Gema Piñana en su casa de París
Julia Sáez-Angulo
La conocí en casa de mi “cuñada” Myriam en París y, de inmediato, se incorporó como una hermana más a mi vida. Era una mujer apasionada y conversadora. No paraba de hablar y para que lo hiciera, yo le decía cuando escribía en el ordenador: “Silencio, el genio está trabajando”. “Ah, vale si el genio trabaja, que trabaje, que trabaje”, respondía y callaba por algunos minutos.
En un viaje a París, Gema se vio con su amiga Myriam, que se acababa de separar de su marido y ésta le pidió, por favor, que se quedara con su hijo Miguel Yoldi, de siete años, hasta que encontrara una niñera para llevarlo al colegio, porque ella debía ir a trabajar a la Radiotelevisión Francesa. Lo de siempre: lo provisional se hizo definitivo, y Gema se quedó allí gobernanta de la casa y educadora de Miguel. Mandaba más que nadie en la casa.
Gema nació en Barcelona (1940), como Myrian, y era hija del pintor Fernando Piñana de la Fuente. Su madre Montserrat Alfonso había renunciado a ella en un documento, para poder salir de España con un norteamericano, ya que necesitaba el permiso de su esposo Fernando del que se había separado, pues entonces no había divorcio. Este gesto lo tuvo siempre presente Gema en su mente y le convirtió en una Electra adoradora de su padre. Sus progenitores se habían conocido en la cárcel Modelo, durante la guerra civil de 1936-39, cuando ella Montserrat, iba a llevar comida a un pariente y coincidía con él. El matrimonio duró muy poco. El periodista Tarín Iglesias y Fernando Piñana compartieron celda, ambos detenidos simplemente por ser de derechas.
Gema creció en la misma casa, junto a su padre y su abuela paterna Doña Concha de la Fuente, hija y esposa de sendos generales, según gustaba de repetir Gema. Doña Concha nunca censuró a la madre de Gema que abandonara a su hijo, simplemente se limitaba a decirle: “tu madre no era mala, solo un poco alocada”.
La disciplina era norma de la casa, si bien el hijo pintor, Fernando, hacía lo que le daba la gana, pues para eso era hombre y artista; pintaba los grandes carteles de cine para anunciar las películas en Barcelona. Hoy esos carteles se encuentran como un tesoro en la filmoteca de la Ciudad Condal. Sus bandas dibujadas, que se publicaban en el diario “La Prensa”, están en los archivos de la Universidad de Navarra, por donación de Gema.
A Gema le gusta recordar algunas historias o anécdotas de su abuela. Durante la guerra civil, su casa tuvo ocho registros del Estat Català, menos sanguinario que otros grupos del Frente Popular, y, en una ocasión, los agentes descubrieron una caja de fotos de familia, donde había muchos militares, lo que les hacía sospechar que eran de derechas. Afortunadamente un hijo de doña Concha señaló una fotografía dedicada de don Estanislao Figueras, primer presidente de la I República Española (1873) y afirmó: “Miré, nosotros somos de familia republicana”. Esto les salvó la vida, según doña Concha.
La disciplina de doña Concha se reflejaba en gestos como el siguiente: cuando Gema decía durante la comida: “a mí no me gusta esto”, la abuela se limitaba a contestar: “Nadie te ha preguntado”.
"En los años 50 yo era la única niña del colegio que tenía padres separados y yo notaba esa diferencia. Era como un bicho raro", me contaba Gema, niña traviesa a la que una vez quisieron expulsar. Su padre estaba encantado, porque la quería llevar al Colegio Montessori, pero su abuela intercedió antes las monjas: “Esta niña requiere formación religiosa”
La madre de Gema regresó un día a Barcelona y quedó con su hija Gema en un café´. Cuando aquella se puso a hablar mal de su esposo, Gema le dijo: “En 20 años, mi padre no me ha hablado de ti, ni bien, ni mal, así que tú tampoco lo vas a hacer ahora”.
Montserrat Alfonso se casó dos veces más y tuvo un hijo, al que Gema nunca conoció como medio hermano. Al final de sus días, Montserrat vivió en Australia, y fue de las primeras que pidió la eutanasia en aquel país, porque tenía avanzado cáncer.
Gema se casó, pero, al poco, se disolvió su matrimonio.
Las fechas de cierre
Fernando, padre de Gema murió también de cáncer en Torremolinos y ella lo cuidó durante los últimos meses. No olvidó la promesa hecha a su abuela, cuando Doña Concha le dijo: “A tu padre, no lo dejes morir como a un perro. Llama a un cura, cuando esté en las últimas, aunque no practique”. Gema se lo contó a su padre y llamó al párroco de Fuengirola. Cuando el sacerdote entró en la habitación, ella cerró la puerta y lo único que pudo oír fueron risas y alguna carcajada que otra, entre ambos. “No sé si se administró la confesión o no; ninguno de los dos me lo dijo. Yo solo los oí reír a ambos y eso ya me dejó contenta”, cuenta Gema.
Desde que Myriam de la Prada y Miguel Yoldi pasaron al otro lado -las dos los hemos llorado y enterrado juntas en Huisne-sur-mer (Normandía) y en Paris, respectivamente-, Gema quedó sola en la capital francesa. Yo la visitaba en París y ella venía a Madrid, pasar conmigo un mes en Navidad.
En Madrid renovaba todos los años su faja interior, en Fajas Lupe, antigua y conocida tienda de la calle Conde de Peñalver. Uno de los años que estuvo en Madrid, el dependiente de la tienda le dijo que la faja que había comprado era igual que la que usaba Angela Merkel. “¿Y usted, como lo sabe?, preguntó Gema. “Porque me lo ha informado el proveedor”, repuso el dependiente, que era el dueño. Tuvimos cierta rechifla a costa de esta historia.
Un año nos llevó Carmen Valero Espinosa al cementerio civil de La Almudena y visitamos el panteón de los masones, donde estaba enterrado el presidente Estanislao Figueras, su pariente. La situación del panteón era lamentable. Al día siguiente, Gema llamó por teléfono al despacho de la masonería y contó la deplorable situación de las tumbas, donde yacía su insigne pariente, para que la arreglaran. Se puso tan persistente, que el del otro lado del cable, se cansó y le dijo: "si tanto le urge, arréglela usted, señora".
En París, Gema colaboró con crónicas para el diario “Punt d´Avuí”, porque sabía catalán. “En nuestra casa se hablaba indistintamente en español o en catalán, con la mayor naturalidad”, explica. También intentó poner un pequeño negocio, con Oscar, un argentino sin papeles en Francia, en uno de los locales que facilitaba la alcaldía de París a los residentes como Gema. El socio vendía cosas en el Marché aux Puces, hasta que un día desapareció y no se supo nada de él. “Ahora debe de andar durmiendo en alguno de los bosques de la periferia”, calcula Gema.
Durante otro corto período, Gema trabajó como broker. “Vendo de todo, menos juguetes y harina”, me explicó. “¿Y por qué no?”, le objeté, ingenua. “Porque eso son armas y droga”, me aclaró, ante mi inocencia.
La vida de Gema, -como la de casi todos -no nos engañemos-, es singular. Ella la narra con todo su interés humano. Yo hablo con Gema a diario por el teléfono de whatsapp, y sus recuerdos y anécdotas no cesan. Ahora vive en el Líbano, en una residencia de mayores, custodiada por buenos amigos. Lo último que me ha contado es que le ha desaparecido un camisón, por más que lo reclama. Pero hoy va a verla su pariente el sacerdote y con él, todo se soluciona, porque lo escuchan con reverencia. Les tendré informados sobre el paradero del camisón.
Gema me haces pasar ratos excelentes, dignos de contar. Hemos vivido muchas anécdotas juntas.
Gema Piñana Alfonso (Dicembre 2025)
Más información
https://lamiradaactual.blogspot.com/search?q=Gema+Pi%C3%B1ana+Alfonso
Foto familiar del presidente Estanislao Figueras, que salvó la vida de la familia durante la Guerra civil.
Gema y Carmen Valero ante la tumba del presidente de la I República, don Estanislao Figueras.
5 comentarios:
Gema eres genial
CARMEN VALERO ESINOSA: Gema lo pasamos muy bien, invitadas por ti en tu casa de Huisne-sur.mer (Normandía). ¡Te la compro!
Jaime Siles Ruiz .Excelente texto. Enhorabuena. Con el deseo de todo lo mejor en 2026, recibe un abrazo de Jaime Siles
José Rey-Ximena: Buenos días Julia, interesantes artículos sobre tu amiga Gema Piñana, siempre es un gran placer leerte. Te deseo un muy Feliz Año 2026. Con amistad. José
GERMÁN UBILLOS: Muy curioso todo. Abrazos Germán.
José Rey-Ximena
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