lunes, 3 de agosto de 2020

VII EL MONASTERIO DE YUSTE Y SU ENTORNO



                             A Cecilia Fernández y Bernabé López,
compañeros de viaje                                                                                 

            En ocasiones, hay visitas a ciertos lugares, monumentos u otros vestigios de interés con los que se genera una especie de compenetración imprevisible. No es una compenetración a secas, sino que se trata de una compenetración con paisajes elogiados por visitantes ꟷluego admiradores rendidosꟷ, aureolados todos ellos por su celebridad pública y atraídos por una curiosidad viajera intuitiva, cuando no aguijoneados por la evocadora historia del lugar. Al final, viene uno también a sentir un cúmulo de estimulaciones que invitan a recordar la estancia en esos lugares especiales: uno de estos es el monasterio de Yuste.
            Creo recordar en este instante una cita procedente del conocido filósofo alemán, Schopenhauer, que decía así: Quien se hace a la soledad, y llega a amarla, tiene una mina dentro. Sin rendirse enteramente a esta lapidaria formulación de los beneficios que se derivan de la soledad, confieso, sin embargo, que siempre me ha atraído más un aforismo de Voltaire que hasta hoy he procurado hacerlo mío: La mejor de todas las vidas es la de una ocupada soledad.
            Dicho por escrito lo anterior, voy a referirme a dos visitas inolvidables para mí, fruto ambas de una manifiesta inclinación hacia la soledad. La primera de estas, en el tiempo, fue la que cursé al Monasterio de Yuste, que corona la comarca de La Vera, cerca de la ciudad de Plasencia. Hace de aquella incursión la friolera de unos cuarenta años, aunque un llamamiento perseverante me impulsó a repetir, en el transcurso del tiempo, alguna que otra visita al monasterio.
            Recuerdo bien el paseo por el pueblo llamado Cuacos que conduce cuesta arriba, a través de collados y vericuetos, al monasterio de los jerónimos, flanqueado este por una densa vegetación, compuesta de tupidos árboles. A la fecundidad que ofrece la naturaleza en el paraje, al menos entre los meses de mayo y septiembre, contribuyen los manantiales y arroyos que han hecho de La Vera una bucólica comarca, estimada, según he oído decir, como la más digna de visitar de la geografía ibérica. Al aproximarse el visitante al monasterio, a paso lento, se perciben bastiones, arcos y torretas, detrás de los que se perfila el monumento monacal, que fue, en principio, una modesta fundación (1402) de monjes piadosos. Por lo que parece, luego de peripecias entrecruzadas, decidieron albergarse allí, en el recoleto enclave, bajo la protección de nobles y priores de Oropesa, Guisando y, con reticencias (según se cuenta) del obispado de Plasencia.
            Si a la espléndida conjunción de las aguas y de la vegetación del lugar, se suma la pátina histórica que dignifica el conjunto de Yuste, no se puede prescindir de repetir sendas visitas al enclave, por aquello de ser fiel a lo que nos deleita. Al menos, a mí me convocó más de una vez. Máxime cuando se lee una inscripción que figura junto a la puerta de entrada al palacio que eligió en 1556 el emperador Carlos V para alejarse del mundanal ruido y pasar los dos últimos años de su vida en el vetusto retiro de los jerónimos. Dice la inscripción:

Su majestad, el emperador don Carlos Quinto, señor de este lugar, estaba asentado cuando le dio el mal a los treinta y uno de agosto a las cuatro de la tarde. Falleció a los veinte y uno de septiembre, a las dos y media de la mañana del año del Señor de 1558.
           
Como es sabido, fue el mal de la gota lo que arruinó la salud del emperador de la Casa de Austria y lo condujo finalmente al “más allá”.
***
Volviendo a lo que iba al inicio de estas líneas. La Vera de Plasencia, el camino (hoy, carretera impecablemente asfaltada) que conduce al monasterio y al sobrio palacio imperial, así como la atmósfera envolvente del conjunto, contribuyen e invitan a generar la compenetración en solitario con uno de esos parajes inolvidables para el caminante de turno. El repliegue personal dedicado a la contemplación del entorno y el estado mental del visitante predispuesto a evocar estos rincones se ha posado en el almacén de mis recuerdos con carácter indeleble. Sin saber exactamente por qué.
            A la vuelta de este apunte, quiero referirme, también, a otro paraje envolvente, donde la soledad (fecunda) se despliega hasta la infinitud, por poca que sea la voluntad de que así ocurra.

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