ACEPRENSA
04.07.2026.- Madrid
CC Óscar Fernando Gómez Estados Unidos
La nación que en el siglo XX llegó a ser la potencia hegemónica ha sido a menudo admirada, temida o detestada. Cuando se cumplen 250 años de su fundación, la necesidad más urgente es comprenderla. Las siguientes obras, que ofrecen diversas perspectivas de su historia y de su espíritu, constituyen lecturas apropiadas para este aniversario.
El Federalista (The Federalist Papers)
Alexander Hamilton, James Madison, John Jay
Akal. Madrid (2015
Edición de Ramón Maiz
640 págs. 19 € (papel) / 9,99 € (digital)
Muchos de los elementos doctrinales del sistema político estadounidense surgieron en medio de la agitación social y la polarización. Pocos recuerdan que el primer sistema político surgido de la independencia de las Trece Colonias, de carácter confederal, resultó un verdadero fracaso. Hubo de ser sustituido por una Constitución confeccionada en 1787, que dividió a la población entre partidarios –los así llamados federalistas– y detractores del nuevo documento.
Cuando llegó la hora de ratificarlo en el estado de Nueva York, uno de los más reacios, tres de los llamados “padres fundadores” escribieron una serie de 85 opúsculos en defensa del articulado constitucional, que se publicaron entre septiembre de 1787 y abril de 1788. El resultado fue uno de los textos fundacionales no sólo del sistema norteamericano, sino de la ciencia política moderna. Los ensayos desgranaban uno a uno los distintos flecos de la que se convirtió en la primera constitución escrita de la época contemporánea, llamada a influir en los sistemas liberales a lo largo y ancho del mundo.
Su carácter universal lo entrevió el propio Alexander Hamilton en el primero de los textos, al afirmar que “parece haber sido reservada al pueblo de este país (…) la resolución de una importante cuestión: si las sociedades humanas son realmente capaces o no de establecer un buen gobierno a partir de la reflexión y la elección”.
Por ello mismo, estos papeles federalistas sirven tanto para comprender con mayor profundidad los entresijos de nuestros propios sistemas democráticos, como para adentrarnos en muchos de los debates constitucionales que todavía hoy apasionan –y fracturan– a la sociedad de Estados Unidos. De hecho, la agrupación de jueces que defiende una interpretación más historicista de la Constitución de 1787 se llama a sí misma la Sociedad Federalista, y muchos de quienes hoy se alinean con el bando republicano lo hacen poniéndose la misma etiqueta.
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La democracia en América (De la démocratie en Amérique)
Alexis de Tocqueville, Edición crítica y traducción de Eduardo Noll
Trotta, Madrid (2015) 1.360 págs. 49 € (papel) / 26,99 € (digital)
Cuando en 1913, el escritor Ramón Pérez de Ayala se subió a un barco para conocer la nación de origen de su esposa, la norteamericana Mabel Rick, lo hizo dispuesto a conocer “El país del futuro”, como tituló el primero de los artículos en que narró su experiencia.
La idea de que los Estados Unidos constituyen algo así como una avanzadilla del devenir que aguarda al mundo occidental tenía ya entonces un largo recorrido, que cabe retrotraer al viaje que el intelectual y político francés Alexis de Tocqueville (1805-1859) realizó a aquel país entre 1831 y 1832, en teoría para estudiar el sistema de prisiones. Sin embargo, el verdadero propósito de este aristócrata reconvertido en prohombre del liberalismo consistía en validar una intuición: “Me pareció que la misma democracia que reinaba sobre las sociedades americanas avanzaba rápidamente en Europa”. El resultado de sus observaciones fueron los dos volúmenes de La democracia en América, publicados respectivamente en 1835 y 1840.
Años después, cuando Francia se asomaba a la revolución de febrero de 1848, Tocqueville advirtió a sus compañeros diputados de que dormían sobre un volcán. Porque había llegado a esta orilla del Atlántico la misma tensión que diecisiete años antes había percibido en Estados Unidos: en un extremo de la cuerda estaban la ley, los derechos individuales e incluso la cultura; en el otro se encontraban las pasiones de una ciudadanía que no admitía jerarquía alguna y reclamaba su derecho a imponer la voluntad a fuerza de mayorías. Tocqueville nos legó así otra obra cumbre del pensamiento político occidental, que es tan válida para entender el populismo de hoy como lo era para comprender el que se estaba desatando en los Estados Unidos cuando los visitó, de la mano del presidente Andrew Jackson, cuyo retrato ha vuelto a colocar Donald Trump en un lugar prominente del despacho oval.
La democracia en América se sigue estudiando hoy en cursos monográficos impartidos en las principales universidades estadounidenses. Sus capítulos iluminan e incomodan unas conciencias que creen ver en la actualidad la misma vulgarización que Tocqueville percibió hace casi dos siglos.
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Todos los hombres del rey ( All the King’s Men )
Robert Penn Warren
Anagrama, Barcelona (2006) 776 págs. 25 €
Se atribuye a Mark Twain el aforismo de que “la historia no se repite, pero rima”, y no son escasos los ejemplos en que la literatura americana ha logrado captar las fuerzas históricas con una profundidad mayor que los propios historiadores. El mismo Twain es también ejemplo –aunque quizás no paradigmático– de un género que los norteamericanos han cultivado de forma magistral: la novela política. El autor de Tom Sawyer dio también nombre a toda una era caracterizada por la corrupción y las desigualdades al titular un libro escrito junto a Charles Dudley Warner como La edad dorada. El mismo período inspiró también la denuncia que Henry Adams hizo del sistema político en Democracia. Ahí, el ambiente recordaba en cierta medida al descrito por Ethan Canin en América, América, donde reflejaba otro de los momentos caracterizados por la desconfianza en el gobierno y las instituciones: la década de los setenta.
Pero quizás la época más fructífera para la novela social y política ha sido la Gran Depresión, que vio resquebrajarse la confianza en el sistema y sucumbir al populismo a figuras tan consagradas como Franklin Roosevelt. John Dos Passos repasó todo el período de entreguerras con su trilogía USA, para luego dedicar una de sus novelas más desencantadas, El número uno (1943), a pintar un trasunto ficticio del gobernador de Luisiana y antiguo senador Huey Long, que fue asesinado en la escalinata del parlamento de su estado cuando preparaba su candidatura presidencial, y que ha pasado a la memoria como la esencia del demagogo popular.
Pero la historia de Dos Passos es sólo el preludio de Todos los hombres del rey (1946), donde Robert Penn Warren (1905-1989) vuelve a utilizar el recuerdo de Long para pergeñar a un político bautizado como Willie Stark (Willie Talos según la elección original del autor, recuperada en la edición de 2006). Proveniente de una familia humilde, líder de masas y hombre sin escrúpulos, Stark sube hasta lo más alto para desmoronarse repentinamente en la cima de su carrera. Lo más interesante es que, durante la novela, lo vemos a través de los ojos de uno de sus asesores, Jack Burden, arquetipo de la fascinación –mezclada con mala conciencia y cierta repulsa– que un político populachero, pero aparentemente efectivo, puede generar entre las élites tradicionales. La novela ganó merecidamente un Premio Pulitzer, y todavía hoy nos ayuda a entender cómo el fenómeno Trump ha podido llegar a convertirse en realidad.
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Breve historia de Estados Unidos
Carlos Sanz Díaz
Catarata, Madrid (2022) 272 págs. 19 € (papel) / 11,99 € (digital)
Otro novelista, en este caso británico, escribió acertadamente en 1953 que “el pasado es un país extranjero”. Podemos pensar que no es el caso de Estados Unidos, cuya preponderancia estratégica y cultural nos ha acostumbrado a sentirlo cercano. Pero estamos muy poco familiarizados con los criterios que han servido a los norteamericanos para entenderse tanto a sí mismos como a su propia Historia. Por ejemplo, desde Europa tendemos a proyectar nuestros alineamientos políticos en el sistema de partidos imperante en Estados Unidos, donde las categorías tradicionales de izquierda y derecha, progresista o conservador, no han terminado de actuar como limitadores partidistas.
El papel público de la religión ha sido también muy distinto, mezclando el laicismo estatal con constantes referencias públicas a la divinidad. La libertad religiosa se desarrolló en Europa como un mecanismo de protección del Estado frente a las Iglesias establecidas, mientras que en Estados Unidos actuó como garante de la diversidad religiosa.
La ausencia en Estados Unidos de movimientos culturales equiparables a los europeos tampoco ha significado un desprecio hacia la alta cultura, cuanto una relación diferente con los testimonios más excelsos del genio humano. Y todavía hoy, hablamos en España de la Guerra de Secesión, lo que de alguna manera descafeína el carácter del conflicto como una Guerra Civil, que es como la conocieron sus coetáneos.
Comprender la Historia de los Estados Unidos requiere no sólo estar familiarizados con los hitos principales de su devenir, sino enmarcarlos en una concepción y en unas preocupaciones que a los norteamericanos les son propias, pero a nosotros nos resultan claramente ajenas. Esas coordenadas son las que trata de explorar, desde nuestro propio contexto, el libro de Carlos Sanz Díaz, que actúa maravillosamente de puente entre nuestra perspectiva y la de los norteamericanos, utilizando para ello fuentes de información procedentes de ambas orillas del océano.
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