Inmaculada de la Fuente
21/8/26 .- Madrid.- La jurista y escritora Mercedes Formica Corsi-Hezode nació el 9 de agosto de 1913 en una familia acomodada de Cádiz. Su madre se educó en un colegio británico, hablaba varios idiomas y era una aventajada alumna de música que tocaba el arpa forma estimable. Su padre estudió en la Soborna, conoció al matrimonio Curie y le apasionaba la química, pero volvió a su tierra en vez de seguir el camino de la investigación. Sevilla, adonde la familia se trasladó cuando Mercedes tenía once años, sería la ciudad de su adolescencia y juventud.
Cuando su madre le dijo a su antigua profesora de música, Mother Paul, que sus hijas irían a la Universidad, esta le advirtió: “Si van, no se casarán en Sevilla”.
Pero su madre no quería la indefensión de las mujeres educadas a la antigua si fallaba el matrimonio. Así que en 1932 Formica llegó a la Universidad acompañada de una doña de buena familia como carabina para asegurar que la joven mantendría la compostura, sin escandalizar ni distraer a sus compañeros, la gran preocupación de decanos y profesores cuando las pioneras llegaron la Universidad. Mercedes, la primera alumna de Derecho, siempre recordó la buena acogida que le dispensaron lgunos de los catedráticos republicanos o afectos a la Institución Libre de Enseñanza.
Un año antes, el 14 de abril, se proclamó la Segunda República y las Cortes Constituyentes aprobaron, entre otras normas, el derecho al voto de las mujeres y, en 1932, la Ley de Divorcio por la que Carmen de Burgos y otras mujeres habían batallado. La escritora Concha Espina fue una de las primeras en divorciarse, al igual que Josefina Blanco -esta de Ramón del Valle-Inclán-. La abogada Clara Campoamor asesoró a ambas mujeres. Pero el divorcio llegó también al hogar de los Formica Corsi-Hezode. El padre que había conocido a otra mujer y, con su marcha, la economía familiar mermó de forma considerable. La madre y los hijos se mudaron en 1933 a Madrid a un piso interior, contaba, y los primeros años no fueron fáciles. El divorcio de sus padres dejó una herida profunda en la futura abogada que se removía ante las injusticias contra las mujeres. Afloró en ella, además, cierto rencor hacia la ley del Divorcio. Es difícil determinar si pudo influir en que se afiliara a la recién creada Falange, ya en Madrid, donde continuó Derecho con alguna beca. Se afilió al SEU, fue delegada de este sindicato en Derecho y poco antes de la Guerra Civil fue nombrada por José Antonio Primo de Rivera Delegada nacional del SEU.
En julio de 1936 estaba en Málaga, donde descansaba por problemas de salud, y cuando pudo marchó a Sevilla, zona nacional. Saber que “se mataba “en mi lado”, narra en sus memorias, “me produjo intensa congoja”. Le preocupaba la suerte de su antiguo profesor, Luis de Rufilanchas, de ideas socialistas, que estaba en zona nacional cuando se produjo el Alzamiento contra la República y se acercó al cuartel de Queipo de Llano a interesarse por él. Allí encontró, para su sorpresa, como asesor jurídico, al pasante de quien había intervenido en el divorcio de sus padres. Fingieron no conocerse y le preguntó por su profesor. “No es un asesino” aseguró dispuesta a avalarlo. Tras cotejar unas fichas, su interlocutor le dijo: “Lo fusilamos en La Coruña hace un mes”. “Lo habrá fusilado usted. En esa fecha yo me encontraba en Málaga”, contestó.
Al final de la guerra se casó con Eduardo Llosent y Marañón, miembro del círculo de poetas e intelectuales sevillanos de la década de 1930 y fue nombrado director del Museo Nacional de Arte Moderno por el nuevo régimen. Formica terminó Derecho en los cuarenta y comprobó que no podía acceder a la carrera diplomática ni opositar a la Abogacía del Estado o a notarías, pues le faltaba un requisito: ser varón. Así que se dedicó a ejercer como abogada y dirigió un tiempo la revista Medina, de la Sección Femenina. Su experiencia en la revista, donde no podían aparecer palabras extranjeras y se recortaban las fotos para hurtar escotes o se vetaban fajas u otras prendas en la publicidad, la llevó a afirmar en sus memorias: “La rigidez moral, además de resultar ridícula, superaba a la intolerancia política”.
EL DOMICILIO CONYUGAL Y LA REFORMICA
A partir de 1952, tras entrar como articulista en ABC, alcanzó una notable popularidad. El 7 de noviembre de 1953 publicó “El domicilio conyugal”, un artículo que el diario retuvo varias semanas en el que denunciaba la discriminación por razón de sexo que convertía a la mujer en una perpetua menor en la legislación franquista. Y que imposibilitaba en la práctica que la mujer se separase de su maltratador. Formica se centró en la desgraciada historia de Antonia Pernia: su marido la mató con doce puñaladas pero ella aguantó su maltrato para no perder a sus hijos y la vivienda. No era un caso aislado. El maltrato psicológico o la bofetada era algo asumido, y los casos de muerte se denominaban crímenes pasionales o motivados por los celos. No hay cifras de crímenes machistas de aquella época, ya que los registros de víctimas son muy recientes. Hoy la sociedad se revuelve contra estos crímenes, y hay mayor sensibilidad hacia la violencia machista. Pero queda mucha pedagogía por hacer, sobre todo entre los jóvenes que confunden el romanticismo o el amor con el control y la posesión.
Formica denunciaba que la mujer que se separaba, aunque fuera inocente, tenía que pasar por el trámite de ser depositada fuera del domicilio. Ya se vería si se le entregaban luego los hijos o se le daba una pensión. Lo que no iba a hacer un magistrado, según la ley en vigor, es ordenar al marido que abandonara el domicilio. De facto, la casa era del marido, no de la familia.
MUJERES QUE LA APOYARON
Este vibrante artículo desencadenó una campaña para reformar los artículos más lesivos del Código Civil que subordinaban a la mujer ante el varón. Periodistas como Josefina Carabias o Carmen Castro y la historiadora Carmen Llorca apoyaron el envite de Formica. Era una crítica al sistema dentro del sistema y juristas de prestigio la mayoría varones fueron entrevistados sobre una posible reforma. La bogada María Telo, que años después tarde abordaría cambios de mayor calado, intervino en el debate.
Formica pidió audiencia a Franco y fue acompañada por un sacerdote especializado en Derecho Canónico, lo que daría fuerza a su petición. El resultado fue la Ley de 24 de abril de 1958, un primer paso que abría la puerta a modificaciones futuras. Se llamó la Reformica en honor a la abogada.
La jurista explicó que no perseguía una reforma feminista, palabra anatema. Defendía que se cambiara el término domicilio del marido por domicilio conyugal. Que se apoyara al cónyuge inocente y si era la mujer que esta no tuviera que abandonar el hogar ni ser depositada por el marido en casa de sus padres o en un convento. Y que los hijos quedaran con la madre salvo motivos graves. En la Reformica se limitaron también ciertas prerrogativas del marido referente a la administración y venta de los bienes gananciales: a partir de entonces tendría que tener el consentimiento de su cónyuge. Las viudas que se casaran de nuevo mantendrían la patria potestad sobre sus hijos, es decir, no pasaría al marido.
En definitiva, Formica y quienes la apoyaron hicieron algo menos dura la vida de las mujeres casadas y separadas. Pero la asimetría respecto al adulterio se mantuvo y siguió siendo punible solo para la mujer hasta 1978. Una sola relación extramatrimonial permitía al marido denunciarla. El marido, sin embargo, no cometía delito si era discreto, salvo por amancebamiento (mantener una manceba en la casa conyugal), algo difícil de probar.
Unos años antes, en 1951, la Sección Femenina organizó el Congreso Hispanoamericano-Filipino sobre la mujer y Formica fue invitada a presentar una ponencia. La letrada la preparó con otras profesionales de diversos ámbitos y la envió a las organizadoras, pero no llegó a leerse. Demasiado feminista, dijeron. Sin embargo, a partir de 1960, la Sección Femenina empezaría a interesarse por la discriminación de la mujer en el campo laboral -de la que era responsable al vetar el trabajo de la mujer casada durante años para no perjudicar a los varones-, y rescató en una ley aprobada en 1971 algunas ideas rechazadas en 1951.
Mercedes Formica, con sus contradicciones, pero con la valentía de defender opiniones propias sin romper us vínculos con las elites franquistas, tendió puentes con otras muchas españolas. En torno a 1965, su amiga Marichu de la Mora, colaboradora en el diario Madrid sobre moda y temas femeninos, le preguntó por alguien que pudiera escribir artículos sobre temas legales que afectaban a las mujeres y Formica le recomendó a Lidia Falcón, una abogada con la que no siempre estaba de acuerdo. Eso demuestra su falta de sectarismo. De algún modo reanudó el debate feminista que quedó roto en 1936.
Conocí a Mercedes Formica en sus últimos años. Era elegante, sociable y escribía narrativa y biografías. Me llamó la atención su sensibilidad hacia las injusticias. La incluí en mi libro Mujeres de la posguerra publicado en 2002 y reeditado en 2017. Recomiendo a los interesados en ella que lean sus memorias: Visto y vivido (1931-1937), el primer tomo, publicado en 1982, y Escucho el silencio, el segundo, sobre la posguerra, que apareció en 1984.
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