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miércoles, 26 de agosto de 2026

LA QUINTA DEL LLANTO EN PORTUGAL. Relato

Paisaje portugués

Julia Sáez-Angulo

 25/8/26

    En nuestra familia, Gonzalo era el hermano rico, y habíamos acabado por llamarlo, con una mezcla de ironía y gratitud, el macho alfa. No porque ejerciera autoridad sobre nosotros, sino porque, llegado el momento, era él quien nos protegía, quien organizaba, quien pagaba y quien parecía dispuesto a resolver las cosas antes incluso de que los demás hubiéramos terminado de plantearlas.

    Aquel verano reservó para todos nosotros una quinta en Portugal, cerca de Coimbra. Se llamaba Quinta del Llanto.

    El nombre, lejos de inquietarnos, nos pareció romántico. Imaginábamos una antigua casa portuguesa, elevada sobre una loma, con un gran jardín, bosque, piscina y, al fondo, el mar. Gonzalo había reservado quince días y todos esperábamos aquellas vacaciones como quien espera una pequeña tregua en la vida.

    Cuando llegamos, nos abrió la puerta una joven estudiante de Turismo que se ocupaba de recibir a los huéspedes.

—Estaba deseando que llegárais —nos dijo—. Crujía el suelo y esta casa me ha dado miedo.

    Lo dijo con una naturalidad que, retrospectivamente, debió de servirnos de advertencia.

    La quinta estaba efectivamente apartada del pueblo y próxima a un río. El agua parecía haber dejado su huella en todo: en los muros, en las maderas, en el aire mismo. Nada parecía respirar. Había en la casa una humedad antigua, inmóvil, como si durante años nadie hubiera abierto una ventana.

    El suelo de madera crujía bajo nuestros pasos. Mi hija mayor, Marisa, y yo nos miramos. No hizo falta decir nada. Las dos habíamos sentido lo mismo.

    La casa era oscura. En los salones había numerosos retratos y fotografías de niños. Eran rostros de otras épocas, niños vestidos con ropas que ya no existían, detenidos para siempre en una edad que no podía crecer. Sus miradas, o quizá nuestra imaginación, parecían seguirnos mientras atravesábamos las habitaciones.

    No nos gustaron.

    En la cocina nos esperaba otra sorpresa. Sobre la encimera avanzaba una pequeña procesión de insectos que no sabíamos identificar: moscas, hormigas y otros seres diminutos que parecían pertenecer más al subsuelo que a una cocina.

    Fue entonces cuando Marisa y yo decidimos que en aquella casa no dormiríamos.

    Nos acercamos a una ventana. Desde allí vimos a mi nieta, sola en un columpio, en medio de aquella loma. A cierta distancia, la escena tenía una belleza extraña. La niña se balanceaba bajo el cielo, mientras la casa permanecía detrás de nosotras, silenciosa y húmeda.

    Por un instante tuve la impresión absurda de que el suelo podía abrirse bajo sus pies y llevársela.

    La joven nos entregó siete llaves. Una correspondía a la iglesia anexa a la quinta. Otras abrían distintas habitaciones.

        —Hay algunas estancias que permanecen cerradas —explicó—, pero no van a necesitarlas.

    Aquella frase terminó de completar el ambiente.

    —Yo aquí no duermo —dijo Marisa.

    —Yo tampoco —añadí.

    Gonzalo nos observaba. Había puesto en aquella quinta toda la ilusión de quien encuentra algo extraordinario y quiere compartirlo con los suyos. Pero comprendió enseguida que la casa podía ser magnífica en los folletos y, sin embargo, imposible para nosotros.

    Fue entonces cuando recordamos algo que Gonzalo nos había contado durante el viaje: en Portugal existían antiguas quintas cuyos nombres tenían una tristeza particular. La Quinta de las Lágrimas, la Quinta del Llanto, la Quinta de los Tristes… Nombres que parecían conservar, como una inscripción en piedra, alguna desgracia antigua.

    Devolvimos las llaves. No pasaríamos allí ni una sola noche.

    Buscamos un hotel para toda la familia y comunicamos nuestra decisión al propietario, un caballero portugués, educado y comprensivo. No discutió con nosotros. Escuchó nuestras razones y nos devolvió el dinero al día siguiente.

    Después, Marisa hizo lo que hacemos todos, cuando una inquietud necesita convertirse en certeza: buscó en Google. Y encontró que aquella casa había sido, según la información que leyó, un antiguo convento del siglo XIII, relacionado con enterramientos intra y extramuros. Después fue adquirido por una compleja familia noble durante la desamortización de bienes religiosos en Portugal... A partir de entonces, nuestra imaginación hizo el resto.

    Los sepulcros explicaban los insectos. Los retratos explicaban las miradas. La humedad parecía venir de los muertos. Las habitaciones cerradas adquirieron un secreto. La iglesia anexa dejó de ser una iglesia y se convirtió, en nuestra imaginación, en la puerta de comunicación entre dos mundos.La casa tenía un pasado, y aquel pasado parecía gravitar sobre el presente.

    Pero quizá lo más extraño no era la casa, sino nosotros.

    Días después llegó mi hija menor, la racionalista. Le contamos lo ocurrido y escuchó nuestra historia con la serenidad de quien contempla desde fuera una superstición ajena.

    —Os habéis precipitado —dijo finalmente—. Allí no había ningún misterio.

    Nos quedamos callados.

    —Los hombres y mujeres estamos configurados para nuestra autoconservación —continuó, con aquella manera suya de decir las cosas—. Habéis visto una casa oscura, húmeda, mal ventilada y llena de bichos. Eso es todo. 

    Tenía razón.

    Quizá los muertos no habían salido de sus sepulcros. Quizá ninguna fuerza invisible habitaba las habitaciones cerradas. Quizá los niños de los retratos no nos miraban y la tierra bajo el columpio no tenía intención alguna de tragarse a nuestra nieta.

    Tal vez habíamos necesitado solamente unas horas para convertir una casa vieja en una casa maldita.

    Y, sin embargo, nunca he olvidado aquella quinta. La recuerdo como se recuerdan ciertas cosas que no llegaron a suceder: con una mezcla de alivio y melancolía. Fue una casa que pudo haber sido el escenario de nuestras vacaciones y no lo fue; una casa que conservaba demasiadas huellas de quienes habían vivido y muerto en ella, para que nosotros pudiéramos sentirnos completamente vivos allí.

    Nos despedimos de la Quinta del Llanto como de una historia que no quisimos terminar de conocer. Y quizá fuera mejor así. Hay casas que pertenecen al pasado con tal intensidad que cualquier intento de devolverles el presente resulta inútil.

    La nuestra fue, durante quince días, aquella otra casa de Portugal que nunca habitamos. La casa que pudo ser. Y no fue.


lunes, 3 de agosto de 2026

Diario Escurialense XII. "MI SOBRINA MARIVÍ "

Río Yalde.Uruñuela. La Rioja. (Foto: Nuevecuatrouno)


Julia Sáez-Angulo

        9 de junio de 2026

    En todas las familias hay personajes que parecen haber sido enviados al mundo para poner a prueba la paciencia de los demás y, al mismo tiempo, para despertar una inesperada ternura. En la nuestra, aquel papel le correspondió durante años a Mariví.

    Todo empezó cuando mi sobrino Felín dejó embarazada a aquella muchacha guapa, de ojos vivos y sonrisa fácil, pero con unos modales que habrían hecho desmayarse a cualquier profesora de urbanidad. Cuando la noticia llegó a oídos de su madre, mi prima Luchy, sufrió un auténtico soponcio.

—En esta familia no caben bastardos —declaró cuando recuperó el habla—. Así que te casas.

    Ella no imaginaba que Mariví era como era.

    Y Felín se casó. Todos vimos que Mariví era bellísima, desenfadada, dicharachera... cada cual la calificaba a su manera: vulgar, ordinaria, descarada...

    A los seis meses nació un niño hermoso y saludable que, para no complicarse mucho la vida, recibió también el nombre de Felín. Aquello provocó algunos comentarios maliciosos sobre la duración del embarazo, pero nadie insistió demasiado. En las familias hay verdades que todo el mundo conoce y que nadie se toma la molestia de discutir.

    Mariví llegó oficialmente a la familia y pronto descubrió que no todas las incorporaciones son fáciles. Sus dos cuñadas no podían soportarla. Ella representaba exactamente todo aquello que ellas no querían parecer.

    Mientras ellas cuidaban cada detalle de su aspecto, Mariví aparecía con pantalones vistosos, camisetas estridentes y accesorios que parecían adquiridos en una liquidación masiva de bisutería. No faltaba el anillo en la nariz, ni un tatuaje en el antebrazo. Cuando hablaba, además, lo hacía con una potencia vocal capaz de atravesar varias habitaciones. "Es una muchacha alternativa", pense´.

    Las cuñadas la observaban con una mezcla de horror y superioridad.

—Es ridícula. Nos hace quedar mal —decían.

    Yo, en cambio, sentía cierta ternura y compasión por aquella muchacha. No era mala persona. Todo lo contrario. Había en ella una sinceridad tan absoluta que resultaba imposible no tomarle cariño.

    Por eso decidí emprender una misión que hoy reconozco imposible: pulir a Mariví.

Comencé por lo más sencillo.

—Esa expresión no queda bien —le decía cuando soltaba alguna de sus frases más pintorescas.

    Ella me miraba con buena voluntad.

—¿Y cómo se dice entonces?

Yo se lo explicaba.

    Al día siguiente volvía a escuchar la expresión original.

Pero insistí. Cuando gritaba, la corregía.

—Mariví, baja la voz.

—¿Estoy gritando?

—Toda la urbanización sabe lo que estás diciendo.

En la piscina era un espectáculo.

—¡¡¡FELÍÍÍN!!!

El eco rebotaba entre las sombrillas.

—No grites —le decía yo —. Levántate y vete a buscar al niño.

Ella me miraba como si yo hubiera perdido el juicio.

—¡Sí! ¡Hasta allí voy ir!

—Pues sí, insistía yo.

—No pienso hacerlo, replicaba.

    Lo decía con una naturalidad tan perfecta que era imposible enfadarse. Nuestras lógicas no coincidían

    Su mayor problema llegaba cuando intentaba parecer distinguida. Hay personas elegantes sin proponérselo y otras que, cuando intentan ser elegantes, producen el efecto contrario. Mariví pertenecía claramente al segundo grupo.

    Recuerdo especialmente una boda familiar. Todos esperábamos en la iglesia cuando apareció ella.

    Llevaba adornos en el cabello. Adornos en las orejas. Adornos en el cuello. Adornos en los brazos. Adornos en los dedos. Probablemente también en lugares que la ropa impedía comprobar.

    Era como si hubiera confundido la ceremonia con un escaparate ambulante.

Una cuñada me susurró:

—Parece un árbol de Navidad.

Yo, para paliar la cosa, respondí:

—Un árbol de Navidad muy simpático.

Mariví llegó sonriente, convencida de estar deslumbrante. Y lo estaba, aunque no exactamente del modo que ella imaginaba.

    Con los años, mi labor educativa continuó. Corregía palabras, sugería lecturas, recomendaba maneras más discretas de vestir o de estar.

    Ella escuchaba siempre. Y luego hacía exactamente lo que le daba la gana. Sin embargo, algo fue cambiando entre nosotras. La corrección constante se convirtió en conversación. Las conversaciones en confianza. Y la confianza en afecto.

    Porque debajo de toda aquella apariencia aparatosa había una mujer sencilla, trabajadora y bastante más inteligente de lo que muchos suponían.

    Un día me sorprendió contándome que había encontrado empleo.

—¿Dónde?

—En la cocina de un hotel.

Yo quise animarla.

—Magnífico. Hoy los chefs de cocina están muy valorados. Algunos ganan más que los futbolistas.

    Mariví soltó una carcajada.

—¿Qué te has creído tú? Yo estoy allí para fregar ollas.

    Aquella respuesta resumía perfectamente quién era ella. Mientras otros habrían adornado la realidad, Mariví la servía sin salsa y sin decoración. Era incapaz de fingir.

    Lamentablemente, el matrimonio con Felín no prosperó. Tuvieron una segunda hija, una niña preciosa que completó la familia durante un tiempo. Pero los desacuerdos crecieron. Lo que al principio parecían diferencias menores terminó convirtiéndose en una distancia imposible de salvar.

    Finalmente llegó la separación. No fue una sorpresa para nadie. Quizá ni siquiera para ellos.

    La vida siguió su curso. Los niños crecieron. Felín rehízo parte de su camino. Mariví continuó con el suyo.

    Y yo fui dejando atrás mi ambicioso proyecto de convertirla en una mujer refinada. La verdad es que nunca tuve la menor posibilidad de éxito.

    Mariví era Mariví. Tan incapaz de transformarse, como una golondrina de convertirse en águila. Y, pensándolo bien, tampoco tenía por qué hacerlo.

    Hoy, cuando a veces nos encontramos por casualidad, nos saludamos con verdadero cariño. Nos damos dos besos. Nos preguntamos por los niños, por la familia.

    Nos reímos recordando viejas historias.

—¿Te acuerdas cuando me corregías regañabas por todo? —me dice.

—Porque eras incorregible.

—Y sigo siéndolo.

—Eso ya lo veo.

    Entonces ambas nos reímos más. Ella, triunfante de que yo no hubiera podido reformarla.

    Al final comprendí algo que no había entendido cuando intentaba educarla. Las personas no siempre necesitan ser corregidas. A veces basta con quererlas.

    Mariví nunca aprendió a hablar bajo. Nunca consiguió vestir con discreción. Jamás renunció a sus expresiones imposibles. Pero conservó algo mucho más valioso: una autenticidad que muy pocas personas poseen.

    Y aunque no logré convertirla en una señorita elegante, sí conseguí algo mejor. Gané una amiga inesperada dentro de la familia. Una amiga que sigue siendo exactamente la misma mujer que llegó un día de la mano de mi sobrino Felín: escandalosa, entrañable, sincera y completamente imposible de pulir. Y quizá ahí reside precisamente todo su encanto.


martes, 26 de mayo de 2026

DON TILO, PATRIARCA DOMINICANO. Relato basado en la realidad, por Carmen Valero

Hermanas Vedruna junto al Obispo y amigos que celebraron con ellas los 200 años, aniversario de la fundación de las Carmelitas de la Caridad, por santa Joaquina Vedruna


Por Carmen Valero Espinosa

26.05.2026.- Madrid

    En Yamasá pueblo interior de la cálida y fecunda República Dominicana, donde el cacao y las fuentes, balnearios y ríos cristalinos le dotan de riqueza y belleza, vivió un hombre al que todos conocían como don Tilo de la Cruz. Su nombre verdadero quizá lo recuerden los registros civiles, pero para su pueblo, para su familia y para cuantos lo trataron, siempre fue simplemente don Tilo: el patriarca, el hombre bueno, el anfitrión generoso, el padre fecundo como los antiguos patriarcas bíblicos.

Había trabajado toda su vida con esfuerzo silencioso. Conocía la tierra, los negocios modestos, la crianza de animales y la difícil tarea de sacar adelante una familia numerosa en una isla golpeada tantas veces por la pobreza y los huracanes. Pero jamás se le oyó lamentarse. Caminaba con la dignidad de quien sabe que la riqueza más grande no está en el dinero sino en las personas que se sientan a la mesa.

Y su mesa era inmensa. Su descendencia, también. Tuvo una veintena hijos.

Veinte vidas nacidas de su sangre y de su esperanza. La mayoría de ellos se casó y tuvo a su vez hijos y nietos, de manera que la casa de don Tilo terminó pareciéndose a una pequeña aldea familiar donde siempre había risas, cazuelas humeantes, niños corriendo y mujeres hablando a la vez en patios llenos de macetas y gallinas.

Él contemplaba aquella multitud con orgullo humilde. A veces, sentado en una mecedora de madera bajo la sombra de un árbol, observaba jugar a sus nietos y decía que Dios lo había bendecido “como las arenas del desierto y las estrellas del cielo”. Y quienes lo escuchaban comprendían que no exageraba. Su descendencia era tan abundante que parecía extenderse por toda la isla.

Pero no solo había cantidad en aquella familia, sino también vocación y servicio.

Dos de sus hijas abrazaron la vida religiosa en las Hermanas Vedruna, las Carmelitas de la Caridad, entregando sus vidas a la enseñanza y a los pobres. Otras hijas suyas fueron franciscanas. Uno de sus hijos llegó a ser sacerdote y más tarde obispo, llevando el Evangelio por caminos donde la necesidad espiritual y material caminaban juntas.

Don Tilo no presumía de ello. Lo contaba con sencillez, como quien habla de la lluvia o del amanecer. Para él, todo era gracia divina.

Cuando yo lo conocí, llegué acompañada precisamente por Cecilia y Fanita, sus hijas religiosas Vedruna. Yo había viajado desde Madrid, enviada por Cáritas Española para colaborar en la reconstrucción de lo posible en Dominicana, tras el devastador paso del huracán Georges en 1998, que había golpeado cruelmente la isla caribeña, dejando pueblos enteros destruidos, escuelas arrasadas y familias sin techo ni esperanza.

Aún recuerdo el camino hasta su casa en Yamasá. El calor húmedo del Caribe, las carreteras maltrechas, los niños descalzos saludando a los coches y las huellas de la tragedia todavía visibles en muchos rincones. Pero al cruzar el umbral de la vivienda de don Tilo, parecía que uno entraba en otro mundo.

Había preparado un almuerzo en mi honor.

No una comida sencilla de cortesía, sino una auténtica fiesta de bienvenida. Ordenó asar un cordero, como el padre del hijo pródigo en el Evangelio. Quería honrar al visitante llegado de lejos, a la persona que venía a ayudar a su pueblo amado. Sobre la mesa aparecieron arroz, frijoles, plátanos, frutas tropicales, café espeso y carnes condimentadas con el sabor fuerte y alegre del Caribe.

Recuerdo su sonrisa franca, sus manos grandes y su mirada brillante de gratitud.

Agradeció mi presencia como si yo fuera alguien importante, cuando en realidad el importante era él. Decía que cualquier ayuda para su patria era un regalo de Dios. Hablaba con emoción de las escuelas que debían reconstruirse, de las iglesias caídas, de los dispensarios médicos, de los gabinetes de higiene que tanta falta hacían en las misiones rurales.

Todavía puedo ver a algunos misioneros lavándose los dientes sobre una palangana y escupiendo después en la tierra, a través de la ventana,  porque ni siquiera tenían cuarto de baño. Aquella pobreza elemental impresionaba profundamente a quien llegaba desde Europa. Y, sin embargo, junto a la pobreza había una enorme dignidad humana.

Don Tilo encarnaba precisamente esa dignidad.

Era un hombre sin estudios elevados, pero poseía una sabiduría antigua, hecha de hospitalidad, fe y experiencia. Entendía que el progreso no consistía solamente en levantar edificios, sino en formar personas buenas, familias unidas y comunidades solidarias.

Tal vez por eso su descendencia prosperó.

Sus hijos trabajaron, estudiaron, levantaron negocios, sirvieron a la Iglesia y ayudaron a otros dominicanos. Los nietos siguieron creciendo con el recuerdo de aquel anciano patriarca cuya casa siempre tenía las puertas abiertas. Y cuando alguno preguntaba de dónde venía aquella bondad familiar, los mayores respondían:

—De don Tilo.

Porque “tilo”, decían algunos ancianos sabios de la isla es el árbol, que cobija con su gran sombra y su aroma amoroso. Y verdaderamente él lo era. Bueno como el pan compartido, Bueno como la sombra en el calor tropical. Bueno como el hombre que nunca niega un plato de comida ni una palabra de ánimo.

En una tierra marcada por la mezcla de sangres y culturas, donde sobreviven todavía ecos de los antiguos taínos que habitaron la isla antes de la llegada de los españoles, don Tilo representaba lo mejor del alma dominicana: la alegría resistente, la fe sencilla, la familia numerosa y el corazón abierto. Tainos significa buenos y así los llamaron los españoles, porque los veían pacíficos

Hoy quizá muchos de sus descendientes estén dispersos por el mundo: algunos en Santo Domingo, otros en Nueva York, Madrid o Miami. Algunos serán médicos, maestros, religiosos, comerciantes o albañiles… Pero todos llevan algo invisible heredado de aquel patriarca caribeño.

Llevan su memoria.

Y mientras exista alguien que recuerde sus banquetes, su generosidad y aquella manera suya de recibir al extranjero como a un hermano, don Tilo, el patriarca fecundo, seguirá vivo en el corazón de República Dominicana. 

Más información

https://mail.google.com/mail/u/0/?tab=rm&ogbl#search/Fanita/KtbxLxGkMfkjMVSMfqpJjkCSxBxBDLJFmL


sábado, 25 de abril de 2026

"EL CURA, EL PÁRROCO Y EL BORRACHO", relato desde Riaza (Segovia), al pie de la "Mujer muerta"

Páramos de Guadalajara
"Mujer muerta", en la sierra de Guadarrama


        A falta de crónica sobre arte o literatura, publico un relato sacado de unas anécdotas dispersas escuchadas en el curso de retiro que llevamos a cabo en Riaza (Segovia), junto a la "Mujer muerta" (¿o solo dormida?) en la sierra de Guadarrama.


            Julia Sáez-Angulo

    Fui a predicar unos ejercicios espirituales para sacerdotes a una residencia vetusta, algo incómoda, pero recogida y silenciosa, rodeada de castaños que parecían custodiarla como viejos centinelas. Estaba en un pueblo pequeño, perdido en el páramo de Guadalajara, donde el viento suena más que las campanas y el tiempo parece haber aprendido a caminar despacio.

    Siempre que voy a estos lugares me gusta cumplir con una especie de rito personal: saludar al párroco. Era un hombre mayor, de esos que ya no se fabrican, con una memoria prodigiosa y una serenidad que imponía respeto sin proponérselo. Se sabía el Nuevo Testamento en latín sin vacilar, y en el altar pronunciaba las palabras con una precisión que sonaban a eternidad: “hoc est enim corpus meum…”; cada sílaba caía como una gota de agua en un pozo profundo.

Había hecho escribir frente al altar: Sicut prima, sicut última, sicut única (“como si fuera la primera, la última o la única”, referido a la santa misa, a la Eucaristía. Un cura que amaba el latín. Merecía ser cardenal.

    Yo, por mi parte, procuraba ir siempre vestido de clergyman. Pienso —como con los taxis— que un sacerdote debe poder ser reconocido en la calle. Nunca sabes cuándo alguien puede necesitar una palabra, un consejo o incluso una confesión improvisada. Y no es teoría: me ha sucedido más de una vez.

    Aquella mañana de domingo, después de predicar y celebrar la misa, salí a pasear por el pueblo. Era uno de esos paseos sin rumbo, en los que uno no busca nada y, sin embargo, todo puede suceder. Las calles estaban casi vacías, con ese silencio espeso de los pueblos pequeños, roto solo por algún perro lejano o una puerta que se cerraba.

Entonces lo vi.

    Un hombre de mediana edad avanzaba por la calle dando tumbos, haciendo gestos extraños, como si discutiera con alguien invisible. “Ha pasado la noche bebiendo”, pensé. Y, por prudencia, me cambié de acera.

Pero él también.

    No fue casualidad. Venía hacia mí, con la determinación de quien necesita hablar con alguien, con quien sea, y en aquel momento ese alguien era yo. Supongo que el alzacuellos tuvo algo que ver.

Se acercó y, sin preámbulos, soltó:

—Jesucristo era un tipo estupendo.

—Sí —respondí.

—Jesucristo era un tipo fenomenal —insistió.

—Sí.

—Jesucristo era un hombre excepcional.

    Ahí ya me salió el predicador que uno lleva dentro, incluso cuando no quiere:

—Era un hombre excepcional… y era Dios al mismo tiempo.

    El hombre me miró, entre divertido y precavido, y dijo con una media sonrisa:

—Padre, no se me suba.

    Seguimos caminando un trecho juntos. Él lanzaba afirmaciones teológicas con sorprendente convicción; yo respondía con monosílabos, como quien echa pequeñas ramas al fuego sin querer avivarlo demasiado.

    Al final, decidió despedirse. Nos dimos la espalda y cada uno retomó su camino. Yo ya pensaba en el sermón de la tarde cuando oí su voz:

—¡Padre!

Me volví.

—¡Cristo era Dios y hombre!

Sonreí.

—Totalmente de acuerdo, repliqué.

    Y seguimos cada uno por su lado, él con sus pasos inciertos y yo con una certeza renovada: a veces la fe aparece donde menos se espera, incluso entre los titubeos de una noche larga. Porque en aquel páramo, entre castaños y silencio, también los borrachos pueden decir teología… y, de vez en cuando, acertar.

        Riaza, sábado, 25 de abril de 2026



martes, 25 de noviembre de 2025

ADA LOVELACE. Primera programadora de computadoras. Relato por Julia Sáez-Angulo



Por Julia Sáez-Angulo

Me topé con ella, con Augusta Ada King, condesa de Lovelace -conocida como Ada Lovelace-, en un curso de verano de la Universidad Complutense, en el Cuartel de Inválidos y Voluntarios a Caballo, de San Lorenzo de El Escorial, donde veraneo. La mencionó, con ímpetu, el profesor Julio Mayol, al paso de una conferencia divulgativa sobre la Inteligencia Artificial, IA, en la Medicina. Señaló a Ada como genio de las Matemáticas, primera programadora, pionera, por ende, de la IA. Se la considera la primera programadora de computadoras, por describir un algoritmo destinado a ser procesado por una máquina. 

    Ada fue hija de Lord Byron, pero no conoció a su padre que salió pronto de su país, Inglaterra, y no volvió, ni se preocupó de ella. Hay genios en la Historia, cuyo sentido de la responsabilidad familiar ha sido cero. Hombres que viven y mueren por diversas causas, mientras que la crianza de los hijos, la parte humana de la infancia, la continuación de la humanidad, la olvidan y queda por entero en manos de la madre. Son como el salmón, desovan y se van.

    Ocurrió en la vida de Ada Lovelace. Lord Byron se separó de su esposa al mes de nacer la niña en Londres, en 1815, y partió hacia Grecia, el amor intelectual de su vida, por ser cuna de la civilización occidental; se fue para luchar por su libertad del yugo turco. En Grecia morirá, durante la Guerra contra el Imperio Otomano en 1824. Su hija Ada tenía ocho años. Solo obtuvo del padre unos versos: “¿Es tu rostro como el de tu madre, mi bella hija? ¡ADA! Hija única de mi casa y mi corazón”. El “mí”, el yo, domina el poema.

    Anne Isabella Byron, mujer millonaria, madre de Ada, quedó tan harta y escarmentada de la vida irresponsable Lord Byron, que la consideraba locura, por lo que no quiso para su hija un futuro literario de versos y poemas como el padre. La genética pesa y la madre lo sabía. Para alejarla lo más posible de él y su trabajo de escritura literaria, la encauzó en el mundo de la ciencia, de los números, de las Matemáticas, a base de sucesivos tutores en la casa, dada la frágil salud de la niña. La inteligencia de ADA se reveló extraordinaria. No era común, en las mujeres del XIX, encarrilar los pasos de las mujeres por el mundo científico, pero mamá Anne Isabella logró hacer de Ada una gran científica que merece una mayor resonancia y visibilidad en la Historia, en el mundo de hoy, donde las computadoras y la IA cobran primer plano, y debiera ir acompañado con frecuencia del nombre de Ada Lovelace. 

    “Con todo, la ausencia de su padre la obsesionó”, comenta el Dr. Mayol, a lo largo de su conferencia, en una suerte de reivindicación de la paternidad para todos los seres humanos.  

    Augustus de Morgan, célebre matemático, fue uno de los tutores de Ada, el que alarmó a su madre por las preguntas agudas y excesivas de la muchacha, impropias de una mujer, que debe atenerse simplemente a aprender las lecciones. “Ada interrogaba como un hombre”, le dijo. Afortunadamente, madre e hija hicieron caso omiso de la preocupación del tutor.

Ada Lovelace supo con el tiempo, que tuvo una hermana, Allegra Byron, hija de Lord Byron y la poeta inglesa Claire Clairmont, a la que su padre acabó también abandonándola en un convento, después de varios intentos para que fuera adoptada. La niña murió a los cinco años.

    La salud de Ada no fue precisamente fuerte.  Se casó con el barón William King, futuro en conde de Lovelace. De Lady King, pasó a condesa Lovelace. La pareja era habitual en la Corte de la Reina Victoria, Corte que siempre miró con suspicacia a Ada, por sus extravagancias con las Matemáticas. Ella no dejó en ningún momento de estudiar matemáticas, como si fuera un elixir que le daba la vida. Tuvo tres hijos: Byron, Annabella y Ralph. Fue al concluir su maternidad, cuando, en el campo de estudios matemáticos, se lanzó con más fuerza y continuidad en la investigación. Ella siempre firmó como Ana Lovelace.

    En la correspondencia con su antigua tutora y amiga Mary Somerville, Ada se quejaba anteriormente, de que, con la maternidad le faltaba tiempo para seguir estudiando intensivamente Matemáticas. Se siente frustrada. Los desmayos de su salud avanzaban. De nuevo, su madre, Anne Isabella, acude en su ayuda y puso nuevos tutores para educar a sus nietos

    La colaboración de Ada con Charles Babbage (1791-1871) y el desarrollo de su máquina analítica, que llevaba a cabo cálculos complejos, fue clave. La aportación y las Notas de Ada fueron consideradas el primer algoritmo destinado a ser procesado por una máquina, porque incluyen la descripción de un ciclo o bucle, un concepto fundamental en programación. Las máquinas iban a simular nuestras capacidades cognitivas como seres humanos. Una construcción cognitiva del pensamiento. Máquinas que llegaron a decodificar el código nazi.

    La amistad de Ada y Babbage duró toda la vida. Ambos se admiraban y respetaban. Una amistad estimulante para la ciencia. El visitaba al matrimonio Lovelace con frecuencia.

    Ada Lovelace fue perdiendo la salud paulatinamente por un cáncer de útero. Falleció a los 37 años en 1831. Demasiado joven para lo que pudo haber sido y añadido a su trayectoria matemática con la máquina analítica. La computadora.

    Las aportaciones de Ada Lovelace a la IA se consideran hoy fundamentales, pese a quien le discute mérito, en favor de Charles Babbage. Fue profetisa sobre las capacidades de la máquina analítica, que llevaría incluso a la creación musical. También al cálculo para ganar en el juego, como se ha visto en ajedrez, donde la máquina puede ganar al hombre.  

    No se equivocó. Hoy, ella es reconocida con el Día Ada Lovelace, el segundo martes de octubre, que celebra, sobre todo en el mundo sajón, a las mujeres en la Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas, STEM.

11 de julio de 2025


ANITA GARIBALDI. Heroína de dos mundos. Relato por Carmen Valero Espinosa

Anita Garibaldi. Foto Wikipedia



Por Carmen Valero Espinosa

Fui a ganar el jubileo a Roma y a conocer al nuevo papa León XIV. Fue en el mes de julio, para huir del famoso ferragosto, cuando los romanos se achicharran en la Ciudad Eterna, como si fuera el infierno. En julio, también hace calor, pero yo me consolaba pensando que menos que al mes siguiente. Para aprovechar el viaje, decidí quedarme todo el mes, para conocer a pie y a fondo la ciudad de Rómulo y Remo, la Roma Imperial de los Césares, la Ciudad petrina y santa de los Papas… y allí, el 10 de julio, me vi, de sorpresa, frente a la estatua ecuestre de Anita Garibaldi, heroína brasileña, esposa del unificador de Italia, Giuseppe Garibaldi

Eché mano de la guía escrita y a mano, que tenía un párrafo dedicado a esta luchadora de los dos mundos: en Brasil y en Italia. El personaje me fue interesando más y más y no pude por menos que adquirir una biografía de Anita Garibaldi, que me puso al día de sus hazañas.

    El monumento, una escultura recién restaurada, aparece junto a otra estatua ecuestre, la de su esposo Giuseppe; ambos héroes nacionales están enterrados juntos en el Janículo, nombre de una colina de la ciudad de Roma, distinta de las célebres “siete colinas de Roma”, sede del célebre barrio del Trastévere. Una avenida de la capital italiana, también lleva el nombre de Anita Garibaldi.

    La estatua, en bronce y granito, es una creación del escultor Mario Ruttelli y se inauguró en 1932, por Elena de Montenegro, durante la conmemoración de los 50 años de la muerte de Giuseppe Garibaldi. Anita a caballo presenta a la revolucionaria brasileña con pistola en mano y sosteniendo a su hijo Menotti, recién nacido. Se cuenta en Roma, que fue Mussolini quien quiso que se colocara el bebé en brazos de la madre, para recordar que la mujer no puede olvidarse de la maternidad y que su función es alimentar y traer vástagos para la patria.

    Los cuatro relieves de bronce, en la base, reproducen escenas de la vida de Anita en los dos mundos: primero, desfilando y luchando en la pampa americana junto a su esposo; después, buscando su cadáver, ya que le habían comunicado en la cárcel que su marido había muerto en la batalla de Curitibanos; y seguidamente a Anita protegida por Garibaldi, durante su escapada a los Valles de Comacchio, perseguida por las tropas imperiales en Brasil.

    El peso de la estatua, 40 toneladas, con 4,50 m de altura, se apoya por completo en las patas traseras del caballo y con casi un siglo desde su creación artística, se iba resintiendo, por ello necesitó de esta reciente reforma, que fue descubierta por el alcalde Roberto Gualtieri, quien dijo: «Hoy devolvemos finalmente restaurado el maravilloso monumento de Anita Garibaldi, una mujer valiente que se batió por nuestra libertad, por la República Romana, y que por lo tanto es justo honrarla». La ceremonia tuvo lugar en febrero de 2025.

    Las estatuas ecuestres de Anita y Giuseppe Garibaldi se muestran heroicas, bajo un espléndido arbolado.

    La vida de Ana María Ribeiro Antunes (Brasil,1821-Italia,1849) fue la de una criolla hermosa, a la que su madre viuda y sin recursos, casó a los 15 años con Manuel Duarte Aguar, un zapatero adinerado de la ciudad de Laguna, un marido borrachín, mucho mayor que ella, que la maltrataba. Cuando arribó a las costas de Laguna con su barco corsario, Giuseppe Garibaldi, un esbelto varón rubio de ojos azules, Anita quedó prendada. Los sueños de amor volvieron a su pensamiento.

    En realidad, fue Giuseppe Garibaldi quien se acercó en primer lugar a ella, que contaba con 18 años, al percibir su acogedora sonrisa en el puerto. Quiso que fuera para él y ella no opuso resistencia. Desde entonces no se separaron nunca. Garibaldi había llegado a Laguna para luchar en la llamada Guerra de los Farrapos, en la reciente República de Rio Grande, para hacer de la ciudad su primera capital. Anita se adhirió de inmediato a los ideales de libertad y de lucha de su esposo. Aprendió pronto a manejar la espada y la pistola. Los soldados que la acompañaban se quedaban asombrados de la destreza de esta mujer guerrillera que lucía pocho y sombrero.

    Fue en Italia, cuando Anita empezó a vestir con pantalones, botas de soldado y bandera en el pecho, como los otros soldados y a lucir las camisas rojas que ella misma diseñó con la única tela y color de que se disponía, cuando avanzaron hacia Montevideo. Tenían que distinguirse de la vestimenta enemiga a la hora de la lucha. En Italia, en busca de la unificación de la península, también utilizaron las camisas rojas, de ahí su nombre popular. En principio fueron mil camisas rojas para luchar contra Austria que defendía a los Estados Vaticanos.

    Anita, pese a su vida revolucionaria, de luchas, huidas y caídas de caballo, dio cinco hijos a Giuseppe Garibaldi: Menotti, Rosita, Teresa, Ricciotti y Domenico; el primer nació en 1840; Rosita y Domenico murieron muy niños. Los otros tres fueron también guerrilleros. 

    La heroína murió agotada por unas fiebres, tras llegar a Mandriole, localidad de Rávena. No había cumplido todavía los 28 años. Giuseppe estaba cerca y ordenó que la vistieran de mujer, sin aquellos pantalones y botas de soldado. Ella fue también mujer y madre, además de soldado. Pero las tropas enemigas hostigaban y, cuenta la leyenda que, Giuseppe tuvo que huir y dejar el entierro a medias. 

    Una vida singular, la de Anita Garibaldi. Dos ciudades brasileñas recuerdan su nombre. Italia la considera heroína nacional.

    Giuseppe Garibaldi se casó dos veces más, pero no olvidó nunca a Anita, la amada, la revolucionaria, la luchadora valiente, la heroína. Ambos son padres de la patria italiana.

Carmen Valero Espinosa

Julio, 2025


sábado, 15 de noviembre de 2025

SOLEDAD EN EL OTOÑO DE MADRID Y DE LA VIDA. Relato de Carmen Valero Espinosa

"Soledad". (Foto Alejandro García)

15.11.25

    La anciana, de pelo blanco como la escarcha y gafas oscuras que le velan el mundo, descansa en un banco del parque madrileño. Su chaquetón blanco compite con sus canas mientras, detrás de ella, un gran árbol despojado de hojas muestra el otoño inevitable.
    Suspira. Piensa. Medita. Por su mente desfilan, silenciosos, los avatares de una vida larga: la lucha diaria por sostener el trabajo y la familia, las contrariedades que nunca faltaron, su achaques latosos, que a veces la doblaron, sin llegar a romperla, y aquel marido sin empleo durante una  temporada, que tantas noches le robó el sueño; las dificultades de su hijo con accesos imposibles...
    Ella, mujer culta que domina cuatro idiomas, sabe que el mundo es más ancho que los libros. Pero también sabe que la vida —más compleja que cualquier conocimiento académico— la ha llevado, paso a paso, hasta este banco donde el otoño de Madrid le ofrece su más profunda compañía: la soledad, mansa y luminosa.

        Carmen Valero Espinosa
        14.11.2025



martes, 11 de noviembre de 2025

ÉRAMOS EL TWIST AL AMANECER. Relato


        12.11.2025.- Madrid


Julia Sáez-Angulo

        Fuimos la generación del aire nuevo, la que vio abrir los balcones al mar, la que aprendió a decir “mañana” sin miedo. Nuestros padres venían del silencio; nosotros traíamos el rumor de las olas, la música de un transistor y la promesa de una vida en color.

    Un verano cualquiera —quizás el del 62—aparecieron los primeros turistas. Eran altos, rubios, de piel sonrosada, y caminaban por las playas como si el mundo fuese un lugar amable. Nosotros los mirábamos con curiosidad, como quien espía el futuro. Las inglesas llevaban bikinis imposibles, los alemanes reían sin pudor. El sol era el mismo, pero su luz parecía distinta sobre ellos, como si iluminara una forma nueva de estar vivos.

    En los guateques sonaba el twist, y el suelo temblaba bajo nuestros pies. Girábamos, reíamos, nos dejábamos llevar por aquella música que venía de lejos y nos abría las costuras del alma. Bailar era una forma de decir: existimos, de romper el corsé de los años grises. El cuerpo era lenguaje, el movimiento, una oración moderna.

    La minifalda llegó como un rayo. Una tela breve, una revolución en los muslos, una sonrisa de Mary Quant que cruzó Europa hasta colarse en los escaparates de Madrid y Barcelona. Nuestras madres suspiraban, las abuelas se santiguaban, y nosotras sonreíamos, cómplices, porque sabíamos que en cada centímetro de tela se medía un siglo de diferencia.

    Los más osados viajaban a Londres, esa ciudad que parecía latir más deprisa. Volvían con discos de los Beatles, con peinados nuevos, con historias de una boda moderna — la de Mary Quant, la novia que cambió el blanco largo por un vestido corto y una mirada libre. Decían que allí el cielo era gris, pero nosotros sabíamos que la libertad tenía colores que solo se veían desde el corazón.

    Éramos una generación boom, aunque no lo sabíamos. Nos bastaba con sentir que el mundo se agrandaba, que la frontera era solo una línea de polvo en el mapa. Soñábamos con coches pequeños, con estudios, con un trabajo que nos llevara lejos, con besos a la sombra de una farola. Todo olía a futuro, a colonia barata y a esperanza recién estrenada.

    En los cines, Brigitte Bardot y Alain Delon nos mostraban que el amor podía ser deseo,que la vida tenía matices más allá del deber. En los cafés, hablábamos de música, de revistas extranjeras, de esa palabra mágica que aún no sabíamos pronunciar: libertad.

    Las playas del sur se llenaban de cuerpos mezclados, de guitarras y risas al anochecer. Los turistas nos enseñaban canciones en lengua diferente y nosotros les regalábamos el sol. Por un instante, el mundo parecía uno solo. Éramos jóvenes, y eso bastaba para que todo pareciera posible.

    Nuestros padres planchaban la rutina, nuestras madres aún rezaban en voz baja, pero también nos miraban con una mezcla de orgullo y temor, como si en nosotros adivinaran la ruptura y, al mismo tiempo, su esperanza. Fuimos la generación del salto. Entre la sombra y la claridad, entre el deber y el deseo, entre la España de las abuelas y el eco del rock. Teníamos el corazón lleno de ritmo y la mirada puesta en el horizonte. Sabíamos que algo estaba cambiando, aunque no pudiéramos nombrarlo.

    Y hoy, cuando escucho el crujido de un viejo vinilo, cuando veo una foto de aquellos veranos, siento que allí empezó todo: la música, el sueño, la osadía de creer que la vida podía ser nuestra. Fuimos el twist del amanecer, la minifalda del tiempo, la sonrisa recién lavada de un país que despertaba. Y aunque el mundo haya girado mil veces desde entonces, cada vez que suena una guitarra o alguien baila sin miedo, sé que algo de nosotros —de aquella juventud bailona, moderna y esperanzada— sigue vivo, girando todavía, en el centro del baile del mundo.


sábado, 30 de agosto de 2025

EL FAVOR Y LA FLAUTA DE IBÉRICO. Relato



Carmen Valero Espinosa

Mi hermana Piedi está pasando por un mal momento, su marido está muy enfermo tras un ictus y, en uno de sus muchos ingresos de urgencia en el hospital, dejó el coche aparcado en un lugar que, al día siguiente, debía presentar tique de estacionamiento en espacio público. 
“Su marido se está muriendo”, le dijo el médico. Angustiada, llamó a su hijo para decirle que, al día siguiente, no podría asistir a la primera comunión de su niña.
Cuando a la mañana siguiente, dejó un momento solo a su marido en la habitación y bajó a desayunar, se encontró con una soberbia multa municipal en el parabrisas de su coche, que la dejó más desconsolada. Así la encontré yo, cuando fui a visitar a mi cuñado.
Ni corta, ni perezosa, me acerqué a la controladora del parquímetro y le conté la tragedia personal y familiar de un enfermo, de urgencias, de su esposa cuidadora, ambos jubilados y con escasa pensión… La mujer, humana, seguramente comprensiva de la situación, anuló la multa.
Cerca había un establecimiento de bocadillos gigantes de jamón ibérico, donde yo compro habitualmente “una flauta de jamón” que dicen los castizos. Invité a pasar a la revisora y pedí a Marcos, el dependiente que me conocía, dos “flautas”, una para mí y otra para “esta señora que me acaba de hacer un gran favor”. Marcos se esmeró y puso más jamón que de costumbre en los bocadillos. Sabe que soy generosa en las propinas.
La controladora, que se llama Esther, y yo nos sonreímos, un poco cómplices, cada vez que coincidimos por el barrio. Pepe me dice que la mujer , desde entonces, le ha enviado numerosos clientes a comprar su “flauta de jamón ibérico”.
Lástima que el Ayuntamiento cambia de barrio a las controladoras del parquímetro, como el Estado cambia de país a los diplomáticos cada cuatro años, para evitar complicidades amistosas. Dios bendiga a Esther que hizo aquel noble favor a mi y a mi hermana. FIN


jueves, 21 de agosto de 2025

EL CELADOR Y EL EREMITA EN EL REAL SITIO. Relato

Hoces del Duratón. Foto Wikipedia
Residencia de mayores en el Real Sitio de El Escorial


                    Julia Sáez-Angulo

21/8/25.- El Escorial

        Brego con ancianos a todas horas. Soy un celador fuerte, con energía y buenos brazos para manejarlos en una residencia de mayores, de las muchas que hay en este Real Sitio Escurialense. El clima es sano y bueno, por ello, los ancianos pueden pasar los veranos más frescos en esta hermosa sierra de Guadarrama. No es precisamente grato envejecer, pero mi juventud y brío anima a los ancianos a pasar mejor los últimos años o meses de sus vidas. A muchos, la familia los aparca en estas residencias para librarse del incordio de su vida en declive. ¡Si, al menos, vinieran a visitarlos con frecuencia! Algunos de los parientes solo vienen a enterrarlos o ni siquiera eso, porque en este solar escurialense está prohibida la inhumación de aquellos que no son empadronados en el municipio, porque han llenado, con su frecuente número de óbitos, la capacidad del cementerio municipal. Solo se les permite la cremación y se recomienda que los deudos se lleven las cenizas a sus lares de origen.

El coadjutor, un sacerdote joven e inteligente, me confesó al principio de su destino, que no esperaba tener tantos entierros al mes, cuando lo destinaron al Real Sitio. Se siente desbordado con este trabajo monocorde. “Nunca sospeché, que el Real Sitio fuera una gran potencia de ancianos”, me confesó.

A los residentes mayores los dividimos entre validos y no validos, según puedan valerse por sí mismos. Los segundos están en las habitaciones de arriba y no tiene otra salida que la terraza para contemplar los montes de pinares que rodean el valle: el Abantos, las Machotas, el Pico del Fraile… La visión al menos es hermosa.

A algunos viejecitos los sorprendo soñando o ensimismados, perdida su mirada en el Abantos, recordando quizás sus viejos tiempos, que fueron mejores, como me repite con frecuencia Frutos, un segoviano octogenario que fue durante muchos años eremita de un edículo sacro, construido en piedra con sus propias manos, en una de las hoces del Duratón, por donde sobrevuelan a su antojo las águilas reales y los buitres leonados, “a la espera de encontrarse un día con mi propio fiambre”, según contaba Frutos con humor.

La ermita de Frutos, construida laboriosamente con piedras roqueñas ny argamasa, junto a un añadido de adobe para cocinar y dormir él, está en un paraje natural de gran belleza, donde trinan las alondras para marcar territorio y convocar el cortejo. En las rocas, florecen los zapatitos de la Virgen y el amarillo intenso del pampajarito… Frutos fue muy feliz allí desde que decidió levantar aquella ermita a San Quirico un niño mártir, venerado junto a su madre Santa Julita que, según la tradición cristiana, murió a los tres años durante la persecución del emperador Diocleciano, durante el siglo IV, en Asia Menor. 

Pese a su aislamiento, Frutos llegó a ser un personaje singular y conocido en su ermita; a él acudían, primero, personas de los pueblos cercanos Sebúlcor o Carrascal del Río, más tarde de ciudades como Sepúlveda o Segovia. Algunos lo consideraban como un curandero, porque lograba curaciones prodigiosas de enfermos, pero él explicaba que lo conseguía por sus oraciones, no por imposición de manos. Por supuesto no cobraba nunca un céntimo, pero los visitantes le dejaban donativos generosos de ropa y comida, sobre todo las damas. Ya se sabe, el devoto sexo femenino. Los pastores le regalaban pieles de oveja para abrigarse en invierno. Frutos nunca bebía alcohol, según lo prometió a sus santos, y nadie le vio borracho jamás.

Yo escuchaba atento e interesado las historias de Frutos. Y él me lo agradecía con su mirada y su contento.

El obispo visitaba a Frutos de vez en cuando. Le recomendaba que fuera a misa los domingos, pero él se excusaba por lo escarpado de las distancias a la iglesia más próxima, y porque no podía ver a mucha gente junta, le producía rechazo y mareos. El obispo le enviaba algunas veces un cura para le confesara y dijera misa en su ermita. Fue precisamente el cura, quien lo descubrió un día medio muerto y lo metió, en mala hora -decía Frutos-, en aquel asilo de viejos, donde se veía de aquella guisa en esos momentos. Echaba de menos las hoces del Duratón, las águilas, los buitres y las alondras, el cielo cargado siempre de presagios, el rio y sus rocas ahuecadas y en hondonadas, …aquel paisaje surgido como por encanto de un fenómeno geológico misterioso, que los científicos llaman carstificación. 

Después de contarme cosas de su vida y del paraje de su ermita, Frutos se sumía en un silencio prolongado de días y una mirada perdida en el horizonte. 

Una me pidió que yo le contara mi vida. “Soy joven, le dije y no tengo vida que contar. Quiero casarme con Fuescisla, pero no puedo, porque no hemos ahorrado todavía, para hacer un banquete con familia y amigos, como nos haría ilusión. Eso es todo”, le conté para no desairarle.


    Frutos, que entró en la residencia con 78 años llegó hasta los 81. Los últimos meses se sumió en un mutismo total y nada lograba reanimarle. Mis palabras y mis chistes rebotaban sin arrancarle una sonrisa.

    Una noche en la que yo estaba de guardia, Frutos me llamó con el gesto del dedo índice hacia adentro, quería que me acercara a él. Lo hice y comenzó a hablarme despacio y con dificultad. Me costaba entenderle. Poco a poco le fui comprendiendo y me dijo que tenía un regalo de bodas para mí: una serie monedas y joyas escondidas, aquellas que la gente le daba para santa. Yo podría tomarlas para el banquete de bodas, pero tendría que encontrarlas el 16 de junio.

-¿Como dice?- le pregunté asombrado 

-El 16 de junio es la festividad de san Quirico y Santa Julita. Ese día se produce un asoleo: el rayo de sol entra por la ventana a las doce del mediodía y se posa sobre el suelo empedrado. Allí, justo debajo, está el tesoro.

Frutos falleció a los pocos días.

*****

Le di vueltas a las informaciones de Frutos sobre el asoleo en su ermita. El 16 de junio estaba muy cerca. Mis deseos de casarme con Fuencisla, con banquete de bodas incluido, aumentaban. Pedí día libre en la residencia de mayores, el 16 de junio, y acudí, con pico y pala en mi coche, a la ermita de las hoces del Duratón, que estaba solitaria. Entré y esperé las doce del mediodía. El rayo de sol entro por la ventana y se posó en un lateral del suelo. Cavé de inmediato aquel sitio y pronto encontré la caja metálica que contenía el tesoro de monedas y joyas. Escuché voces fuera y la escondí entre mis ropas. Dos hombres jóvenes entraron a la ermita. “Vuélvete de espadas y dinos qué haces aquí”, preguntó uno de ellos apuntando con una pistola. Aterrado, les conté la verdad. “Pues pasarás la noche con nosotros”, añadió el tipo. Así fue. Dormí allí con las manos atadas y una venda en los ojos. No querían que los viera. A la mañana siguiente los dos jóvenes se fueron, después de soltarme y amenazarme: “Sabemos quién eres. Si vas a la policía alguien de tu familia caerá. No lo olvides”. 

Se llevaron la caja de san Quirico y santa Julita.

    En los informativos televisivos informaron de que habían detenido en la autopista a los dos terroristas norteños que el día anterior habían cometido el atentado en la capital de España. Los jóvenes habían pasado la noche escondidos en la ermita de San Quirico y santa Julita en las hoces del Duratón y se había llevado la caja de monedas y joyas del lugar sacro. Al parecer, podría haber un tercer cómplice.



jueves, 7 de agosto de 2025

“El ETERNO MASCULINO”.





7/8/25.- El Escorial.- Desde que se separó de su marido, Jimena Saavedra recelaba y detestaba a los hombres, de los varones, por muy atentos y educados que se presentaran; siempre creía que guardaban una doblez especial para destruir y arruinar a la mujer. Las atenciones y amabilidades masculinas se le antojaban trampas saduceas, celadas potentes para hacer caer. Miraba a los hombres como monstruos andantes y ogros futuros. Odiaba a los hombres. 
    -Se te pasará le decía su amiga fotógrafa Amalia Zúñiga. La separación es prácticamente como una muerte, hay que pasar el duelo. Te esperan dos años de luto, hasta que lo entierres de verdad en tu pensamiento.
Había adelgazado once kilos en los meses que tuvo de discrepancias y diferencias jurídicas, para llevar a cabo la separación previa al divorcio, como entonces exigía la ley. Hablar con él le exasperaba y optó por remitirlo sistemáticamente a su abogada, cada vez que le llamaba por teléfono. Sus palabras, envueltas siempre en terciopelina barata eran las de un taimado traidor. Un pícaro.
-La separación es la mejor dieta para adelgazar”, le comentaba Jimena a Amalia. 
    -No te creas, a otras les da por comer y se ponen orondas”, replicaba su compañera de trabajo.

Llegó al periódico una invitación de la UNESCO para asistir a un congreso  de tres días sobre bienes culturales y Patrimonio de la Humanidad , en Ferrara. El director de la publicación les dio el visto bueno para que asistieran Amalia y ella.
Jimena, con la pena y el resentimiento dentro, miraba la bella ciudad italiana de modo fantasmagórico, como si paseara por los oníricos jardines del sueño de Polifilo  o los de los Finzi-Contini. En cualquier caso, Ferrara se iba imponiendo por su belleza histórica y estética. Jimena acabó disfrutando de la ciudad de mármol y los palacios de la familia Este, foco de las artes en el XV y XVI. La ciudad, medio amurallada, sobre el vado del río Po , la de las fiestas del Palio de Ferrara en la Piazza Arostea... 
El congreso resultaba monocorde. El último día abrió la ponencia un holandés de unos 50 años, sonrisa tímida, chapetes en la cara y pelo rubio algo ralo. Dicen los norteamericanos que si el ponente no arranca una risa del auditorio en los primeros diez minutos, discurso fallido. El holandés, con un perfecto inglés en su dicción, la arrancó en los cinco primeros minutos. A Jimena le llamó la atención aquel hombre por su sonrisa tímida y sus gestos de humilde sencillez. Lo observó con atención, mientras duraban sus palabras y le gustó. Transmitía una grata afabilidad, una bondad inteligente… Se dejó envolver por su figura y su voz. Percibió que se estaba dejando seducir por quien veía y a quien escuchaba. No le importó. Cuando acabó de hablar, Jimena, tocada, aplaudió suavemente junto a los demás, sin dejar de mirar al holandés. Sentía que había dejado de odiar a los hombres. Que había reaparecido el encanto del eterno masculino. Había sido como una transmutación alquímica . Un milagro. Una revelación. Una epifanía.
Se lo comentó a Amalia. 
-Vete más despacio, querida, le amonestó la fotógrafa. -Todavía no has pasado el duelo.

El congreso terminó en la tarde noche, con un breve concierto de violín y piano, primero, seguido de una coral, en una iglesia histórica de Ferrara. En el intermedio, Amalia, sentada junto a Jimena, se excusó para ir a comprar souvenirs en el puesto instalado en el pórtico de la iglesia. Jimena se puso a consultar el móvil, hasta que una voz la interrumpió preguntando :
- ¿Está libre este asiento?, refiriéndose al de Amalia.
    Era el holandés de la sonrisa tímida, los chapetes en la cara  y el pelo rubio algo ralo.
    Jimena vaciló, pero vio que Amalia se acercaba con una bolsa de souvenirs en la mano.
    -No… Lo siento, es de mi compañera, respondió ella, vacilante, con sonrisa resignada, al holandés de la sonrisa tímida. FIN
    * Las portadas de los libros y el conjunto musical nada tienen que ver con el relato, pero ilustran con sus imágenes.