viernes, 17 de julio de 2026

CELESTE EL NEFELIBATA. Relato ante el eclipse de sol del 12 de agosto

Eclipse de sol



17.07.2026

Julia Sáez-Angulo

    Mi amigo Celeste era un nefelibata. Él mismo se había bautizado así después de leer a Rubén Darío en “El canto errante”. Decía la palabra con unción, como quien pronuncia el nombre de una patria. Vivía entre las nubes. De tanto mirar el cielo, sus ojos habían adquirido un color glauco, semejante al de ciertas aguas profundas que no se sabe si son verdes o azules. Había días en que caminaba por las calles sin ver las casas. Sólo veía el aire.

    No era distraído. Era otra cosa. Prestaba atención a aquello que los demás olvidábamos: la sombra de una golondrina sobre una tapia, el vuelo indeciso de un vencejo, la claridad que deja la lluvia cuando se marcha. Afirmaba que cada hora del día tenía un silencio distinto.

        Le gustaba subir al monte Abantos, para contemplar el Real Monasterio, desde las alturas, a través del aire, como en su día lo hicieron Velázquez y Rubens juntos. El primero había sabido pintar en aire en su célebre cuadro "Las Meninas".

    Cuando supo que el doce de agosto de 2026 habría un eclipse total de Sol, comenzó a inquietarse. No hablaba mucho del asunto. Apenas hacía preguntas.

—¿Cuánto durará?

—Pocos minutos.

Asentía, pero aquellos pocos minutos parecían ocupar todo su pensamiento.

    Le gustaba la luz con una especie de devoción antigua. No la luz violenta del mediodía, sino esa claridad humilde que entra por una ventana a las siete de la mañana y convierte el polvo en un pequeño universo. Amaba el azul del cielo, las noches de luna llena, las estrellas de agosto y hasta la luna menguante, aquella media luna de alfanje, de la que había sentido miedo cuando era niño. Lo único que no soportaba era imaginar que el día pudiera apagarse de repente.

    A veces me acompañaba al campo. Permanecíamos largo rato sin hablar. Él seguía el movimiento lento de las nubes. Yo terminaba por imitarlo con la mirada. Hay amigos que enseñan sin proponérselo.

Poco antes del eclipse empezó a visitar una vieja ermita abandonada desde cuya explanada podía verse toda la llanura. Iba allí cada atardecer. Decía que quería acostumbrarse a las despedidas de la luz. Nunca le pregunté por qué. Las personas delicadas poseen secretos que conviene dejar intactos.

Llegó el día señalado.

No había en el aire nada extraordinario. Las cigarras cantaban. El trigo ya estaba recogido. Un perro ladraba muy lejos. La vida continuaba con la misma indiferencia con que florecen las adelfas junto a los caminos. Y, sin embargo, comenzó a suceder.

Primero fue una claridad distinta. Después una penumbra apenas perceptible. Más tarde, el paisaje entero pareció cubrirse con un velo de ceniza. Los pájaros callaron. Una golondrina descendió hacia el campanario creyendo que llegaba la noche.

Celeste no levantó inmediatamente los ojos. Miraba la tierra. Miraba los olivos. Miraba las piedras. Como si quisiera conservarlas en la memoria antes de que desaparecieran.

Cuando la oscuridad fue completa, el mundo quedó suspendido. No hubo miedo. Hubo un silencio tan antiguo que parecía venir de antes de los hombres. Entonces Celeste sonrió. Comprendí que había vencido algo que ninguno de nosotros conocía.

Pasados los minutos, regresó la primera hebra de luz. Fue un hilo finísimo sobre el horizonte. Después otro. Luego el campo recuperó sus colores. Cantó un jilguero. Las cigarras volvieron a su música. El tiempo continuó caminando como si nada hubiera ocurrido.

Regresamos despacio. Ya casi al llegar al pueblo, Celeste dijo:

—Nos equivocamos.

—¿En qué?

—Creemos que el eclipse oscurece el Sol. No. Lo que se oscurece es nuestro corazón mientras espera que vuelva la luz. No añadió nada más.

Desde entonces sigue viviendo entre las nubes. Continúa leyendo a Rubén Darío y buscando figuras en el cielo de Castilla. Pero ya no teme los eclipses. Ha comprendido que la luz no desaparece nunca. Sólo se oculta un instante para enseñarnos cuánto la necesitamos.

Y algunas tardes, cuando el sol declina sobre los tejados y las campanas empiezan a sonar lentamente, veo a mi amigo Celeste detenerse en mitad de la calle y levantar la vista. Entonces pienso que acaso los nefelibatas no son hombres que viven fuera del mundo.

Tal vez sean los únicos que todavía saben contemplarlo.


Madrid, viernes, 17 de julio de 2026


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