lunes, 3 de agosto de 2026
LUISA PALMA, AUTORA DEL LIBRO "La pasajera del Leisan", editado por Límbica
JORDI AMAT, AUTOR DEL LIBRO “Las batallas de Barcelona. Imaginarios culturales de una ciudad en disputa (1975-2025)”
Jordi Amat, escritor
J.S.A.
El Escorial.- 4/8/26.- Las batallas de Barcelona. Imaginarios culturales de una ciudad en disputa (1975-2025).es el libro de Jordi Amat publicado por Tusquets Editores en junio de 2026, dentro de la colección Tiempo de Memoria.
Sinopsis: ¿Es democrática una ciudad en la que no pueden vivir quienes han nacido en ella? «Qué rebelde es el pequeñoburgués Amat: un corresponsal de guerra en la gran batalla de la ciudad moderna.» Paco Cerdà
«El cronista que la ciudad estaba esperando.» Neus Tomàs
«Apasionante historia cultural.» Pere Rusiñol
«Todas las ciudades tendrían que tener un libro sobre sus batallas.» Jorge Dioni
«Amat tiene la lucidez de atravesar el libro con la pregunta más incómoda posible: ¿podemos decir que Barcelona es, hoy, una ciudad democrática?» Eduard Voltas
«Un buen libro para entender que quien tiene los medios para invertir en Barcelona ha de nutrirse de las ideas de quienes la han de vivir.» Maria Sisternas, Diari Ara
¿Es democrática una ciudad donde no pueden vivir quienes han nacido en ella? Esa pregunta atraviesa la vida en las urbes globales, y Barcelona es un caso prototípico de esta dinámica que provoca un malestar contemporáneo: la experiencia de la desposesión. Tras medio siglo de profunda transformación, Barcelona pasó de ciudad provinciana a refundada capital democrática durante los Juegos Olímpicos, y de admirado proyecto de urbanismo socialdemócrata a marca reconvertida en mercancía que explota el neoliberalismo y expulsa cada vez a más ciudadanos. ¿De quién es hoy Barcelona?
Jordi Amat reflexiona sobre estas cuestiones en un ejercicio fascinante de crítica cultural en primera persona que analiza las disputas sobre el imaginario de la ciudad. El recorrido arranca en la Transición con la contracultura o las canciones de Joan Manuel Serrat y culmina con las novelas del malestar de Llucia Ramis o Andrea Genovart, tras haber pasado por el trauma del Procés independentista o las películas de Almodóvar, Woody Allen o El 47. Detecta con ello los malestares del presente y quién saca provecho de ellos. Porque la identidad urbana está en juego: esta es la gran batalla de Barcelona.
Jordi Amat (Barcelona, 1978) es filólogo y escritor. En 2007 ganó el Premio Casa de América de Ensayo con Las voces del diálogo. Poesía y política en el medio siglo y en 2016 obtuvo el Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias con La primavera de Múnich. Esperanza y fracaso de una transición democrática. Su polémico Largo proceso, amargo sueño ha sido saludado como una obra fundamental para entender la Cataluña del siglo xx. El hijo del chófer, una esclarecedora y lúcida radiografía de la historia política catalana (y por extensión, española), obtuvo un enorme y merecido éxito de crítica y ventas. Y en Vencer el miedo, Jordi Amat propuso llegar al fondo del poeta Gabriel Ferrater en una biografía narrativa que aporta documentación inédita y que retrata con precisión, sin ocultar los claroscuros, una de las personalidades más brillantes de la cultura catalana.
Diario Escurialense XII. "MI SOBRINA MARIVÍ ". Relato
Julia Sáez-Angulo
9 de junio de 2026
En todas las familias hay personajes que parecen haber sido enviados al mundo para poner a prueba la paciencia de los demás y, al mismo tiempo, para despertar una inesperada ternura. En la nuestra, aquel papel le correspondió durante años a Mariví.
Todo empezó cuando mi sobrino Felín dejó embarazada a aquella muchacha guapa, de ojos vivos y sonrisa fácil, pero con unos modales que habrían hecho desmayarse a cualquier profesora de urbanidad. Cuando la noticia llegó a oídos de su madre, mi prima Lucy, sufrió un auténtico soponcio.
—En esta familia no caben bastardos —declaró cuando recuperó el habla—. Así que te casas.
Y Felín se casó.
A los seis meses nació un niño hermoso y saludable que, para no complicarse mucho la vida, recibió también el nombre de Felín. Aquello provocó algunos comentarios maliciosos sobre la duración del embarazo, pero nadie insistió demasiado. En las familias hay verdades que todo el mundo conoce y que nadie se toma la molestia de discutir.
Mariví llegó oficialmente a la familia y pronto descubrió que no todas las incorporaciones son fáciles. Sus dos cuñadas no podían soportarla. Ella representaba exactamente todo aquello que ellas no querían parecer.
Mientras ellas cuidaban cada detalle de su aspecto, Mariví aparecía con pantalones vistosos, camisetas estridentes y accesorios que parecían adquiridos en una liquidación masiva de bisutería. Cuando hablaba, además, lo hacía con una potencia vocal capaz de atravesar varias habitaciones.
Las cuñadas la observaban con una mezcla de horror y superioridad.
—Es ridícula. Nos hace quedar mal —decían.
Yo, en cambio, sentía cierta compasión por aquella muchacha. No era mala persona. Todo lo contrario. Había en ella una sinceridad tan absoluta que resultaba imposible no tomarle cariño.
Por eso decidí emprender una misión que hoy reconozco imposible: pulir a Mariví.
Comencé por lo más sencillo.
—Esa expresión no queda bien —le decía cuando soltaba alguna de sus frases más pintorescas.
Ella me miraba con buena voluntad.
—¿Y cómo se dice entonces?
Yo se lo explicaba.
Al día siguiente volvía a escuchar la expresión original.
Pero insistí.
Cuando gritaba, la corregía.
—Mariví, baja la voz.
—¿Estoy gritando?
—Toda la urbanización sabe lo que estás diciendo.
En la piscina era un espectáculo.
—¡¡¡FELÍÍÍN!!!
El eco rebotaba entre las sombrillas.
—No grites —le decía—. Levántate y ve a buscar al niño.
Ella me miraba como si yo hubiera perdido el juicio.
—¿Y hasta allí tengo que ir?
—Pues sí.
—No pienso hacerlo.
Lo decía con una naturalidad tan perfecta que era imposible enfadarse.
Su mayor problema llegaba cuando intentaba parecer distinguida.
Hay personas elegantes sin proponérselo y otras que, cuando intentan ser elegantes, producen el efecto contrario. Mariví pertenecía claramente al segundo grupo.
Recuerdo especialmente una boda familiar.
Todos esperábamos en la iglesia cuando apareció ella.
Llevaba adornos en el cabello.
Adornos en las orejas. Adornos en el cuello. Adornos en los brazos. Adornos en los dedos. Probablemente también en lugares que la ropa impedía comprobar.
Era como si hubiera confundido la ceremonia con un escaparate ambulante.
Una cuñada me susurró:
—Parece un árbol de Navidad.
Yo, para ser justa, respondí:
—Un árbol de Navidad muy simpático.
Mariví llegó sonriente, convencida de estar deslumbrante. Y lo estaba, aunque no exactamente del modo que ella imaginaba.
Con los años, mi labor educativa continuó. Corregía palabras, sugería lecturas, recomendaba maneras más discretas de vestir.
Ella escuchaba siempre. Y luego hacía exactamente lo que le daba la gana. Sin embargo, algo fue cambiando entre nosotras. La corrección constante se convirtió en conversación. Las conversaciones en confianza. Y la confianza en afecto.
Porque debajo de toda aquella apariencia aparatosa había una mujer sencilla, trabajadora y bastante más inteligente de lo que muchos suponían.
Un día me sorprendió contándome que había encontrado empleo.
—¿Dónde?
—En la cocina de un hotel.
Yo quise animarla.
—Magnífico. Hoy los chefs de cocina están muy valorados. Algunos ganan más que los futbolistas.
Mariví soltó una carcajada.
—¿Qué te has creído tú? Yo estoy allí para fregar ollas.
Aquella respuesta resumía perfectamente quién era ella.
Mientras otros habrían adornado la realidad, Mariví la servía sin salsa y sin decoración. Era incapaz de fingir.
Lamentablemente, el matrimonio con Felín no prosperó. Tuvieron una segunda hija, una niña preciosa que completó la familia durante un tiempo. Pero los desacuerdos crecieron. Lo que al principio parecían diferencias menores terminó convirtiéndose en una distancia imposible de salvar.
Finalmente llegó la separación. No fue una sorpresa para nadie. Quizá ni siquiera para ellos.
La vida siguió su curso. Los niños crecieron. Felín rehízo parte de su camino. Mariví continuó con el suyo.
Y yo fui dejando atrás mi ambicioso proyecto de convertirla en una señora refinada. La verdad es que nunca tuve la menor posibilidad de éxito.
Mariví era Mariví. Tan incapaz de transformarse como una golondrina de convertirse en águila. Y, pensándolo bien, tampoco tenía por qué hacerlo.
Hoy, cuando a veces nos encontramos por casualidad, nos saludamos con verdadero cariño. Nos damos dos besos. Nos preguntamos por la familia.
Nos reímos recordando viejas historias.
—¿Te acuerdas cuando me regañabas por todo? —me dice.
—Porque eras incorregible.
—Y sigo siéndolo.
—Eso ya lo veo.
Entonces ambas nos reímos.
Al final comprendí algo que no había entendido cuando intentaba educarla. Las personas no siempre necesitan ser corregidas. A veces basta con quererlas.
Mariví nunca aprendió a hablar bajo. Nunca consiguió vestir con discreción. Jamás renunció a sus expresiones imposibles. Pero conservó algo mucho más valioso: una autenticidad que muy pocas personas poseen.
Y aunque no logré convertirla en una señorita elegante, sí conseguí algo mejor. Gané una amiga inesperada dentro de la familia. Una amiga que sigue siendo exactamente la misma mujer que llegó un día de la mano de mi sobrino Felín: escandalosa, entrañable, sincera y completamente imposible de pulir. Y quizá ahí reside precisamente todo su encanto.
IGNACIO PURAS. Gran dibujante realista con el grafito
03.08.2026.- Madrid.- Ignacio Puras Trimiño (Burgos, 1959). Se formó en la Escuela de Artes aplicadas de La Bourse en Bruselas (Bélgica) y en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Licenciado en las especialidades de Teoría de las Artes y de Pintura en las Universidades de Venecia (Italia) y Bruselas (Bélgica). Desde 1976 ha participado en multitud de exposiciones colectivas y algunos concursos en diversos países de Europa, América y Asia. Coordina el Grupo "Por Amor al Arte".
Diario Escurialense XI.- MICHI MUELA Y LA COLECCIÓN DE ELEFANTES
Julia Sáez-Angulo
Fotos: J.S.A.
El Escorial, 2 de agosto de 2026.- Hay vidas que no se miden por los años, sino por los objetos que han ido recogiendo el paso del tiempo. Basta entrar en una casa para descubrir quién ha vivido en ella. Un libro abierto, una escultura, un cuadro, una porcelana… Todo habla en voz baja. La casa de Michi (Ana María Muela) ha sido, durante muchos años, un pequeño museo de afectos.
Fue corredora de seguros cuando aquella profesión exigía recorrer oficinas, llamar a muchas puertas y convencer con la palabra. Eran los años ochenta y noventa. Ella recuerda aquel tiempo con una serenidad desprovista de nostalgia. Confiesa, sin rodeos, que ganó mucho dinero. «Tenía poder de convicción», dice. Pero enseguida explica que la convicción nacía del entusiasmo. Nunca vendía con artificios; hablaba con fe en aquello que ofrecía.
Su aspecto acompañaba siempre esa manera de ser. Vestía traje sastre de impecable corte, zapatos discretos y un pequeño sombrero sujeto sobre el cabello. Sin ostentación. Sin joyas llamativas. Con esa elegancia silenciosa que no busca llamar la atención y, precisamente por eso, la consigue.
El sombrero la caracterizaba. Tiene una buena variedad de ellos.
Nunca olvidó el comentario que un día hizo el director de una importante empresa constructora. La condujo hasta la sala donde trabajaban todos sus empleados y, señalándola con cordialidad, dijo:
—Así debe venir una persona a trabajar. Tomen nota.
No era un elogio a la moda. Era un homenaje al respeto por el trabajo bien hecho.
Con los años Michi fue comprando cuadros, esculturas, grabados y libros de artista. Decía que adquirir una obra era también una forma de ayudar a quien la había creado. Las paredes comenzaron a llenarse, los rincones desaparecieron bajo nuevas piezas y terminó comprando un chalet en la sierra oeste de Madrid, donde el arte encontró por fin espacio para respirar.
Pero había otra colección mucho más entrañable.
Desde muy joven comenzó a reunir elefantes. Llegó a juntar 500.
No fue un capricho. Ella misma cuenta que descubrió en la India la extraordinaria nobleza de ese animal. Le impresionó verlo ayudar al ser humano, transportar personas y cargas con una paciencia inmensa y una fuerza siempre obediente. Comprendió entonces que la grandeza puede ir unida a la mansedumbre.
Había además un recuerdo de infancia. En los circos, cuando aparecía el elefante, los niños olvidaban todo lo demás. Su inmensa presencia despertaba admiración y ternura al mismo tiempo. Era el gigante bueno, el animal capaz de llenar por sí solo toda la pista con su caminar pausado.
Quizá por eso comenzó una colección que la acompañaría durante toda la vida.
Elefantes de porcelana, bronce, ónice, obsidiana, metal, cristal, papel maché… Grandes y diminutos. Familias enteras con padre, madre e hijo en fila india. Colgantes, pendientes, pequeñas figuras traídas de viajes y otras regaladas por amigos que conocían aquella pasión.
Hoy, cuando frisa los ochenta años, contempla aquella inmensa manada con una sonrisa tranquila. Ya no siente deseo de conservarla. Al contrario. Quiere que cada elefante encuentre un nuevo hogar. Muchos los entrega a mercadillos solidarios de la Iglesia para que, al venderse, continúen haciendo el bien de otra manera.
He almorzado hoy con ella es su chalet de Las Matas. Al despedirnos, abrió una vitrina y dijo con toda sencillez:
—Escoge un elefante. Quiero que lo tengas como recuerdo mío.
Recorrí lentamente la mirada por aquella multitud de elefantes y me detuve en uno de bronce, pequeño, sobrio, con la trompa levantada hacia el cielo. Descubrí que en aquella trompa podía colgar mis anillos cuando llegara a casa.
Ahora permanece sobre una cómoda. Algunas tardes la luz se posa sobre el bronce y parece devolverle vida. Entonces comprendo que aquel elefante no es solamente un recuerdo. Es el símbolo de una amistad, de una mujer que supo trabajar con entusiasmo, vivir con elegancia, apoyar a los artistas y desprenderse de sus tesoros con la misma alegría con la que los reunió.
Tal vez esa sea la más hermosa de todas las colecciones: la de las personas que dejan huella sin hacer ruido, igual que los elefantes, cuyo paso parece lento, pero permanece para siempre en la memoria de quienes los han visto pasar.
Más información
https://lamiradaactual.blogspot.com/search?q=Ana+Mar%C3%ADa+Muela
Michi Muela, corredora de Seguros y coleccionista.domingo, 2 de agosto de 2026
Diario Escurialense X. MI VOCACIÓN DE PERIODISTA. EL DIARIO “Ya” LLEGABA A CASA CON UN FAJÍN. La Escuela de El Debate, por don Ángel Herrera Oria
Julia Sáez-Angulo
2/8/26.- El Escorial.- Recuerdo perfectamente cuándo nació mi vocación de periodista. No fue en una Facultad ni en una redacción. Nació en casa, siendo niña, cuando el cartero dejaba cada mañana el periódico dirigido a mi padre, el “Ya”. Llegaba doblado, sujeto por un fajín de papel donde figuraba cuidadosamente escrita la dirección en Uruñuela, municipio de La Rioja. Para mí era un pequeño acontecimiento cotidiano. A veces había retraso y llegaban dos o tres ejemplares juntos
Nunca entendí por qué mi padre no estaba suscrito al periódico de nuestra tierra, Nueva Rioja, hoy simplemente La Rioja. Mis abuelos, Juan y Antonio, sí lo estaban, como la mayoría de mis tíos. Cuando visitaba sus casas, el periódico descansaba abierto sobre la mesa del comedor o doblado en el aparador. Aquellas páginas formaban parte de la vida familiar como el pan, el café o la conversación de la sobremesa. Nunca pregunté en casa por qué nosotros elegimos el “Ya” en vez del periódico local, así que me quedé sin saberlo.
Poco me importaba entonces la cabecera del diario. Lo verdaderamente importante era el milagro que encerraban aquellas hojas impresas. Comencé leyendo los titulares, después las fotografías y, sin darme cuenta, terminé leyendo también las noticias que parecían destinadas únicamente a los adultos. Quería saber qué ocurría en España y en el mundo. Descubrí que detrás de cada página había una ventana abierta a una realidad mucho más amplia que la de mi calle o mi colegio.
Una firma me llamaba la atención, Julia Arroyo, porque era tocaya mía y, vulnerable a la vanidad, pensé que debía de ser maravilloso, escribir y publicar con tu propio nombre. Yo ya tenía veleidades escribidoras, hacía un diario con constancia y escribía relatos como el Romeo y Julieta particular entre dos familias nobles renacentistas, enfrentadas por el trono de Isabel I de Castilla o Juana la Beltraneja. Todos estos escritos se guardaron en el alto de la casa de mis padres, que con el tiempo llegó a heredar mi hermano y se perdieron entre las prisas de la vida y el desinterés por el pasado.
Cuando dije que quería estudiar Periodismo, a mi padre le pareció bien, era tolerante, pero mamá se opuso. Esa carrera no era universitaria y lo que ella deseaba de verdad era que sus dos hijas fueran a la Universidad, lugar donde a ella le hubiera encantado estar. Por la misma razón, prohibió a mi hermana estudiar Magisterio, porque no figuraba en la Universidad. Afortunadamente, hoy los dos títulos figuran en ella, con rótulos más pomposos de Ciencias de la Información y Ciencias de la Educación.
Me matriculé en la Facultad de Derecho de la Complutense. Tenía 16 años y pronto cumpliría los 17. Al llegar al tercer curso, un compañero me habló de la cercana Escuela de Periodismo, era privada y las clases se impartían por la tarde. Podría compaginarlo con Derecho. Lo propuse en casa y me permitieron ambas matrículas y libros.
La escuela de Periodismo de El Debate
Con el tiempo supe que el periódico “Ya” pertenecía a la Editorial Católica y que estaba unido a una cabecera legendaria del periodismo español: El Debate, ambos fundados por una figura que habría de despertar mi admiración: don Ángel Herrera Oria (1886-1968).
Los mentideros de Madrid, que son tremendos, decían: "El Debate" tiene una querida por la tarde, vestida de rosa, que se llama "Ya". Este último diario salía con páginas color asalmonado, como la prensa ecónomica de hoy.
Herrera Oria fundó aquella primera Escuela de Periodismo de España, la Escuela de Periodismo de El Debate en 1926 y la Escuela de Periodismo de la Iglesia en 1960. Trajo ideas novedosas para el periodismo de los Estados Unidos. Fue un pionero. La Escuela Oficial de Periodismo no llegaría hasta 1941, con Juan Aparicio.
Cuanto más leía sobre Herrera Oria, mayor era mi respeto. Había fundado una verdadera escuela de periodistas. El periodismo, para él, no consistía en llenar páginas ni en buscar sensacionalismo. Era un servicio a la verdad, una responsabilidad moral y una tarea de formación de la sociedad. El periodista debía informar con rigor, escribir con claridad y actuar con independencia de conciencia. Aquella concepción del oficio me impresionó profundamente.
Años después, don Ángel Herrera Oria, vocación tardía de sacerdote en la Iglesia, llegó a cardenal, comprendí que en su vida no existía contradicción entre la fe y el periodismo. Ambas vocaciones nacían de un mismo compromiso con la verdad. Esa idea me acompañó siempre; me la grabaron en la Escuela.
España ha dado dos grandes cardenales a la Curia Vaticana: Rafael Merry del Val, gran diplomático y Ángel Herrera Oria, gran periodista.
Sin darme cuenta, yo ya había decidido mi camino. Comencé a leer los editoriales con tanta atención como las noticias. Descubrí el placer de una buena crónica, la fuerza de una entrevista y la elegancia de un artículo bien escrito. Aprendí que un periodista debía observar antes de opinar y escuchar antes de escribir. Entre los columnistas se encuentran muy buenos escritores. No me los pierdo.
Los periódicos fueron mis primeros maestros. Mucho antes de conocer profesores o manuales de redacción, fueron ellos quienes me enseñaron el valor de la palabra escrita.
Con el paso del tiempo llegaron mis primeras colaboraciones en la sección de Tribunales, por haber estudiado Derecho, los artículos, las entrevistas, las crónicas culturales... Este último campo me captó: arte, literatura, música…He escrito miles de páginas y he conocido a personas extraordinarias. He asistido a exposiciones, conciertos, congresos, premios y acontecimientos de toda índole. Cada nuevo trabajo ha supuesto para mí la misma emoción que sentía de niña, cuando abría el periódico recién llegado.
Llegué a conocer a Julia Arroyo, ella se sumó algo tarde a la tertulia que formamos las periodistas Lourdes Ventura, Carmen Santamaría y Ana Vikandi. Todas con vocación literaria al escribir también narrativa.
A veces me preguntan por qué elegí esta profesión. Siempre respondo lo mismo: no la elegí un solo día. Fue el periodismo quien me fue eligiendo poco a poco, cada mañana, al ritmo con que el cartero depositaba aquel periódico en casa de mis padres.
Alejandro Fernández Pombo, profesor de la Escuela de Periodismo, nos dijo una vez que el Periodismo nos daría muchas satisfacciones, pero no nos privaría de algunos disgustos. Tenía toda la razón.
Recuerdo con particular simpatía al profesor de Inglés, Peter Miles, Un cincuentón con pelo ralo teñido de rubio. Un año, al cabo del tiempo lo vi en misa del Gallo en la parroquia de Covadonga. Al año siguiente, me dijeron que se había suicidado.