lunes, 20 de julio de 2026

Mi amigo Alfonso. In Memoriam de D. Alfonso Bullón de Mendoza, marqués de Selva Alegre (1923-2026)



  Alicante, 20 de julio de 2026

Aunque una vida tan larga hacía pensar que ese momento terminaría llegando, la noticia me ha producido una profunda tristeza. Me hubiera gustado poder desplazarme a Madrid para darle el último adiós y acompañar a su familia, pero no ha sido posible. Quizá por eso siento hoy la necesidad de escribir estas líneas. No pretenden ser una biografía ni una necrológica al uso. Son, sencillamente, el recuerdo emocionado de un hombre excepcional que, casi sin darme cuenta, terminó convirtiéndose en un gran amigo.

    Conocí a Alfonso gracias a una investigación histórica. Y hoy puedo decir que pocas veces una investigación me ha regalado tanto.

    En enero de 2022 me encontraba escribiendo un libro sobre los viajes del rey Alfonso XIII a Las Hurdes. Entre los muchos personajes que iban apareciendo en aquella apasionante investigación hubo uno que despertó especialmente mi curiosidad: Eloy Bullón Fernández, diputado por el distrito de Sequeros, quien acompañó al Rey durante el histórico viaje de junio de 1922.

    Cuanto más profundizaba en su figura, mayor era mi admiración. Descubría a un político brillante, a un intelectual extraordinario y a quien muchos consideran uno de los padres de la Geografía científica española. Como siempre hago cuando escribo un libro, acudí a archivos y hemerotecas para reconstruir su biografía. Poco a poco fueron apareciendo pequeños tesoros documentales: expedientes parlamentarios, fotografías y noticias de prensa que iban completando la historia de aquella familia. Recuerdo especialmente la emoción que sentí al encontrar la noticia del bautizo del pequeño Alfonso, celebrado en la iglesia de Santa Bárbara y oficiado por el cardenal Benlloch. Nunca podía imaginar que aquel niño del que hablaban los periódicos de 1923 llegaría a convertirse, un siglo después, en uno de mis mejores amigos.

    Pensé que algún descendiente de Eloy Bullón podría ayudarme en mi investigación y me puse en contacto con su hijo, Alfonso Bullón de Mendoza y Gómez de Valugera, historiador, catedrático de Historia Contemporánea, presidente de la Asociación Católica de Propagandistas y del diario El Debate, quien me respondió con una amabilidad que nunca olvidaré. «Quien mejor puede ayudarle es mi padre», me dijo. Me facilitó su teléfono y así comenzó una historia que ninguno de los dos podíamos imaginar.

    El 3 de febrero de 2022 llamaba por primera vez a la puerta de su domicilio madrileño. Recuerdo perfectamente aquella primera visita. Llevaba conmigo un pequeño cuadernillo con toda la documentación que había localizado en el Archivo del Senado sobre su abuelo, Agustín Bullón de la Torre, senador por la provincia de Alicante, tierra en la que resido. La ilusión con la que recibió aquel trabajo fue tan grande como la satisfacción que yo sentí al entregárselo. Con el paso del tiempo comprendí que aquel gesto había significado mucho para él. No era frecuente que alguien dedicara tantas horas a rescatar la memoria de su padre y de su familia. Creo que entonces entendió que mi interés no respondía a una simple consulta para terminar un libro, sino al sincero deseo de devolver a la Historia la figura de un hombre injustamente olvidado. Él respondió de la manera más hermosa que podía hacerlo: abriéndome no solo las puertas de su casa, sino también las de su corazón.

    Desde aquel primer encuentro quiso eliminar cualquier barrera protocolaria entre nosotros. Nunca permitió que le llamara marqués. «Llámame Alfonso», me dijo con una sencillez que me sorprendió y que, con el paso del tiempo, comprendí que definía perfectamente su forma de ser. Pese a la brillante trayectoria académica e intelectual que había desarrollado a lo largo de su vida y a los títulos que legítimamente ostentaba, jamás sintió la necesidad de hacerlos valer. Su autoridad nacía de su inmensa cultura, de su extraordinaria educación y de una categoría humana que hacía sentirse cómodo a cualquiera que tuviera la fortuna de conversar con él.

    Lo que comenzó siendo una relación entre un investigador y la persona a la que consultaba terminó convirtiéndose, sin que ninguno de los dos lo buscara, en una amistad sincera. Cada vez que viajaba a Madrid procuraba llamarle y siempre encontraba la misma respuesta: «Ven cuando quieras». Aquellas palabras nunca fueron una fórmula de cortesía; eran una invitación auténtica. Y allí estaba él, dispuesto a dedicarme toda una tarde de conversación, compartiendo un café o una merienda en compañía, muchas veces, de su hija Beatriz Bullón de Mendoza y Gómez de Valugera, doctora en Derecho, abogada y especialista en Derecho Nobiliario, cuya cercanía y afecto hicieron que aquellas reuniones fueran aún más entrañables.

    Escuchar a Alfonso era un privilegio. Su memoria era verdaderamente prodigiosa. Recordaba nombres, fechas, personas y anécdotas con una precisión asombrosa. Más de una vez pensé que aquella memoria privilegiada era el fruto de una vida entera dedicada al estudio y al amor por la Historia.

    Recuerdo especialmente la ilusión que le producía saber que yo venía desde Alicante. Bastaba pronunciar el nombre de esa tierra para que comenzara a hablar de Tabarca, una isla por la que sentía una curiosidad extraordinaria. En uno de mis viajes decidí regalarle un libro sobre su historia. La letra era diminuta y pensé que difícilmente podría leerlo. Al día siguiente me llamó. Lo había terminado. No solo eso: fue comentándome capítulo por capítulo, haciendo observaciones que demostraban que seguía conservando una memoria verdaderamente excepcional.

    Muchas horas las dedicamos al viaje de Alfonso XIII a Las Hurdes. Fue él quien me contó la divertida anécdota ocurrida en el convento de Las Batuecas cuando el Rey comentó que las pulgas no le habían dejado dormir y su padre respondió con aquella frase tan ingeniosa: «Eso es, Majestad, porque les ha gustado mucho la sangre real». Cada vez que recordaba aquella escena terminaba sonriendo. La anécdota terminó incorporándose a mi libro junto a varias fotografías que él mismo puso generosamente a mi disposición.

    Nuestra amistad fue creciendo mucho más allá de aquella investigación. El 26 de abril de 2022 tuve el inmenso honor de contar con su presencia en la conferencia que pronuncié en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País bajo el título En torno a Annual, con motivo de la presentación de mis libros El padre Revilla y Doce días de asedio. Los horrores de Monte Arruit. Acudió acompañado por la duquesa de Canalejas. Aquella visita tenía para él un significado muy especial, pues su padre había pertenecido a la Matritense y había pronunciado conferencias en aquellos mismos salones. Era como si, por unas horas, la memoria de Eloy Bullón volviera a ocupar el lugar que nunca debió perder.

    También me abrió las puertas de la Real Gran Peña, de la que era el socio de mayor antigüedad. Allí compartimos inolvidables almuerzos y largas sobremesas. Recuerdo especialmente uno junto al gran historiador del arte Matías Díaz Padrón y mi querida amiga Cuca Berenguer, bisnieta del general Dámaso Berenguer, a quien también conocí gracias a otra investigación histórica sobre el Desastre de Annual. Siempre he pensado que la Historia tiene una maravillosa capacidad para unir personas. Alfonso fue, sin duda, uno de esos regalos inesperados que la investigación puso en mi camino.

    Otro de los recuerdos que guardaré siempre fue la invitación que me hizo para pasar un día con él en su magnífica casa de La Granja de San Ildefonso. Paseamos durante horas por los jardines mientras me iba relatando su historia con la pasión y el conocimiento que le caracterizaban. No era un simple paseo. Era una auténtica lección magistral al aire libre, en la que cada rincón evocaba un personaje, un episodio histórico o un recuerdo familiar. Aquella jornada permanece entre los recuerdos más entrañables de nuestra amistad.

    En febrero de 2023 tuve también la satisfacción de colaborar modestamente en la celebración de su centenario. Me puse en contacto con el director del Instituto Bárbara de Braganza, de Badajoz, del que había sido director y al que él mismo dio nombre, para que profesores y alumnos le hicieran llegar unas palabras de felicitación. Ver la emoción con la que recibió aquellas muestras de cariño fue uno de esos momentos que justifican por sí solos cualquier esfuerzo investigador.

    Pocos meses después, en junio de 2023, presentaba mi libro El millón de Larache. Cien años después (1923-2023), una obra que Alfonso había tenido la enorme generosidad de prologar. Días antes le pedí que no acudiera. El calor era sofocante y su hija Beatriz me había comentado que un problema en un pie le dificultaba caminar. Pensé sinceramente que lo más prudente era que permaneciera en casa. Sin embargo, Alfonso tenía una manera muy especial de entender la amistad. El día de la firma fue la primera persona que apareció por la caseta. Aquel gesto, aparentemente sencillo, me emocionó profundamente. No estaba allí por compromiso. Había hecho el esfuerzo porque quería acompañarme en un momento importante de mi vida. Ese detalle resume mejor que ninguna otra cosa la lealtad y la generosidad que siempre encontré en él.

    En febrero de este año volví a visitarle con motivo de su 103.º cumpleaños. Era una cita que nunca faltó desde que nos conocimos, porque sabía la especial ilusión que le hacía mi visita. Después seguimos hablando con frecuencia por teléfono. Sin saberlo, aquella fue la última vez que nos vimos.

    Hoy vuelvo a leer un pequeño trabajo que escribí pocos meses después de conocerle bajo el título Historia de una Real anécdota. Entonces pensaba que estaba escribiendo únicamente sobre una curiosa historia protagonizada por su padre durante el viaje de Alfonso XIII a Las Hurdes. Hoy descubro que, sin saberlo, estaba escribiendo el primer capítulo de una amistad.

Yo acudí a Alfonso buscando la memoria de su padre. Nunca imaginé que acabaría encontrando un amigo.


Quiero terminar expresando mi más sentido pésame a sus hijos, Alfonso y Beatriz, que desde el primer momento me dispensaron la misma confianza y el mismo afecto que su padre. Alfonso fue quien hizo posible aquel primer encuentro que cambió tantas cosas, mientras que Beatriz compartió con nosotros muchas de aquellas entrañables meriendas y cuidó siempre de su padre con una dedicación admirable. Hago extensivo este abrazo al resto de su familia, a sus hijos, nietos, bisnietos y a todos cuantos hoy lloran su pérdida. Ellos conocen mejor que nadie el inmenso vacío que deja su ausencia, pero también pueden sentirse orgullosos de que la vida de Alfonso trascendiera el ámbito familiar para sembrar amistad, cultura y generosidad en quienes tuvimos el privilegio de conocerle.


Durante más de un siglo, Alfonso Bullón de Mendoza fue un extraordinario custodio de la memoria de su familia y de una parte importante de la historia de España. Ahora nos corresponde a quienes tuvimos la fortuna de compartir una parte de su camino conservar la suya.


Descansa en paz, querido Alfonso. Gracias por abrirme las puertas de tu casa. Gracias por compartir conmigo tus recuerdos. Y, sobre todo, gracias por regalarme tu amistad.

Carlos Sánchez Tárrago

Doctor en Historia



No hay comentarios:

Publicar un comentario