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domingo, 21 de abril de 2019

“Mrs Dalloway”, novela de Virginia Woolf adaptada en el Teatro Español y dirigida por Carme Portaceli



 Blanca Portillo



Julia Sáez-Angulo


            22/4/19 .- Madrid .- Ni uno solo de los personajes de la novela Mrs Dalloway, hecha teatro, de Virginia Woolf, se salva en una existencia aceptable o placentera. La vida es ansiedad y anhelo frustrados. El paso del tiempo parece destruirlo todo, en vez de esculpir una bella estatua humana. La vida, la obra dramática de Mrs Dalloway, llevada también al cine, transmite desasosiego. Inquietud en el espectador que no descansa ni sonríe una sola vez con el texto. Quizás solo siente cierta empatía con la protagonista, cuando habla de dejar los vaivenes de la juventud para disfrutar con un amanecer o un ocaso.

            Todos los tics de una burguesía vacua, la esquizofrenia que oye voces de Virginia Woolf (1882-1941), su homo o bisexualidad que se hace doble en escenario, a tono con el lugar común de la actualidad teatral.  Mrs. Dalloway  condensa las obsesiones de una autora y el empeño de los tres coautores de su versión dramática.

            Una eficaz puesta en escena pone de manifiesto toda una sucesión de desencuentros personales, que se hacen música de guitarras, piano y canto con micrófono para romper el tedio que llega incluso a los espectadores. La fiesta para encontrarse y matar el aburrimiento, la fiesta para recordar y lanzar pequeños  o grandes ajustes de cuentas.

            Veinticuatro horas en la vida de Mrs. Dalloway, en las que rememora sus relaciones personales afectivas o furtivas, al tiempo que su relación real está ausente. El homo ludens  de los clásicos latinos. El hombre y la mujer que juegan para dar contenido al tiempo que se escapa y la vida que decepciona. Falta enjundia y sentido de trascendencia a esos muñecos de la existencia, que no tienen otra salida que la muerte abrupta o aplazada.

            Es buena la interpretación en general, sobre todo la de Blanca Portillo, sobre todas las demás. No se pasa bien contemplando esta obra que se traduce en “vida como pasión inútil”. Da la sensación de que no funciona la adaptación teatral. A Virginia Woolf hay que disfrutarla en su escritura narrativa, mejor que en adaptaciones que dejan bastante que desear.

Ficha artística
Dirección: Carme Portaceli
Reparto:
·       Jimmy Castro
·       Jordi Collet 
·       Inma Cuevas 
·       Gabriela Flores
·       Anna Moliner
·       Zaira Montes
·       Blanca Portillo
·       Manolo Solo 
Ficha artística:
De Virginia Woolf
Dramaturgia, Versión 
Michael De Cock, Anna M. Ricart y Carme Portaceli  

Diseño de escenografía Anna Alcubierre
Diseño de iluminación David Picazo
Diseño de vestuario Antonio Belart
Música original y espacio sonoro Jordi Collet
Coreografía y movimiento 
Ferran Carvajal
Diseño de vídeo Miquel Àngel Raió
Diseño de sonido 
Pablo de la Huerga 
Ayte. dirección 
Eva Redondo 
Ayte. escenografía Marta Guedan
Ayte. vestuario 
Cristina Crespillo
Estudiante en prácticas de dirección 
UCM Laura Fernández


sábado, 24 de febrero de 2018

“El ángel exterminador” de Blanca Portillo, fuera de temporada en el Teatro Español


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Julia Sáez-Angulo


            25/02/18 .- MADRID .- El tremendismo de Blanca Portillo y las obsesiones de Luis Buñuel con lo escatológico, el sexo y lo anticlerical se dan la mano en el espectáculo teatral, más que teatro, de la obra “El ángel exterminador” en la sala principal, recientemente renovada, del Teatro Español de Madrid.

            El dulce encanto de la burguesía, que tanto le gustaba a Buñuel lo confina en una película de bajo coste, porque se filma en una sola habitación, en la que él los encierra para ver su resistencia y sacar sus obsesiones escatológicas, de sexo incestuoso, escatología de manchas, sangre y ridículo clerical.  Un volver a la selva, que Blanca Portillo, la directora del espectáculo teatral cristaliza en el mono del cuadro que se encuentra en el salón de la escena en el que transcurre la función.

            Portillo dirige bien a los actores y los mueve con dominio en la versión de Fernando Sansegundo, pero los saca de la escena al patio de butacas y hasta los sienta en él, para incomodidad y embarazo de los espectadores, puesto que esa salida no añade mucho e incomoda más que enriquece la pieza teatral que acaba haciéndose tediosa por larga y repetitiva, aunque lo segundo forme parte del espectáculo metafórico.
            Todos están estamos cerrados e nuestras obsesiones y nos aburrimos con ellas, incluidos en el teatro.

            A medida que se veía la obra a lo “huis closs” o puerta cerrada de Sartre, donde se sigue el infierno de los otros hasta la náusea, al tiempo que se recordaba la película coral “Dublineses” (Los muertos) de Joyce y John Huston, que igualmente transcurre en una casa, pero con una poética menos tremendista y más sutil.

            El teatro tiene estas cosas. Los actores de teatro de “El ángel exterminador” de Portillo asumen con plasticidad su papel de anfitriones, hermanos incestuosos, celoso y esposa, intérprete de cello y compañera ambigua, criado solícito y dependiente, amante de anfitriona chulo, juez al que o le va todo esto y muere, el oblato, el obispo… El dios Exceso y la diosa Desmesura se pasean por las funciones del Teatro Español para “épater les bourgeois” fuera de temporada. El escándalo ha muerto decía André Bretón, pero se le convoca ante públicos nuevos.

            Blanca Portillo describe así todo este conglomerado confuso: “Pretender hacer de nuevo “El ángel exterminador” sería una tarea tan banal como imposible: El ángel exterminador ya existe, está ahí como una de las más grandes películas de Buñuel, forma parte de la historia del Cine y del Arte en general. Las herramientas del Teatro nos permiten volver a mirarla con ojos nuevos, con los ojos de hoy, acercarnos a su misterio, al hechizo que produce esa imposibilidad de salir de un recinto que en todo momento permanece abierto. Un recinto que se expande, como círculos concéntricos, desde el habitáculo más íntimo hasta las fronteras del mundo. Volver a mirar a esos personajes (espejos deformantes) y preguntarles qué nos quieren contar. Las herramientas del teatro nos permiten preguntarnos en qué medida los sucesos de la película nos afectan en el aquí y ahora de nuestro tiempo y bucear, no solo en el subconsciente del autor, sino en el nuestro propio, entrar en un mundo lleno de interrogaciones y sin apenas respuestas. Mirar el presente a través de los ojos de Buñuel”.

            No quedan claras sus intenciones en el espectáculo teatral, pero ahí están.


Ficha artística
Dirección: Blanca Portillo
Versión: Fernando Sansegundo

REPARTO:
Hugo Alcaide
Juan Calot
Inma Cuevas
Abdelatif Hwidar
Ramón Ibarra
Alberto Jiménez
Juanma Lara
Víctor Massán
Anabel Maurín
Manuel Moya
Dani Muriel
Alfredo Noval
Alex O'Dogherty
Francesca Piñon
Cristina Plazas
Camilo Rodriguez
Irene Rouco
Mar Sodupe
Mª Alfonsa Rosso
Raquel Varela



jueves, 16 de febrero de 2017

“El cartógrafo” de Juan Mayorga en el Teatro Español de Matadero, metáfora sobre el horror humano y su memoria






Julia Sáez-Angulo

            El dramaturgo Juan Mayorga es el autor y director de El cartógrafo, obra que se representa en la sala Fernando Arrabal del Teatro Español en la Naves de Matadero Madrid. Blanca Portillo y Juan Luis García-Pérez son los actores que, vestidos de rojo, ponen en pie a varios personajes  sobre un escenario despojado.

            Resulta curioso que Mayorga haya incidido en el tema de los judíos en las dos últimas obras suyas representadas en Madrid. El tema del horror del holocausto, de la gran infamia de la humanidad en el siglo XX, sirve de metáfora general. Está bien, pero el tema judío resulta tan manido en cine, teatro y TV, que uno echa de menos la visión de otros genocidios y exterminios humanos diferentes como son el armenio o el reciente de ETA en el País Vasco. (La novela Patria de Aramburu ha sido la gran sacudida de horror y degeneracón de las conciencias, precisamente por su cercanía y proximidad en el tiempo).

            Dicho esto, El cartógrafo es una buena obra de Mayorga, que se desarrolla en dos horas sin interrupción –quizás le sobren algunos minutos, máxime en una sala de elevada calefacción- donde los dos actores representan ese deseo de plasmar en mapas lo que sucede para que no sean los enemigos quienes lo dibujen.

            La trama se mezcla con las desavenencias y conflicto de una pareja de diplomático español y su esposa en Polonia, donde ella retoma la búsqueda del mapa del gueto judío en la capital polaca, un lugar de infausta memoria, desaparecido ante la avalancha de las nuevas firmas en los renovados edificios. El olvido ante la pátina del panta rhei, del todo cambia.

            Hacer visible lo que fue, lo que seguirá siendo y debe seguir siendo en la memoria, dibujado por aquellos que lo padecieron. Historia que se pierde en la posible leyenda de los hechos de un anciano cartógrafo y su pequeña nieta que le sirve de ojos y mirada ante el confinamiento del gueto y el horror de lo que allí sucede cada día.


            Los cartógrafos de esta obra señalan los puntos de interés de su corazón herido, de su interés cercano, de su horror padecido. Dos inocentes en las figuras de un anciano y una niña, que con su lenguaje de palabras y, sobre todo, de gestos ponen de manifiesto una situación de espanto en la condición humana. en el malhadado siglo XX con ecos en el siguiente.