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miércoles, 29 de abril de 2026

MES DE MAYO, MES DE LAS FLORES, MES DE LA VIRGEN MARÍA. (Cuento y debate teológico)

Castellano,  andaluz y  bilbaíno.

Virgen medieval hispánica en Madrigal de las Altas Torres.
Virgen de la Esperanza de Triana

    Julia Sáez-Angulo

                                            A don Borja

    01.05.2026.- El obispo me pidió predicar un curso de Mariología a un buen número de sacerdotes en un centro espiritual de Madrigal de las Altas Torres, Valladolid. El lugar tenía ese silencio denso de las casas de retiro, donde hasta las pisadas parecen pedir permiso. El oratorio era amplio, cómodo, con bancos de madera bien lustrados y, al fondo, un retablo que sostenía una Virgen barroca de una belleza que, sin exagerar, imponía recogimiento.

    No era una belleza fácil. No era dulzona ni complaciente. Tenía algo de gravedad en el rostro, una melancolía apenas insinuada en los ojos, como si supiera ya el destino que la tradición le había asignado. Aquella imagen no pedía halagos; pedía silencio.

    Comencé las clases explicando un documento de la Santa Sede de 2025, Mater Populi Fidelis (Madre del Pueblo Fiel), aprobado por León XIV, que insistía en un principio fundamental: la mariología debía situarse siempre dentro del misterio de Cristo y de la Iglesia, evitando tanto la exageración devocional a María, como la reducción racionalista. El documento pretende evitar el título de “corredentora”. Redentor es solo Cristo. Tampoco repetir lo de “mediadora de todas las gracias”, para utilizar fundamentalmente el gran título de la Tradición: “teotokos”, madre de Dios, o intercesora ante Dios. María es Madre de Dios, por la unión hipostática de Cristo, la unión indisoluble de Dios y hombre.

    Solo a Dios se le adora; a la virgen se la venera, como Santa María, la primera de las santas.

    Uno de los sacerdotes intervino:

—Sin embargo, la piedad popular a veces va más allá de estos límites…

—Sí —respondí—, y ahí está nuestra responsabilidad pastoral. No para sofocar esa piedad, sino para iluminarla. La fe del pueblo no es un error; pero necesita ser purificada, orientada, conducida hacia su centro, que es Cristo. Esto —continué— no empobrece a María. La sitúa en su verdad.

    Expliqué que la tradición de la Iglesia había afirmado con precisión los dogmas marianos —la maternidad divina, la virginidad, la Inmaculada Concepción, la Asunción— no como privilegios aislados, sino como expresiones del designio salvífico de Dios en Cristo. Decir que María es Theotokos, Madre de Dios, no es tanto hablar de ella —insistí— como confesar quién es Cristo.

    La mañana transcurrió con atención razonable. Algunos tomaban notas, otros asentían con gravedad, y unos pocos —los menos— mantenían esa media sonrisa escéptica de quien ya ha decidido no dejarse convencer. Hablé de la historia de los dogmas, de cómo el título de Theotokos no era un adorno, sino una afirmación cristológica decisiva. Hablé también del peligro de convertir la devoción mariana en una especie de competencia afectiva donde cada región, cada cofradía, cada sensibilidad, quiere a “su” Virgen más poderosa, más cercana, más eficaz.

    Al terminar la conferencia, cuando el murmullo comenzaba a llenar el oratorio, oí detrás de mí una conversación que me detuvo.

    Un sacerdote de Valladolid, que se sentía poco menos que anfitrión de la casa, señalaba el retablo con orgullo:

—¿Has visto qué Virgen tan hermosa tenemos en esta tierra?

    El aludido, un cura andaluz de voz cálida y gesto expresivo, inclinó la cabeza, la miró un instante… y respondió con una sinceridad desarmante:

—Hombre… es más bien fea. Tendrías tú que ver las vírgenes andaluzas.

    El castellano se quedó rígido, como si le hubieran tocado un nervio íntimo.

—Pues ésta —replicó, señalando con el mentón— en cuanto le dices una jaculatoria o un piropo de la letanía, le salen los colores. A ver si las tuyas la igualan.

    El andaluz soltó una pequeña risa, de esas que no buscan herir, pero tampoco ceden terreno.

    Yo, que escuchaba a pocos pasos, no sabía si intervenir o disfrutar en silencio de aquel duelo teológico-estético que, en el fondo, era profundamente humano. Porque no discutían de arte; discutían de pertenencia, de memoria, de infancia, de procesiones, de madres y de abuelas.

    En ese momento llegó don Aitor Echevarría, de Bilbao.

—¿De qué habláis?

Su voz tenía ese tono de quien no pregunta para saber, sino para ordenar la conversación.

    No pude escuchar la respuesta. Conocía a don Aitor. Como buen nacido en Bilbao, llevaba consigo una convicción firme —y nada discreta— de que las cosas, bien hechas, solían venir del norte, sobre todo de Bilbao. Preferí retirarme. Había en aquel intercambio algo que ninguna intervención mía iba a mejorar. Al contrario: corría el riesgo de empobrecerlo.

    Salí al claustro. El aire de Madrigal de las Altas Torres tenía una claridad seca, casi pedagógica. Me senté un momento y pensé en la conferencia de la tarde. Tocaba hablar de Iconografía mariana.

    Y entonces entendí que no tenía que “poner orden” en nada. Tenía, más bien, que abrir un espacio.

*****

Por la tarde, el oratorio volvió a llenarse. La Virgen barroca seguía allí, en su sitio, ajena a nuestras discusiones, a nuestras comparaciones, a nuestras pequeñas batallas regionales. Comencé despacio.

—Esta mañana —dije— hemos hablado de títulos, de dogmas, de palabras que intentan decir lo indecible. Esta tarde quisiera que habláramos de imágenes. Pero, antes de nada, conviene recordar algo sencillo y difícil a la vez: la imagen no es la realidad, sino su representación.

    Algunos asintieron. Otros fruncieron ligeramente el ceño.

—La imagen —continué— sirve para recoger los sentidos, para orientar la atención, para ayudar a la oración. En el caso de la Virgen, no es María. No la contiene. No la agota. Y, a veces, puede incluso traicionarla.

Se hizo un silencio más atento.

    Hablé de la ambigüedad de las imágenes en la Historia del arte, de cómo pueden elevar o distraer, sugerir o deformar. De cómo una misma advocación puede adoptar rostros distintos según los pueblos, las épocas, las sensibilidades. Una Virgen morena en Andalucía, una Virgen severa en Castilla, una Virgen casi doméstica en algunos rincones de Europa.

—Y, sin embargo —añadí— ninguna de esas imágenes es “más verdadera” que otra en sí misma. Lo verdadero está en lo que señalan, no en lo que son.

    Vi al sacerdote vallisoletano mirar de reojo al andaluz. Y al andaluz sostenerle la mirada con una media sonrisa.

—Si olvidamos esto —seguí— corremos el riesgo de hacer de la estética un criterio teológico. Y entonces discutiremos sobre belleza, como si estuviéramos defendiendo la fe. Pero la fe no depende de si la talla nos parece más o menos lograda.

Hice una pausa.

—El corazón de la figura de María en la historia de la cristiandad no está en su representación artística, sino en su relación con Cristo. Por eso el título de Theotokos, Madre de Dios, es la clave. Todo lo demás —devociones, letanías, piropos incluso— tiene sentido si nos conduce ahí. Y pierde su norte si nos aleja de ello.

El silencio ya no era solo atento; era denso.

—Podéis seguir queriendo a vuestras vírgenes —concluí—, podéis emocionaros ante ellas, discutir incluso sobre cuál es más bella. Eso es humano y, bien llevado, puede ser incluso hermoso. Pero no olvidéis nunca que la belleza que importa no es la de la madera o la policromía, sino la de lo que esa imagen os invita a contemplar.

El riesgo de nuestra predicación —añadí— no es amar demasiado a María, sino hacerlo de manera desordenada. Cuando la devoción se independiza de la revelación, se debilita. Cuando, en cambio, se arraiga en ella, se fortalece. Volvamos a las fuentes: la Escritura, la tradición viva, la liturgia. María en el Evangelio no habla mucho. Pero cuando lo hace, su palabra es decisiva: “Hágase en mí según tu palabra”. Esa es su teología fundamental.

Me levanté y me acerqué al retablo.

—Miren esta imagen —dije—. No predica por sí misma. Remite. Toda verdadera imagen mariana es, en el fondo, cristológica.

Al terminar, nadie aplaudió. Tampoco era necesario. Mientras salíamos, el cura de Valladolid se acercó al andaluz.

—Bueno… —dijo—, fea del todo tampoco es.

El andaluz sonrió.

—Y las mías… tampoco son todas guapas.

Se rieron los dos.

A unos pasos, don Aitor, el bilbaíno, observaba la escena en silencio, como si estuviera evaluando si aquello merecía su aprobación. Al fin intervino:

-Sí, pero la virgen de Begoña…

No pude oír más. Otro cura se acercó a consultarme una duda

La Virgen barroca del retablo, seguía igual: inmóvil, serena, ajena a nuestras categorías. Y quizá, pensé, ahí estaba su verdadera enseñanza.

Virgen de Begoña o Madre de Dios de Begoña. (Vizcaya).
Rosaleda del Parque del Retiro. Madrid, 2026.


lunes, 16 de mayo de 2022

"ELLA. María en el Arte Sacro Contemporáneo, exposición en Talavera de la Reina



L.M.A.

16/5/22.- Toledo.- La Delegación de Fe y Cultura del Arzobispado de Toledo se ha exposición "ELLA, María en el arte contemporáneo" en Talavera de la Reina. Anteriormente, la muestra estuvo en Toledo y cuenta con numerosos artistas de nuestros días.
    La exposición tiene como sede en el Claustro de la Colegiata de Santa María, y se podrá visitar durante un mes desde el 17 de mayo hasta el 17 de junio en un amplio horario de miércoles a domingos de 11:00 a 14:00 y de 17:00 a 20:00 hrs. y viernes y sábados hasta las 21:00 hrs.

Autores participantes

Ana de Alvear, Lidia Benavides, Jesús Carrasco, Valeria Cassina, Dalila del Valle, Carolina Espejo, Kiko Flores, Carlos Galván, Alberto Guerrero, Félix Hernández, Francisco Loma-Osorio, Ángel Lomas, Constanza López Schliting, Greta Malcrona, Juan Ramón Martín, Javier Martínez, Vicente Molina, Margarita Monroy, Matilde Olivera, Antonio Oteiza, Pablo Redondo "Odnoder", Paco Paso, Amalia Parra, Ricardo Plaza, Javier Pulido, Alfonso Salas, Ana Salguero, Javier Viver, María Yáñez, Rodrigo Zaparaín.

     Una de las obras es de Ana de Alvear formada por 40 ángeles en torno a la Anunciación, que parecen fotografías pero que son dibujos hechos a mano con lápices de colores; la escultura original de la Virgen de Hakuna de Javier Viver, símbolo de la juventud católica actual, la impactante Inmaculada de Dalila y Galván; la Dolorosa de Paco Paso y la Virgen de los no nacidos de Kiko Flores.

lunes, 9 de noviembre de 2020

Dos libros sobre María de Nazaret, figura clave del cristianismo por ser Madre de Dios





Julia Sáez-Angulo

10/11/20.- Madrid.- Dos libros acaban de salir, sobre la figura de María de Nazaret, figura clave en la vida cristiana como Madre de Dios. Ambos, editados con pasta dura excelente para su conservación, han sido publicados por la editorial PPC.

“Ahí tienes a tu madre". María Maestra de espiritualidad, 31 lecciones, del sacerdote, historiador y filósofo, Alfonso Crespo Hidalgo ofrece treinta y una consideraciones de la figura femenina y bíblica de María como madre y maestra por la contemplación de los misterios de su Hijo y estimule en nosotros el deseo de seguirle.

La escena del Calvario en la que Cristo entrega su madre a san Juan, que es como hacerlo a la humanidad entera, es el punto de partida de las distintas consideraciones que vendrán a continuación. Los misterios de María son en definitiva los misterios de Dios, en la cercanía de Dios hecho hombre: Jesucristo.

La figura de María tiene un protagonismo grande junto a la tres personas de la Santísima Trinidad, que el autor se encarga de explicar en este libro interesante.

“María como Tú”, manual de oración, es el libro de María de la Higuera González se sumerge en la Palabra divina “con una sabiduría que no es de este mundo” al decir de San Pablo. “María tiene esa sensibilidad, esa sabiduría del corazón, que le permite entender sin comprender muchas cosas. Porque, sobre todo, las cosas del corazón y aquellas que nos trascienden necesitan, para poder expresarse, recurrir a los símbolos. Metáforas”, dice Juan Antonio Paredes Muñoz, en la presentación del libro.

De María nunqvam satis, dice los teólogos. De María nunca se hablara bastante, porque es una figura hermosa, compleja y clave en la historia de la salvación de los hombres por su redentor, Cristo.


sábado, 13 de mayo de 2017

Elisa Mancini expone sus pinturas de “Madonnas” en la iglesia de Nuestra Señora de la Moraleja

Iglesia de Nuestra  Nuestra Señora 
Calle Nardo 44
La Moraleja. Madrid
Sábado 13 de mayo, de 19,00 h a 21,00 h
Domingo, 14 de mayo, de 10,00 a 14,00 h.

                                         Elisa Mancini





L.M.A.

            13/05/17 MADRID .- La pintora ítalo -española Elisa Mancini expone sus pinturas de “Madonnas” en la iglesia de Nuestra Señora de la Moraleja (Lobby de Oficinas), bajo el título de “La Virgen de las Vírgenes”. Se trata de un soberbio político de pequeños cuadros al óleo y técnicas mixtas, con distintas advocaciones de la Virgen, que se ofrecen por separado a los coleccionistas que deseen adquirirlas. Pintura ingenuista y sabia al mismo tiempo.

            La autora ha dedicado su recaudación  -con precios razonables- a una causa solidaria. La comisaria de la muestra es Ana Queral, directora del taller Casa del Sol, donde se han pintado las imágenes.

"No se hablará bastante"

            Julia Sáez Angulo, miembro de la Asociación Española de Críticos de Arte ha escrito para la exposición un texto en el que dice:

            "De María nunquam satis. De María nunca se hablará los suficiente, dicen los teólogos. La figura de María es clave en la historia de la Humanidad, por ser asiento de la Sabiduría y Madre del Redentor de los hombres. Dos momentos clave: En la Anunciación, todo pendía del Fiat de aceptación de María; en la Encarnación, el Verbo se hizo carne en sus entrañas y todo cambió por ella nos entregó al Hijo de Dios.


            De María sabemos cuatro verdades de fe, según el Catecismo: su concepción inmaculada, su virginidad, su maternidad divina y su asunción a los cielos. Así lo enseña el catecismo.

            Elisa Marino Mancini (Palermo, Nápoles. Italia, 1934) pintora italiana, residente en Madrid, conoce y venera la figura de María, por eso le gusta pintarla una y mil veces sin cansarse. La Madonna, como se la llama en Italia, adquiere en sus lienzos y pinceles una gracia especial, cordial, cercana… La ha representado en diversas advocaciones españolas, hispanas, italianas…

La iglesia de Nuestra Señora de la Moraleja le ha dado la ocasión de mostrarlas. El deseo de la pintora es que cada una de estas imágenes presida con honor nuestras estancias. El icono sagrado nació para facilitar la devoción de los creyentes".




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viernes, 1 de noviembre de 2013

Pitita Ridruejo, autora del libro “La Virgen María y sus apariciones”


 

Julia Sáez-Angulo

 
         La Virgen María y sus apariciones es el título del libro de Pitita Ridruejo, una gran creyente y devota de la madre de Dios, que ha sido publicado por la editorial Espasa en la colección Boreal. El volumen lleva una serie de fotografías de la autora en distintos santuarios marianos, así como fachadas de edificios de templos dedicados a María.

          El libro se divide en los apartados: La figura de la Virgen maría; Apariciones marianas aprobadas por la Iglesia; Apariciones marianas en vías de estudio, y Un caso especial interés: la Cruz gloriosa de Dozulé.

La Virgen María y sus apariciones lleva una presentación de José Luis López González, estudioso de las apariciones marianas, en la que recuerda que “la autora es respetada mundialmente por sus conocimientos sobre las manifestaciones terrenales de la Santísima Madre de Dios y madre nuestra. Ahora está trabajando para conseguir que se proclame el quinto dogma mariano, que declara a la Virgen María Corredentora del género humano junto a su Hijo Divino”.

          Las conferencias marianas de Pitita Ridruejo -dama de la Corte de Honor de la Almudena- por toda España fueron muy concurridas por el interés ante el tema y la personalidad de su autora. El papa Juan Pablo II la recibió en audiencia y la animó a seguir hablando de la Madre de Dios, gran intercesora de los hombres. La Omnipotencia Suplicante, que denominan algunos teólogos.

         En el prólogo, Pitita Ridruejo habla de su primera asistencia a las apariciones de El Escorial –a requerimientos del jesuita Padre Pilón- y cómo contempló la denominada “danza del sol” que se vio por vez primera en Fátima (Portugal) el 13 de octubre de 1917.

La profesora Elvira Soriano pintó un cuadro de la Virgen de El Escorial, según las indicaciones de la vidente Luz Amparo, ya fallecida.

Fue a partir de este hecho escurialense cuando la autora comenzó a indagar e investigar sobre las apariciones de María a los hombres, hasta recabar una información documental que le ha dado forma amena y divulgable en este libro.

El santuario de Medjugorje, en la antigua Yugoslavia, es últimamente uno de los lugares marianos más visitados en el mundo por la multitud de milagros que en él se produces, sobre todo espirituales.

Pitita Ridruejo está casada con el embajador Stilianopulos.

        

        

 

sábado, 26 de mayo de 2012




ICONOGRAFÍA MARIANA DE LAS VÍRGENES DE MADRID




Julia Sáez-Angulo


         La critica de arte y experta en Arte Sacro, Elisa Sáez de Slöcker (La Rioja, 1950) ha impartido una conferencia en el Aula de San Ginés en Madrid. Su exposición titulada “Vírgenes de Madrid. Historia y Tradición” ha sido un recorrido por la iconografía de las distintas imágenes de Nuestra Señora en la capital de España, principalmente por las advocaciones de la Almudena, Atocha, Paloma, Lis, Valvanera y de Madrid. El acto se inscribe dentro del programa de la Fundación Anima Artis.

         “Verdad, belleza y arte” constituyen un triángulo decisivo a la hora de abordar el tema, señaló la conferenciante, subrayando la idea de arte y fe en la presencia y aparición de las imágenes de la Virgen. Recordó la “Carta a los Artistas” de Juan Pablo II como un documento clave para entender el arte religioso y repitió las palabras de Benedicto XVI de que “el arte es más importante que la palabra (con minúscula)”.

         Sáez de Slöcker habló de los símbolos y sus significados a la hora de identificarlos en las imágenes: la manzana en la mano de la Virgen viene a significar la nueva Eva; la piña, la unidad de la Iglesia; la granada, la abundancia del fruto; los lirios, la castidad; el pajarillo, el anuncio de la primavera de la salvación; la flor de lis, la Trinidad o las rosas blancas, rojas o amarillas, la pureza, la redención y la penitencia, respectivamente.

         También habló del distinto simbolismo de los brazos abiertos del sacerdote como oración, los brazos abiertos con las manos hacia abajo como bendición; la mano del Niño con los dedos índice y corazón haciendo una uve, señal de victoria de la Iglesia, o con el pulgar, también abierto, en señal de bendición trinitaria.

         Recordó las leyendas y tradiciones de la Virgen de la Almudena, aparecida en la muralla de Madrid, procedente quizás de una antigua iglesia mozárabe, a la que siguió una mezquita y seguidamente otra iglesia; de los frescos de la Virgen de Lis, en la cripta de la catedral de la Almudena; de la Virgen de la Paloma, con culto popular en Madrid desde el siglo XVIII; la Virgen de las Carboneras, una Inmaculada Concepción en la iglesia del Corpus Christi;
También destacó a la Virgen de Valvanera en San Ginés, que dio nombre a la tercera carabela de Colón “Santa María de Valvanera”, a la Virgen de las Tribulaciones, imagen neoclásica del XIX; la Virgen de Atocha, cercana a la monarquía española, a quien se ofrecen los Infantes cuando son pequeños o de Nuestra Señora de Madrid, del siglo XVI, al parecer robada en su día de una ermita de Toledo.

La conferencia fue seguida de una visita a la iglesia de san Ginés, donde la conferenciante explicó los símbolos que lleva la Virgen de Valvanera (roble, abejas, Niño vuelto) y la capilla del Santísimo con los arcángeles de Antonio de Pereda, los cuadros de  Corrado Giaquinto y el Cristo “vivo”, con los ojos abiertos y sin lanzazo, que preside el altar.



lunes, 30 de abril de 2012


ICONOGRAFÍA MARIANA EN LA CIUDAD DE ROMA


Julia Sáez-Angulo





Italia es la patria de la gran pintura occidental y dentro de esta pintura destaca la Madonna como imagen querida y repetida en la iconografía de iglesias, colecciones, museos y calles en la capital Roma. Se cuentan por decenas las imágenes de la Virgen María que “pueblan” los muros, fachadas y esquinas que ornan la Ciudad Eterna, una capital que contiene dos grandes basílicas –entre muchas iglesias- dedicadas a la Madonna: Santa María la Magiore y Santa María sopra Minerva.

La belleza de estas Vírgenes “callejeras” se muestran en los materiales más diversos: mármol, piedra, cerámica, teselas de mosaicos, pintura… Unas  imágenes van al aire y otras en fanales de cristal que se iluminan en la noche.
Unas quinientas imágenes marianas salen al paso de los viandantes romanos o visitantes de Roma, entre las que destaca la Madonna de la Salud del pueblo romano, porque la tradición cuenta que salvó a la ciudad de la peste y todos los habitantes le quedaron agradecidos. Al parecer el número de imágenes romanas en el exterior de las casas llegó a superar las dos mil, si bien se fueron perdiendo a lo largo de los años a medida que se restauraban los muros.

La hornacina situada en la plaza de las Cinco Lunas se puede limpiar desde dentro de la fachada del edificio, por lo que san Josemaría Escrivá quiso adoptar el mismo sistema cuando se instaló una Virgen al estilo romano en la fachada de Villa Sachetti, casa central de la prelatura del Opus Dei en el Parioli de Roma.

No hay iglesia o museo en Roma donde no brille una Madonna, desde la “Pieta” de Miguel Ángel en la basílica de San Pedro, hasta Santa María dei Monti, Santa María dei Miracolli o Santa María de Montserrat de los Españoles, donde reposaron los restos de Alfonso XIII hasta su traslado a El Escorial.

El pueblo romano, tan devoto de la Madonna, recurre a ella en los momentos clave de la necesidad en su historia. Es un pueblo que así se siente bien ornado y bien protegido.

         

miércoles, 27 de abril de 2011

Carmen Pinteño pinta y expone los “Misterios” sobre la vida de Cristo




“Misterios”
Carmen Pinteño
Centro Unicaja de Cultura
Paseo de Almería
Almería
Del 7 de abril al 28 de mayo, 2011



Julia Sáez-Angulo


Carmen Pinteño (Huércal-Overa, Almería) expone su serie pictórica “Misterios” en el Centro Unicaja de Cultura de Almería. Una relación de veinte grandes cuadros que narran la vida de Cristo en la tierra, siguiendo el ritmo de los misterios del Rosario, tal y como los reza la Iglesia.La muestra viajará seguidamente al Audotorio de Roquetas de Mar.

Pinteño es una pintora muy respetada en los ambientes artísticos, con una trayectoria cuajada de reconocimientos profesionales, que van desde la repetición del primer premio de Bellas Artes Jesús de Perceval o el premio Bayyana, hasta los primeros galardones en el Homenaje a García Góngora o invitada de honor a diversos certámenes.

La pintora almeriense ya había realizado diversas series monográficas en su obra, siempre referidas de uno u otro modo a su tierra de Almería, como son las del poeta Federico García Lorca (1999); Idalecio, personaje almeriense o el Parque de Cabo de Gata (2008). Trabajadora incansable, esta mujer que supera los 60, fue elegida entre los 100 almerienses del siglo XX, después de ser considerada “almeriense del año” en 1979.

En su haber hay más de cien exposiciones individuales en las que ha podido contrastar su obra con la crítica y el público. Se sabe que ha vendido muchos cuadros, pero que guarda a su vez en su estudio casi un millar, con las series que no desea disgregar salvo para un espacio conjunto. Algunas pinturas no las vende mas que por series completas, como sucede en el caso de los “Misterios” (piezas al óleo sobre acrílico de 163 x 163 cm.), cuadros dignos de figurar conjuntamente en una colección particular o museo sacro.

La pintura figurativa de esta pintora, de cierto aire mural, se caracteriza por la figura de personanes cotidianos, sin caer en el costumbrismo, ya que utiliza tipos humanos comunes como personajes bíblicos, que bien pudieran proceder de un ámbito rural o humilde. Rostros de hombres y mujeres contemporáneos, en algún caso trascendidos por la magia e ilusión que confiere la congelación de la pintura.

Esta figuración cotidiana, en principio muy sugerente, puede restar en algún momento sentimiento ascético o místico que se espera de una pintura dedicada a escenas sagradas, máxime cuando la autora, en la mayoría de los casos no ha querido colocar el halo de resplandor o santidad sobre los personajes clave de la historia de Cristo, por eso, algunas escenas se quedan ligeramente cotidianas sin perder el encanto, como sucede en la Visitación de la Virgen y santa Isabel, donde se produce el encuentro de dos jóvenes sin que se adivine sentimiento sagrado alguno.

Una Madre-Virgen galactosa
En otras escenas sin embargo hay una actitud más espiritual como sucede en “El nacimiento”, donde una Madre que amamanta –siguiendo la tradición de Vírgenes galactosas- lo hace en una actitud recogida, al igual que los otros personajes que rodean la escena, si bien cuesta un tanto ver en ese cuadro la Navidad, ya que los tipos masculinos son en exceso cotidianos. Algo similar cabe decir de “La boda de Caná”, con un novio encorbatado.

Sin duda la pintora ha querido trasponer las escenas bíblicas a un parangón de los hombres de hoy, como hicieran los autores clásicos en los cuadros de las escuelas española o italiana a la hora de representar los personajes de la Sagrada Escritura, protagonistas de los denominados “Misterios” gozosos, luminosos –codificados estos últimos por Juan Pablo II-, dolorosos y gloriosos del rosario, sino escenas paralelas contemporáneas.

No ocurre lo mismo con el “Bautismo de Cristo”, uno de los cuadros más logrados en cuanto a sacralidad, ya que el Espíritu Santo en forma de paloma y con rayos luminosos desde el cielo alumbra la escena de un casi nocturno, con dos hermosos personajes masculinos: Cristo y san Juan Bautista. La tonalidad de azules, verdes y negros le confiere un ambiente de recogimiento e intensidad espiritual sumamente interesante.

Bello también el cuadro de “La Asunción”, con una composición magistral en triángulo de la Virgen y los ángeles que la elevan al cielo. El cuerpo de la Mujer tiene una clara solidez, casi escultórica, a la vista del espectador, si bien su rostro es macilento como la muerte, sin atenerse al tránsito o dormición que le atribuye la tradición cristiana.

En suma, los “Misterios” de Carmen Pinteño constituyen una serie audaz, interesante, bien dibujada y pintada, muy sugerente ante los espectadores que visitaban la muestra. Las objeciones que puedan oponerse a sus cuadros son meramente subjetivas, de tono menor y están en el ánimo de quien las mira, pero ciertamente no en la voluntad de su autora, una gran artista que sin duda logró lo que buscó: reservar los colores y las luces para los personajes sagrados.

Mención aparte merecen su “Pentecostés”, un soberbio estallido en rojos o su “Crucifixión”, compuesta en diagonal para una mayor ocupación del espacio pictórico. Al pie de la cruz están los pecados de los hombres con una sutil y singular presencia del collage.

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miércoles, 13 de abril de 2011

El pintor RoFer se decide a hablar de un milagro del padre Rubio y le dedica dos cuadros



L.M.A.




"Después de 26 años, el pintor Roberto Fernández (RoFer) se decide a hablar y testimoniar el milagro experimentado por intercesión del santo José María Rubio, en la persona de su hija. Además, ha cumplido la promesa de realizar dos retratos del santo jesuita, tras la curación de la niña y que todavía no había cumplido
La historia se remonta al año de la beatificación del popularmente conocido en Madrid como padre Rubio, 1985, mientras el escritor y jesuita Pedro Miguel Lamet, a la sazón director de la revista católica Vida Nueva, escribía la biografía del sacerdote almeriense ya canonizado", informa Zenit.

Lamet recoge el suceso en el apéndice de su libro De Madrid al cielo, primera versión de la biografía del beato José María Rubio (Sal Terrae, Santander, 1985).

La portada de dicho libro es del dibujante RoFer (portadista, dibujante de prensa y televisión, ya jubilado). Por dicha portada pensaba cobrar 150.000 ptas, pero tras la curación de su hija, después de pedir la intercesión del santo, regaló el diseño de la cubierta a la Compañía de Jesús.

Veintiséis años después, se ha vuelto a poner en contacto con el biógrafo para acabar de cumplir la promesa que le había hecho al padre Rubio: pintarle un retrato a la acuarela y donarlo a la Compañía de Jesús.


Lo que sucedió

El 10 de julio de 1985, se le encargó a RoFer la portada del libro, y esa misma tarde abocetó la misma. Representa a un padre pidiendo la intercesión del padre Rubio por un niño que aparece descalzo. El viernes 12 de julio marcha de viaje para pasar unos días de vacaciones con su familia en Campello, Alicante, adelantándose un día, por puro despiste, a la fecha en que había señalado que llegaría.

Esto le permitió asistir al accidente de su hija Patricia de once años que, jugando con unas amigas al juego del látigo, cayó al suelo y dio con la nuca en el suelo quedando semiinconsciente, y con síntomas de parálisis en los miembros superiores.
Fue trasladada a la Clínica Velázquez en San Juan, Alicante, donde los médicos le confesaron que estaban asustados y pensaban que la niña no iba a salir con vida. En aquel momento, el padre se acordó del padre Rubio y le prometió no cobrar nada por la cubierta de su biografía si intercedía ante Dios para que su hija se curara.
Su esposa, además, prometió volver a acudir a misa. La niña fue trasladada al hospital de la Seguridad Social de Alicante y se recuperó en una hora sin la menor lesión.

El 30 de julio, RoFer entregó el dibujo para la portada renunciando a su cobro y a todos los derechos de autor.

Por otro lado, recuerda que años antes había ilustrado un reportaje sobre un milagro del padre Rubio para la revista Semana, donde había dibujado al jesuita junto a una niña que estaba como muerta. Era la representación de uno de los milagros que sirvieron para la beatificación, el de la niña de Aranjuez María Victoria Guzmán.
Para dicho dibujo, utilizó una cartulina azul que tenía prohibido usar a sus hijas y que creía estaba nueva. Al terminar el dibujo observó que por detrás de la misma estaba escrito el nombre de Patricia, su hija la que tuvo el accidente. Era una anotación de su otra hija.

Patricia, con el tiempo, llegaría a estudiar brillantemente en el Instituto Católico de Administración y Dirección de Empresas (ICADE), de los jesuitas, y hoy es ejecutiva de un destacado banco.

Padre Rubio

José María Rubio, el llamado “apóstol” de Madrid nació el 22 de julio de 1864 en Dalías, Almería. Era el mayor de doce hijos y tuvo una infancia campesina. A los once años ingresó en el Seminario de Almería. En 1879, empezó sus estudios en Granada donde le apadrinó y protegió el canónigo, y luego vicario de Madrid, Joaquín Torres Asensio del que dependerá hasta su muerte.

En 1886, se trasladó a Madrid donde acabó sus estudios en el seminario diocesano y fue ordenado sacerdote en 1887. Su primer destino fue la parroquia de Chinchón, Madrid, donde empezó su entrega a los más pobres y necesitados y luego sería párroco en Estremera, Madrid. En 1893, es capellán de las religiosas cistercienses conocidas como Bernardas de la madrileña iglesia del Sacramento.

Comenzó a trabajar en los suburbios de Madrid con traperos y golfos. En los barrios de Entrevías y La Ventilla, fundó escuelas, predicó la palabra de Dios y formó a muchos cristianos. Su labor en el confesionario comenzó a hacerle famoso.
En 1904, viajó a Tierra Santa, lo que le marcó profundamente y tomó la decisión de hacerse jesuita, hecho que se produjo tras la muerte de su mentor.

Entró en el noviciado jesuita de Granada, en 1906, con 42 años. Tras su formación en la Compañía, a partir de 1911, residió en la casa profesa jesuita de Madrid, calle de la Flor Baja, donde realizaba su conocida labor de confesor --en la cola algunos llegan a “vender el puesto”--, y sigue trabajando con los pobres y marginados. Su fama de santidad iba creciendo mientras el eco de sus milagros se extendía por la ciudad.

Murió con mucha sencillez, como le era propio, el 2 de mayo de 1929 en Aranjuez. Más de dos mil personas acudieron al sepelio.

Su fuerza interior estuvo siempre apoyada en sus tres grandes referencias: el Sagrado Corazón, la Virgen María y San Ignacio de Loyola. Las tres curaciones más fulminantes, calificadas de milagros, datan de 1944, 1953 y 1987, ésta última en la persona del jesuita José Gómez-Muntán, que fue curado de un cáncer.

El 6 de octubre de 1985, Juan Pablo II le beatificó en Roma, junto a otros dos jesuitas, el hermano Gárate y Diego Luis de San Vitores. El 4 de mayo de 2003, el Papa Juan Pablo II le canonizó en Madrid junto a otros cuatro beatos españoles, durante su quinto viaje a España.

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