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martes, 25 de septiembre de 2012




La catedral de Cuenca, joya monumental en un paraje único de hoces sobre el río



Julia Sáez-Angulo

         Es un joyero sorprendente por su contenido artístico. La catedral de Cuenca está situada en lo alto del casco antiguo desde el que se contemplan las profundas hoces del río así como buena parte de la morfología de la ciudad con sus iglesias y conventos históricos.

         El capellán mayor y conservador, Miguel Albares y el arquitecto José María Pérez Peridis, competían en admiración y elogios hacia la catedral de Cuenca en la mañana que precedía a la presentación del libro del segundo “La luz y el misterio de las catedrales”, publicado por Espasa.

         Peridis pone epítetos a cada catedral: Lérida, la catedral desnuda, Barcelona, la más visitada; Santiago de Compostela, la catedral en el fin del mundo… y Cuenca, la catedral del paraje inexpugnable.

         El arquitecto destacó de manera especial el arco del arquitecto y escultor Jamete,  (el francés Etien Jamet, 1515 – 1565) al que califica de “artista asesino y pendenciero” por su inquietante vida privada, al que ajusta unos diálogos imaginarios llenos de intensidad en el libro sobre las catedrales. El lleva Roma a Cuenca, ejecuta un Renacimiento embutido en el gótico y llevado al plateresco con evidente brillantez: medallones, guirnaldas, floreros, fríos ornamentales, orden corintio; también se aprecian elementos clásicos o mitológicos como desnudos, mascarones, centauros... En el hermoso arco de jamete hay ecos de Miguel Ángel, como se aprecia en las figuras de la Noche y el Día.

         “España tuvo un gran Renacimiento”, subrayó Peridis. El claustro es posterior al arco de Jamete y más tarde tuvo el cerramiento de Martín de Aldehuela (1729 – 1802).  La capilla del Espiritu Santo, hoy cerrada, será restaurada en breve.

         Peridis destacó igualmente las bóvedas similares a las del monasterio de Las Huelgas en Burgos, con seis bóvedas espartitas que descansan en ménsulas con ángeles u ornamentos florales y arcos aligerados con dientes de sierra. Todo un ingenio.


Cuadros de Yañez de la Almedina y dos órganos

         Miguel Ángel Albares, por su parte destacó algunos de los contenidos valiosos de la catedral de Cuenca, como los artesonados de las capillas del Sagrario o la Capitular, así como los dos espléndidos cuadros de Yañez de la Almedina (s. XVI), siguiendo las enseñanzas de Leonardo da Vinci, que se encuentran en la capilla de los Caballeros y representan la Adoración de los reyes magos  y el Descendimiento de la Cruz.

         Valoró la presencia de los dos órganos, en especial el grande con seis mil quinientos tubos que suenan como trompetas y emiten muchos  decibelios, algo que apasionaba en el siglo XVIII. Este órgano cuenta con treinta y cinco registros, entre ellos los de la rueda de campanillas o los gorjeos de los pajaritos.

         El capellán Albares lamentó que la catedral de Cuenca no tuviera tallas de madera, porque se quemaron durante la guerra civil española de 1936-39, azote del patrimonio artístico, como ante lo fuera la afrancesada de los soldados de Napoleón.

         Informó también que la catedral conquense recibe unos setenta mil visitantes al año, a los que se provee de una audioguía, que transmite información durante hora y media y por tanto permite un mayor silencio en el lugar a los visitantes que permanecen en la catedral mucho más tiempo que antes de la existencia de las audioguías.

         La catedral de Cuenca cuenta con hermosas y polémicas vidrieras de artistas relacionados con la ciudad : Gustavo Torner, Gerardo Rueda, Bonifacio Alfonso y Henri Dechanet. Muy bellas las de Torner, que con sus colores parten de la materia hacia la luz y envuelven de color y calor la catedral cuando llega el sol a las mismas.  Datan de 1990.



        





Peridis escribe sobre “La luz y el misterio de las catedrales”




Julia Sáez-Angulo

         El arquitecto y dibujante José María Pérez Peridis (Cabezón de Liébana, Cantabria, 1941) de Aguilar de Campoo de corazón, donde residió desde los tres años,  ha presentado su libro “La luz y el misterio de las catedrales" en la catedral de Cuenca, en presencia del capellán mayor y director conservador de la misma, Miguel Ángel Albares..

El ensayo con algunos de los dibujos del autor ha sido publicado por la editorial Espasa, en colaboración con la Fundación Santa María la Real y Televisión Española que comenzará en breve a emitir un programa sobre las catedrales en la cadena 2, con el mismo título del libro.

         Siete catedrales ha seleccionado Peridis: Jaca, Santiago de Compostela, Lérida, Barcelona, Burgos, Cuenca y Oviedo. La no incursión de la de Toledo parece un olvido imperdonable o querido.

         Peridis es un buen narrador oral y por escrito porque exolica con entusiasmo sobre lo que admira y en lo que cree. Habla de las catedrales como un tiempo de luz, frente a la oscuridad del románico anterior; se aligeran las paredes y aparecen las vidrieras que permiten una entrada de la luz natural del sol.

         El libro se abre con una cita de Marcel Proust: “Las catedrales no son únicamente los más bellos monumentos de nuestro arte, son los únicos que viven la vida integral, los ñunicos que permanecen en relación con la finalidad para la que fueron construidos”.

         Peridis abogó por el uso religioso de las catedrales para que respondan al espíritu con el que fueron creadas. “Las catedrales acogieron en su momento a los artistas y fueron el avance en arquitectura y nuevas tecnologías”.

“Del arco de medio punto se pasó al arco apuntado; de la bóveda de medio cañón a la de crucería. Las catedrales eran “elevación e iluminación”. “Las catedrales son expresión de la ciudad. Duraron mucho tiempo en su construcción porque daban empleo al pueblo. Por ella pasaban canteros, marmolistas, vidrieros, emplomadores… Fueron una fuente de trabajo y un valor añadido”.

Monumentos imperecederos porque están bien hechos

“Las catedrales son monumentos imperecederos porque están muy bien hechos; lo más grande que ha hecho el hombre porque transportan al espíritu”, dijo Peridis en otro momento.

“Un tiempo de peregrinos y cruzados, de monasterios y castillos, de invasiones y reconquistas, de sermones y reliquias, de pestes y hambrunas, de religiosidad y hechicerías, de pecado y de penitencia”, dice el autor en el prólogo.

“Ese momento memorable donde lo sagrado convive con lo profano y las hojas de acanto se enfrentaban en el claustro a las harpías esos dragones, ese periodo fecundo donde los latines se injertaron en las lenguas vernáculas y dieron a lus las lenguas románicas”,  añade.