domingo, 31 de mayo de 2026

SEMBLANZA DE VICENTA BENEDITO (PITUS)

En el jardín de la casa de mis abuelos en las Lagunas de Ruidera, Pitus con mi hermano y conmigo. Año 1994.

    Por Carlos Benedito Ramos
    
    31.05.2026.- Madrid.- Estoy convencido de que tanto a mi abuela, Margarita Bruño, como a mi abuelo, José Luis Benedito -tercera generación de taxidermistas de la familia-, les habría hecho una ilusión inmensa escribir estas líneas dedicadas a Pitus porque ambos mantuvieron una relación estrecha y entrañable con Vicenta Benedito, a quien todos conocíamos cariñosamente como Pitus. Gran parte de lo que sé sobre mis raíces se lo debo precisamente a tres personas: a mi abuela, a mi tío José Luis Benedito Bruño -cuarta generación de la saga- y a la propia Pitus. Desgraciadamente mi abuelo, quien fue un padre para mí falleció en 1998, cuando yo solo contaba con 8 años y poco pude aprender de él las historias de mi familia. Sim embargo, tanto mi abuela, como mi tío y Pitus me contagiaron el amor por la familia y me enseñaron a valorar el legado familiar.
    Desde que nací, Pitus siempre estuvo presente en mi casa, no era una figura lejana de la que solo oía hablar, sino alguien a quien veía con frecuencia. Estuvo en la boda de mis padres, en mi bautizo, en mi primera comunión, en muchos cumpleaños y en algunos de los momentos clave de mi juventud. Tanto mi abuela como ella me hablaban a menudo del pintor Manuel Benedito y de mil anécdotas compartidas. Mi abuela solía contarme que, una vez que se casó con mi abuelo el 17 de julio de 1957, tío Manolo los invitaba cada domingo a almorzar a su palacete de la calle Juan Bravo 4 de Madrid, unos encuentros familiares que se mantuvieron fijos hasta la muerte del pintor en 1963 y en los que Pitus siempre estaba presente.         Conviene recordar que como el pintor no tuvo hijos, adoptó a Pitus, quien se convertiría en su ojito derecho y en la persona que se ocupó de él con absoluta dedicación hasta sus últimos días. Tras su fallecimiento en 1963, la unión con nuestra familia se volvió aún más íntima. Pasaba los veranos con nosotros en la casa que mis abuelos construyeron en las Lagunas de Ruidera, donde muchas veces venían también familiares de Valencia, y era una habitual en la casa que mis abuelos tuvieron en la calle Joaquín Bravo de Madrid. La complicidad entre Pitus y mi abuelo José Luis era muy especial e iba más allá de ser primos, lo que también les unía era una profunda amistad y una admiración mutua.
    Una prueba de esa confianza fue el apoyo que le dio a mi abuelo para difundir la obra escultórica de su padre, Luis Benedito (mi bisabuelo y hermano de Manuel). Gracias a la generosidad de Pitus, la Fundación Manuel Benedito acogió una exposición dedicada a su colección de bronces que para mi abuelo fue un orgullo enorme, porque pudo mostrar al público esas piezas en un lugar tan significativo. Con los años, entendí que ese gesto la definía por completo, siempre estaba dispuesta a arrimar el hombro para proteger y dar a conocer la historia de los Benedito.
    Hay cuatro años entre mi abuela y Pitus que quiero resaltar especialmente, entre 2004 y 2008, porque pasaron muchísimo tiempo juntas y se ayudaron una barbaridad. Pitus ya era mayor y necesitaba que estuvieran más por ella, así que mi abuela se volcó por completo. Se pasaban las tardes enteras charlando de sus cosas y, de hecho, en esa época mi abuela era la que echaba una mano enseñando la Fundación a los familiares y amigos que venían de visita. Fue esa etapa la que yo recuerdo con especial cariño. 
    Con mi hermano y conmigo Pitus fue siempre generosísima. Entre los muchos detalles que conservo, hay uno que guardo con especial cariño, mi primer Discman. Aquel reproductor portátil, que para los jóvenes de mi generación era casi un tesoro, fue un regalo suyo. Puede parecer una futilidad, pero jamás lo olvidaré, porque reflejaba su afecto. También recuerdo perfectamente las tardes y fines de semana que pasaba en su casa de Juan Bravo acompañando a mi abuela. 
    Aquel piso me impresionaba, porque lo recuerdo muy grande, sus pasillos larguísimos, el salón era un auténtico santuario artístico, un espacio que respiraba la esencia y los recuerdos de Manuel Benedito en cada rincón. Lejos de ser una estancia fría, te envolvía una atmósfera señorial y cálida, dominada por la imponente presencia de sus obras expuestas. Las paredes, decoradas con un gusto exquisito, servían de galería privada donde colgaban óleos magistrales del pintor, retratos familiares y bocetos que revelaban su proceso creativo. Entre el mobiliario clásico y los detalles de época, se entrelazaban objetos personales, paletas, distinciones y recuerdos entrañables de su trayectoria que Pitus custodiaba con absoluto mimo. Y era en ese salón donde Pitus me hablaba de todos esos recuerdos con auténtica pasión, desgranando historias del pintor y de sus propias vivencias. 
    Si por algo se caracterizaba a Pitus era por ser una mujer culta, elegante, siempre impecable y con un gusto exquisito por la moda. Pero, por encima de todo, la recuerdo como una persona profundamente buena, cercana y empática. Si hoy sigo difundiendo la historia de nuestra familia es, en gran parte, como mencionaba anteriormente, gracias a ella. Me transmitió vivencias que, de otro modo, se habrían diluido con el tiempo. Además, me confió algunos objetos que guardo como auténticos tesoros, entre ellos una fotografía histórica en la que aparecen tres de los cuatro hermanos artistas, José María, Luis y Manuel Benedito. Si no es por ella, hoy probablemente no existiría la Fundación Manuel Benedito tal y como la conocemos, ni se habrían conservado muchos de los recuerdos, documentos y testimonios del pintor que permiten comprender la figura del pintor y su entorno profesional y personal.
    Cuando falleció en el año 2008, yo tenía apenas dieciocho años, seguramente era demasiado joven para comprender en toda su dimensión el valor de todo lo que me había transmitido. Con el paso del tiempo he sido cada vez más consciente de la suerte que tuve de formar parte de su vida y ella de la mía, y al mismo tiempo, también he pensado muchas veces en todo lo que me habría gustado seguir aprendiendo de ella. 
    Me habría gustado escuchar más historias sobre Manuel Benedito, conocer mejor sus recuerdos, descubrir detalles de la familia que solo ella conservaba en su memoria y compartir más conversaciones que hoy ya no podrán repetirse. 
 Hoy, cuando pienso en ella, no veo únicamente a la hija adoptiva de Manuel Benedito ni a la persona que dedicó gran parte de su vida a preservar y proteger su legado, veo a una mujer generosa, comprometida y profundamente entregada a los suyos. Por eso, cada vez que hablo de los Benedito, es inevitable que mencione su nombre porque ella forma parte de la historia de la familia. Su recuerdo sigue vivo y seguirá por siempre en mi memoria y en la de toda mi familia. Siempre le estaré siempre muy agradecido por todo lo que nos ayudó, lo que me enseñó y sobre todo, por haberme acercado a una parte de nuestra historia que, sin ella, probablemente nunca habría conocido.



No hay comentarios: