lunes, 23 de marzo de 2026

ERNESTINA DE CHAMPOURCÍN. Entre México y España

Ernestina de Champourcin. Retrato de juventud.

        Julia Sáez-Angulo

        La conocí a su regreso del exilio mexicano. La escritora Ernestina de Champourcin ya era viuda del poeta Juan José Domenchina, aquel hombre que había sido secretario privado de Manuel Azaña. Vivía en el paseo de La Habana, en Madrid, donde hoy una placa recuerda su paso discreto y luminoso por la ciudad que tanto quiso. “Juan José murió de nostalgia, por Madrid, su ciudad”, repetía ella, convencida, como si aquellas palabras bastaran para explicar la ausencia de su esposo.

    Ernestina hablaba sin prisa, con cadencia e intensidad, como si cada recuerdo fuera una brasa que aún ardía. Evocaba su amistad con Juan Ramón Jiménez con una mezcla de ternura y asombro. Relataba que por la casa del Nobel en Madrid, desfilaban muchachas jóvenes, casi etéreas, como la bonitas hermanas Cañongo,  a quienes Zenobia Camprubí dejaba pasar con serenidad, consciente de que eran, en el fondo, las musas inevitables del poeta. Y Ernestina sonreía al contarlo, sin rastro de malicia, como quien entiende las debilidades humanas sin juzgarlas.

    México aparecía en sus palabras como una tierra de aprendizaje y resistencia. Allí, lejos de España, tuvo que trabajar junto a su marido para sostener la vida cotidiana: traducían libros, exploraban versos ajenos, y se adentraban en el delicado mundo del haiku, que ella ayudó a traer por primera vez al español con una sensibilidad nueva, limpia, casi transparente. No hablaba de penurias, sino de esfuerzo compartido, como si el amor también pudiera conjugarse en gerundio: resistiendo, creando, sobreviviendo.

    Pero lo que más me impresionaba era su lucha contra el tiempo. “No hay que perderlo”, decía, y en esa urgencia se le aceleraban las palabras. A la muchacha mexicana que le ayudaba en las tareas domésticas de la casa, Ernestina le hablaba con premura, hasta que una mañana, harta, la joven —una india menuda y firme— le plantó cara:

—Señora, si usted me habla golpeado, yo la despido.

    Ernestina rompió a reír. Aquella lección, sencilla y rotunda, la acompañó siempre. “Hasta para el tiempo, hay que saber respirar”, me confesó después, con una mirada serena y cómplice.

    Cuando yo me iba a casar, me regaló una bella escultura de obsidiana, objeto que ornamentaba hasta entonces su propia casa y al entregármela me dijo: “Ya verás como el matrimonio es un estado civil difícil, pero interesante”. 

    Tenía toda la razón. Fue una profeta.



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