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miércoles, 16 de marzo de 2011

Letizia Arbeteta, Conferencia sobre las Joyas Reales en el Instituto de Minas






Julia Sáez-Angulo



La conservadora de museos Letizia Arbeteta, experta máxima en joyas, ha impartido una conferencia en la Escuela de Minas de Madrid, dentro de un ciclo establecido sobre gemas. Joyas Reales fue el tema explicado por la experta, hoy conservadora del Museo de América.

Partiendo de un grabado sobre Constantino en el que se aprecian los atributos del poder y del Imperio en la corona, el cetro y la esfera del mundo, Arbeteta explicó del significado de cada uno de ellos: el poder, el mando militar y el orbe del universo. Reyes, príncipes y emperadores eran intermediarios entre Dios y su pueblo y habrían de simbolizar en ellos mismos las virtudes.

La primera diadema habría de ampliar su altura hasta devenir en aros cilindricos más o menos pesados de diferentes metales. Seguidamente hizo una rica exhibición teórica y visual de la tipología de coronas reinantes en Europa fundamentalmente, a través de pinturas, grabados, dibujos y ejemplares de las mismas en diversos museos o catedrales.

De España destacó las coronas del tesoro visigodo de Guarrazar, en parte custodiado en el Museo de Arqueología Nacional en Madrid, con aro cilíndrico de cierta altura y subrayó la importancia en Europa de la famosa corona férrea, hoy custodiada en la catedral de Monza, con la que se coronaron diversos reyes y emperadores desde Carlomagno a Napoleón. La corona de placas engoznadas es una constante tanto para la realeza como para las Vírgenes coronadas. La corona de Sacro Imperio Germánico fue otra de las más celebres en Europa.

Los aros de las coronas van ganando progresivamente en ornamentación con pedrerías, florones o elementos genealógicos, así como ampliándose en tiaras o aligerándose en líneas metálicas, algunas para lucirse encima de los yelmos guerreros. El ejemplar de Martín el Humano se presentó en una ilustración como corona-yelmo. No hay que olvidar que los grandes acudían a la guerra ataviados con sus mejores galas, entre otras razones porque si caían prisioneros, se podía pedir un elevado rescate por ellos.

La conferenciante habló de las distintas coronas utilizadas por la realeza en España en principio hasta el siglo XIX, de acuerdo con los distintos testimonios escritos y visuales, entre ellas las fotografiadas por Laurent, como la corona de San Fernando con el águila bicéfala, probablemente venida de Beatriz de Suabia, descendiente de los Hohenstauffen, que es corona nupcial, por cuanto de los pico de las águilas cuelgan un anillo de esponsales. Estuvo guardada en el tesoro de los Reyes en la catedral de Sevilla.

Un cuadro sobre el rey Alfonso el Casto muestra un ejemplar entre corona y tiara.Las coronas de don Alfonso y su esposa Leonor están sobre los colores, rojo, que simboliza la caridad y el azul, la Jerusalén celestial.


Piedras reutilizadas venidas de Roma


Muchas de las piedras, venidas en su mayoría de oriente, eran romanas horadadas y por tanto reutilizadas. Arbeteta habló tambén de la posible cruz juradera que apareció en la tumba del hijo natural de Fernando el Católico, y el collar con el denominado rubí de Salomón en el centro, que perteneció a la Corona de Aragón, piedra denominada también “codol magno”, probablemente un gran cabujón pulido. Tanto Fernando como Isabel lucieron igualmente grandes collares de hombros, y esta joya protegió al rey en el atentado de Barcelona. También mostró las joyas en las vestiduras cortesana.

El sello o anillo era también una joya real habitual y se subrayó el que se unía al nudo gordiano. El joyel de Santiago, que luce Isabel la Católica en los cuadros, se componía de una cruz y una venera. La Corona rica de Isabel I de Castilla se describe minuciosamente en los inventarios reales y resulta parecida a otra rica corona que se encontró en Polonia.

Los retratos de Isabel II la muestran con la corona tumular de Isabel de Farnesio y un cetro. Arbeteta relacionó también la tipología de la corona de Carlos II el Hechizado, según su retrato como gran maestre de la orden del Toison de Oro y la célebre de la Virgen del Sagrario de Toledo, robada o desaparecida.

El joyel con el “diamante del estanque” y la denominada “perla peregrina” o peregrina, visible en varios retratos de reinas españolas, mereció igualmente comentario de la conservadora y recordó que la Peregrina original estaba perforada por un pernio de oro, por tanto no debe confundirse con otras perlas periformes que han lucido tanto la reina Victoria Eugenia como la actriz Liz Taylor.
Lo más probable es que existieran varias perlas de buen tamaño en circulación. Por último habló del collar de chatones de diamantes y el de esmeraldas que luce la reina Victoria, que pertenecieron en su día a Isabel II, que fueron más tarde lucidas por la emperatriz Farah Diva, la última esposa del Sha de Persia.
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domingo, 26 de diciembre de 2010

EL PRIMER ÁRBOL DE NAVIDAD DE MADRID, PEPE ALCAÑICES Y LA DUQUESA SOFIA TROUBETZKOY




Dolores Gallardo López

Actualmente durante las fiestas navideñas nuestra ciudad aparece decorada cada año con hermosos árboles de Navidad y nos parece normal que sea así.

Algunos años estos árboles incluso son encargados por el Ayuntamiento a destacados diseñadores actuales. Sin embargo ¿cuándo se instaló en Madrid el primer árbol de Navidad?

Ese primer árbol fue instalado en la Navidad de 1870 en lo que hoy es Banco de España y lo mandó instalar la duquesa Sofía Troubetzkoy, esposa del duque de Sesto y marqués de Alcañices.

¿Quiénes eran el duque de Sesto y Sofía Troubetzkoy?

D. José Isidro Osorio y Silva-Bazán (Madrid 4 de abril de 1825- Madrid 30 de diciembre de 1909), dos veces grande de España, ostentó por nacimiento los títulos nobiliarios de: XVI duque de Alburquerque, VIII de Sesto y V de Algete; XVI marqués de Alcañices, XV de Cuéllar y otros muchos títulos.

Alcalde de Madrid

Ha sido uno de los mejores alcaldes que ha tenido Madrid. En el año 1858 L. O'Donnell lo nombró alcalde. Popularmente era llamado por los madrileños Pepe Alcañices, por uno de sus títulos nobiliarios.
Creó las llamadas “Casas de Socorro”, en 1860 comenzó a hacer un inventario de todas las fuentes que tenía Madrid y deseaba proseguir con el de las iglesias, conventos, palacios y otros edificios.

También se ocupó de embellecer y limpiar la ciudad. A efecto de esto último dictó un bando prohibiendo algo bastante común por entonces: desaguar y evacuar en la calle, bajo multa de 20 pesetas. Por ello rápidamente el ingenio madrileño acuñó la siguiente coplilla:
-“¿Cuatro duros por mear? /¡Caramba, qué caro es esto!”
-“¿Cuánto lleva por cagar,/ el señor duque de Sesto?”

Matrimonio con Sofía Troubetzkoy

En 1868, con cuarenta años de edad, el duque contrajo matrimonio con Sofía Troubetzkoy, una rica princesa rusa, considerada una de las damas más bellas y elegantes de toda Europa. Sofía Troubetzkoy era viuda del duque de Morny, que había sido hermanastro del emperador Napoleón III.

La nueva duquesa, mujer elegantísima y que compartía con su marido cosmopolitismo, liberalismo y entusiasmo monárquico, deslumbró en la corte madrileña y la puso al tanto de muchas novedades en materia de modas y de juegos de salón. Pronto segano a la aristocracia española y fue condecorada con la Banda de Damas Nobles de la Reina Mª Luisa.

En la Navidad de 1870, siguiendo la moda de otras corte europeas, la duquesa ordenó poner por primera vez en España un árbol de Navidad en la residencia madrileña de los duques, el palacio del marqués de Alcañices (actual sede del Banco de España).

Tiempo después había de liderar en Madrid la conocida “Rebelión de las Mantillas”, es decir la oposición de damas aristócratas de alta alcurnia al nuevo rey Amadeo de Saboya, que ocupó el trono de España vacante desde el destronamiento de Isabel II. La duquesa Sofía no dudaba en ordenar cerrar de golpe todos los balcones de la casa cada vez que pasaba la comitiva real del nuevo rey por la calle de Alcalá.

La causa alfonsina

José Osorio sufragó gran parte de los gastos que Isabel II y sus hijos tuvieron durante el exilio. El duque fue para el joven príncipe Alfonso una especie de tutor, que supervisó su educación y su paso por distintos colegios europeos.

Parece que el futuro Alfonso XII se encariñó enseguida con José Osorio, que fue durante toda la vida su mejor amigo y su consejero más cercano. En realidad se lo había ganado bien: Alcañices hizo innumerables sacrificios económicos y personales a favor del joven Alfonso en el que quizás Alcañices –independientemente de su inquebrantable adhesión a los Borbones- vio al hijo que nunca tuvo.

Desde el palacio de los duques de Sesto (actual edificio del Banco de España) se promovieron reuniones de los partidarios de Alfonso de Borbón. El palacio fue escenario de conspiraciones políticas del más alto nivel, pero también de maquinaciones de damas, que, con la propia duquesa al frente, aislaban socialmente al nuevo rey, Amadeo de Saboya, y a su esposa ("la Rebelión de las Mantillas", mencionada más arriba).

Sofía Troubetzkoy puso de moda entre las damas de alcurnia lucir en vestidos y peinados un alfiler con el emblema de la flor de lis, prueba de adhesión a la causa borbónica y del rechazo al nuevo rey.

Por otra parte, en sus frecuentes estancias en Paris y visitas al palacio de Castilla -residencia oficial durante treinta y seis años de de Isabel II en su destierro parisino y reconvertido posteriormente en el legendario Hotel Majestic- el marqués de Alcañices tras muchas conversaciones convenció a la destronada reina de que era imprescindible que abdicase en su hijo si deseaba que la dinastía de los Borbones fuese restaurada en España. Se cuenta que un día Isabel II, en presencia del duque, llamó a su hijo y le dijo "Alfonso, dale la mano a Pepe, que ha conseguido hacerte Rey". José Osorio fue el primero en firmar como testigo el documento que daba fe de la abdicación de la reina en la persona del Príncipe de Asturias, allanándose así el proceso de la restauración.

El día 13 de enero de 1875 el príncipe Alfonso, procedente de París, llegaba a Aranjuez, donde el duque de Sesto dio la bienvenida al ya rey de España y entró junto a él en Madrid entre las aclamaciones y vítores del pueblo madrileño.

Hasta aquí la parte más glamorosa de la vida de Pepe Alcañices y Sofía Troubetzkoy. El final fue más triste, pero… ésa es otra historia.