domingo, 29 de enero de 2023

LOS AGRADECIMIENTOS NO EQUIVALEN A LEOPARDOS




Víctor Morales Lezcano

Acaban de cumplirse treinta años desde que se publicó (1992) la cacareada obra de Francis Fukuyama, titulada “El fin de la historia y el último hombre”, obra que fue una suerte de armonía leibniziana en el ámbito de las relaciones internacionales.

La desintegración de la Unión Soviética en 1991 y, por ende, del “statu quo” entre las dos grandes potencias de alcance planetario (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y Estados Unidos de América) y sus respectivos “hermanos menores”, en terminología que acuñó Raymond Aron, vino a poner fin a la Guerra Fría entre dos sistemas de poder antagónicos, allí donde los haya habido en el decurso de los tiempos, antagonismo que vino a establecerse en el ámbito de las relaciones internacionales habidas entre 1945 y 1990.  Sin embargo, el avizor Fukuyama, en persona, no tuvo otra alternativa a su, casi, “fake news” que recurrir a una salida de emergencia ante la evidencia de que China se convertía también en un inquietante “hegemon” con respecto a los supremacistas anglosajones tanto de América del Norte como de los supervivientes residuales del eximperio británico.

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   El estado de guerra actual entre Rusia y Ucrania, que pronto cumplirá su primer año de duración, ha venido a sorprender a medio mundo, aunque el otro medio venía incubando sospechas sobre el inquietante comportamiento fronterizo de la Rusia postsoviética. Así pues, como invocó el político y militar romano Julio César (siglo I a.C.), “alea jacta est” (“la suerte está echada”) en el campo de batalla, aunque no se trate del mismo en que Vladímir Putin ha convertido a la milenaria Ucrania, actualmente gobernada por Volodímir Zelenski. Una lectura selectiva de la síntesis del profesor Orlando Figes (“La historia de Rusia”; ed. Taurus, 2022) puede contribuir a entender la secular cuestión fronteriza del denominado territorio del Rus. O sea, del mito fundacional datable desde la época de la dinastía Rúrikovich, dinastía rúrika o ruríkida, que vino a fundamentar documentalmente la “Crónica de Néstor” (circa 1110).

Que la nueva guerra que se ha desatado en Europa se venía gestando desde que se produjo la avanzadilla de las tropas rusas en dirección a la península de Crimea en los primeros meses de 2014 era una especie de secreto a voces. Las potencias de la Unión Europea más llamadas a ser precavidas con el resurgimiento militar de la Rusia postsoviética −caso de Alemania, Holanda, Francia, Polonia e incluso Reino Unido− han venido entregándose a la arriesgada hipótesis de que la OTAN garantizaría siempre el sistema de seguridad y defensa de dichas potencias merced a la alianza atlantista que se desarrolló a partir del final de la Segunda Guerra Mundial; alianza progresivamente inclinada a expandir su área de influencia sobre el  desajustado sistema de defensa de la Unión Europea; sobre todo, en caso de producirse un deslizamiento del glacis defensivo de Rusia hacia los antiguos ducados, reinos y ulteriores naciones de Finlandia y los principados del mar Báltico y Polonia misma; o bien, hacia los países balcánicos, limítrofes estos con el mar Negro y el eximperio turco-otomano; en ruta a las codiciadas vías de incursión eslava en las aguas más allá de los Dardanelos. Isabel de Madariaga (1919-2014), en su imponente monografía titulada “Russia in the Age of Catherine the Great” (London, Weidenfeld & Nicolson, 1981), supo colocar, negro sobre blanco, el progresivo arraigo que adquirió el avance eslavo hacia el sur durante el reinado de Catalina II. 

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Un concurso de factores concomitantes ha venido perturbando la pista de aterrizaje de las relaciones internacionales del siglo XXI.

Como es sabido, en el último fin de semana (20-21 de enero), se ha evidenciado un cierto desencuentro provocado, en parte, por los Estados Unidos, a pesar de que Joe Biden proclamara que “Ucrania recibirá toda la ayuda que necesita”, mientras que los Gobiernos de Alemania, Francia, Polonia, Reino Unido, Holanda y Bélgica alientan al Gobierno y al pueblo ucranianos para seguir plantando cara a los contingentes rusos implantados “manu militari”en el este de Ucrania  con perseverancia destructiva.  

Volodímir Zelenski, indignado, ha llegado a exclamar: “Cientos de agradecimientos, sí, pero esos cientos de agradecimientos no equivalen a cientos de tanques”; agradecimientos por la probada resistencia de las milicias y los ciudadanos ucranianos frente al acoso y derribo que el Kremlin efectúa en Ucrania desde hace un año. Zelenski acogerá con fervor los tanques Challenger británicos, pero, también, acogerá, con no menos fervor, los carros de combate alemanes Leopard 2, que están tardando en llegar a los diversos frentes abiertos en la guerra ruso-ucraniana.

Tal como se explicita aquí, otra guerra nada “fría”, sino harto fogosa, está conociendo una segunda edición en el ámbito de la Europa del Este.

Sin embargo, la gravitación de las estrategias británica, alemana y polaca durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial está presente en la contención coyuntural de las potencias europeas en la actual guerra entre Rusia y Ucrania. Mientras que el presidente de todos los presidentes americanos acaba de pronunciarse como sigue:

“En este año sería muy difícil la expulsión de las tropas rusas. Lo mejor sería presionar a Rusia para una negociación diplomática, aunque los diplomáticos son del criterio de que Putin no parece predispuesto a ello. En definitiva, en Ucrania son los tanques (construidos en Alemania, Leopard 2) los que lograrán obtener resultados eficaces”.

Por su parte, el secretario de Defensa, Lloyd J. Austin III, ha respaldado la idea de que las naciones europeas se dispongan a reexportar tanques alemanes desde Polonia en dirección a Ucrania, por el mero hecho de que Polonia se encuentra geográficamente próxima al escenario bélico de una hora crucial para el Viejo Mundo.

Boris Pistorius, ministro federal de Defensa de Alemania, viene apuntando desde hace algunas semanas que la toma de una decisión, al respecto, se produzca tan pronto como sea posible. Hay, pues, varios atisbos de un inminente acuerdo entre Estados Unidos y algunos miembros de la Unión Europea para contrarrestar la ocupación del este de Ucrania por las tropas regulares y mercenarias de Rusia.


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