miércoles, 23 de septiembre de 2026

La Mezquita-Catedral de Córdoba: piedra, fe y controversia bajo un mismo techo Un recorrido íntimo para descubrir la complicidad religiosa y el milagro arquitectónico







    Texto y fotos:
    Enrique Sancho y Carmen Cespedosa

    23.09.2026.- Hay templos que se visitan y templos que se recorren con el alma en vilo. La Mezquita-Catedral de Córdoba es de los segundos: un bosque de más de ochocientas columnas donde el eco de los rezos musulmanes y el de los cantos gregorianos parecen convivir todavía entre las sombras, como si trece siglos de fe, sangre, arte y disputa no hubieran bastado para que el edificio eligiera un solo nombre, una sola historia o un solo dueño. Pisar sus losas de mármol es entrar en la memoria más disputada —y más hermosa— de España. Hacerlo sobre sus tejados y cúpulas, un privilegio del que solo los bomberos y algunos periodistas podemos presumir.
    Entrar en la Mezquita de Córdoba es como cruzar un umbral hacia otra escala del tiempo y del espacio. Fuera queda el bullicio de la ciudad, la luz directa del sol cordobés; dentro, la penumbra te envuelve de golpe, y los ojos tardan un instante en adaptarse antes de que aparezca ante ti ese bosque de columnas que parece no tener fin.

    Es una sensación de desorientación agradable. Más de ochocientas columnas de mármol, jaspe y granito, ninguna exactamente igual a otra, se repiten en todas direcciones, coronadas por los característicos arcos de herradura en rojo y blanco, superpuestos en dos niveles. Mires hacia donde mires —adelante, atrás, a los lados— el patrón se multiplica, como un efecto óptico infinito. No hay un punto focal claro que te diga "aquí está el centro"; en cambio, el espacio te invita a perderte, a caminar sin rumbo fijo entre los pasillos que se abren como calles de una ciudad subterránea.

Una catedral rodeada de columnas

    Hay algo casi hipnótico en el ritmo: columna, arco, columna, arco, una y otra vez, en una penumbra fresca que contrasta con el calor exterior. El silencio —o el murmullo bajo de otros visitantes— se acolcha entre tanta piedra, y los pasos resuenan suavemente. La luz entra filtrada, tenue, por algunos huecos, creando charcos dorados que interrumpen la sombra uniforme. Uno de los espacios más bellos es la decoración dorada de la fachada del mihrab y de las cúpulas, aunque no es obra local: el califa Alhakén II pidió al emperador de Bizancio que le enviara un maestro mosaiquista, que viajó hasta Córdoba junto con toneladas de teselas de vidrio para ejecutar el trabajo.

    Y luego, caminando entre ese mar de columnas, aparece de pronto la catedral renacentista incrustada en el centro, con su nave luminosa y su bóveda dorada, un contraste abrupto que corta el ritmo hipnótico anterior. Es un choque de estilos y de épocas —casi mil años de historia superpuesta— que desconcierta y fascina a la vez. Hoy es el tercer monumento más visitado de España, por detrás de la Alhambra de Granada y la Sagrada Familia de Barcelona.

    Muchos visitantes describen la experiencia como algo casi espiritual, más allá de cualquier credo concreto: la repetición, la penumbra, la vastedad del espacio genera una sensación de pequeñez y de asombro simultáneos, como estar dentro de un organismo vivo hecho de piedra.

    De basílica visigoda a mezquita, y de mezquita a catedral

    El emplazamiento ya era sagrado antes de que existiera la mezquita: allí se alzaba la basílica visigoda de San Vicente. En el año 785, el emir Abderramán I ordenó construir sobre ese solar la gran mezquita aljama de Córdoba, que sus sucesores fueron ampliando durante los dos siglos siguientes hasta convertirla en la mayor mezquita del mundo islámico.

    Tras la conquista cristiana de la ciudad por Fernando III el Santo en 1236, el edificio se consagró como catedral sin apenas modificar su estructura original: se instalaron capillas en los muros, como la de San Felipe y Santiago (1258) o la de San Clemente (antes de 1262), pero el bosque de columnas se mantuvo casi intacto. La transformación más drástica llegó en el siglo XVI, cuando el cabildo catedralicio obtuvo permiso del emperador Carlos V para levantar en pleno centro del edificio un crucero de estilo renacentista. Se mantiene la estructura musulmana, pero se adapta al rito católico.

    Hoy el conjunto está declarado Bien de Interés Cultural y forma parte, desde 1984, del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, uno de los primeros españoles. En 2024 batió su récord histórico de visitantes, con 2,18 millones de personas, lo que lo convierte en uno de los monumentos más visitados de España.

    Una propiedad que no deja de discutirse

    Ahí donde el relato histórico parece asentado, surge la polémica que más titulares ha generado en las últimas dos décadas: ¿de quién es, legalmente, la Mezquita-Catedral?

    En 1998, una reforma de la Ley Hipotecaria impulsada durante el Gobierno de José María Aznar permitió a la Iglesia católica inscribir miles de propiedades mediante un simple certificado del obispado. Amparándose en esa norma, el Cabildo inscribió la Mezquita-Catedral en el Registro de la Propiedad en 2006, bajo la denominación de "Santa Iglesia Catedral de Córdoba", por un coste que diversas fuentes cifran en apenas 30 euros.

    Desde entonces se libra una doble batalla: la de la titularidad, con colectivos como la Plataforma Mezquita de Córdoba reclamando desde 2013 que un bien Patrimonio de la Humanidad pase a manos públicas, y la del nombre, tras la polémica decisión de 2010 de eliminar la palabra "mezquita" de la señalización oficial, revertida después parcialmente con una solución salomónica: el nombre oficial es “mezquita-catedral”. La Iglesia defiende la legalidad de la inmatriculación apoyándose en un informe gubernamental de 2022, y el Gobierno reiteró en noviembre de 2025 que no hay motivos para cuestionar la actual titularidad registral. El debate volvió a primer plano en agosto de 2025, cuando un incendio en el monumento, por un cortocircuito en una máquina limpiadora —que se solucionó en pocas horas y solo afectó a unos 25 metros cuadrados de los 23.000 totales del monumento— reavivó las preguntas sobre su gestión.

    Lo que Carlos V criticó: Un templo cristiano sobre otro musulmán

    Más allá de quién sea el propietario legal, sigue abierta una discusión de fondo: ¿qué se piensa hoy sobre que la catedral se construyera sobre —y dentro de— la antigua mezquita? Las asociaciones musulmanas, como la Cultural Ibn Hazm de Córdoba, vinculada a la Mezquita de los Andaluces, sostienen que la gestión actual del Cabildo mutila la esencia islámica del edificio y perpetúa lo que describen como una ocultación de su pasado musulmán —señalan como ejemplo la prohibición de que los musulmanes recen en su interior—. Proponen fórmulas como el rezo compartido, un patronato plural entre confesiones o, en último caso, la desacralización del espacio para convertirlo en un lugar puramente cultural.

    Desde el ámbito eclesiástico se responde que ese reclamo es incompleto: antes de ser mezquita en el siglo VIII, el solar albergó ya una iglesia cristiana de los siglos IV al VI, en época tardorromana y visigoda. Se argumenta que el edificio ha sido templo cristiano durante unos once siglos frente a cinco como mezquita, y que resulta arbitrario fijar la legitimidad histórica solo en el periodo islámico.

    Sobre la intervención que sí implicó una demolición física innegable —la inserción del crucero renacentista en el siglo XVI—, la tradición histórica recoge que el propio Carlos V lamentó el resultado al visitarlo terminado. Cuando el emperador visitó la catedral renacentista ya terminada, en pleno centro del bosque de columnas, pronunció una crítica que se ha hecho célebre: dijo a los canónigos que habían destruido algo único en el mundo para edificar algo que puede verse en muchos lugares.

    El Cabildo Catedralicio protagonista

   El Cabildo Catedralicio de Córdoba es el cuerpo de canónigos —sacerdotes con múltiples funciones específicas dentro de la diócesis— que, presidido por un deán, tiene encomendada la gestión espiritual, litúrgica y patrimonial del templo. Está formado por veinte canónigos, cifra fijada por el papa Inocencio IV en 1247 y que se mantiene hasta hoy. Lo preside el Deán-Presidente, actualmente Joaquín Alberto Nieva García, y sus tareas se reparten entre dignidades y oficios con funciones muy concretas: desde el Penitenciario, que atiende la confesión, hasta el Archivero-Bibliotecario o el Chantre, responsable del canto litúrgico. Tienen un papel protagonista Agustín Moreno, responsable de Obras y José Juan Jiménez Güeto, Portavoz y responsable de Prensa.

    Más allá de lo simbólico, la Mezquita-Catedral es también un negocio de considerable envergadura para el Cabildo. Según sus últimas cuentas publicadas, correspondientes a 2024, el monumento generó 22.432.764 euros de ingresos, sostenidos por un récord histórico de 2.186.774 entradas vendidas a lo que se añade los ingresos por la visita nocturna "El Alma de Córdoba" (530.000 euros), el acceso a la Torre Campanario (315.000 euros) y el canon por audioguías. Sorprende un tanto que las múltiples funciones que requiere este negocio millonario sea gestionado por un puñado de curas que, además, deben atender a sus propias parroquias, celebrar funciones litúrgicas, atención pastoral a sus fieles, asesorar al obispo y, desde luego, gestión turística y de visitas, mantenimiento y restauración del edificio, actividad cultural y musical (el Cabildo mantiene, por ejemplo, un Chantre-Maestro de Capilla), gestión de archivo histórico, cuestiones jurídicas y de patrimonio, seguridad del monumento, y comunicación institucional. El Cabildo Catedralicio es, hoy por hoy, quien sostiene el día a día del monumento: quien paga sus restauraciones, quien forma a los guías, quien decide qué luces se encienden por la noche y quien celebra misa cada mañana entre columnas que un día miraron hacia Damasco.

Curiosidades que no suelen saberse

    Como todo gran monumento, la Mezquita de Córdoba tiene sus secretos que pocos conocen y curiosidades que la hacen más humana. El mihrab no apunta exactamente hacia La Meca, como en todas las mezquitas, sino hacia el sur, un desajuste que los historiadores atribuyen a que Abderramán I quiso imitar la orientación de la Gran Mezquita de Damasco, su tierra de origen. El campanario actual, obra de Hernán Ruiz III de finales del siglo XVI, se levantó envolviendo los restos del antiguo alminar de Abderramán III del siglo X, todavía visibles en su interior. Y las curiosas losas de jaspe azulado del Patio de los Naranjos, que generaciones de cordobeses creyeron que ocultaban un pasadizo secreto, resultaron ser simplemente un depósito de agua.

    Una de las leyendas más célebres es la de la Columna del Cautivo: se cuenta que un joven cristiano, esclavizado durante las ampliaciones de Almanzor en el siglo X, arañó con la uña una cruz en una columna de mármol, y que al no poder borrarla acabó ahorcado. Hoy la columna, con su pequeña cruz protegida por una reja, sigue señalizada dentro del recorrido.

    En el Patio de los Naranjos, la Fuente de Santa María —conocida como "la fuente del olivo"— arrastra la tradición de que las mujeres solteras que beben de su caño más cercano al olivo encontrarán pareja. Hoy, cada día, decenas de mujeres siguen bebiendo de ese caño. Otra leyenda muy extendida habla de un túnel subterráneo que uniría la Mezquita con la ciudad palaciega de Medina Azahara, a 8 kilómetros, para que el califa pudiera acudir a rezar sin exponerse entre la multitud. Y sobre el origen mismo del edificio circula la llamada "leyenda del Ángel", según la cual Abderramán I decidió construirlo tras soñar que un ángel le reprochaba no haber correspondido a la ayuda divina recibida durante su exilio desde Damasco.

    Un sistema de cubiertas casi milenario

    Pocos visitantes levantan la vista hacia lo que sostiene todo el conjunto. Las cubiertas exteriores de la sala de oración están formadas por 19 tejados independientes a dos aguas, cada uno vertiendo el agua hacia un canalón sostenido por los propios arcos del edificio: tejado y bosque de columnas forman, en realidad, un solo sistema constructivo integrado.

    La techumbre original musulmana se hizo con madera de alerce traída por mar desde el norte de África. Hoy conviven en el tejado hasta tres modelos distintos de teja —dos musulmanas originales y otra posterior de época cristiana— y estructuras que van de las techumbres de madera reconstruidas a bóvedas góticas del siglo XVI y encamonadas del XVII.


Un privilegio, cerca del cielo


Subir a los tejados de la Mezquita-Catedral, a más de 30 metros sobre el suelo, es entrar en un territorio casi secreto, reservado a muy pocos: canteros, restauradores, arquitectos del propio Cabildo, algún periodista con permiso especial (como ha sido el caso de una decena de miembros de FIJET) y, claro, los bomberos que la noche del incendio tuvieron que moverse por ese mismo laberinto de cubiertas para contener las llamas. Es un privilegio que muy pocos cordobeses —y casi ningún turista— llegan a experimentar jamás.


Desde abajo, entre las columnas, el edificio se percibe como un espacio horizontal, casi infinito en su repetición de arcos. Pero arriba, todo cambia: de pronto aparece la verdadera topografía del monumento, 14.000 metros cuadrados de tejados a distintas alturas, cúpulas, contrafuertes y torreones que ondulan como un paisaje propio, casi una segunda ciudad construida sobre la primera. Se entiende, de golpe, la estratificación de casi 1.300 años de historia: las techumbres omeyas conviven con añadidos cristianos posteriores, capiteles renacentistas asoman entre cubiertas mudéjares. Es arqueología vertical.


Ahí arriba el ruido de los visitantes desaparece por completo. Solo queda el viento —a menudo fuerte, porque Córdoba en las alturas se siente más expuesta— y, si el momento lo permite, las campanas de la Torre Campanario resonando a escasos metros, con una intensidad física que abajo nunca se percibe igual. Es un silencio cargado, casi solemne, donde uno se siente diminuto ante la masa de piedra que sostiene. También uno se olvida del arnés que ha debido ponerse, del casco, del cable que te une a lo que con poco tranquilizador nombre se denomina, “cable de vida” que separa el estrecho pasillo de la mortal caída. Saber que el fuego de hace un año pudo extenderse por ese entramado de madera antigua, y que fueron los bomberos quienes se movieron entre esas mismas cubiertas para contenerlo, añade una capa de gravedad a la experiencia: no es solo un mirador espectacular, es también el punto más vulnerable del monumento, el lugar donde su fragilidad se hace más evidente.


Un inmenso espacio luminoso


A diferencia de la penumbra fresca del interior, aquí la luz cordobesa golpea sin filtro. El contraste con el bosque de columnas en sombra es total: pasar de un espacio introspectivo y contenido a uno abierto, luminoso y vertiginoso, produce una especie de desorientación sensorial, casi como emerger de una cueva.


Quienes hemos tenido ese privilegio, de la mano del Canónigo Obrero del Cabildo, describimos un efecto duradero: bajar de nuevo entre las columnas ya no es lo mismo. Se sabe lo que hay encima, la complejidad oculta, el peso literal de la historia que sostienen esos arcos. La experiencia transforma la Mezquita de un objeto que se contempla en un organismo que se entiende —con su piel, su esqueleto, sus heridas y sus reparaciones— desde dentro y desde arriba a la vez.


Quizás ahí resida el verdadero misterio de la Mezquita-Catedral: no en sus túneles legendarios ni en sus columnas talladas con la uña, sino en su asombrosa capacidad de sobrevivir a todo —a incendios, a reformas, a litigios, a siglos de manos distintas que la rezaron, la construyeron, la disputaron y la amaron— sin dejar nunca de ser, ante los ojos de quien la pisa por primera vez, un lugar donde el tiempo parece haberse detenido entre columnas rojas y blancas. Mientras la ciudad discute a quién pertenece sobre el papel, el edificio sigue perteneciendo, cada mañana, a quien cruza su umbral y se queda en silencio, sin saber muy bien si está entrando en una mezquita, en una catedral, o simplemente en la historia entera de España.


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