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viernes, 15 de mayo de 2026

MADRID EN SAN ISIDRO, 2026. UN LATIDO CONSTANTE DE CHULAPOS Y CASTIZAS

María Eugenia Martínez Gómez en la Puerta del Sol

Nuria Martí, M. Eugenia Martínez y Julia Sáez-Angulo


Julia Sáez-Angulo

    Fotos: Nuria Martí

15/5/26.- Madrid.- El centro de Madrid no es un lugar, es un latido. Los barrios —palabra que algunos venezolanos recién llegados consideran despectiva en su español caribeño— desembocan inevitablemente en ese corazón urbano que palpita entre la Puerta del Sol, la Plaza Mayor y el Palacio Real. Ya lo decía Giulio Carlo Argan (1909-1992), arquitecto, historiador, alcalde comunista de Roma y gran pensador de las ciudades: el centro es el corazón al que concurren arterias y venas, es decir, los ciudadanos. Y en San Isidro ese corazón late con fuerza castiza de Madrid.

    La calle Mayor, Arenal y la Puerta del Sol eran un río humano de chulapos y chulapas. Agrupaciones castizas de todos los colores avanzaban escoltadas por coches de policía camino de la plaza de Oriente, donde el chotis aguardaba como una liturgia madrileña. Madrid, siempre cosmopolita, sonaba a Babel: guías turísticos con acento argentino, familias italianas, venezolanos elegantísimos, japoneses fotografiándolo todo y norteamericanos preguntando dónde se compraban los claveles rojos.

    Entre aquella multitud apareció María Eugenia Martínez, amiga sabia y madrileña de abolengo, farmacéutica, bióloga y experta en investigación de médula ósea. Llegó vestida con un mantón de Manila soberbio, bordado en colores con flores y pájaros imposibles. Confesó, casi disculpándose, que no era herencia familiar:

   —Lo compré a un anticuario.

    El mantón tenía tanta presencia que parecía haber pertenecido a una infanta. Pesaba como pesan las cosas valiosas. Los entendidos se detenían a contemplarlo, con la misma mirada experta con que los ladrones de relojes distinguen un Rolex verdadero entre la multitud.

    Yo me veía un poco disfrazada, con mi pañuelo y mantón de Manila. Ella, M Eugenia, lo llevaba con el garbo natural de una auténtica gachí madrileña. Hay quien lleva Madrid en el DNI y quien lo lleva en el ADN. (Gachí es un término coloquial popular madrileño, a veces considerado vulgar o despectivo, utilizado en España para referirse a una mujer o muchacha, generalmente joven. Proviene del caló gachí (femenino de gachó), adoptado para definir a la mujer "no gitana" o mujer en sentido general. A veces se usa con connotación de "mujer guapa", explica la RAE).

    Antes de alcanzar la Plaza Mayor para el aperitivo, pasé por la Posada del Peine. Allí surgieron recuerdos de la antigua Droguería Martínez, negocio familiar de los abuelos de María Eugenia, sostén económico de varias generaciones junto a unos terrenos en Villaverde que hoy valen una fortuna.

—Doscientos cincuenta años de familia madrileña —contaba orgullosa—: bisabuelos, abuelos, padres y ahora los hijos. Cuatro generaciones de Eugenias, que yo rompí con mi hija.

    Nuria Martí, su hija, (CEO de CRIS, en favor del cáncer) también envuelta en mantón de Manila, negro, bordado en blanco y gris. La juventud sabe convertir la tradición en belleza instantánea. Me conmueve el cariño con que la hija trata y mima a su madre.

    Un señor de Burgos y otro de Murcia -parece de Mihura- nos pidieron posar para una fotografía. Poco después hizo lo mismo un panameño entusiasmado. Eso, evidentemente, es un éxito internacional.

    Dios sabe dónde acabarán esas imágenes. Tal vez en un álbum familiar de Panamá o en una red social de Burgos bajo el título “Madrileñas auténticas”. Hay que asumir riesgos, cuando uno decide ser amable con turistas y visitantes.

    Pedimos chopitos, cerveza y Coca-Cola. Algunas parejas parecían escapadas de una zarzuela: él entre una morena y una rubia como un moderno don Julián castizo. Madrid seguía desfilando delante de nuestras mesas, entre claveles reventones, pañuelos blancos, chalecos ajustados, gorros y mantones que parecían jardines bordados. Quien no va vestido de chulapo o chulapa, no por eso deja de lucir un clavel reventón. en la indumentaria.

    María Eugenia contemplaba la fiesta feliz, como quien reconoce el alma de su ciudad entre el ruido y la alegría. Porque Madrid tiene algo de pueblo manchego sentimental y algo de capital del mundo. Una ciudad capaz de mezclar organillos y turistas japoneses, chotis y acentos argentinos, aristocracia antigua y vermú de grifo.

    Y mientras el sol y las nubes de mayo caían sobre las cornisas y los balcones, el centro seguía latiendo, exactamente como imaginó Giulio Carlo Argan: un corazón inmenso donde todas las venas de Madrid terminan encontrándose en San Isidro.

Detalle del mantón de María Eugenia

calle Arenal
Don Julián y la pelirroja
Agrupaciones de castizos









jueves, 15 de mayo de 2025

FIESTAS DE SAN ISIDRO. Madrileños y latino-madrileños del presente y futuro inmediato- visitantes en la Pradera del santo.

Pradera de San Isidro 2025 (Foto Luis Magán)
María Eugenia Martínez, madrileña de pro y amigas


Julia Sáez-Angulo
Fotos : Jaime Barrientos y Luis Magán

16/5/25.- Madrid.- Centenares de madrileños y latinoamericanos -los madrileños del presente y futuro inmediato- llenaban la pradera de San Isidro en familias con niños, grupos y parejas, en su mayoría vestidos con el traje típico regional de Madrid: ellas con traje largo ajustado, de largo volante final y pañuelo a la cabeza con claveles reventones y mantón de Manila; ellos, con pantalón oscuro, chaleco de cuadrito fino, pañuelo de bolsillo y clavel reventón, más gorra de visera a juego. Trajes perfectos para bailar el schotis, pues no se han de mover del espacio de una baldosa en el suelo. Las chulapas no necesitan tantos volantes como las sevillanas, ellas y ellos, los madrileños, van marcando figura.
          Durante la semana en curso, eran muchos los niños que se veían entrar o salir de los colegios, con el atuendo de chulapos y chulapas.
La tradición de vuelta a la Pradera de San Isidro, en el oeste de Madrid, al lado de la pequeña ermita del santo, ha venido con furor. Colas larguísimas de devotos ante la ermita, para recibir la bendición de cuatro jóvenes sacerdotes en su interior.
No faltaban los tenderetes de venta de dulces, con las rosquillas tontas, listas y de santa Clara, en honor de san Isidro o encurtidos de berenjenas o pepinillos..., además de las especialidades latinoamericanas como son los ceviches o empanadillas propias.
No se podía dar un paso, pero la gente parecía feliz y encantada de rendir homenaje a San Isidro labrador, casado con santa María de la Cabeza, el patrón de Madrid, que nació en el siglo XII y fue declarado santo por aclamación en el siglo XVII, si bien, canonizado por Gregorio XV en 1662. El matrimonio tuvo un hijo que se llamó Illán. 
El cuerpo de San Isidro se conserva en un arca de plata y cristal expuesta en una capilla lateral de la colegiata que lleva su nombre. La iglesia, situada en el número 37 de la calle Toledo, fue durante siglos el templo principal de la diócesis de Madrid.
La iconografía sacra presenta a san Isidro con azadón, arado y/o guadaña. 
    Más información

La Pradera de San Isidro con la silueta de Madrid al fondo





Chulapos madrileños