lunes, 24 de septiembre de 2018

Julieta Serrano, Premio Nacional de Teatro 2018

Concedido por el Ministerio de Cultura y Deporte, está dotado con 30.000 euros


§ El jurado ha destacado “por su incansable búsqueda artística e intelectual, el compromiso y su generosidad en el trabajo, su cercanía y su incalculable talento interpretativo”

L.M.A.

24 de septiembre de 2018. Julieta Serrano ha obtenido hoy el Premio Nacional de Teatro correspondiente a 2018, que concede anualmente el Ministerio de Cultura y Deporte y está dotado con 30.000 euros.

El jurado ha concedido este galardón a Julieta Serrano “por su participación en Ricard III (Teatro Nacional de Cataluña) y Dentro de la tierra (Centro Dramático Nacional) –un clásico y un texto de nuestra autoría contemporánea- ejemplo de una vocación sostenida en más de 60 años de progresión, marcada por la incansable búsqueda artística e intelectual, el compromiso y su generosidad en el trabajo, su cercanía y su incalculable talento interpretativo”.

Biografía
Julieta Serrano (Barcelona, 1933), una de las actrices más veteranas de la escena nacional, se inició en el mundo de la interpretación a través de las clases de teatro en el Liceo de Barcelona, a las que comenzó a acudir siendo una adolescente. En sus inicios, trabajó en distintos grupos amateurs y realizó varias obras de teatro infantil. Se dio a conocer en los escenarios madrileños con La rosa tatuada, (1958) de Tenessee Williams, bajo la dirección de Miguel Narros. A lo largo de sus 60 años de carrera ha protagonizado más de una treintena de obras de Shakespeare, Lope de Vega, Valle-Inclán y García Lorca, entre otros. Creó su propia compañía teatral con la que realizó montajes como La profesión de la señora Warren, de Bernard Shaw. Asimismo, participó en clásicos como Medea y  Electra en el festival de Mérida.
Asimismo, ha trabajado con destacados nombres de la escena contemporánea como Eduardo Vasco, José Carlos Plaza, Gerardo Vera, Calixto Bieito, Natalia Menéndez y Sergi Belbel.

Además de ser una de las actrices decanas del teatro nacional, también ha trabajado en televisión y posee una extensa filmografía, especialmente vinculada a Almodóvar, con quien ha rodado algunos de sus títulos más emblemáticos comoMujeres al borde un ataque de nervios y Entre tinieblas. Junto al director manchego volverá a trabajar en su próxima película Dolor y gloria.

Serrano fue la primera galardonada con la Biznaga de Plata del Festival de Málaga (2015) y ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Toda una vida de la Unión de Actores (2013), el Premio Sant Jordi A toda la carrera (2012) y sendos Max por su trabajo en La casa de Bernarda Alba y Divinas Palabras


El Jurado
El jurado, presidido por la directora general del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (INAEM), Amaya de Miguel, y el subdirector general de Teatro del INAEM, Fernando Cerón Sánchez-Puelles, como vicepresidente; ha estado compuesto por Xavier Albertí Gallart, director artístico del Teatro Nacional de Cataluña; el periodista Jacinto Antón de Vez Ayala Duarte, el dramaturgo y poeta Alberto Conejero López, la directora del Teatro Español Carme Portaceli Roig, la directora de Artes Escénicas del Teatro del Bosque (Móstoles), María del Pilar Sánchez de la Cruz, la directora del Instituto de Estudios de Género de la Universidad Carlos III, Rosa San Segundo Manuel y el dramaturgo y director de escena Miguel del Arco Herrera, que asistió en representación de Kamikaze Teatro, galardonados el año pasado con Premio Nacional de Teatro.

Premiados en ediciones anteriores
Entre los premiados en las últimas ediciones se encuentran Ramón Fontserè (2000), Fernando Arrabal (2001), José Luis López Vázquez (2002), Gustavo Pérez Puig (2003), José Monleón (2004), la Compañía Animalario (2005), José Mª Pou (2006), Juan Mayorga (2007), Atalaya TNT - Centro de Arte y Producciones Teatrales (2008), Vicky Peña (2009), la Compañía Teatro La Zaranda (2010), Juan Gómez-Cornejo (2011), Blanca Portillo (2012), Ramón Barea (2013), la compañía Chévere (2014), Pedro Moreno Campos (2015) y Concha Velasco (2016) y Kamikaze Teatro (2017).

domingo, 23 de septiembre de 2018

RETRATOS: Noel Vanososte, jinete, arquitecto y pintor, uno de los venezolanos ilustres en España


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"Conversación, pintura de N. Vanososte

 Noel Vanososte entre Mayte Spínola y Eugenia Niño



Julia Sáez-Angulo


            23/09/18 .- MADRID .- Compitió como jinete desde 1948 hasta 1985. Ganó 11 campeonatos nacionales, 7 subcampeonatos y en 3 ocasiones el Clásico Simón Bolívar. En suma, ha participado en campeonatos Centroamericanos, Bolivarianos y Panamericanos. Fue presidente de la Federación de Deportes Ecuestres en los periodos 1978–80, 81–83 y 90–91. Fue miembro del Comité Organizador de los Panamericanos Caracas 1983 y fue electo Atleta del  año en 1964 y 1968. La condecoración la recibieron su hijo y su nieto con el mismo nombre de Noel Vanososte.

            Con todo este curriculum hípico, no podía menos que estar cerca de S.A.R. la Infanta Doña Pilar, miembro honorario del Comité Olímpico Español, COE, e Internacional. La reina Isabel II de Inglaterra –familia ecuestre donde las haya- lo aprecia mucho y se cuenta con él siempre en importantes arbitrajes sobre hípica.

            La titulación académica de Noel Vanososte Molina (Caracas, Venezuela, 1930 ) es de doctor en Arquitectura, y como todo profesional de este arte del espacio y la función, que dibuja muy bien, se sintió tentado por otras artes visuales como la pintura y la fotografía. De ambas ha hecho exposiciones en Madrid, la más reciente de pintura en la galería Vuela Pluma de otra conocida venezolana, Eugenia Niño, que tiene su espacio en la céntrica calle san Lucas y la dirige junto a su hija Gema de Suñer, con una interesante labor editorial en su haber.

            Las obras de Vanososte ya se han cotizado ya en subastas internacionales. Su pintura juega con el color, la abstracción y el gesto; su fotografía con el paisaje natural, urbano y humano.

            La venezolana Eugenia Niño fue también la galerista que expuso por primera vez en el año 1971 la pintura gestual de Mayte Spínola en la galería Sen, que entonces dirigía. Los venezolanos en España, casi todos ellos con doble nacionalidad venezolana/española, dan mucho juego en el arte; el caso más reciente lo hemos visto en el escultor Antonio Azzato, creador de la singular proyecto/exposición de Meninas en las calles de Madrid, en la que participaron numerosos miembros del Grupo pro Arte y Cultura, PAC, fundado por Mayte Spínola, que también mostró su Menina con la bandera de España.

            Otros venezolanos de pro dentro del PAC: Pedro Sandoval, recién nombrado director del Grupo y Juan Gerstl, que realiza una pintura geométrica en la mejor línea de la escuela venezolana de Jesús Rafael Soto y Carlos Cruz-Díez. Nuestra querida Solita Cohen, vicepresidenta para Iberoamérica del PAC, también nació en Venezuela, si bien se nacionalizó colombiana y reside a caballo (nunca mejor dicho) entre Bogotá y Madrid. Su colección de arte es envidiable y así se puso de manifiesto en la pasada edición de la feria de ARCO 2018.

            Volviendo a Noel Vanososte, patrono del Museo Mayte Spínola de Arte Contemporáneo en Marmolejo (Jaén), también miembro del PAC, es habitual participante en las exposiciones y donaciones del Grupo en castillos y museos, así como en los encuentros de arte en La Escorzonera, junto a su esposa, la coleccionista venezolana Marión Cisneros. Noel tiene buen talante, buen  trato, buen humor y saluda siempre con atención y cordialidad. Se le agradece.


Más información








 Pintura de Vanososte

 Vanososte y Mayte
Noel Vanososte y Aracely Alarcón

Francisca Artigues expone los dibujos bordados con los diseños de su hijo Miquel Barceló


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 Francisc Artigues y la pintora Cuchi de Osma /dcha. a izda.)



Julia Sáez-Angulo


            23/09/18 .- MADRID .- Francisca Artigues (Mallorca, 1926), madre del pintor Miquel Barceló presenta sus trabajos de bordado mallorquín sobre diseños de su hijo en el  Jardín Botánico de Madrid. La muestra ha sido organizada por La Fábrica, que presenta “Vivarium” un libro de fotografías de Jean Marie del Moral con ese trabajo a cuatro manos.

            Un total del 13 bordado y 30 dibujos, entre ellos un tapiz de 4 x 3 m, que refleja el universo y bestiario de Miguel Barceló hecho textil, hilo y bordado de una mujer con manos prodigiosas, en una tradición de mujeres laboriosas en el bordado.

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            Mi madre me enseñó a ser pintor, ha declarado Miguel Barceló, quien prepara un libro sobre Fausto  y dos exposiciones para Madrid y para Japón.



Hernán Valladares Álvarez: “Volverás al polvo desde el polvo”



  Sentimiento y esperanza en una poesía valiente

Hernán Valladares Álvarez



Manuel Quiroga Clérigo

23/09/18 .- MADRID .- “Meditabundo y ebrio como un topo/renazco entre algodones y azucena”, escribe al comienzo de un soneto Hernán Valladares.
Sus versos forman, en este caso, el libro “En honor de la verdad”, publicado por Editorial Praxis en la Ciudad de México en el año 2013.
Valladares nació en Madrid en 1970, vivió de niño junto al mar en la casa familiar en Poo de Llanes (Asturias). Pasó por la Universidad Darmont College de New Hampshire donde impartió clases de Lengua y Literatura Española como Profesor Visitante, yendo posteriormente a Salamanca donde escribió su tercer poemario, el titulado “Las horas y hombres” . Poco después logró instalarse con su esposa en Asturias y allí nacieron sus dos hijos, en 2002 y 2006, viviendo en Las Caldas, a 9 kilómetros de Oviedo.
Sus padres procedían de México y a aquel país se trasladó él mismo. Valladares había tenido un accidente de motocicleta a los 20 años, pero un segundo percance de gravedad acaeció en Querétaro a los 42 año y, a consecuencia del mismo, con una lesión medular a la altura de la quinta cervical C5 permaneció en el Hospital de Parapléjicos de Toledo durante 9 meses, siendo dado de alta en 14 de febrero de 2014. Desde entonces y con determinadas ayudas mecánicas y familiares y una vivienda adaptada se encuentra domiciliado en Madrid a la vez que mantiene sus proyectos literarios y su tarea de escritor, se esfuerza en dotar a sus versos buenos sentimientos y delicada esperanza y, al tiempo, acude a actos, conferencias, presentaciones de libros, lecturas. Entre sus lecturas, los tratamientos precisos para su tetraplejia y mantiene sus ideas y planificación para dar a la luz determinados ensayos y su propia autobiografía marcada por el último desgraciado accidente y las consecuencias hospitalarias y de recuperación para su estado postraumático
Ha publicado novelas como “El hombre diminuto” en 2011, “Dioses y mosquitos”, “Tres domingos” o el libro de cuentos titulado “Narraciones de la carpeta larga”. Es autor de otros poemarios como “El juglar del Apocalipsis”, “Vidrieras”, “La sombra luminosa” y el ya mencionado “En honor de la verdad”, con una entrañable dedicatoria: “A Luis Martín de Mingo; Luisón: ¡las cosas que hemos visto!”.  Ha dirigido la revista “Voz y letras”, ha llevado a cabo lecturas propias en el Instituto Jovellanos.
El poemario que deseamos comentar se abre con unas palabras del autor: “El tiempo pasa y las aficiones literarias persisten contra la implacable realidad de los días. Uno, por puro transcurso de las estaciones, va madurando; sí, nos vamos poniendo viejos….”. Y al final de estas, del resto de estas, palabras Valladares escribe: “Quiero agradecer a Carlos López, editor, poeta, ensayista y profesor de la UNAM, publicación de este libro”. Todo ello nos permite conocer a un interesante autor que, efectivamente, en sus versos deja patente sus ideas de querer seguir viviendo en un mundo donde el sentimiento y la esperanza dentro de una poesía valiente, bien construida, musical y capaz de rejuvenecer al lector y de hacernos remontar por encima de la falta de concordia que reina en el planeta. El poeta Tomás Segovia, también afincado en México durante largos años donde ejerció la docencia, nos decía que “la poesía consiste en expresar un estado de ánimo por parte del poeta, una manera discreta de ver la vida, una forma de enfocar la existencia”, cuestiones que Valladares lleva a sus últimas consecuencias en sus varios libros de versos.
A veces sólo un puñado de poemas son capaces de dar la idea cabal del buen quehacer de un poeta que, en casi 50 páginas, nos permite a la ideología lírica de una poesía joven y dinámica que, como reza el título, se predica ese “honor de la verdad” y lo es desde las primeras páginas donde tenemos el poema “Adivinación del poeta”: “Las dotes adivinatorias del poeta/no se fundan en esqueléticos argumentos./La gran bola del mundo gira en sus manos/declarando frágil/su verdad y su futuro cristalinos”. Y es que esta, rara y enormemente gratuita, profesión de poeta, creador de los espacios invisibles y saludables de la fantasía y los afectos suelen verse apoyados por esas dotes adivinatorias acerca del futuro, del amor mejor o peor correspondido o de la necesaria búsqueda de la verdad que otros habitantes del mundo peregrino, digamos políticos o secuaces del poder, son incapaces de hallar. El mencionado Segovia afirmaba que en “la poesía se contiene la única verdad”. Tal vez por eso, atendiendo a cuestiones semejantes, es por lo que Valladares ha escrito este libro, reflexivo, vivaz.
“La vida de los hombres,/ en fin, este monótono/golpe de cadencias/y ritos más o menos laborales/no tiene otro asidero que destrazar cualquier arquitectura/trascendente, más allá de donde llega/un proyecto, una idea un horizonte”, escribe en el segundo poema y en el tercero recuerda que “El león, magnánimo de crueldad,/siente también el miedo”. Ciertamente vivimos en sociedades acosadas, perturbadas, comercializadas, asfixiadas. Apenas somos capaces de sobrevivir entre tanta carestía, violencia, ultrajes. No es difícil sentir miedo al lado de las sombras y lo putrefacto. Borges dijo que “La vida no es un sueño, pero puede llegar a ser un sueño”. Esperemos que no sea infernal, doloroso. Por citar una sólo advertencia nos dejamos arrullar por las insistentes palabras de Hernán Valladares cuando título a su poema siguiente “No descuidar la alegría”, aunque enseguida vuelve a recordar el miedo del león que, a pesar de simular “desdén en el umbral” todavía presiente que el peligro puede estar latente en cualquier momento, en cualquier lugar: “Qué será si algún día el descampado/se extiende más allá de lo visible”. No obstante, o mientras tanto, escuchemos a Antonio Porpetta que se preguntaba “¿Qué reflejo de amor os dio la vida?”, y seguir atendiendo a los enigmas de la existencia.
La poesía de Valladares es rotunda, con esa capacidad de enternecer, y animar a los demás a luchar por esa verdad que se podría encontrar, únicamente, en los ámbitos de la concordia, aunque, seguramente, precisemos más de parábolas que de realidades para entender el berenjenal en que nos hemos metido, o sea en la vida, a la cual nadie nos había llamado salvo una serie de condicionantes físicos que no aseguran más que un final infeliz. Y es que siguiendo a San Lucas solamente algunos pueden conocer determinados misterios, a otros se les, se nos, permite conocerlos “sólo en parábolas, de manera que viendo una no vean y oyendo no entiendan”. Y, ahí, vuelven los versos de este libro, precisamente el titulado “La última cena”: “Sólo quiero en la hora de esta noche/vuestros ojos, amigos y gozar/en la boca la verdadera fiesta/de un banquete final, sin más futuro, /de un banquete final ante la gloria”. Es como reivindicar unos minutos de paz después de tantos siglos de ingratitudes. A eso se apunta un buen poeta barcelonés en un poemario glorioso titulado “La antigua luz de la poesía”: “Amor a la poesía. Amor a la vida. /Amor al amor. Amor, todavía,/tras tantas heridas. Amor.”. Será cierto, pues, que sólo el amor nos salva. Y llega, de la inspiración de Valladares el poema “La verdad absoluta”, oda un poco amarga a la realidad de un planeta en descomposición, de un mundo a la deriva, angustiado ante los oropeles y la felicidad de cartón que encontramos aunque nos habían ofrecido otra cosa. Es esa verdad que, lamenta el poeta, es capaz de deslumbrarnos aunque él, astutamente, exclame: “…me quedo con mi luz entre las sombras”.”.
Y, así, van transcurriendo los momentos para la ira, los instantes del poema, la incapacidad para atrapar de una vez por toda la felicidad, por ejemplo en los siguientes poemas: “Infecundidad vital” (“Que pase la vida, simplemente”), “Edad de la revelación”, “Grecia”, “Los cinco sentidos y su peor  privación”:  (“Quien no ve es ciego, como el amor,/como el que sigue alguna ideología,/como el que sólo piensa y siente en sí”.
Otros poemas viven de y en la naturaleza, en el espacio de lo que se puede admirar y compartir, en el largo terreno de la creación, no visto tanto como regalo divino sino, más bien, como entrega que en cualquier lugar nos puede ser arrebatada a cambio de nada, eso sí. Que luego ese espacio sea habitable o incongruente ya es algo que forma parte de lo posible. De eso se nos habla precisamente en “Tres de julio en Asturias”, poema hábilmente diseccionador de una realidad, donde el autor se hace testigo importante de algo no deseado que, sin embargo, desea describir: “Hay días como batallas,/donde los ojos parece/que han llorado”. Más adelante, en el poema “La ciudad” las opiniones son  variadas y se vertebran en torno a un espacio entre deseado y obsceno, habitada tal vez sólo obligatoriamente por los seres humanos: “La ciudad contiene su belleza en aristas y espejos,/pero también en parques sublevados:/somete al ciudadano a sus dictados,/apabulla con materiales cancerígenos/y es siempre émula de una señora distante y altanera/donde nacieron los gigantes de hielo/derretidos por Mahoma./Detrás de tanta ostentación,/remota, escondida y enfaunada,/el Madrid de los Austrias/sigue guardando los huesos de Cervantes”.
El maestro Azorín, que paso parte de la guerra incivil refugiado en los andenes del Metro de Madrid, avisa a los lectores, refiriéndose a la novela “Aurora roja” de Pío Baroja, que “poco a poco, una sensación de vida honda, de intensidad mórbida, os sobrecoge”. De igual manera Valladares dice, nos interroga “Me dirijo al hombre”: “¿Qué negra flor prende en tu alma,/qué vileza no aguardas para el cosmos,/porqué te afanas en el mal,/y no comprendes ni aún soportas,/la idea de que el bien es la única moneda de cambio para el hombre?”. Y e, s que la existencia se puede consumir con la intensidad del amor, de la cordialidad, de los actos benévolos pero, también, puede llevarse a cabo con la maledicencia, la difamación, la violencia. De estas cosas, y otras aún más duras, hablan los poetas. Así lo refrenda nuestro poeta, y valgo el sólo título de un poema. “El hombre se empeña en el progreso: lo maldigo”. Ahí están los versos que abren este comentario: “Volverás al polvo desde el polvo/a solventar las luces de los muertos”.
Curioso y deportivamente interesado el siguiente poema, “Parábola a partir de la derrota de Rafael Nadal ante Soderling”. Tremenda la situación del deporte, de todos los deportes de masas, en el mundo donde prima la revancha malvada, las cuestiones económicas, el gamberrismo, la mala educación, la violencia perpetua en vez de atender a la belleza griega de la confrontación elegante y el juego distendido para ofrecer un espectáculo grato. ”Ni siquiera era junio en la arena de París”. El poema “Decálogo” nos trae una sentencia de Jesucristo, “Un mandamiento os doy”. El aspecto lúdico de la existencia corre por sus versos: “Serás sencillo y recto sin que ningún ladino te lo imponga”.
Jaime Gil de Biedma, el romántico de Manila donde aún quedan huellas de sus andanzas no siempre ejemplares, antepone su exclamación a “En contra de mis antecesores”. Escribe Biedma, en efecto, “¡Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,/y la más innoble/que es amarse a sí mismos!”. Luego, ya, Valladares nos conduce ante parte de sus o ideas, por ejemplo, cuando afirma “No me seducen ni deslumbran/los panegíricos de tantos perdedores…”. Caballero Bonald abre el siguiente poema, “Cuándo, noble eclosión”, preguntándose “¿Con qué herida/coincidirán por fin los bordes del silencio?” y el propio Valladares deja otra interrogación. (“¡Qué decepción final nos hará mudos!”).
“Yo tenía un poema bajo el brazo” escribía el poeta canario Alfonso O`Shanahan y Hernán Valladares no deja unos sustanciosos versos en “Razón literaria”: “Si escribiera estos versos, como dicen,/para quien se apiade de mi alma,/para que cuando algún incauto lea/me diga que descubre un hombre nuevo;/si escribiera mi prosa, como dicen,/parta hacerme querer, por descubrirme,/entonces no lo habría estipulado/por la sombra del árbol en el bosque,/por el silente ardor de primavera/por el aroma tibio de los plátanos,/por el agua que brilla entre los tilos./Ni siquiera una línea he dedicado/a la opinión de un mundo que aborrezco”.
Retomamos de nuevo las palabras de Tomás Segovia, precisamente aquellas  con las que titulábamos la entrevista publicada en la Revista de Occidente en enero de 1998: “La verdad pura sólo existe en poesía”. Ese sería el resumen de las ideas expuestas por Hernán Valladares en este libro, ideas que corrobora o reafirma en los poemas siguientes. En “Contra la (vana) gloria”: “…no te extrañe/que proclive a la verdad no te castigue/con mi fusta preñada de improperios/y termine por decirte/incontinencias…”. En “Soneto existencial”: “No sé exactamente en qué sazón me hallo”.
“El epílogo de amor con tres sonetos”, remata y glorifica la magna obra de este poemario herido e hiriente. Así de “Cuando éramos jóvenes” y “la prisa se diluía en el vacío”, pasamos a “Las diez naves” donde el poeta dice “aguardo esperando mí derrota” y “Prolongación más allá de la noche”: “Detienes madrugadas,/sorbes sueños…”. En el “Soneto de anor” (está bien escrito: anor), leemos “Déjame que a palmadas/te desgaje/y arrecie el ariete en tu dovela”. “La muerte se aparece en mitad de la madrugada y queda conjurada por la intervención de Venus Príapo” es un soneta repleto de sonoridad y sentimiento; el autor se confiesa y nos lleva hacia su realidad, hacia el mundo visto desde la sombra pero, sin embargo, manteniendo  un soplo de esperanza en el último terceto: “Blandamos por igual nuestras panoplias/para el ardor rebelde incandescente,/podremos juntos retorcer la muerte” y con “Legiones suicidas” pone el broche de este libro ciertamente meditado, entero, con algún poso de amargura y pinceladas de alegría que, por supuesto, nos sigue conduciendo a un futuro del conformismo que, pese a todo, da el seguir viviendo.
De todas formas, recalcando las propias ideas de Hernán Valladares Álvarez, el maestro Ernesto Sabato nos recordó que “Siempre queda una esperanza para el hombre”.