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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Pastrana: joyel de palacio de Éboli, Colegiata y conventos carmelitas



palacio de Éboli


Águeda Castellano Huerta 

            La antigua Paternina romana debe su nombre al cónsul Paterno que la reconstruyó tras la destrucción sufrida por el pueblo en el año 180 antes de Cristo. Arrasada casi en su totalidad, el gobernador romano ordeno de nuevo su repoblación que a partir de ese momento recibirá su nueva denominación casi similar a la actual de Pastrana.

            El avance reconquistador de los reyes de Castilla se va a producir en la comarca en el siglo XII y, quedando el territorio en zona de frontera, Alfonso VIII lo da a los caballeros de la Orden de Calatrava que ya habían demostrado su inmenso heroísmo al estar situados desde su fundación en los lugares más peligrosos del reino como eran los campos de la Mancha. 

El privilegio de 1174 incluye a Pastrana, Zorita de los Canes y todo su alfoz en la donación regia. A los calatravos le debe Pastrana su fisonomía y su importancia en el mundo medieval y siempre con la suprema protección real llegando a convertirse en Villa por decisión de Enrique II, el de las mercedes.

            Industriosa gracias a la presencia de numerosos moriscos que no abandonaron sus casas con la presencia cristiana, guarda hasta el curioso nombre de “barrio del Albaicín” en recuerdo de su pasado islámico. Por su riqueza fue apetecida por nobles y magnates aunque, desde la integración de los maestrazgos en la corona bajo el mandato de Isabel La Católica, había pasado a ser villa de realengo. Por ello, sus habitantes tomaron muy a mal la compra que hizo la acaudalada Ana de la Cerda, de la poderosa familia de los Duques de Medinaceli, a la corona en el reinado de Carlos V, cuando la necesidad de dinero imperial para sostenerse hizo posible su venta. Pleitos y revueltas fueron la consecuencia aunque cuando esas se apaciguaron la Villa inicio un fabuloso despegue bajo el mandato de la casa Mendoza y de la Cerda.
            La nieta de la compradora fue la célebre Princesa de Éboli que ostentará junto con su marido Ruy Gómez de Silva por primera vez el título de Duque s de Pastrana de mayor categoría que el principado italiano de Éboli concedido al que fue secretario leal de Felipe II.

            A ellos les debe el pueblo la mayor parte de su tesoro artístico ( Colegiata, Palacio Ducal, conventos de San José, San Pedro y un largo etc.) que hacen hoy casi obligada una visita a esta localidad en la que se juntan las tres culturas. Desde la Sinagoga hasta el Albaicín pasando por la increíble Colegiata , joya del arte alcarreño y nacional.

            Pero este año Pastrana es algo más. Aquí, protegida por los Duques, fundo Santa Teresa uno de sus "palomarcicos" que luego abandonaría al enfrentarse a Ana de Mendoza y aquí Juan de la Cruz, el fraile menudo y místico dejara también su reforma de descalzos en el convento de San Pedro. Es año teresiano y por ello nuestra peregrinación tiene un sabor especialísimo. 




martes, 27 de octubre de 2009

El historiador Manuel Fernández Álvarez narra la vida de "La princesa de Éboli"

La princesa de Éboli
Manuel Fernández Álvarez
Editorial Espasa; Madrid, 2009
320 pags; PVP: 21,90 euros


Julia Sáez-Angulo

Es un personaje histórico del siglo de Oro que ha dado mucho que hablar y escribir. El libro La princesa de Éboli, del historiador Manuel Fernández Álvarez, acoge como novedad lo destilado en las Actas institucionales de la época que el autor ha leído con atención. Más allá de una simple novela histórica, el libro es una narración concienzuda de la historia hecha de manera divulgable, lo que lo dota de interés y amenidad al mismo tiempo. Mujer de gran belleza -pese a su parche por tuerta o por estrabismo-, como refleja el cuadro de Claudio Coello en poder de la familia de los Duques del Infantado, doña Ana Mendoza de la Cerda fue amiga de Felipe II, probablemente amante, y tuvo diez hijos de su esposo el diplomático portugués Ruy Gómez de Silva.

Como algunos personajes de relevancia histórica, su fin fue la prisión en la localidad de Pastrana, casi emparedada, pues el monarca, después del episodio del asesinato de Escobedo y la fuga de su secretario Antonio Pérez, no quería que interviniese en el proceso. El rey temía sus palabras y buscó su silencio; le dio la muerte civil al incapacitarla y recluirla en el palacio ducal de Pastrana. La princesa de Éboli sostuvo también un pleito con uno de sus hijos por cuestiones de herencia paterna, en el que el vástago no parecía tener razón. Doña Ana murió en 1592 en la localidad de Pastrana.

“Yo quería haber sido santa. No me han dejado"

A la muerte de su esposo, doña Ana Mendoza entró en una crisis y quiso entrar en el convento de carmelitas junto a su madre y dos sirvientas. Santa Teresa de Jesús se alarmó, ya que no era ese el estilo de las vocaciones al Carmelo reformado. El rey Felipe II hizo que saliera del convento y fue cuando la princesa de Éboli vendría a decir unas palabras que recoge el autor en su libro: “Yo quería haber sido santa. No me han dejado. Vuelvo al mundo. Que el mundo se prepare”. La princesa dejó Pastrana y regresó a Madrid, a la Corte, algo inesperado y no querido por el rey.

Doña Ana Mendoza de la Cerda era una mujer “bella, inquietante y apasionante”, al decir de don Manuel Fernández Álvarez, pero también muy “maltratada en su época”. Una mujer que supo explotar su atractivo físico entre los poderosos, al tiempo que era una excelente mente política, sobre todo para enfocar los asuntos de las relaciones con Portugal, unido a España en la corona de Felipe II.