sabe, sino enfrentarse a nuevos retos ante el modelo. Se juega lo que sabe por lo que puede encontrar. Se arriesga para no repetirse. Esa es la clave para el ¡eureka!
            No he llevado la cuenta de los retratos que he hecho a lo largo de mi dilatada carrera artística, pero puedo calcular con facilidad unos 300 al óleo, que aumentarían, si cuento los que he hecho a lápiz o carboncillo.
            Cuando estuve en la República Dominicana pinté, como ya he contado, un buen retrato de Ramfis Trujillo en 1956, del que desconozco su paradero. Y el retrato del Rey de Corisco me ha acompañado siempre en el estudio. Lo hice en Guinea, cuando fui a la isla de Corisco con el médico español y se lo propuse a él, que posó tranquilamente mientras yo lo pintaba. Cuando lo terminé y se lo mostré, él se echó a reír con una carcajada de sorpresa y felicidad, sin poder parar un momento. Guardé el retrato con mucho cariño.
            El retrato que pinté al poeta Adriano del Valle se expuso junto al que también le hizo Vázquez Díaz al mismo escritor. Se mostraron en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid, cuando se hizo una exposición homenaje al poeta en los 90. Doy fe de que mi retrato no desmerecía en absoluto del de don Daniel.

"Adriano del Valle", retrato por Vázquez Díaz

Continuará mañana en el Cap. VI y último: AMIGOS, PINTORES, COLECCIONISTAS, CRÍTICOS Y MI DECÁLOGO ARTÍSTICO 

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