Julia Sáez-Angulo
2/8/26.- El Escorial.- Recuerdo perfectamente cuándo nació mi vocación de periodista. No fue en una Facultad ni en una redacción. Nació en casa, siendo niña, cuando el cartero dejaba cada mañana el periódico dirigido a mi padre, el “Ya”. Llegaba doblado, sujeto por un fajín de papel donde figuraba cuidadosamente escrita la dirección en Uruñuela, municipio de La Rioja. Para mí era un pequeño acontecimiento cotidiano. A veces había retraso y llegaban dos o tres ejemplares juntos
Nunca entendí por qué mi padre no estaba suscrito al periódico de nuestra tierra, Nueva Rioja, hoy simplemente La Rioja. Mis abuelos, Juan y Antonio, sí lo estaban, como la mayoría de mis tíos. Cuando visitaba sus casas, el periódico descansaba abierto sobre la mesa del comedor o doblado en el aparador. Aquellas páginas formaban parte de la vida familiar como el pan, el café o la conversación de la sobremesa. Nunca pregunté en casa por qué nosotros elegimos el “Ya” en vez del periódico local, así que me quedé sin saberlo.
Poco me importaba entonces la cabecera del diario. Lo verdaderamente importante era el milagro que encerraban aquellas hojas impresas. Comencé leyendo los titulares, después las fotografías y, sin darme cuenta, terminé leyendo también las noticias que parecían destinadas únicamente a los adultos. Quería saber qué ocurría en España y en el mundo. Descubrí que detrás de cada página había una ventana abierta a una realidad mucho más amplia que la de mi calle o mi colegio.
Una firma me llamaba la atención, Julia Arroyo, porque era tocaya mía y, vulnerable a la vanidad, pensé que debía de ser maravilloso, escribir y publicar con tu propio nombre. Yo ya tenía veleidades escribidoras, hacía un diario con constancia y escribía relatos como el Romeo y Julieta particular entre dos familias nobles renacentistas, enfrentadas por el trono de Isabel I de Castilla o Juana la Beltraneja. Todos estos escritos se guardaron en el alto de la casa de mis padres, que con el tiempo llegó a heredar mi hermano y se perdieron entre las prisas de la vida y el desinterés por el pasado.
Cuando dije que quería estudiar Periodismo, a mi padre le pareció bien, era tolerante, pero mamá se opuso. Esa carrera no era universitaria y lo que ella deseaba de verdad era que sus dos hijas fueran a la Universidad, lugar donde a ella le hubiera encantado estar. Por la misma razón, prohibió a mi hermana estudiar Magisterio, porque no figuraba en la Universidad. Afortunadamente, hoy los dos títulos figuran en ella, con rótulos más pomposos de Ciencias de la Información y Ciencias de la Educación.
Me matriculé en la Facultad de Derecho de la Complutense. Tenía 16 años y pronto cumpliría los 17. Al llegar al tercer curso, un compañero me habló de la cercana Escuela de Periodismo, era privada y las clases se impartían por la tarde. Podría compaginarlo con Derecho. Lo propuse en casa y me permitieron ambas matrículas y libros.
La escuela de Periodismo de El Debate
Con el tiempo supe que el periódico “Ya” pertenecía a la Editorial Católica y que estaba unido a una cabecera legendaria del periodismo español: El Debate, ambos fundados por una figura que habría de despertar mi admiración: don Ángel Herrera Oria (1886-1968). Él fundó aquella primera Escuela de Periodismo de España, la Escuela de Periodismo de El Debate en 1926 y la Escuela de Periodismo de la Iglesia en 1960. Trajo ideas novedosas para el periodismo de los Estados Unidos. Fue un pionero. La Escuela Oficial de Periodismo no llegaría hasta 1941, con Juan Aparicio.
Cuanto más leía sobre Herrera Oria, mayor era mi respeto. Había fundado una verdadera escuela de periodistas. El periodismo, para él, no consistía en llenar páginas ni en buscar sensacionalismo. Era un servicio a la verdad, una responsabilidad moral y una tarea de formación de la sociedad. El periodista debía informar con rigor, escribir con claridad y actuar con independencia de conciencia. Aquella concepción del oficio me impresionó profundamente.
Años después, don Ángel Herrera Oria, vocación tardía de sacerdote en la Iglesia, llegó a cardenal, comprendí que en su vida no existía contradicción entre la fe y el periodismo. Ambas vocaciones nacían de un mismo compromiso con la verdad. Esa idea me acompañó siempre; me la grabaron en la Escuela.
España ha dado dos grandes cardenales a la Curia Vaticana: Rafael Merry del Val y Ángel Herrera Oria.
Sin darme cuenta, yo ya había decidido mi camino. Comencé a leer los editoriales con tanta atención como las noticias. Descubrí el placer de una buena crónica, la fuerza de una entrevista y la elegancia de un artículo bien escrito. Aprendí que un periodista debía observar antes de opinar y escuchar antes de escribir.
Los periódicos fueron mis primeros maestros. Mucho antes de conocer profesores o manuales de redacción, fueron ellos quienes me enseñaron el valor de la palabra escrita.
Con el paso del tiempo llegaron mis primeras colaboraciones en la sección de Tribunales, por haber estudiado Derecho, los artículos, las entrevistas, las crónicas culturales... Este último campo me captó: arte, literatura, música…He escrito miles de páginas y he conocido a personas extraordinarias. He asistido a exposiciones, conciertos, congresos, premios y acontecimientos de toda índole. Cada nuevo trabajo ha supuesto para mí la misma emoción que sentía de niña, cuando abría el periódico recién llegado.
Llegué a conocer a Julia Arroyo, ella se sumó algo tarde a la tertulia que formamos las periodistas Lourdes Ventura, Carmen Santamaría y Ana Vikandi. Todas con vocación literaria al escribir también narrativa.
A veces me preguntan por qué elegí esta profesión. Siempre respondo lo mismo: no la elegí un solo día. Fue el periodismo quien me fue eligiendo poco a poco, cada mañana, al ritmo con que el cartero depositaba aquel periódico en casa de mis padres.
Alejandro Fernández Pombo, profesor de la Escuela de Periodismo, nos dijo una vez que el Periodismo nos daría muchas satisfacciones, pero no nos privaría de algunos disgustos. Tenía toda la razón.
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