miércoles, 29 de abril de 2026

MES DE MAYO, MES DE LAS FLORES, MES DE LA VIRGEN. (Cuento y debate teológico)

Vallisoletano,  andaluz y  bilbaíno.

Virgen medieval hispánica en Madrigal de las Altas Torres.
Virgen de la Esperanza de Triana

    Julia Sáez-Angulo

    01.05.2026

El obispo me pidió predicar un curso de Mariología a un buen número de sacerdotes en un centro espiritual de Madrigal de las Altas Torres, Valladolid. El lugar tenía ese silencio denso de las casas de retiro, donde hasta las pisadas parecen pedir permiso. El oratorio era amplio, cómodo, con bancos de madera bien lustrados y, al fondo, un retablo que sostenía una Virgen barroca de una belleza que, sin exagerar, imponía recogimiento.

No era una belleza fácil. No era dulzona ni complaciente. Tenía algo de gravedad en el rostro, una melancolía apenas insinuada en los ojos, como si supiera ya el destino que la tradición le había asignado. Aquella imagen no pedía halagos; pedía silencio.

Comencé las clases explicando un documento de la Santa Sede de 2025, Mater Populi Fidelis (Madre del Pueblo Fiel), aprobado por León XIV, que insistía en un principio fundamental: la mariología debía situarse siempre dentro del misterio de Cristo y de la Iglesia, evitando tanto la exageración devocional a María, como la reducción racionalista. El documento pretende evitar el título de “corredentora”. Redentor es solo Cristo. Tampoco repetir lo de “mediadora de todas las gracias” u “omnipotencia suplicante”, para utilizar el gran títulos de la Tradición: “teotokos”, madre de Dios, o intercesora.

Uno de los sacerdotes intervino:

—Sin embargo, la piedad popular a veces va más allá de estos límites…

—Sí —respondí—, y ahí está nuestra responsabilidad pastoral. No para sofocar esa piedad, sino para iluminarla. La fe del pueblo no es un error; pero necesita ser purificada, orientada, conducida hacia su centro, que es Cristo. Esto —continué— no empobrece a María. La sitúa en su verdad.

Expliqué que la tradición de la Iglesia había afirmado con precisión los dogmas marianos —la maternidad divina, la virginidad, la Inmaculada Concepción, la Asunción— no como privilegios aislados, sino como expresiones del designio salvífico de Dios en Cristo. Decir que María es Theotokos, Madre de Dios, no es tanto hablar de ella —insistí— como confesar quién es Cristo.

La mañana transcurrió con atención razonable. Algunos tomaban notas, otros asentían con gravedad, y unos pocos —los menos— mantenían esa media sonrisa escéptica de quien ya ha decidido no dejarse convencer. Hablé de la historia de los dogmas, de cómo el título de Theotokos no era un adorno, sino una afirmación cristológica decisiva. Hablé también del peligro de convertir la devoción mariana en una especie de competencia afectiva donde cada región, cada cofradía, cada sensibilidad, quiere a “su” Virgen más poderosa, más cercana, más eficaz.

Al terminar la conferencia, cuando el murmullo comenzaba a llenar el oratorio, oí detrás de mí una conversación que me detuvo.

Un sacerdote de Valladolid, que se sentía poco menos que anfitrión de la casa, señalaba el retablo con orgullo:

—¿Has visto qué Virgen tan hermosa tenemos en esta tierra?

El aludido, un cura andaluz de voz cálida y gesto expresivo, inclinó la cabeza, la miró un instante… y respondió con una sinceridad desarmante:

—Hombre… es más bien fea. Tendrías tú que ver las vírgenes andaluzas.

El castellano se quedó rígido, como si le hubieran tocado un nervio íntimo.

—Pues esta —replicó, señalando con el mentón— en cuanto le dices una jaculatoria o un piropo de la letanía, le salen los colores. A ver si las tuyas la igualan.

El andaluz soltó una pequeña risa, de esas que no buscan herir, pero tampoco ceden terreno.

Yo, que escuchaba a pocos pasos, no sabía si intervenir o disfrutar en silencio de aquel duelo teológico-estético que, en el fondo, era profundamente humano. Porque no discutían de arte; discutían de pertenencia, de memoria, de infancia, de procesiones, de madres y de abuelas.

En ese momento llegó don Aitor Echevarría, de Bilbao.

—¿De qué habláis?

Su voz tenía ese tono de quien no pregunta para saber, sino para ordenar la conversación.

No pude escuchar la respuesta. Conocía a don Aitor. Como buen nacido en Bilbao, llevaba consigo una convicción firme —y nada discreta— de que las cosas, bien hechas, solían venir del norte, sobre todo de Bilbao. Preferí retirarme. Había en aquel intercambio algo que ninguna intervención mía iba a mejorar. Al contrario: corría el riesgo de empobrecerlo.

Salí al claustro. El aire de Madrigal de las Altas Torres tenía una claridad seca, casi pedagógica. Me senté un momento y pensé en la conferencia de la tarde. Tocaba hablar de Iconografía mariana.

Y entonces entendí que no tenía que “poner orden” en nada. Tenía, más bien, que abrir un espacio.

*****

Por la tarde, el oratorio volvió a llenarse. La Virgen barroca seguía allí, en su sitio, ajena a nuestras discusiones, a nuestras comparaciones, a nuestras pequeñas batallas regionales. Comencé despacio.

—Esta mañana —dije— hemos hablado de títulos, de dogmas, de palabras que intentan decir lo indecible. Esta tarde quisiera que habláramos de imágenes. Pero, antes de nada, conviene recordar algo sencillo y difícil a la vez: la imagen no es la realidad, sino su representación.

Algunos asintieron. Otros fruncieron ligeramente el ceño.

—La imagen —continué— sirve para recoger los sentidos, para orientar la atención, para ayudar a la oración. En el caso de la Virgen, no es María. No la contiene. No la agota. Y, a veces, puede incluso traicionarla.

Se hizo un silencio más atento.

Hablé de la ambigüedad de las imágenes en la Historia del arte, de cómo pueden elevar o distraer, sugerir o deformar. De cómo una misma advocación puede adoptar rostros distintos según los pueblos, las épocas, las sensibilidades. Una Virgen morena en Andalucía, una Virgen severa en Castilla, una Virgen casi doméstica en algunos rincones de Europa.

—Y, sin embargo —añadí— ninguna de esas imágenes es “más verdadera” que otra en sí misma. Lo verdadero está en lo que señalan, no en lo que son.

Vi al sacerdote vallisoletano mirar de reojo al andaluz. Y al andaluz sostenerle la mirada con una media sonrisa.

—Si olvidamos esto —seguí— corremos el riesgo de hacer de la estética un criterio teológico. Y entonces discutiremos sobre belleza, como si estuviéramos defendiendo la fe. Pero la fe no depende de si la talla nos parece más o menos lograda.

Hice una pausa.

—El corazón de la figura de María en la historia de la cristiandad no está en su representación artística, sino en su relación con Cristo. Por eso el título de Theotokos, Madre de Dios, es la clave. Todo lo demás —devociones, letanías, piropos incluso— tiene sentido si nos conduce ahí. Y pierde su norte si nos aleja de ello.

El silencio ya no era solo atento; era denso.

—Podéis seguir queriendo a vuestras vírgenes —concluí—, podéis emocionaros ante ellas, discutir incluso sobre cuál es más bella. Eso es humano y, bien llevado, puede ser incluso hermoso. Pero no olvidéis nunca que la belleza que importa no es la de la madera o la policromía, sino la de lo que esa imagen os invita a contemplar.

El riesgo de nuestra predicación —añadí— no es amar demasiado a María, sino hacerlo de manera desordenada. Cuando la devoción se independiza de la revelación, se debilita. Cuando, en cambio, se arraiga en ella, se fortalece. Volvamos a las fuentes: la Escritura, la tradición viva, la liturgia. María en el Evangelio no habla mucho. Pero cuando lo hace, su palabra es decisiva: “Hágase en mí según tu palabra”. Esa es su teología fundamental.


Me levanté y me acerqué al retablo.

—Miren esta imagen —dije—. No predica por sí misma. Remite. Toda verdadera imagen mariana es, en el fondo, cristológica.

Al terminar, nadie aplaudió. Tampoco era necesario. Mientras salíamos, el cura de Valladolid se acercó al andaluz.

—Bueno… —dijo—, fea del todo tampoco es.

El andaluz sonrió.

—Y las mías… tampoco son todas guapas.

Se rieron los dos.

A unos pasos, don Aitor, el bilbaíno, observaba la escena en silencio, como si estuviera evaluando si aquello merecía su aprobación. Al fin intervino:

-Sí, pero la virgen de Begoña…

No pude oír más. Otro cura se acercó a consultarme una duda

La Virgen barroca del retablo, seguía igual: inmóvil, serena, ajena a nuestras categorías. Y quizá, pensé, ahí estaba su verdadera enseñanza.

Virgen de Begoña o Madre de Dios de Begoña. (Vizcaya)


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