A falta de crónica sobre arte o literatura, publico un relato sacado de unas anécdotas dispersas escuchadas en el curso de retiro que llevo a cabo en Riaza (Segovia).
Julia Sáez-Angulo
Fui a predicar unos ejercicios espirituales para sacerdotes a una residencia vetusta, algo incómoda, pero recogida y silenciosa, rodeada de castaños que parecían custodiarla como viejos centinelas. Estaba en un pueblo pequeño, perdido en el páramo de Guadalajara, donde el viento suena más que las campanas y el tiempo parece haber aprendido a caminar despacio.
Siempre que voy a estos lugares me gusta cumplir con una especie de rito personal: saludar al párroco. Era un hombre mayor, de esos que ya no se fabrican, con una memoria prodigiosa y una serenidad que imponía respeto sin proponérselo. Se sabía el Nuevo Testamento en latín sin vacilar, y en el altar pronunciaba las palabras con una precisión que sonaban a eternidad: “hoc est enim corpus meum…”; cada sílaba caía como una gota de agua en un pozo profundo.
Había hecho escribir frente al altar: Sicut prima, sicut última, sicut única (“como si fuera la primera, la última o la única”, referido a la santa misa, a la Eucaristía. Un cura que amaba el latín.
Yo, por mi parte, procuraba ir siempre vestido de clergyman. Pienso —como con los taxis— que un sacerdote debe poder ser reconocido en la calle. Nunca sabes cuándo alguien puede necesitar una palabra, un consejo o incluso una confesión improvisada. Y no es teoría: me ha sucedido más de una vez.
Aquella mañana de sábado, después de predicar y celebrar la misa, salí a pasear por el pueblo. Era uno de esos paseos sin rumbo, en los que uno no busca nada y, sin embargo, todo puede suceder. Las calles estaban casi vacías, con ese silencio espeso de los pueblos pequeños, roto solo por algún perro lejano o una puerta que se cerraba.
Entonces lo vi.
Un hombre de mediana edad avanzaba por la calle dando tumbos, haciendo gestos extraños, como si discutiera con alguien invisible. “Ha pasado la noche bebiendo”, pensé. Y, por prudencia, me cambié de acera.
Pero él también.
No fue casualidad. Venía hacia mí con la determinación de quien necesita hablar con alguien, con quien sea, y en aquel momento ese alguien era yo. Supongo que el alzacuellos tuvo algo que ver.
Se acercó y, sin preámbulos, soltó:
—Jesucristo era estupendo.
—Sí —respondí.
—Jesucristo era fenomenal —insistió.
—Sí.
—Jesucristo era un hombre excepcional.
Ahí ya me salió el predicador que uno lleva dentro, incluso cuando no quiere:
—Era un hombre excepcional… y era Dios al mismo tiempo.
El hombre me miró, entre divertido y precavido, y dijo con una media sonrisa:
—Padre, no se me suba.
Seguimos caminando un trecho juntos. Él lanzaba afirmaciones teológicas con sorprendente convicción; yo respondía con monosílabos, como quien echa pequeñas ramas al fuego sin querer avivarlo demasiado.
Al final, decidió despedirse. Nos dimos la espalda y cada uno retomó su camino. Yo ya pensaba en el sermón de la tarde cuando oí su voz:
—¡Padre!
Me volví.
sábado, 25 de abril de 2026—Cristo era Dios y hombre.
Sonreí.
—Totalmente de acuerdo.
Y seguimos cada uno por su lado, él con sus pasos inciertos y yo con una certeza renovada: a veces la fe aparece donde menos se espera, incluso entre los titubeos de una noche larga. Porque en aquel páramo, entre castaños y silencio, también los borrachos pueden decir teología… y, de vez en cuando, acertar.
Riaza, sábado, 25 de abril de 2026
