Gontran de Poncins. (1990-1962)
Julia Sáez-Angulo
21.07.2026.- Madrid.- “Kabluna. Mi vida entre los inuits”, del escritor francés Gontran de Poncins. (1990-1962) narra la imposible aventura de un aristócrata francés a principios del siglo XX en el duro y arcaico mundo de los inuits, traducido por Blanca Gago y presentado por Jean-Louis Étienne
Sinopsis.- Entre 1938 y 1939, el noble francés Gontran de Poncins viajó más allá de las tierras áridas, al norte del círculo polar ártico, hasta la isla del Rey Guillermo, de veintiséis mil kilómetros cuadrados y donde en invierno las temperaturas de cincuenta grados bajo cero son normales. Allí pasó quince meses viviendo entre los veinticinco inuits netsilik que la poblaban. Al principio, le horrorizó su estilo de vida, que consideraba primitivo: comían pescado crudo, se acostaban con las esposas de los demás, no tenían horarios y usaban sus posesiones sin permiso. Pero a medida que la odisea continúa, se transforma de kabluna, el hombre blanco, un forastero incomprensible y que no comprende, en inuk: un hombre. Así, este relato se ha convertido en el encuentro de dos formas de pensar, en una muestra de la paulatina evolución de la actitud europea, que culmina en la admiración por un pueblo tan diferente. Este extraordinario clásico ha sido aclamado como uno de los grandes libros de aventuras, viajes, antropología y despertar espiritual. Poncins revela que su aventura resultó ser mucho más que un simple viaje y describe la dolorosa pero fascinante iniciación en la vida, las costumbres, la mentalidad y la dura realidad del pueblo inuit, así como su visión del mundo.
Gontran de Poncins.- Civens (Francia), 1900 - Feurs (Francia), 1962. Aventurero y escritor, vizconde de Poncins y descendiente del ensayista y filósofo Michel de Montaigne, se formó en pintura en la Escuela de Bellas Artes de París y, tras pasar una temporada trabajando como gerente en la industria textil, se aburrió del mundo de los negocios y se convirtió en periodista independiente para poder viajar y vender relatos de sus experiencias a periódicos y revistas. La curiosidad lo llevó a zonas exóticas de todo el mundo: Tahití, Nueva Caledonia y, finalmente, al Ártico canadiense, viaje que patrocinó la Société de Géographie y el Museo del Hombre para que estudiara la vida de los nativos y trajera consigo sus herramientas más antiguas. De regreso a Francia en 1940, estaba convencido de haber descubierto una forma de vida más noble y, tal vez, un medio para salvar la decadencia del mundo occidental. Al poco tiempo, cumplió con el servicio militar y se unió a una unidad de paracaidistas del Ejército estadounidense, pero se fracturó la pierna en un mal salto y fue asignado a una unidad de entrenamiento durante el resto del conflicto. Después de la guerra, le dio la espalda a la vieja aristocracia y reanudó sus viajes, entre los que destacan los que hizo a China y Vietnam. Era la paz lo que él anhelaba, pues había llegado a la conclusión de que lo más raro es un hombre civilizado en paz consigo mismo. Pasó sus últimos años en una pequeña finca en Provenza.
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