Julia Sáez-Angulo
15/7/26.- Madrid.- Hay una tradición entre los periodistas madrileños de escribir agradecidos sobre los médicos que han curado sus males. Yo no voy a ser una excepción con el oftalmólogo Nicolás López Ferrando del Instituto Oftalmológico Nacional, una arquitectura del XIX, que me ha interesado particulamente.
Ubicado en la calle General Arrando 17 de Madrid, el Instituto Oftálmico Nacional, es el centro pionero de oftalmología en España. Construido en 1896 e inaugurado en 1902, funciona en la actualidad integrado en el Servicio Madrileño de Salud, del Hospital Gregorio Marañón, y es un referente en la sanidad pública
Fundado con el legado benéfico de Francisco de las Herrerías, el histórico edificio ecléctico diseñado por José Urioste revisa hoy la vista de unos 6.000 pacientes al mes. Fue impulsado en el siglo XIX por el Dr. Francisco Delgado Jugo, y desde entonces ha sido un pilar en la investigación, tratamiento de heridos de guerra y asistencia médica oftalmológica.
El antiguo Instituto Oftálmico, como Institución Benéfica, fue fundado en 1872, por la apenas conocida reina María Victoria , esposa de Amadeo de Saboya. Su consulta se instaló en el edificio del Colegio de las Niñas de Loreto, que estaba en la calle de Atocha. En 1903, se trasladó de modo definitivo a su actual y flamante sede. En origen se le conocía popularmente como 'el asilo de Amadeo'
Mi cirujano fue el doctor Nicolás López Ferrando, hombre cordial y seguro, de esos médicos cuya tranquilidad empieza ya a curar antes incluso de la intervención. Él ejerce también la docencia universitaria en la Complutense y la de Francisco de Vitoria.
La intervención transcurrió con precisión admirable. Antes de entrar en el quirófano, varias enfermeras me preguntaron repetidamente si padecía alergias, si había permanecido en ayunas y si había seguido correctamente todas las indicaciones. La insistencia puede parecer excesiva, pero en medicina nunca sobran las comprobaciones.
Todos vestían un llamativo uniforme de color naranja. No pude evitar pensar en esos presos norteamericanos que aparecen en tantas películas con ese mismo color. Una enfermera sonrió al advertir mi perplejidad.
—Antes íbamos de verde, después, algunos de azul y más adelante, decidieron que era mejor este color tan visible como el naranja. Parece que se pensó para que nadie abandonara así el área quirúrgica, pero seguimos saliendo cuando hace falta —me explicó la enfermera.
La lógica siempre encuentra el camino para imponerse a los reglamentos.
La cirugía de cataratas apenas dura unos minutos. Lo verdaderamente laborioso comienza después: las gotas administradas con puntualidad, el descanso, dormir con la cabeza ligeramente incorporada, evitar esfuerzos y tener paciencia. Es una operación propia de la tercera edad, una de esas intervenciones que devuelven calidad de vida sin hacer ruido.
Muchos amigos que ya han pasado por ella me han advertido entre bromas:
—Prepárate. Cuando vuelvas a verte bien en el espejo, no te vas a reconocer. Las arrugas aparecen multiplicadas.
Yo siempre les respondo que las arrugas ya las conozco de sobra. Pero ellos insisten:
—No, no. Ahora las verás como auténticos surcos. Y lo peor es que también vas a ver surcos en nuestras caras, la de los amigos.
Ya veremos.
En cualquier caso, bienvenidas sean esas arrugas si llegan acompañadas de una mirada más limpia y clara. Para quienes vivimos entre libros, periódicos, cuadernos y pantallas, recuperar la nitidez de las letras impresas o en pantalla, constituye un regalo inmenso. Volver a leer sin esfuerzo es, al fin y al cabo, volver a mirar el mundo. Y pocas operaciones pueden presumir de devolver, al mismo tiempo, la vista y una renovada gratitud por las cosas sencillas de cada día.
Recordé el cuarteto escrito por el poeta y diplomático mexicano Francisco de Asís de Icaza, que lo compuso tras escuchar a un mendigo ciego pedir limosna mientras paseaba por la Alhambra, junto a su esposa originaria de Granada:
"Dale limosna, mujer,
que no hay en la vida nada
como la pena de ser
ciego en Granada".
No hay nada más triste que ser ciego o cegato en este ancho mundo, como reza el romance. ¡Quedan tantas cosas que ver, disfrutar y leer en este universo que se nos ha dado!
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