lunes, 3 de agosto de 2026

Diario Escurialense XII. "MI SOBRINA MARIVÍ ". Relato

Río Yalde.Uruñuela. La Rioja. (Foto: Nuevecuatrouno)



Julia Sáez-Angulo

        9 de junio de 2026

    En todas las familias hay personajes que parecen haber sido enviados al mundo para poner a prueba la paciencia de los demás y, al mismo tiempo, para despertar una inesperada ternura. En la nuestra, aquel papel le correspondió durante años a Mariví.

Todo empezó cuando mi sobrino Felín dejó embarazada a aquella muchacha guapa, de ojos vivos y sonrisa fácil, pero con unos modales que habrían hecho desmayarse a cualquier profesora de urbanidad. Cuando la noticia llegó a oídos de su madre, mi prima Lucy, sufrió un auténtico soponcio.

—En esta familia no caben bastardos —declaró cuando recuperó el habla—. Así que te casas.

Y Felín se casó.

A los seis meses nació un niño hermoso y saludable que, para no complicarse mucho la vida, recibió también el nombre de Felín. Aquello provocó algunos comentarios maliciosos sobre la duración del embarazo, pero nadie insistió demasiado. En las familias hay verdades que todo el mundo conoce y que nadie se toma la molestia de discutir.

Mariví llegó oficialmente a la familia y pronto descubrió que no todas las incorporaciones son fáciles. Sus dos cuñadas no podían soportarla. Ella representaba exactamente todo aquello que ellas no querían parecer.

Mientras ellas cuidaban cada detalle de su aspecto, Mariví aparecía con pantalones vistosos, camisetas estridentes y accesorios que parecían adquiridos en una liquidación masiva de bisutería. Cuando hablaba, además, lo hacía con una potencia vocal capaz de atravesar varias habitaciones.

Las cuñadas la observaban con una mezcla de horror y superioridad.

—Es ridícula. Nos hace quedar mal —decían.

Yo, en cambio, sentía cierta compasión por aquella muchacha. No era mala persona. Todo lo contrario. Había en ella una sinceridad tan absoluta que resultaba imposible no tomarle cariño.

Por eso decidí emprender una misión que hoy reconozco imposible: pulir a Mariví.

Comencé por lo más sencillo.

—Esa expresión no queda bien —le decía cuando soltaba alguna de sus frases más pintorescas.

Ella me miraba con buena voluntad.

—¿Y cómo se dice entonces?

Yo se lo explicaba.

Al día siguiente volvía a escuchar la expresión original.

Pero insistí.

Cuando gritaba, la corregía.

—Mariví, baja la voz.

—¿Estoy gritando?

—Toda la urbanización sabe lo que estás diciendo.

En la piscina era un espectáculo.

—¡¡¡FELÍÍÍN!!!

El eco rebotaba entre las sombrillas.

—No grites —le decía—. Levántate y ve a buscar al niño.

Ella me miraba como si yo hubiera perdido el juicio.

—¿Y hasta allí tengo que ir?

—Pues sí.

—No pienso hacerlo.

Lo decía con una naturalidad tan perfecta que era imposible enfadarse.

Su mayor problema llegaba cuando intentaba parecer distinguida.

Hay personas elegantes sin proponérselo y otras que, cuando intentan ser elegantes, producen el efecto contrario. Mariví pertenecía claramente al segundo grupo.

Recuerdo especialmente una boda familiar.

Todos esperábamos en la iglesia cuando apareció ella.

Llevaba adornos en el cabello.

Adornos en las orejas. Adornos en el cuello. Adornos en los brazos. Adornos en los dedos. Probablemente también en lugares que la ropa impedía comprobar.

Era como si hubiera confundido la ceremonia con un escaparate ambulante.

Una cuñada me susurró:

—Parece un árbol de Navidad.

Yo, para ser justa, respondí:

—Un árbol de Navidad muy simpático.

Mariví llegó sonriente, convencida de estar deslumbrante. Y lo estaba, aunque no exactamente del modo que ella imaginaba.

Con los años, mi labor educativa continuó. Corregía palabras, sugería lecturas, recomendaba maneras más discretas de vestir.

Ella escuchaba siempre. Y luego hacía exactamente lo que le daba la gana. Sin embargo, algo fue cambiando entre nosotras. La corrección constante se convirtió en conversación. Las conversaciones en confianza. Y la confianza en afecto.

Porque debajo de toda aquella apariencia aparatosa había una mujer sencilla, trabajadora y bastante más inteligente de lo que muchos suponían.

Un día me sorprendió contándome que había encontrado empleo.

—¿Dónde?

—En la cocina de un hotel.

Yo quise animarla.

—Magnífico. Hoy los chefs de cocina están muy valorados. Algunos ganan más que los futbolistas.

Mariví soltó una carcajada.

—¿Qué te has creído tú? Yo estoy allí para fregar ollas.

Aquella respuesta resumía perfectamente quién era ella.

Mientras otros habrían adornado la realidad, Mariví la servía sin salsa y sin decoración. Era incapaz de fingir.

Lamentablemente, el matrimonio con Felín no prosperó. Tuvieron una segunda hija, una niña preciosa que completó la familia durante un tiempo. Pero los desacuerdos crecieron. Lo que al principio parecían diferencias menores terminó convirtiéndose en una distancia imposible de salvar.

Finalmente llegó la separación. No fue una sorpresa para nadie. Quizá ni siquiera para ellos.

La vida siguió su curso. Los niños crecieron. Felín rehízo parte de su camino. Mariví continuó con el suyo.

Y yo fui dejando atrás mi ambicioso proyecto de convertirla en una señora refinada. La verdad es que nunca tuve la menor posibilidad de éxito.

Mariví era Mariví. Tan incapaz de transformarse como una golondrina de convertirse en águila. Y, pensándolo bien, tampoco tenía por qué hacerlo.

Hoy, cuando a veces nos encontramos por casualidad, nos saludamos con verdadero cariño. Nos damos dos besos. Nos preguntamos por la familia.

Nos reímos recordando viejas historias.

—¿Te acuerdas cuando me regañabas por todo? —me dice.

—Porque eras incorregible.

—Y sigo siéndolo.

—Eso ya lo veo.

Entonces ambas nos reímos.

Al final comprendí algo que no había entendido cuando intentaba educarla. Las personas no siempre necesitan ser corregidas. A veces basta con quererlas.

Mariví nunca aprendió a hablar bajo. Nunca consiguió vestir con discreción. Jamás renunció a sus expresiones imposibles. Pero conservó algo mucho más valioso: una autenticidad que muy pocas personas poseen.

Y aunque no logré convertirla en una señorita elegante, sí conseguí algo mejor. Gané una amiga inesperada dentro de la familia. Una amiga que sigue siendo exactamente la misma mujer que llegó un día de la mano de mi sobrino Felín: escandalosa, entrañable, sincera y completamente imposible de pulir. Y quizá ahí reside precisamente todo su encanto.


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