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viernes, 15 de mayo de 2020

FRANCISCO M. PASTOR GARRIGUES: “La Historia como ciencia es una interpretación de los hechos”



 Francisco Manuel Pastor Garrigues


Julia Sáez-Angulo

            15.5.20 .- Madrid .- Francisco Manuel Pastor Garrigues es doctor en Geografía e Historia por la Universitat de Valencia (2005) y profesor de Ciencias Sociales en el IES Sanchis Guarner de  Silla (Valencia). Obtuvo el Premio de Investigación Histórica “José María Jover” (2006), otorgado por la Comisión Española de Historia de las Relaciones Internacionales (CEHRI), y el Premio de Investigación Histórica “Ateneo de Sevilla”(2012). Autor de los libros España y la apertura de la cuestión marroquí (1897-1904) (Vallència, Universitat de València, 2007, Edición en CD-Rom), El non-nato tratado hispano-francés de 1902 de reparto de Marruecos, en el contexto de las pugnas imperialistas de la época (Madrid, CEHRI, 2009), A las puertas del Protectorado. Las negociaciones secretas hispano-francesas en torno a Marruecos (1901-1904), (Sevilla, Universidad de Sevilla, 2013), , y co-autor de los libros colectivos La Conferencia Internacional de Algeciras de 1906. Cien años después (Algeciras, Fundación Municipal de Cultura “José Luis Cano”, 2008)  e Historia, Pasado y Memoria en el mundo contemporáneo (Teruel, Instituto de Estudios Turolenses, 2014). Autor de varios artículos científicos en revistas como Anales de Historia Contemporánea, Migraciones &Exilios, Awrâq,  Mélanges de la Casa de Velásquez, Letras de Deusto, Revista de Occidente, Hespéris-Tamuda, Pasado y Memoria e Illes i Imperis, todos ellos relacionados con la imbricación del régimen restauracionista en el acoso colonial a Marruecos.

  1. ¿Qué reflexión sobre la Historia le ha interesado particularmente?
            La conciencia  de cómo entendía mi trabajo de historiador, la constatación de que no había aprehendido ni había adquirido un compromiso para dar sentido al oficio. La asunción de la idea de que un historiador que se especializa en un solo asunto, en un solo  ámbito o lugar geográfico o en una época determinada, hasta el extremo de pasarse toda una vida dándole vueltas al mismo problema, se priva de la perspectiva histórica para entender a los problemas que interesan a las mujeres y los hombres de hoy. . Esto es aplicable tanto si el asunto de estudio es de hace pocos años, los Estados Unidos de Ronald  Reagan o de un aspecto muy lejano en el tiempo, las polis griegas. Para escapar de la excesiva especialización, hay que ser consecuente con la voluntad de uno mismo de darle una dimensión cívica a la Historia.
          Al mismo tiempo, el concepto de que el historiador debe guiar su trabajo en consonancia con un proyecto social de futuro. De esta manera, es posible; rectifico, de hecho, sólo así es posible relacionar el estudio del pasado con los problemas de nuestro presente.  

          2.- Como profesor de Historia, ¿en qué mejoraría el programa de Bachillerato actual?
          Los profesores han de acostumbrarse en la Enseñanza Media a un sistema educativo cada vez más flexible, inclusivo, democrático, ecológico y digital. Los profesionales docentes han de situarse (haya más o menos resistencias) en este nuevo escenario obligatoriamente (como está ocurriendo en otras profesiones) y, para ello, no sólo es necesario una muy renovada formación permanente del actual profesorado, sino un modelo de acceso a la función y trabajo docente muy diferente y unos planes de estudios universitarios teórico-prácticos, algo o mucho, distintos a los actuales.  Frente a ello, nos encontramos en el momento presente con unas enormes carencias en la digitalización, un currículo anticuado, al igual que y, salvo excepciones,  unos métodos de enseñanza-aprendizaje que (generalizadamente) provienen de tiempos lejanos, una total falta de promoción e incentivos a la innovación educativa, que la hay, pero más por el voluntarismo de unos pocos.  Al abordar el estudio de los procesos que componen los programas de Historia en los dos cursos de Bachillerato actuales, es necesario plantear como básicos, situaciones que tengan como objetivo crear la motivación y hacer emerger una curiosidad intelectual, real por parte del alumnado. Y esto no es compatible con programaciones largas.  Estas deben recortarse lo suficiente como para hacerlas casar con aprendizajes que impliquen la necesaria participación activa del que aprende. Esto significa una serie de acciones metodológicas que ayuden al alumno a plantear y resolver problemas históricos.

  1. ¿Cómo conviene enfocar la docencia de la Historia?
            Organizando actividades que faciliten al alumno involucrarse en el conocimiento histórico planteando problemas y utilizando los materiales pertinentes para resolverlos. . Construir un edificio en el aula no a la manera del conocimiento de una Historia positivista, concebida como una sucesión de hechos extraordinarios a recordar, sino el de una Historia entendida como una construcción o una dinámica efectuada por el historiador, que reorganiza los acontecimientos y los agrupa de tal forma que resulten comprensibles, desde los problemas que presentan precisamente para ser explicados.
Agrupar los contenidos y las actividades de forma que la comprensión del proceso histórico sea el hilo conductor de la dinámica educativa. No pretender conocer las revoluciones de 1917 como un hecho singular y aislado, por ejemplo, aunque se considere relevante, sino que se entienda dentro de un proceso más amplio de lucha de ciertos grupos sociales y también de ciertas ideologías en tensión, con fuertes oposiciones que afectan el desarrollo de la Historia posterior europea y aún fuera de estos límites.

  1. ¿Hasta que punto de actualidad hay que traer la Historia en el Bachillerato?
            Ya he apuntado anteriormente que hay que relacionar el estudio del pasado con los problemas del inmediato presente. Una de las tareas más importantes del historiador de hoy en día es incitar a no aceptar sin crítica lo que nos continúan contando desde instancias oficiales y no oficiales, pues ello tiende a perpetuar el uso de la Historia como una herramienta de conformismo social. Sólo a partir de una visión depurada de tópicos, podremos comenzar a elaborar, entre todos, una nueva interpretación del pasado, capaz de dar respuesta a los interrogantes que hemos de formularnos ahora con la finalidad de ayudarnos a entender nuestro presente y construir nuestro futuro.

  1. ¿ Es posible narrar la Historia sin inclinarla hacia una ideología o forma de pensamiento ?
            No. La Historia como ciencia es una interpretación de los hechos. Ahora bien, ¿es posible un conocimiento objetivo de los hechos?. Los positivistas creen que no es posible pues la interpretación de los hechos por parte de los historiadores trae consigo una cierta subjetivación. La obra de todo historiador contiene elementos subjetivos y está sujeta a influencias de tiempo y lugar. La objetividad absoluta e intemporal es una abstracción irreal. Evidentemente, también no hay una ciencia con una objetividad absoluta. El problema que se le plantea a la Historia dentro de las Ciencias Sociales es que la Historia estudia las sociedades en el tiempo, la evolución del comportamiento social, y aquí se presenta un problema: el economista o el sociólogo estudian lo que es la sociedad hoy y comparan con otras; el historiador no puede elegir las fuentes para su estudio, y no se trata de fuentes que él ha recogido, sino fuentes que le vienen dadas y han sido en cierto modo interpretadas por otros. Esto da al historiador una primera característica para que su conocimiento sea objetivo: la crítica de las fuentes. Al mismo tiempo, como el historiador estudia las sociedades en el tiempo, le resulta bastante difícil comparar pues para muchos historiadores, los acontecimientos son únicos e irrepetibles. Otra cosa es el concepto recurrente de que la Historia ha de estudiar los “grandes problemas” de las sociedades humanas en el transcurso del tiempo, con tal de entender mejor los problemas reales que afectan a las mujeres y hombres de ayer y de hoy. En este sentido, no tendríamos que confundir esta forma de encarar la Historia con aquella otra que plantea preguntas, es cierto, pero sin la entidad suficiente para ayudarnos a comprender el mundo actual., Y la consecuencia de todo ello es la obligación, como bien señaló Josep Fontana de disponer de una “teoría de la Historia”, no sólo para dejar de narrar acontecimientos de una forma meramente descriptiva, como continúa haciéndose, sino también para no perderse en el laberinto de una “Historia problema”, cabría añadir, llena de hechos intrascendentes.

  1. “La Historia se repite”, o “la Historia es amoral”, ¿son ciertos estos asertos?.
           En la tarea del historiador, la comprensión del pasado, propósito y función de la Historia, lleva consigo una mayor comprensión del presente y del futuro. El proceso histórico es continuo; no podemos empezar a comprender cómo el pasado ha evolucionado hasta el presente sin conocer cómo el presente evoluciona verosímilmente hasta el futuro, aunque esto no significa, desde luego, que la Historia nos capacite para predecir acontecimientos e incidentes particulares, muchas de cuyas múltiples causas se encuentran fuera de su campo. Pienso que como señala Huizinga, el historiador tiene que situarse constantemente en un punto del pasado en el que los factores conocidos parezcan permitir resultados diversos, lo cual me lleva a cuestionar la repetición de los procesos históricos o el concepto de la inevitabilidad de los mismos, concepto de clara trascendencia teleológica, el supuesto de que el presente es siempre el punto concluyente (e implícitamente la única conclusión posible) del relato elegido por el historiador. Ello nos debería llevar a entender los procesos históricos como dinámicas por las cuales unos protagonistas sociales crearon unos determinados regímenes nuevos, imponiendo una entre las diversas formas en que era posible construir el futuro y evitando que alguien pasara por los corredores que conducían a otras historias. En cuanto a la frase de mi maestro, Víctor Morales Lezcano, sobre la “amoralidad de la Historia”, no alcanzo a entenderla. No entiendo que la dinámica histórica tenga sentimientos o pueda experimentarlos. El pasado, me reitero, no tiene un final predetrerminado. No existen en él autores que lo escriban, divinos o de cualquier otra índole; sólo personajes, una profusión de estos, una dialéctica entre los mismos. No hay en el proceso histórico ni trama, ni “orden perfecto” inevitable; sólo hay finales, dado que se desenvuelven simultáneamente una multiplicidad de hechos, durando algunos sólo un momento, otros superando la extensión de la vida humana.

7.- ¿A qué historiadores e historiadoras admira y por qué?
            Dentro de los historiadores actuales, al francés Albert Soboul, a los británicos Edward Hallet Carr, Eric Hobsbawm, Edward Palmer Thompson, a los españoles Josep Fontana y Pedro Ruíz Torres, entre otros. A Fernando García Sanz, no sólo por la calidad o el rigor de sus trabajos históricos, sino por la forma de presentarlos, por su meticulosidad cuando publica, y por la brillante pulcritud de sus textos. Es un placer literario, estético sumergirse en sus textos, leerlos. . De los anteriormente citados, diría que forman parte de un grupo muy particular de historiadores, para los cuales su oficio podríamos decir que es parecido al del artesano (mi propio padre, por cierto, lo era), en sentido amplio, del que nos habla Richard Sennett. Se trata de investigadores imbuidos plenamente, con pleno conocimiento de causa de la condición específicamente humana del “compromiso”. Este compromiso les lleva a sentirse satisfechos del trabajo bien hecho, pero nunca de si mismos, y convierte el oficio del historiador en un aprendizaje constante, un compromiso en el que la duda y la insatisfacción están presentes de una manera continuada, bien lejos en definitiva de la autosuficiencia y del dogmatismo.

  1. ¿Qué personajes históricos se le han metido en su preferencia?

            En la juventud universitaria, Maximiliano Robespierre,  sobre todo a raíz de esas relaciones que se hacían entre la revolución rusa y la revolución francesa, comparando al abogado de Arras con Lenin, y a la dictadura jacobina con la primera dictadura del proletariado. Estas ideas ya fueron puestas en cuestión por Lefebvre y Soboul que, aunque vieron características colectivistas en la dictadura jacobina, rehusaban darle el título de Revolución socialista, pues no se realizó ninguna expropiación de los medios de producción. Robespierre no estaba por la supresión de la propiedad privada, sino por la corrección o limitación de los excesos del capitalismo. Proviniendo de la pequeña burguesía, no tenía ningún interés en desmontar la base del capitalismo. Ni tan siquiera dentro del jacobinismo, representaba la izquierda de dicho movimiento. Sólo una postura centrista. De hecho, arremetió contra la clase obrera, fue cortando la actividad del movimiento popular, desmovilizó a los sans-culottes, se enemistó con la izquierda, llevando a la guillotina a líderes de los sectores radicales.
          Posteriormente, me han interesado mucho del siglo XIX personajes como Giuseppe Garibaldi, y su concepto radical, republicano, democrático de nacionalismo, anhelante de atender los intereses de las clases bajas y propugnando un Estado unitario italiano que fuera capaz de proteger los intereses populares, obreros, campesinos tendiendo a la igualdad. A su vez era un personaje con una clara proyección internacionalista del concepto de la libertad lo que le llevó a luchar por ella, como bien estableció Dumas, en su juventud por el cono sur americano.
          En contextos más actuales, me ha interesado mucho el personaje de Rosa Luxemburgo, la trascendencia que tiene como renovadora dentro del campo del pensamiento socialista en la Segunda Internacional, sus debates en el seno del SPD alemán con el revisionista Bernstein, su actitud ante el imperialismo y el hecho colonial, y su desapego hacia ciertas formas antidemocráticas y desvirtuadoras del socialismo que pudo llegar a entrever  en la Rusia soviética de Lenin.

  1. ¿Cree usted en la novela o el relato histórico? ¿A qué se debe su reconocimiento?
            Hemos de tener en cuenta que tradicionalmente Historia y Literatura, al menos desde el punto de vista de su tratamiento académico, han permanecido aisladas en compartimientos estancos ignorándose, cuando no recelándose, mutuamente. Esta situación respondía, y  responde, a un concepto restrictivo de ambos campos de estudio y por lo tanto, casi me atrevería a añadir, de la realidad misma a que esas dos disciplinas se refieren. Por otra parte entiendo muy positivo que en la actualidad novela y relato histórico cumplan una función básica de hacer la Historia atractiva y aproximarla a un gran público que permanece de espaldas a los sesudos tratados científicos. En el panorama literario actual, por ejemplo, la representación de la Historia como “sub specie semioticae”, subyace subversivamente a una de las más formidables creaciones literarias de los últimos treinta y cinco años, El nombre de la rosa, de  Umberto Eco, inocente responsable del boom de la novela histórica actual. Para Eco, como para otros muchos novelistas, Faulkner, Borges, etc, la relación historia-ficción no es una mera relación externa y contextual, sino que forma parte de la misma trama novelesca, del mismo proceso creativo: el protagonista último del relato. Parece que se ha abierto una  brecha fructífera, original, a través de la cual circula una forma de comunicación nueva  y provechosa entre esas dos formas de conocimiento, Historia y Literatura, tan dispares y tan cercanas a la vez. Esta elaboración artística, la novela histórica, como es natural, está sujeta a leyes y códigos. Algunos de ellos se están estudiando y codificando, pero su delimitación concreta no me es precisamente fácil determinársela a Usted ahora. ¿Cómo definir la irrupción de lo que pudo ser, de lo imaginado, de la ficción, de lo plausible en el mundo real? ¿Cómo definir lo posible? ¿Quién puede determinar las fronteras entre lo posible y lo probable o plausible? Es obvio que a través de esta literatura el hombre está queriendo liberarse de muchas de sus obsesiones y prejuicios del pasado y quiere llegar a otra forma de conocimiento del mismo, por lo tanto, el día de mañana, la novela histórica ha de constituir para los estudiantes de la Literatura un documento inapreciable acerca de nuestras esperanzas, nuestras ambiciones y nuestros deseos de hoy.

  1. La TV y el cine difunden más y mejor los episodios de la Historia?
      Más sí, pero mejor, no lo tengo tan claro…De un film que no pretende historizar, sino, simplemente, narrar, dramatizar o poetizar sobre un hecho o impresión, pueden sacarse más valores de interpretación histórica que de muchas pseudos-biografías de seres auténticos o de rememoraciones amañadas de hechos puntuales.
          Escoger un argumento “histórico” y someterlo a un “tratamiento” ya implica una manipulación, una tergiversación pues representa, en cualquier caso, un acto de selección, con unas motivaciones últimas más o menos conscientes por parte del productor o grupo de producción, pero indeleble o intrínsecamente marcado por unas circunstancias geográficas y cronológicas.
          El lugar del país productor, con todo cuanto conlleva, desde lo climático a lo biológico, se cruza con el “momento” social, económico y político. Toda cinta queda inserta en la encrucijada de “su” espacio y de “su” tiempo, y ello hasta el punto de que si existe una voluntad concreta y consciente de escapar  o de ir en contra del punto de cruce, la obra resultante será a modo de una variante, un enmascaramiento o una visión “en negativo” de la posibilidad en la que se halla inserta.


  1. A Colón se le retiran estatuas, a otros personajes del pasado se les denuesta igualmente… ¿No hay ignorancia e historicismo al no juzgarlos con el humus de la época a la que pertenecieron?
      Creo que sí. Es que la enseñanza de la Historia ha estado muchos años distorsionada. Las interpretaciones habituales de la Historia –las que se enseñaban a los niños en las escuelas de Europa y América- estaban profundamente impregnadas de connotaciones y tergiversaciones de orden racista. Lo que contaban era, fundamentalmente, la Historia del hombre blanco, relegando a los demás a un mero papel de comparsas, La cultura humana parece nacer en Grecia y desarrollarse en Europa, y se dejaban olvidados hechos tan fundamentales como los de deber a los chinos la imprenta, la pólvora, la brújula, los relojes mecánicos, los estribos y arneses de los caballos, las esclusas de los canales y una larga serie de aportaciones fundamentales. Nuestros libros suelen contar, por ejemplo, que Francia se adueñó de Argel, en el siglo XIX, para defenderse de la piratería de los berberiscos y de los reyezuelos musulmanes, pero se olvidan de explicarnos que estos reinos norteafricanos eran víctimas, a su vez, de una piratería europea que les impedía dedicarse al comercio normal y los condenaba a practicar el corso.

  1. ¿Qué libro de Historia recomendaría y por qué?.
           Josep Fontana, Capitalismo y Democracia (1756-1848). Cómo empezó este engaño (Barcelona, Crítica, 2019).
Se nos explica en este trabajo del historiador catalán, todo el proceso a partir del cual los gobiernos que en Europa y América prometían velar por nuestro bienestar (el de los ciudadanos) han acabado convirtiéndose en cómplices tolerantes de una dinámica que ha favorecido el enriquecimiento de unos grupos reducidos a costa de las mayoría, engendrando con ello una sociedad cada vez más desigual. El libro explica cómo empezó toda esta dinámica partiendo de unos momentos, el siglo XVIII, en que se estaba produciendo en Europa un crecimiento económico generado desde la base social, desde la iniciativa  de los campesinos y menestrales, que apuntaba hacia una nueva sociedad más igualitaria. Los grupos dominantes económicamente de la vieja sociedad, terratenientes y burgueses, quisieron adueñarse de los beneficios de este crecimiento con el auxilio de unos gobiernos a los que de hecho controlaban y a los que les bastaba con fijar las reglas del mercado, presentadas como “una condición natural” para el progreso colectivo.

  1. ¿ Qué libro de Historia está leyendo y por qué?.
      De Josep Fontana, Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945 (Pasado & Presente, 2011) y su complemento,  El siglo de la Revolución. Una historia del mundo desde 1914 (Crítica). Estas obras de Fontana son claves porque sirven para explicar los orígenes y los caminos que nos han llevado a muchos de los problemas actuales. Este historiador nos ha mostrado cómo las situaciones sociales injustas no son el resultado de unas circunstancias inevitables, sino que siempre han sido el fruto de unas decisiones políticas interesadas, de las prioridades impuestas por los grupos sociales que han ocupado los lugares dirigentes.

  1. Después de su tesis, libro y otras investigaciones, ¿en qué campo de investigación anda metido ahora?
            Mi horario laboral no es muy “normal”. Abarca mañanas, tardes y noches, y no deja espacio para algo que no sea la docencia. Esa es la realidad. Por ello, me circunscribo a tareas de asesoramiento en obras de divulgación histórica (siempre que esto último sea compatible con el horario laboral, que es realmente lo prioritario).

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viernes, 30 de diciembre de 2016

Autoentrevista del historiador y profesor Francisco Manuel Pastor Garrigues para “La Mirada Actual”




Francisco Manuel Pastor


                                              Dedico estas líneas en particular a Andrea y Jesús y en general, a mis alumnos de segundo de Bachiller Nocturno, que me conceden el privilegio de su compañía y de su conocimiento

          Contactamos con el historiador y profesor del I.E.S. Sanchis Guarner  de Silla (Valencia), Francisco Manuel Pastor Garrigues, que se presta gustoso a la realización de esta autoentrevista, la cual desea, desde un principio, derivar hacia los libros que más le impactaron en su juventud universitaria, los que devinieron trascendentales en su vida… y desea recomendar a sus alumnas/os del Bachillerato nocturno de su Instituto.

Por Francisco Manuel Pastor Garrigues

       P.: ¿Deja el espacio universitario a alguien que no está cursando una licenciatura propiamente de Filología, tiempo para leer libros de contenido no-científico, esto es, estrictamente diferentes de los necesarios para graduarse en su especialidad?.

R.: Sí; en determinados momentos de la carrera académica que cursé (Geografía e Historia), te encuentras con situaciones, con profesores con un nivel mucho menor de exigencia con respecto a los de hoy en día, más o menos regulados en los diversos grados, por las normativas de Bolonia. Entré en la Facultad de Historia en octubre de 1977, estudié la carrera en una época ciertamente conflictiva en las aulas, el momento de la transición a la democracia; entre huelgas y asambleas universitarias, se perdía anualmente un buen número de horas lectivas. El nivel de exigencia, además, era menor que ahora, como ya he apuntado. Téngase en cuenta que con excelentes profesores de la Facultad, era posible no sólo aprobar, sino sacar nota estrictamente sólo con los apuntes que de sus lecciones magistrales, uno tomaba en clase. Al ser el nivel de exigencia menor, sobre todo en el curso 1979-80, quedaba un cierto margen para leer en casa, aspectos, libros que no se referían a la carrera que se cursaba, ver cine, etc, paladeándolo sabrosamente y sin remordimientos de conciencia por la proximidad de los exámenes.



P.: ¿Se centró en algunos autores en particular, a la hora de estas calas literarias extraescolares?.

R.: Sí, tuve un número reducido de autores: Oscar Wilde, Boris Pasternak, Bertolt Brecht, Arthur Miller, Jorge Luis Borges, Vicente Blasco Ibáñez, Ernest Hemingway, James Jones, Laurence Van der Post… Ante todo, estos autores. Están en el centro mismo de los orígenes, del movimiento total de la filosofía  y de la literatura moderna. Las obras de todos ellos vienen a caracterizarse por una labor, digamos topológica, de localización de la conciencia con respecto al pensamiento; de éste con respecto a la palabra, y en otros casos a la técnica narrativa, y de la palabra respecto al conocimiento como tal. Esto supone una justificación del saber como tal y de su relación con la vida. Arte y vida. ¿Cómo sirve el conocimiento a la vida personal del propio individuo?. La obra de todos estos autores es una búsqueda a estas respuestas.


P.: El primero que Usted ha citado, y el más antiguo cronológicamente es Wilde. ¿Cómo reacciona este autor, proscrito, ciertamente maldito a estas cuestiones?.

R.: Yo ya conocía a Wilde antes de leerlo. En el colegio, cuando  acudía a clases de Primaria, nos recomendaban, casi obligaban a ver las emisiones del espacio televisivo Estudio-1. De hecho, uno empieza en esa época, y en la posterior del Bachillerato a ver las obras de Calderón, Lope o Jardiel Poncela y acaba enganchado al espacio todas las semanas. Por otra parte, Editorial Bruguera en mis años de Facultad publicó una edición de las obras selectas de Wilde. Bien, Oscar Wilde llega a la conclusión de que el arte es inútil. El mito de Dorian Gray que está absolutamente dividido entre su ideal de belleza y la realidad terrible de una mediocridad ambiente es el mismo de todo el hombre moderno.

P.: ¿Qué nos puede decir de Boris Pasternak?.

R.:  Tengo unos recuerdos absolutamente entrañables de cuando comencé a leer a Pasternak. Un autor que se salvó de las represiones stalinianas, porque –corre la voz por ahí- de que al propio Stalin, le gustaba mucho las poesías de Pasternak. Cuando se estrenó la película de David Lean en España, la hermana de mi padre adquirió la novela de Pasternak, Doctor Zhivago, y como ya en mi adolescencia, uno era ya un apasionado de las revoluciones sociales, mi tía tuvo la deferencia de regalarme el libro, con el argumento de que de pasada, versaba sobre la revolución bolchevique. Ya sabía ella de mis lecturas previas: por ejemplo, por aquella época estaba leyendo con mucho interés el volumen segundo de El Don Apacible, de Mikhail Sholojov, pero con el tiempo, al leerme en los años de la Facultad, la novela de Pasternak, mis preferencias se decantaron por esta última. Es un libro que ciertamente uno lo lee con nerviosismo…  el que se extrae del convencimiento de que el protagonista vive siempre entre dos abismos: el de la felicidad y el del azar. El primer elemento, lleno de ideal, y, por tanto, de falsedad. El segundo, pleno de una eternidad embriagante. Cuesta mucho al lector no identificarse con la vivencia extraña de Zhivago, que está aislado entre un absurdo gesticular de voces, durante gran parte de las secuencias del libro.

P.: ¿Recuerda algunas de estas secuencias, en particular?.

R.: El comienzo del libro, con el entierro del padre de Zhivago; la forma en que nos describe este hecho Pasternak, haciendo que su hijo, inocente, y a partir de ahora, huérfano, se encarame sobre una pequeña elevación del terreno, sobre una sepultura… Pasternak nos lo describe como si fuera a improvisar un extraño miting. Con respecto a todo el aspecto social, la carga social que tiene esta novela,  Zhivago sabe a través de su amarga experiencia histórica, que las revoluciones de masas no sirven como tales, ya que el conocimiento en todo individuo no ha de ser una labor mera de “diletantismo” científico, sino una vivencia total, justificando el conocimiento como una investigación sobre la vida y la literatura (no olvidemos que Zhivago es escritor) como expresión, como memoria de ese proceso lento de personalización, cuyo último eslabón no es la autognosis, sino la propia vivencia de ser personal. Zhivago sabe, además que el conocimiento no es desinteresado como arguyó Kant, sino un eslabón en la cadena del hombre hacia la vivencia de su persona individual.

P.: Lo vemos entusiasmado con Pasternak…¿no es así?.

R.: Ja, ja, ja…(ríe)…Tal vez desate las iras de la profesora de Literatura de mi centro con lo que voy a decir, pero lo veo en el Parnaso, en el Olimpo de los grandes novelistas, junto con James Jones o Blasco Ibáñez… Los fascistas, el propio Lenin se muestran rabiosamente antiindividualistas. Así, el fascismo proclama a los cuatro vientos, que “el individuo ha muerto”, y el leninismo ensalzaba la “organización y disciplina proletarias” frente al individuo egoísta, la falta de  disciplina que deriva en el peligroso anarquismo disgregador y el evolucionismo de los mencheviques de Martov (la otra fracción del partido marxista ruso, en los orígenes de éste, partidaria de participar en el juego de las democracias parlamentarias burguesas). La negación del individuo es un rasgo coincidente en todos los totalitarismos, tanto de derechas como de izquierdas, y supone uno de sus rasgos definitorios más destacados. En este sentido, Zhivago viene a ser una víctima, cuando lo que pretende es ser él mismo. Le reclutan a la fuerza como médico militar en el ejército rojo en los tiempos de la guerra civil librada contra los ejércitos blancos, y le obligan a adaptarse a la ideología bolchevique a la fuerza. Es el mismo tipo de personaje que Robert E. Lee Prewitt, en De aquí a la eternidad, de James Jones. “Yo no soy bolchevique, déjenme ser yo mismo, déjenme pensar por mi cuenta, yo tengo mis propias convicciones…no me tienen por qué venir impuestas…”Cuando uno lee las líneas finales del libro, con el ataque cardiaco que le da a Zhivago, y éste acaba su vida cuando recorre la ciudad en un transporte colectivo, en un contexto en que parece que un aura de libertad (la muerte de Stalin) llega a la urbe, y es celebrada con alborozo por los ciudadanos soviéticos  es una parte acongojante. Se ha de interrumpir la lectura, beber agua para aclararte el nudo que tienes en la garganta, y recuperarte un poco, porque la tragedia de Zhivago te ha dejado para el arrastre…



P.: Ha citado Usted a Arthur Miller. ¿Tanta trascendencia ha tenido la lectura de este autor en su juventud?


R.: Sí; para los que nos criamos en el tardo-franquismo, Miller resultaba difícil de leer en España. Nos teníamos que conformar con ver los susodichos Estudios-1, y a través de ellos, introducirte en el conocimiento de Todos eran mis hijos, Muerte de un viajante o El crisol (Las brujas de Salem). Estudio-1 hizo una versión, en mi niñez, en los años 70, de esta última obra, sencillamente extraordinaria…Si se quería leer a Miller, tenías que esperar la suerte de que en una librería recibieran una edición de sus obras, impresa en Argentina. Por lo que se refiere a la versión televisiva de El crisol, el actor valenciano Francisco Piquer –Ustedes mismos lo pueden comprobar visionando la obra en You Tube- está sublime en su interpretación de John Proctor. Uno ve esta obra y no puede por menos de entender que lo que está contemplando trasciende al siglo XVII. Es el apogeo de la caza de brujas, sí…pero la anticomunista en los USA, después de la II Guerra Mundial, el macathismo… a eso se refiere la obra, una histeria anticomunista en el país, supuestamente lider de la democracia y libertad mundiales, aprovechada para luchar contra el movimiento obrero estadounidense, deshacerse de los dirigentes sindicales más combativos y aún de cualquier proletario que hubiese tenido un papel destacado en alguna huelga, perseguir a los funcionarios de ideología progresista, con una serie de efectos de muerte civil auténtica de los acusados por el macarthismo, de comunistas. En un sentido general, que Miller traslada muy bien a su obra, la persecución macarthista destruyó en los Estados Unidos las organizaciones de izquierda, debilitó el movimiento de defensa de los derechos civiles, indujo en las ciencias sociales y de la cultura un viraje neutralizador –que comenzó con el olvido del contexto social- y corrompió profundamente a los intelectuales. Esto es lo que veo yo, cuando Proctor clama gritando en la obra que las llamas han reventado las puertas del Averno y el mal galopa a sus anchas por Massachussets. El “viento helado de Dios, aunque sopla, no consigue imponerse al mal”. Miller se consagra en esta obra, como el más grande dramaturgo del siglo XX, junto con Bertolt Brecht.

P.: ¿No tiene preferencia por ningún otro autor teatral, además de los ya citados?.

R.: Claro que sí…Un autor que reviso con frecuencia es John Prietsley, de la órbita próxima al laborismo (socialismo) británico, y que no tiene el pudor de obviar la referencia, en sus obras, a la lucha de clases. En mi instituto permanezco largas jornadas al cabo del día, de nueve horas seguidas en ocasiones, con lo que –en lugar de descansar o tomar la siesta- me pongo a revisar en You Tube, la obra Llama un inspector; la recomiendo también vivamente a cualquier próximo universitario, conjuntamente con Yo estuve aquí antes, del mismo autor.


P.: Llegamos a Laurence Van der Post. ¿Qué obras en particular de este autor sudafricano recomendaría a unos jóvenes alumnos universitarios?.

R.: La semilla y el sembrador, editada en España por Destino-Libro, bajo el título de Feliz Navidad, Mr. Lawrence. El autor dibuja en las  páginas de este libro una forma de entender al ser humano bajo un prisma, más que optimista,  esperanzador, donde la idea de una cierta comunión espiritual, de una cierta religiosidad en el sentido menos dogmático del término, deviene capaz de salvar las diferencias interpersonales que motivan el mal. Es un libro articulado en torno a tres historias, tres cuentos, con una sólida trabazón interna de las diversas partes, manifestada en un nivel no sólo argumental, sino temático (la compasión como clave de la redención humana…la compasión, sí, pero también la expiación….La compasión como clave, como la facultad humana reveladora de la alteridad, el medio de liberación de nuestras trabas y por último la fe, en tanto que acto de amor completamente altruista, la única fuerza redentora). Invito a Ustedes a leer el segundo relato, el más largo de la obra, que da título al conjunto, “La semilla y el sembrador”, protagonizado por el coronel Jack Celliers (David Bowie, en la versión fílmica que de la novela hizo el director Nagisha Oshima), una suerte de lord Jim conradiano, pero también un personaje cristológico, que carga con una culpa, la de haber traicionado a su hermano pequeño, en el colegio-internado, donde ambos estudiaban. Buscando masoquistamente el castigo por sus actos en la adolescencia, Celliers recorrerá el mundo durante la II Guerra Mundial, aceptando misiones suicidas y decidirá su destino en un campo de prisioneros japonés. .La semilla que involuntariamente plantó su hermano menor en él –la lacerante conciencia de la maldad y el egoísmo, de los negros abismos de su propia alma- hará crecer en Celliers una insatisfacción permanente, una incapacidad para amar, una perpetua alienación de sí mismo. Y el fruto de ello será su legado al capitán Yonoi, el oficial al mando del campo de prisioneros donde Celliers y el narrador acabarán confinados. En tanto que víctima de las normas despóticas y espartanas de la disciplina carcelaria japonesa, Celliers se colocará, por primera vez en su vida, donde realmente ansiaba, esto es, en el lado del débil, del oprimido, del indefenso, con cada paliza que recibe de los japoneses “se lo pasa pipa”, está expiando en sus carnes el peso del dolor y de la conciencia de haber fallado a su hermano, y reconocerá en Yonoi el mismo estigma de la culpa y de la derrota, el mismo peso de la mirada ajena. La simpatía de Celliers por el responsable último de su cautiverio será, por tanto, casi cristológica, arrebatado de piedad ante un pecador al que, espejo de sí mismo, sabrá comprender  y exculpar (y, en consecuencia, encontrar esa paz tanto tiempo anhelada). Yonoi, agradecerá la empatía de Celliers de la única forma que le permiten las circunstancias: reconociendo en él a su alma gemela. Puede decirse que Yonoi y Celliers comparten una unión espiritual abrumadora en tiempos de incomprensión y de odio, que les lleva a autoreconocerse en el otro y a lograr estar por encima, precisamente, de la barbarie.

P.: Ha citado Usted a Ernest Hemingway. ¿ Le llegó a interesar vivamente este autor?.

R.: Sí; la aproximación a Hemingway me vino también muy por el lado de lo visual. Antes de leer a Hemingway, con doce o trece años, me impresionó profundamente la visión en TVE, de la película de Henry King, basada en la novela  corta o cuento largo –no sé bien como definirlo- The snows of Kilimanjaro. Las imágenes de esta película me fueron persiguiendo recurrentemente, semanas después, en mis sueños. Con todo, no crean que me interesó por igual toda la obra de este Premio Nobel. Me quedaría con tres bloques de su narrativa: a) los cuentos sobre el personaje de Nick Adams;  b) ese par de cuentos, cuya acción transcurre en África, “La corta vida feliz de Francis Macomber” y  la citada, “Las nieves del Kilimanjaro”, y c) la novela The sun also rises (Fiesta). Uno busca sensaciones frescas en su juventud, en su época de universitario. Nuestros lectores las van a tener en cualquiera de estas obras, se van a ver transportados literalmente a los San Fermines…si uno quiere olvidarse de los dolores de cabeza, de los traumas y del stress post-exámenes universitarios, hay que leer a Hemingway. Nos invitará a ponernos a pensar, como un bálsamo nos calmará y a la vez nos ayudará a superar ese stress post-traumático. Cuando lo leí, de hecho, coincidió con un momento de mi vida de no deseado aislamiento, y veía en sus textos un refrendo de la sensación de que estamos todos solos. Esa impresión, ese cruel “alone” que se repite con insistencia en los textos de Hemingway se me clavaba como una cruel punzada. La idea de que no tenía sentido nada en la vida y que alcanzar las metas profesionales deseadas, puede llevar al total fracaso. En ese contexto, todo se perdía. Sólo nos quedaba lo cotidiano: pasear, sentarse en un café, aspirar largamente los aromas de la primavera, cruzar un parque, y este sentido directo de la vida –lo veo en The sun also rises- adquiere en Hemingway un tinte sagrado. El texto hecho, pues, espejo de la vida. La realidad era así, y el maestro Hemingway creaba un mundo de identidad sublime. El vacío y la nada. La vida como si fuera un safari de emociones, donde el fracaso es tu compañía –pero, como le ocurre a Macomber, el punto de partida de su superación- y donde ese estilo directo, donde el verbo ser se prodiga, es como  un artificio genial de tensión expresiva. Todo Hemingway es la búsqueda de un hogar, la necesidad de encontrar una razón para vivir, la constatación de que como el protagonista de Fiesta, todos estamos heridos y buscamos a trompicones “como un mal jinete en el caballo”, al decir de Wittgenstein.


P: Uno de sus autores preferidos es el novelista Vicente Blasco Ibáñez. ¿Qué resaltaría Usted de este autor valenciano?.

R: Llegué a Blasco por herencia paterna. La situación en casa conforme yo realizaba mis estudios universitarios iba mejorando, y mi padre, proletario pero voraz lector, casi compulsivo lector… a medida que su situación económica mejoraba, empezó a comprarse las obras completas de Blasco y a leerlas de manera exhaustiva. Mi padre era un ser absolutamente excepcional y ahora no puedo, sino recordarlo en la lejanía, engrandeciendo su figura… me recomendó en particular, del Blasco juvenil, La araña negra, que yo, a mi vez, recomiendo a mis alumnos del nocturno, junto con Mare Nostrum, Los enemigos de la mujer y Los argonautas. De esta última, recomiendo que se lea con atención. A través de las vivencias de los dos viajeros españoles en el trasatlántico alemán Göethe, en el período inmediatamente anterior a la I Guerra Mundial, uno se deleita con las conversaciones entre Fernando de Ojeda y Maltrana sobre la interconexión entre el arte y la vida, tema capital en esta obra de Blasco. Cómo se plantean Maltrana y Ojeda el salvar ese abismo  entre lo ideal y lo real que está en todos los artistas e intelectuales del siglo XX, y ver cómo las soluciones argüidas son muchas: si hay quien acude a una construcción del mundo a partir de sus propias sensaciones, otros quieren unir el universo a su voluntad; todo artista, todo intelectual que se precie tiende a expresar ese proceso, pergeñando un espacio, o dando a luz una idea gestada a partir de las propias experiencias humanas, común de las conciencias y de los deseos. El intento de incrustar  el pensamiento humano en la vida a través no de lo personal como individuo sino a través de la existencia entendida en el sentido de “común vivencia”. Esto se expresa a través de la narración o lugar común ideado por una elaboración mental de un autor, pero sin haber llegado a la definitiva diferenciación de la propia vida como tal: desde la busca desesperada de algunos autores y artistas por encontrar la luz de su increíble conocimiento, hasta las vivencias de aquellos para los que el arte ha sido hasta ahora una mera repetición de ideas pasadas. Este problema de la inserción en la propia tradición se encuentra en un plano relevante en Blasco: el novelista valenciano sabe que el hombre se da cuenta de que su método de conocimiento no ha variado con respecto al pasado, y se encuentra con la solución de que sólo ligándolo a lo personal obtendrá la respuesta. Si antes era la religión la que poseía el atributo de unir verdad y vida, ahora es el hombre el que sabe que la aventura vital es una aventura de salvar el abismo entre su vida y su ideal. De hecho, los personajes impresionistas de Los argonautas  tienen además su complemento narrativo en la técnica de la doble narración que Blasco inaugura en Los argonautas, con un hilo narrativo en el presente dedicado al viaje de los argonautas modernos al Nuevo Mundo, y el otro en el pasado, tratando los éxitos y fracasos de los argonautas heroicos, una técnica que Blasco abandona al  estallar la primera Guerra Mundial y que recupera más tarde en novelas como El papa del mar y A los pies de Venus. Como escribe Cortina Gómez en su estudio de las dos obras indicadas, la conexión entre los hilos se establece “a través de la técnica impresionista de la evocación”. En Los argonautas, estas evocaciones del pasado sirven para manifestar la distancia conceptual que hay entre los argonautas fuertes, heroicos, y voluntariosos del pasado (como Colón y Alonso de Ojeda) y los navegantes del viaje moderno (como Fernando de Ojeda), ya que los primeros intentan imponerse a su ambiente, mientras que los segundos suelen supeditarse a él. Así que la acción se ubica en el pasado, y la reacción en el presente.

P.: Con todo, si Usted tuviera que someterse a la opción de recomendar a un solo novelista, ¿elegiría a James Jones?, ¿no?.

R.: Sin duda, no tengo palabras para expresar mi total admiración por su novela, De aquí a la eternidad. Llegué a ella como a todos los textos literarios que estoy citando, por la vía audiovisual. Tras el curso 1979-80, y a pesar de lo que he indicado de la particularmente grave pérdida de clases en alguna asignatura, llegó el verano y me encontraba bastante enfermo, muy cansado por tanto estudiar. Cuestión de quedarme en casa, hacer una convalecencia, combinar las visitas diarias al ambulatorio para tratarme de mis problemas físicos, y hacer reposo en casa. Tuve tiempo de visionar la miniserie norteamericana de televisión, que se emitió en TVE en 1980, con Natalie Word, y Steve Railsback, como el soldado Robert E. Lee Prewitt. Una versión más ajustada a la novela de James Jones que la oscarizada película de Fred Zinnemann, si bien con algún añadido –que no está en el texto- como la escena, parte del ‘tratamiento’ al que someten a Prewitt para obligarle a boxear, en que en una habitación cerrada del cuartel de Schofield, donde se llevan a cabo prácticas de guerra química, le cortan los tubos de la máscara anti-gas, para provocar que se ahogue. Cuando me leí, después, la novela me pareció corta –a pesar de sus casi mil páginas-.. Nunca he disfrutado tanto en narrativa literaria, como en este texto. Mi inconsciente llegó a forjar una imagen de Prewitt en la que me yo me identificaba con él, y me veía, de uniforme en Schofield Barracks. La novela se puede enfocar como una visión del conjunto de la sociedad norteamericana, antes del estallido de la II Guerra Mundial pero está claro que el tema central es el muy querido en la literatura norteamericana: ¿cómo el individuo, la persona con convicciones, con ideas propias se acopla en una institución, el Ejército, donde el colectivo lo es todo, el individuo no cuenta y  ha de prevalecer –ante todo- la unidad?[1]. Vemos pues que se repite el tema de la novela de Pasternak, Doctor Zhivago. Prewitt, es el héroe proletario, el héroe obrero, un personaje muy cercano –por otra parte- al joven adolescente de La soledad del corredor de fondo…agobiado por todo el peso del mundo, como un gran amigo, José Antonio García Gómez, me apuntó en su día, el soldado ideal, perfecto, lleno de sutilezas, que por un lado encuentra en el Ejército el hogar y la familia que la orfandad le han negado, el sensible corneta (excepcional en el toque de este instrumento musical, como también excelente boxeador) que prefiere la lectura al cuadrilátero y busca en el Ejército sosiego para su conciencia tras haber dejado ciego a puñetazos a un amigo, su último adversario en el ring, y al que la vanidad del capitán Holmes quiere, en contra de sus convicciones, obligar a enfundarse de nuevo los guantes. Prewitt tercamente razonará: “Si un hombre no sigue sus principios no es nada”. La angustia de Prewitt/de todos nosotros por recorrer la dinámica existencial en el cuartel/(trasunto de la propia vida), la profundización del autor no ya en la narración como metáfora existencial, y por tanto en diálogo moral (cosa que ya empieza a desaparecer en James Jones), sino en la propia narración como vivencia objetiva, y ya más hondo en el propio monólogo del hombre  a través de su pensamiento como expresión de su lucha interior que lleva a la conversión de la literatura en pura poesía figurativa silenciosa, e incluso a una conversión de soledad. La tendencia en largos párrafos de De aquí a la eternidad a suprimir el diálogo corresponde a esa tendencia de interiorismo y de busca personal, de sustitución definitiva del diálogo por un monólogo ya sea absoluto ya sea relativo. En este caso, llamar la atención de nuestros jóvenes lectores de que quizá la mejor secuencia de la novela sea ese monólogo existente en la novela, los pensamientos de Prewitt que acompañan el toque de trompeta al desgranar las notas del toque de silencio, en el cuartel de Schofield.

P.: ¿Leyó a Brecht también en su juventud?.

R.: Sí, sin solución de continuidad, a las pocas semanas de terminar la licenciatura universitaria, tuve que incorporarme al servicio militar obligatorio. Estaba acantonado en un lugar que he visitado recientemente, y que hoy en día mantiene un aspecto edénico, casi idílico. Han construido un gran parque frente al cuartel, donde uno se imagina estudiando la carrera, sentado al sol en los bancos, disfrutando de esa sensación de tranquilidad y el cuartel, casi parece un gigantesco colegio mayor, que desprendía sensaciones de paz, serenidad, dignidad…un lugar ideal para confeccionar una tesis doctoral. En mi unidad, cosa rara para tratarse de un Ejército que salía los años del franquismo, el capitán de la compañía, un personaje inteligente, muy humano que empatizaba con los soldados, era bastante joven, tenía estructurada una buena biblioteca, donde de hecho había literatura marxista. Podías leer desde Pearl S. Buck a Bertolt Brecht. Del autor alemán, me he de quedar con sus narraciones. En particular, “Langostinos del mar del Norte”. Una compañera de instituto, en Port de Sagunt, de hecho, profesora de Literatura quiso asociarme conmigo para que rodáramos este cuento. Hizo un trabajo enorme, convirtiéndolo en guión cinematográfico. Sin embargo, de nuevo me falló el organismo y en lugar de ponernos a trabajar, acabé frecuentando otra vez la consulta médica. De Brecht, me interesa que todas sus obras están absolutamente ligadas a razones históricas y políticas y tienen un sobresaliente desarrollo estético. En realidad, en Brecht se encuentran siempre unidos el fondo y la forma, la estética y los ideales. Desde sus comienzos, se caracterizó por una radical oposición a la forma de vida y a la visión del mundo de la burguesía y naturalmente al teatro burgués, sosteniendo que sólo estaba destinado a entretener al espectador sin ejercer sobre él la menor influencia. Brecht desarrolló una nueva forma de teatro que se prestaba a representar la realidad de los tiempos modernos, y se encargó de llevar a la escena a todas las fuerzas que condicionan la vida humana. Además de conmover los sentimientos, obligaba al público a pensar, en las representaciones teatrales nada se daba por sentado y obligaba al espectador a sacar sus propias conclusiones. Hasta el fin de su vida sostuvo la tesis de que el teatro, el arte, podía ayudar o contribuir a modificar el mundo. De hecho, a mi primo hermano, Manuel Pastor Herrero, un excelente autor teatral (Sur) y un muy inteligente director cinematográfico (Un país mediterráneo), un personaje al que yo a ciegas le confiaría la revisión de una tesis doctoral (él sabría darle su toque genial)… lo veo con muy sólidas resonancias brechtianas.

P.: ¿ Qué puede recomendar del teatro de Brecht a un joven lector universitario?.

R.: A mis alumnos del Nocturno que entran este verano que viene en la universidad  les recomendaría iniciarse a partir de un Brecht pre-marxista, que no ha asumido a Marx. Precisamente lo primero que leí de Brecht… claro está, después de sus narraciones fue Tambores en la noche, una obra juvenil, inicial de Brecht… en la que el contexto histórico es la división del S.P.D., el partido de los marxistas alemanes, al término de la I Guerra Mundial, y la sublevación del ala izquierdista, comunista, radical del mismo, la Liga “Espartaco”, una insurrección obrera ahogada a sangre y fuego por sus antiguos camaradas de partido, los socialistas reformistas del S.P.D. También leerán con provecho El círculo de tiza caucasiano, o La boda de los pequeños burgueses.

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[1]  Era algo que en cierto modo, recorrí en mi paso por  el servicio militar obligatorio. La calidad humana del capitán de mi compañía, empero, obviaba cualquier posibilidad de repetirse la ficción en la vida real.