sábado, 18 de julio de 2020

Federico y Pablo en Buenos Aires El nacimiento de una amistad entrañable


Pablo Neruda y Federico García Lorca



Por Roberto Alifano

19.07.2020.- Buenos Aires. Argentina
Quizá no existen las casualidades y todo lo que nos ocurre obedece a una razón que no está a nuestro alcance conocer. Quizá lo que nos sucede es porque tarde o temprano debería pasar y responde a lo ineludible del destino. Quizá, como pensaba Borges, todo encuentro casual es una secreta cita. Sea lo que fuere, en el año 1933, cuando se conocieron, Pablo Neruda y Federico García Lorca ni uno ni el otro tenían demasiado entusiasmo por estar en Buenos Aires. Neruda, como si fuera una beca para poder dedicarse a su intensa obra poética, ejercía un cargo diplomático que, en un comienzo lo había llevado al remoto Oriente y en ese momento, quería alguna designación que lo llevara a Europa, centro de atracción de todos los artistas de esa época. García Lorca, por su parte, planteó muchas objeciones para viajar a la Argentina: no tenía ganas de hacer una travesía hasta Buenos Aires y se encontraba muy cómodo trabajando y difundiendo su obra por España.
Pero los dioses son imprevisibles y acaso todo está premeditado. En agosto de 1933, sin dejar de mirar hacia el viejo continente como su meta principal, donde finalmente iría a ejercer su función diplomática poco tiempo después, Pablo Neruda asume como cónsul chileno en Buenos Aires. Federico García Lorca, por su parte, luego de varias propuestas, obtiene ventajas y comodidades para su viaje, además de buena paga por la puesta en escena de las obras teatrales y conferencias que brindará en la Argentina; como si fuera poco, Lola Membrives le propone estrenar su tragedia teatral Bodas de sangre. Federico acepta entonces alejarse de España de manera muy conveniente.
Llega a Buenos Aires en un gran transatlántico en octubre de 1933 quedándose impresionado por la acogedora ciudad “que jamás imaginé tan europea y majestuosa” para instalarse en el hotel Castelar de la Avenida de Mayo, uno de los sitios más españoles de la capital argentina. Es un Lorca sumamente seductor, lleno de energía e ideas, de versos y anécdotas. Enrique Amorim, su viejo amigo uruguayo, es el que lo recibe en el puerto y esa misma noche lo lleva a escuchar tangos a un teatro donde cantaba Carlos Gardel con el que luego, en un bar, tiene un diálogo efusivo y afectuoso, y prometen encontrarse en Nueva York. No pudo ser, el cantor argentino falleció en un accidente de avión en 1935. Habrá otros encuentros menos comprobables que míticos, como el que aseguran algunos mantuvo con una jovencísima Eva Duarte, la futura esposa de Juan Domingo Perón, ilusionada por esos días en convertirse en actriz.
Enrique Amorim, también amigo de Pablo Neruda, arregla una cita “con cierto temor” para el día siguiente entre los dos poetas. En verdad “con mucho temor de que no se entendieran estos titanes”, ya que las personalidades de los dos probables amigos eran bastante disímiles. Todos sabemos de un Federico histriónico, dinámico hasta el descontrol y de presencia arrolladora, y de un Pablo, por el contrario, sereno, introvertido, que vivía descontento y malhumorado por su matrimonio con la neerlandesa María Antonia Hagenaar Vogelzang (“Maruca”) y con la burocracia diplomática de la cual se sostenía económicamente. Federico no sabía de problemas materiales y sus padres apoyaban su carrera artística; a la inversa, el padre de Pablo, un rústico maquinista ferroviario, se había opuesto a que su hijo se dedicara a la poesía.
Ambos se habían leído y tenían buena información el uno del otro. A pocos días de su llegada a Buenos Aires, Neruda y García Lorca estrechan sus manos por primera vez no con la mediación del escritor oriental Enrique Amorim, sino durante la fiesta de recepción que el matrimonio Rojas Paz, ofrece a Federico. Hay muchos invitados y, entre ellos Pablo, su mujer “Maruca” y la escritora María Luisa Bombal. Allí, hermanos de poesía y de vida, entre tanta gente, Federico y Pablo se reconocen de inmediato. Surge en seguida entre ellos una fuerte y espontánea afinidad que durará en forma creciente, hasta el asesinato de Federico en 1936.
Apenas dos semanas después, el sábado 28 octubre, tiene lugar el gran banquete de homenaje a los dos poetas extranjeros, organizado por el PEN Club Argentino. La historia de tan singular reunión, incluye diversas versiones; entre ellas, las maniobras de algunos excluidos para impedirlo y el activismo de la mujer de Rojas Paz, la celebre “Rubia” Tornú para asegurarlo. Sin embargo, es ya muy conocida la circunstancia que rodeó a la cena, como también el texto en homenaje a Rubén Darío leído por Pablo y Federico. Según se sabe, la idea de un discurso “al alimón” fue de Federico, puesto que Neruda poco sabía de corridas de toros y tanto menos de esa figura tauromáquica de dos toreros toreando al mismo tiempo: “El divertido Federico, que estaba siempre lleno de invenciones y ocurrencias, me explicó de qué se trababa -recordaría Pablo ante mí-. El asunto era así, dos diestros pueden enfrentarse al mismo tiempo con el mismo toro y con un único capote. Ésta es una de las pruebas más peligrosas del arte taurino y sólo pueden hacerlo dos toreros que sean hermanos o que, por lo menos, tengan sangre común”.
Cuando les tocó hablar, Pablo y Federico se levantaron para agradecer al presidente del PEN Club el ofrecimiento del banquete, lo hicieron al mismo tiempo, cual dos toreros, para un solo toro. Como la comida era en mesitas separadas, estratégicamente Federico estaba en una punta y Pablo en la otra, de modo que la gente por un lado lo tiraba a uno de la chaqueta para que se sentara creyendo que era una equivocación y, en la punta opuesta lo tiraba al otro. Empezaron, pues, hablando al mismo tiempo, diciendo uno: ‘Señoras’ y continuando el otro, ‘Señores’, entrelazando hasta el fin las frases de manera que pareció una sola unidad hasta que ambos concluyeron, celebrados por un cerrado aplauso.
Aquel discurso, “al alimón”, como ya señalamos, fue dedicado a Rubén Darío, porque tanto García Lorca como Neruda, sin que se los pudiera sospechar de modernistas, eran devotos del poeta nicaragüense, uno de los grandes creadores del lenguaje poético en el idioma español. En el texto se exaltaba, con gratitud, el valor de los oradores mismos y a la vez reafirmaba la calidad de la escritura literaria en un mundo que tiende, de hecho, a desconocerla o subvalorarla.
Cuenta Pablo en Confieso que he vivido, sus fundamentales memorias, que Federico tuvo un pre conocimiento de su muerte. Una vez que volvía de una gira teatral y lo llamó para contarle un suceso muy extraño. Con los artistas de La Barraca había llegado a un lejanísimo pueblo de Castilla y acamparon en los aledaños. Fatigado por las preocupaciones del viaje, Federico no dormía. Al amanecer se levantó y salió a vagar solo por los alrededores. Hacía frío, ese frío de cuchillo que Castilla tiene reservado al viajero, al intruso. La niebla se desprendía en masas blancas y todo lo convertía a su dimensión fantasmagórica. Una gran verja de fierro oxidado, estatuas y columnas rotas, caídas entre la hojarasca. En la puerta de un viejo dominio se detuvo. Era la entrada al extenso parque de una finca feudal. El abandono, la hora y el frío, hacían la soledad más penetrante. Federico se sintió de pronto agobiado por lo que saldría de aquel amanecer, por algo confuso que allí, sin ninguna duda, tenía que suceder. Se sentó en un capitel caído y vio salir a un cordero pequeñito que ramoneaba las yerbas entre las ruinas; su aparición era como un pequeño ángel de niebla que humanizaba de pronto la soledad, cayendo como un pétalo de ternura sobre la soledad del paraje, una suerte epifanía. El poeta se sintió acompañado. Pero, de pronto, una piara de cerdos entró también al recinto. Eran cuatro o cinco bestias oscuras, cerdos negros semisalvajes con hambre cerril y pezuñas de piedra. Y Federico presenció entonces una escena de espanto. Los cerdos se echaron sobre el cordero y junto al horror del poeta lo despedazaron y devoraron. Esta escena de sangre y soledad hizo que Federico ordenara a su teatro ambulante continuar inmediatamente el camino. “Transido de horror todavía -cuenta Pablo-, tres meses antes de la Guerra Civil, Federico me contaba esta historia terrible. Yo vi después, con mayor y mayor claridad, que aquel suceso fue la representación anticipada de su muerte, la premonición de su increíble tragedia. Federico García Lorca no fue fusilado; fue asesinado. Naturalmente nadie podía pensar que le matarían alguna vez. De todos los poetas de España era el más amado, el más querido, y el más semejante a un niño por su maravillosa alegría. ¿Quién pudiera creer que hubiera sobre la tierra, y sobre su tierra, monstruos capaces de un crimen tan inexplicable. La incidencia de aquel crimen fue para mí la más dolorosa de una larga lucha.”
Aquel Pablo Neruda siempre inspirado y torrencial escribiría luego, encantado por la magia de su genial amigo, uno de los poemas más conmovedores de la lengua española, la Oda a Federico García Lorca, donde cada verso vibra y vive como si fueran unas cuerdas aceradas de violín o de guitarra.
Si pudiera llorar de miedo en una casa sola,
si pudiera sacarme los ojos y comérmelos,
lo haría por tu voz de naranjo enlutado
y por tu poesía que sale dando gritos.
Porque por ti pintan de azul los hospitales
y crecen las escuelas y los barrios marítimos,
y se pueblan de plumas los ángeles heridos,
y se cubren de escamas los pescados nupciales,
y van volando al cielo los erizos:
por ti las sastrerías con sus negras membranas
se llenan de cucharas y de sangre
y tragan cintas rotas, y se matan a besos,
y se visten de blanco.
Cuando vuelas vestido de durazno,
cuando ríes con risa de arroz huracanado,
cuando para cantar sacudes las arterias y los dientes,
la garganta y los dedos,
me moriría por lo dulce que eres,
me moriría por los lagos rojos
en donde en medio del otoño vives
con un corcel caído y un dios ensangrentado…
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Cristóbal Valverde. El color en el eco y los sueños de las presencias americanas. EXPOSICIÓN VIRTUAL



Cristóbal Valverde


L.M.A.

               19/07/2020.- Madrid.- Leovigildo Jorge Cristóbal Valverde (Ancash, Perú, 1953).- Residente en Madrid.- Formación Académica: Escuela Regional de Bellas Artes Teófilo Castillo de Huaraz, Ancash. Perú, Escuela Nacional Superior Autónoma de Bellas Artes del Perú ENSABAP, Lima. Universidad Complutense Facultad de Bellas Artes.
         Da a conocer su obra pictórica desde que egresa de la ENSABAP (1975), reside en Madrid y participa en las exposiciones colectivas, personal a nivel nacional y europeo.

Exposiciones recientes: 55 Premio Reina Sofia de Pintura y Escultura AEPE (2020); XXXVI Premio Internacional de Pintura Eugenio Hermoso de Fregenal de la Sierra, Badajoz (2018);  XIX Bienal Internacional de Are de Cerveira, Portugal (2017); X Bienal Internacional de Arte Suba Bogotá, Colombia(2017); 53 Premio Reina Sofía de Pintura y Escultura Asociación Española de Pintores y Escultores AEPE, Madrid (2016); Arte por la Igualdad y Contra el Racismo SOS Racismo Madrid (2012);  XXIX Premio de Pintura Emilio Ollero, Jaén, (2015); 81 Salón de Otoño de la AEPE, Madrid (2014).

Premios y Distinciones:

Premio de Pintura TRITOMA de la AEPE (2017);  Premio Accésit de Pintura Emilio Ollero, Jaén (2015); Premio de Pintura Arte por la Igualdad y Contra el Racismo, Madrid (2012); Académico Asociado Sección de Arte Academia Internacionale “Greci Marino” Italia (2010); Patrimonio Cultural vivo de la Región Ancash, Perú (2008). Premio Accésit de Pintura Bienal de Zamora (1992); Primer Premio Nacional de Pintura Banco Popular del Perú. Instituto Nacional de Cultura (1980), Lima.
          Sus obras pictóricas figuran en diccionarios, catálogos, revistas de arte y colecciones privadas de Perú, América en general y en Europa. 

Más información


Pintura de Cristóbal Valverde





viernes, 17 de julio de 2020

ANDRÉS LÓPEZ ALL. FOTÓGRAFO Y PRESENTACIÓN DE LA SERIE “AUSENCIAS”. Exposición virtual


 Ausencia 2. Foto Andrés López All
Andrés López All, fotógrafo. FOTO Juan Pedro Revuelta


            L.M.A

18/07/20.- Madrid.- Llegué a la fotografía de la forma más natural: descubrí la cámara compacta de mi padre en plena adolescencia y comencé a utilizarla para capturar todo aquello que me interesaba, gente, objetos, conciertos, escenas cotidianas. Eso me sirvió para poner orden en una mente llena de ideas y de nuevos estímulos que pretendía comprender el mundo que le rodeaba. Pero en realidad no fue hasta la década de los 80 cuando realmente comencé mi andadura profesional en el entorno de la imagen publicitaria, la industria musical y el reportaje.
Después de un largo recorrido descubrí a través de mi trabajo una manera de adentrarme en mí mismo para desarrollar una parte más sensible, puramente artística, y el retrato fue la puerta de entrada hacia ese mundo y, en concreto, su faceta antropológica. Recorrí diversos países elaborando un trabajo del que nacieron varias series y exposiciones nacionales e internacionales que han llevado parte de mi obra a nutrir colecciones privadas.
Y desde la década de los noventa del siglo pasado, estoy documentando el carnaval como introspección hacia el “alter ego” y como “Joie de vivre”, especialmente en la ciudad de Venecia. En este trabajo, que se ha convertido en la columna vertebral de mi obra, el objetivo inquieto logra atravesar la máscara para encontrarse con el hombre, que, de una manera u otra, siempre es el protagonista absoluto de mi trabajo.
En la actualidad, y siguiendo con esa fijación por el ser humano, he desarrollado la serie “AUSENCIAS” que retrata el rastro del hombre, cuando el hombre ya no está”.

“AUSENCIAS” es el fruto de una cosecha de instantes evocadores en los que el espectador puede ir recomponiendo, emocionalmente, lo único que ya no se puede ver: las vidas y las miradas de las personas que, de una manera u otra, animaron los objetos y los lugares que han sido capturados por la cámara. El rastro de quien ocupó, durante horas de lectura y descanso, la piel resquebrajada de un sillón sonámbulo que dormita abandonado sobre la acera de una calle sin nombre. Los embarcaderos solitarios de una ciudad imposible que descansa de la invasión masiva. La taza abandonada que aún siente sobre su piel de cerámica la calidez de unos dedos que la envolvieron con su anhelo. Los andenes que conservan la memoria de los deportados de camino a los campos de exterminio. Cada instantánea constituye no una, sino centenares de posibles historias, que invito a quien la observa, a completar con sus propias experiencias.”
           


 Fotografías de la serie "Ausencias", por Andrés López All













Juan Alcalde. Autobiografía (y V). LA LLEGADA DEL PASADO REMOTO



"Rascacielos", por Juan Alcalde

Juan Alcalde, montaje fotográfico


        por Julia Sáez-Angulo

18.07.2020.- Madrid

Al cabo de sesenta años de terminar la guerra civil española, aquella imprevista llamada telefónica de Vivianne -yo no sabía quien era Vivianne- me había devuelto los recuerdos de los años 1939 del campo de concentración francés en Le Barcarés, que a su vez desencadenaron la rememoración de toda mi vida.
Con voz dulce y cadenciosa, con un bonito acento francés, Vivienne me decía que me había recordado todos los días de su vida, desde el momento en que le hice el retrato a su padre, el comandante Lafontaine, que se enamoró de mí de modo platónico, como una colegiala. Lo que era en aquel momento. Mientras estuve en el campo del que era responsable su padre, se asomaba todos los días a la ventana de su casa, en el piso alto del edificio rojo de ladrillo donde residía con su familia, para verme hacer gimnasia, pasear por el patio o hacer retratos a otros confinados. Eso me dijo. “Eras para mí un muchacho maravilloso, único”. “Mi primer amor. Un amor platónico”, añadió. Y yo sin enterarme le dije con humor, al otro lado del hilo telefónico, para paliar toda aquella manifestación de sentimientos.
            Ella no había olvidado mi nombre, ni mi oficio de pintor; se había enterado de mi existencia y contacto telefónico por la gran exposición retrospectiva de pintura que yo había hecho en Madrid, y París, de la que había informado la prensa francesa.
La historia del campo de concentración me parecía ya tan antigua, tan alejada y remota, que se asemejaba a un sueño olvidado o a un relato inventado por la mujer Sé que la vida es sorprendente e insólita, pero aquello se me antojaba aún más, dados los lustros que habían pasado desde aquellos acontecimientos post-bélicos. Vivianne me informaba al teléfono de que era una mujer viuda, que tenía tres hijos y siete nietos, que ya no era la misma joven y bella de su juventud, que había engordado bastante...
            Yo también le informé a ella de que estaba viudo, porque Conchita había muerto en París, cuando regresamos de América y nos instalamos en la capital del Sena. Habíamos tenido dos hijos varones.
            -¿Por que no te vienes a Madrid y nos vemos?.  Te invito una semana a mi casa- le dije impulsivo al calor de la conversación telefónica París-Madrid.
            Aceptó de inmediato y en un mes preparó su viaje, no sin antes enviarme algunas copias de fotografías de su padre el comandante Lafontaine junto a ella muy jovencita, para que yo tratara de recordarla. También me envió un retrato con el dibujo que hice a su padre y que obraba en su poder.
*****
Cuando Vivienne apareció en el umbral de la casa me quedé estupefacto. Era una mujer inmensa, obesa hasta decir basta. Su silueta ocupaba todo el vano de la puerta. Era extraordinaria, grande como un jumento. ¡Un energúmeno!  ¡Un monstruo! Sin salir de mi asombro la invité a sentarse en un sillón de mi casa-taller de pintor en Madrid e inmediatamente me di cuenta de que allí no cabía. Sin que yo le dijera nada, Vivianne se dirigió al sofá y se sentó en él, ocupándolo casi por completo. Mi sonrisa artificiosa de anfitrión amable se sumó a la pregunta dispuesta por el protocolo en estos casos.
- ¿Has tenido buen viaje?
-Sí. El Talgo desde París es muy cómodo cuando se toma un departamento individual- me respondió Vivianne con otra sonrisa más natural que la mía.
No podía creer que yo tendría que compartir una semana -tal y como yo le había invitado- con aquella mujer que parecía una bola de sebo. Iba contra mi sentido estético de artista. Cierto que su cara era simpática, su cutis rosado y terso como el de un bebé, y su voz dulce y cálida. ¿Por qué menospreciar a los gordos?, me reproché moralmente de inmediato.
Saqué dos cervezas junto a unos aperitivos y comprobé como Vivianne los devoraba hasta dejar los platos vacíos. A esta mujer le gusta comer, pensé; eso explica que esté oronda como una calabaza. Pronto comprobé que la suya era una afición a la comida, como otros la tenían a la bebida, al tabaco o a la marihuana. Era sencillamente una mujer bulímica.
Quise que no pasara hambre en los siete días que íbamos a compartir juntos en mi casa, así que decidí poner de modo permanente una gran mesa de comedor llena de frutos secos, viandas, frutas y manjares para que ella disfrutara a su gusto. Ante todo, que no pasara hambre o ansiedad, me repetía yo. La mesa quedó tan hermosa con el mantel blanco y las frutas de colores sobre diferentes recipientes de cerámica, que decidí pintar un bodegón de aquella vista, lo que produjo alborozo en mi huésped, porque le gustaba verme ante el caballete, ya que así fue como me conoció.
Hacía mucho tiempo que no nos habíamos visto, exactamente desde el comienzo de la segunda guerra mundial, en el campo de concentración para españoles en Le Barcarès, entonces se les llamaba por su nombre y no con el eufemismo de campos de internamiento o de refugiados como ahora. Estaba al sur de Francia, en los Pirineos Orientales, no lejos de Montauban. El padre de Vivianne Lafontaine era el comandante francés de dicho campo para españoles confinados en él. La repentina noticia de Vivienne y su presencia, al cabo de tanto tiempo me hizo recordar aquel pasado concreto de mi vida con extraña lucidez.


            La distancia entre las fotos que me envió y la realidad de una Vivianne inmensa y voluminosa que yo tenía delante era abismal. Que pasen pronto estos días o me muero con este paquidermo al lado, me repetía yo en los primeros momentos de recibirla en casa.
            Lo cierto es que Vivianne tenía gracia, simpatía, dulzura de voz y bonito acento francés que me encantaba escucharla, pero comía y devoraba como un Heliogábalo. Yo no había visto un fenómeno igual en mi vida. Pese a mi estupefacción, yo -no sé por qué- le animaba:
            -Come, come, Vivianne. Yo sé que eso te hace feliz y me gusta verte contenta.
            Ella no hablaba una sola palabra de español y tuve que desempolvar mi francés algo oxidado.

"Puerta de Alcalá", por Juan Alcalde

            Se quejaba de calor porque la calefacción de mi casa le parecía muy fuerte. Yo para mis adentros pensaba que era el calor de sus carnes, la grasa  y el peso de la digestión permanente lo que le agobiaba. No salió de casa en los siete días que estuvo en Madrid, porque decía que le costaba mucho andar; se fatigaba. No me extrañaba, con tanto peso. Ella sólo había venido para estar conmigo, para tratar de cerrar un sueño de juventud y darle a la vida el eterno retorno que requieren las cosas. Yo asentía a todo con sonrisa bobalicona, porque no siempre se me ocurría qué replicar.
            Me confesó que, en el campo de concentración, ella estuvo celosa porque no le hice retrato alguno, mientras me veía hacerlo a muchos compañeros. Le pedí disculpas por aquella desatención, que más bien fue timidez de mi parte. No me hubiera atrevido a pedirle al comandante Lafontaine que me permitiera retratar a su hija menor. Vivianne guardaba todavía el retrato que hice a su padre en casa, pues se apresuró a reclamarlo en la testamentaría frente a sus hermanos.
Le hice entonces un apunte de retrato a la acuarela, que Vivianne elogió con gratitud. Era pequeño, sólo de su cabeza y rostro sonriente. Junto a ese retrato, mi presencia se le haría cada día más cercana, me decía coqueta. De pronto, al cuarto día, se me ocurrió decirle, no sé bien por qué:
-¿Por qué no te desnudas y te hago un retrato así?
Yo sentía curiosidad por la inmensidad de aquel cuerpo y ella no vaciló lo más mínimo. Se fue quitando todas las prendas grandes, inmensas, de giganta, frente a mi caballete dispuesto con un lienzo en blanco. El espectáculo era prodigioso, unas carnes blanquecinas y flácidas de una mujer con senos enormes, vientre sobreabultado, nalgas inmensas y pubis diminuto canoso.
Me quedé pasmado ante el espectáculo, mientras ella no sentía pudor alguno. Me arrepentí de inmediato de aquella salida de tono, a sugerencia mía entre caprichosa y maligna, pero ya no era tiempo de rectificar. Me apresté a retratar aquellas carnes que me tenían fascinado y horrorizado al mismo tiempo. Con pincelada expresionista di forma a la figura deformada en su naturaleza por el tiempo y el deseo desorbitado de engullir alimentos. Vivianne comía, posaba, dormitaba... lo que me permitió hacer de mirón perplejo ante la inmensidad del cuerpo femenino desnudo. ¿Qué hubiera pensado Rubens de esta modelo?, me preguntaba en silencio.
Mi pintura no representaba a una mujer dibujada y gorda al estilo del pintor Botero, sino una visión faústica y cáustica de la desmesura humana, con el lenguaje más adecuado a su esencia, la pincelada de línea expresiva. Cuatro cuadros hice de aquella mujer completamente desnuda, de los que sólo me quedan dos en casa. Los dos primeros se vendieron a un mismo coleccionista que le debía de gustar la mujer generosa en carnes.
Tuve tiempo de pintar todos esos cuadros porque, ante mi asombro, Vivianne me pidió seguir desnuda en la casa después de posar para mí.
-Así estoy más a gusto- decía- y paso menos calor.
-Haz lo que tú quieras; como estés más confortable-contesté yo de manera mecánica porque deseaba ser amable.
            Aquella semana que estuvo Vivienne en casa me aislé de mis amistades. No quería hacerles partícipes de aquel espectáculo de circo. Confiaba en que mis hijos no aparecieran por casa de improviso.
Lo cierto es que me cansaba ver a Vivienne a todas a horas, en su solemne inmensidad, paseando por la casa y rumiando continuamente. Acabé furioso conmigo mismo por haberle dado permiso para seguir desnuda, a una mujer sin pudor alguno y por lo tanto fuera de sus cabales. Esta mujer ha perdido la chaveta, carece de sentido del sentido del ridículo y yo tampoco estoy muy cuerdo, me reprochaba para mis adentros, al tiempo que suspiraba porque llegara el último día de la semana y Vivienne se fuera de una vez para siempre de mi taller.
Mi invitación para que viajara a Madrid y la llegada de Vivianne a casa habían sido una estupidez de mi parte y un desafuero de la suya. Algo insólito que no volvería a repetirse, porque no tenía sentido. Era un desaguisado propio de mí, de mi estupidez de buscador incauto de historias estrafalarias para sazonar mi vida, historias de las que luego salgo escaldado y arrepentido.

Al fin despedí a Vivianne con mucha cortesía en la estación de trenes de Chamartín, en su vuelta a París. Era un alivio verla vestida con un traje azul marino de motas blancas y un gorro azul diminuto. Pensé regalarle flores, pero, con más sensatez y prudencia, le entregué una barqueta de frutas escarchadas aragonesas para el camino. La abrió de inmediato y comenzó a devorarlas. Cuando el tren arrancó, suspiré aliviado.
Al cabo de poco tiempo recibí sucesivas cartas suyas muy expansivas a las que no contesté. Las últimas, ni siquiera las leí o para ser más exacto, no las abrí. Tampoco atendí a sus llamadas de teléfono identificadas en la pantalla del aparato. Aquel capítulo de mi vida ya se había cerrado. No era precisamente de los que yo me sintiera particularmente orgulloso.

Madrid, 13 de febrero de 2010

·      He sabido que de la visita de la mujer francesa, se rodó un documental en directo por Bruto Pomeroy, documental que se guarda celosamente por Francisco García Molina en el Taller del Prado, lugar donde exponía Juan Alcalde en sus últimos años. En medio de sus modales suaves, Juan Alcalde era lúdicamente provocador y algo sátiro. Él mismo llamó a Bruto Pomeroy para que filmara a la visitante en su casa
·      Antes de ese documental, Bruto Pomeroy había realizado una película de 35 minutos en DVD sobre el pintor y su obra. Su título: Juan Alcalde. La edad de la muerte, porque desde los 80 años hasta los 102 en que murió repetía: “Tengo la edad de los muertos”.

"Biblioteca Municipal", por Juan Alcalde

CARMEN VALERO ULTIMA SUS MEMORIAS BAJO EL TÍTULO “LA MEMORIA REPOSADA”


Ha sido Directora de Recursos Humanos en Fujitsu y la Agencia Efe. Consultora de la Ley de Extranjería y Delegada en la República Dominicana


Carmen Valero imparte una conferencia en la Fundación Esther Koplowitz (2018)





L.M.A.

            16.07.2020.- En plena celebración de su santo, el Día del Carmen, la abogada, periodista y crítica de Arte Carmen Valero ha declarado que está ultimando sus memorias bajo el título La memoria reposada. Un libro que comenzó hace ya más de siete años y que va dando forma poco a poco a hasta encarar ya su final. “Espero que no sea el parto de los montes”, dice con humor.
            Entre los apartados más importantes de las memorias está su estancia en la República Dominicana como delegada de Cáritas por parte de España a partir de 1998, tras los grandes huracanes Georges y Mitch, que asolaron la isla caribeña. Su tarea fue la de levantar, con el presupuesto asignado, dispensarios, escuelas, servicios de higiene, espacios polivalentes para el culto, la vida y la educación de los ciudadanos, así como muchas tareas más, entre ellas las de salvar vidas de haitianos condenados a muerte, pasándolos en su coche, una pick up de Haiti a Dominicana, jugándose la vida. “A los de Caritas nos respetaban en la frontera”.
La estancia de Carmen Valero Espinosa (Madrid, 1944) en la R. Dominicana permanece viva en su recuerdo, porque allí “la vida es impensable e intensa”, donde ha dejado multitud de amigos con los que sigue manteniendo contacto. “Lo mejor de la isla es su gente, siempre positiva, feliz y amable, siempre sonrientes, pese a la escasez de tantas cosas y la dureza de ciertas situaciones. He vuelto allí varias veces”.
“Yo tenía contacto con el obispo de la diócesis en Santo Domingo y con las Hermanas Carmelitas Vedrunas, que hacen una gran labor de formación y solidaridad, además de construcción de viviendas en los barrios más pobres como los de Guachupita y los de cerca del río Ozama. También trabajé con los jesuitas o dominicos, Padres Jorge Cela, Fernández Olmo, Duvert, Javier Atienza, P. Avelino y Huchy Lora que hacían una gran labor en los barrios pobres de la isla. 
Por otro lado, hicimos una gran labor contra la transmisión del sida de la madre embarazada a los hijos, en colaboración con la Delegación de Cáritas en La Rioja y la Doctora Carmen Rivas Llorente.
“Las vivencias y anécdotas en la R. Dominicana se suceden sin parar, desde un entierro improvisado con la caja del muerto en mi camioneta pick up, al entusiasmo de los dominicanos tras cada objetivo logrado por Caritas”.

Otro de los apartados interesantes de las memorias es el referido a su vida profesional, antes de partir a la República Dominicana, cuando Carmen Valero ejerció el Derecho como directora de los de Departamentos de Recursos Humanos en las empresas Fujitsu y la Agencia de Noticias EFE. Fue la primera mujer en desempeñar estos cargos y fue llamada como asesora empresarial por la Administración del Estado para redactar la nueva Ley de Extranjería en los 80, “pues la situación era grotesca. En Fujitsu yo tenía que contratar a expertos japoneses para que explicaran el funcionamiento de los aparatos y preparasen a los nuevos técnicos en España, y la Ley me obligaba a contratar dos españoles por cada japonés que lo hacía. Era absurdo y de locos”.
Carmen Valero, junto a un equipo, puso también en funcionamiento Alcatel Espacio, en la zona de Tres Cantos. Madrid, al tener que contratar distintos expertos en Física Aerospacial y otras titulaciones superiores para España. “Tuve que viajar al MIT – Massachusetts Institute of Technology, para elegir y llevar a cabo los contratos de expertos con arreglo a las leyes españolas”, explica.
Por otro lado, la autora de La memoria reposada, impartió clases de Derecho Mercantil en el C.E.U. San Pablo, como ayudante del profesor García Villaverde.
En el campo jurídico, a Carmen Valero le cabe el honor de haber ganado en 1982 la primera sentencia en el Tribunal Constitucional en favor de los enfermeros hombres, ya que se les negaba el pago de la nocturnidad, frente a las enfermeras mujeres. “Hay que afinar en el tema de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, por tanto, también en la carga de la prueba, para evitar agravios comparativos que no son justos”.

Por último, Carmen Valero recoge en sus memorias la vida familiar, el recuerdo de sus padres, su infancia y veraneos en Villacastín y Puente Viejo (Segovia y Ávila respectivamente). Carmen se detiene sobre todo en su padre, don Antonio, el abogado, por el que sentía adoración. Fue el que consiguió que ella dejara la Escuela de Fomento de las Artes y se dedicara de lleno a estudiar Derecho en la Complutense y al despacho paterno en la madrileña calle de Santiago. No lo lamenta, porque el Derecho le ha dado trabajo y satisfacciones. “La parte familiar es la que me parece más delicada, pues sé que algunos miembros de mi familia podrían no contemplar las cosas como yo las vi y viví en mi infancia y juventud. Cada percepción es muy subjetiva”, añade la autora.
Las memorias de Carmen Valero, no exentas de humor, podrían estar terminadas para la próxima Navidad.
Más información
https://lamiradaactual.blogspot.com/search?q=Carmen+Valero


Retrato de Carmen Valero, por Mercedes Ballesteros


Carmen Valero Espinosa
           
Carmen Valero en la Casita del Príncipe de abajo. El Escorial 2020

jueves, 16 de julio de 2020

Víctimas de la pandemia. REQUIESCANT IN PACE


Reyes de España, Princesa de Asturias e Infanta Leonor


 M. Dolores GALLARDO

          17.07.2020.- Madrid .- Finalmente, el 16 de julio las víctimas de la pandemia que ha asolado nuestro país han tenido un reconocimiento oficial por parte del Gobierno e Instituciones.
Cabe preguntar ¿qué víctimas ha homenajeado el Gobierno? ¿Todas? ¿Las que reconoce el Gobierno? Pues es claro que entre un número y otro hay enorme diferencia.
 Un homenaje triste, patético, sin que ni siquiera, en honor de nuestros familiares y amigos muertos, sonara el himno de nuestro país, del suyo: el que la mayoría de los caídos por culpa del virus -muchos privados de ayuda médica e incluso de medicinas- levantaron con su esfuerzo.
En todo caso, aunque tardío y extraño, bienvenido sea el homenaje. Mejor tarde que nunca. Y aunque la haya realizado un Gobierno que ha desarrollado una de las peores gestiones, si no la peor, gestión de la pandemia
Aunque haya sido con ausencias notables, como la de representantes del ejército, que tanto ha trabajado, o de algunas asociaciones de fallecidos por el /la covid 19.
 Y con algunas sonadas faltas de respeto, como la mascarilla con tiburones del Dr. Simón, o la ausencia de corbata en el vicepresidente Iglesias, saltándose ambos todo el protocolo de una ceremonia de Estado y el respeto debido a quienes se homenajeaba. O la vestimenta de colorines de la presidenta del Senado, Pilar Llop. No parece achacable a ignorancia de protocolo por parte de los indicados. ¿Entonces?
 La elección del día, 16 de julio, es sorprendente.
 Si este gobierno tuviera un atisbo de sentimiento cristiano, la elección de la festividad de la Virgen del Carmen -tan ligada tradicionalmente a la ayuda de sus fieles la hora de la muerte y vinculada iconográficamente a las almas del Purgatorio- tendría algún sentido. Como todos sabemos, nada más lejos de la realidad: baste acordarse del reciente funeral celebrado en la Catedral de la Almudena.
 El día de la Virgen del Carmen -patrona de los marineros- y la noche anterior son días de festejo en casi todo el país, especialmente en las zonas costeras: no en vano esta advocación de la Virgen es Patrona de la Marina española en todas sus vertientes: Marina de Guerra, Marina mercante, Marina de pesca, Marina deportiva y Marina científica.  Toda festividad y conmemoración ha quedado anulada por el Gobierno con su elección, de ninguna manera casual.
 En todo caso, sirvan estas palabras del Requiem de Mozart como homenaje a TODOS los que han perdido su vida:
   Réquiem aeternam dona eis, Domine, /et lux perpetua luceat eis,/cum santis tuis/in aeternum, quia pius es.
“Dales el descanso eterno, Señor, que la luz brille por siempre para ellos juntamente con todos tus santos, porque Tú eres misericordioso”.
                          


Juan Alcalde. Autobiografía (IV) LA VUELTA DE PARÍS A MADRID PARA CERRAR EL CÍRCULO




Estocolmo", por Juan Alcalde



por Julia Sáez-Angulo

             17.07.2020 .- Madrid

            Lo más triste de París nos llegó con la noticia del cáncer de mi mujer, Conchita. Yo no pude reaccionar, porque no me lo creía; mi ánimo se resistía a aceptarlo, porque me parecía absurdo que aquella enfermedad me llegara a mí de la manera más dolorosa que podría hacerse, a través mi esposa. Fueron meses de lucha médica y combate científico contra la enfermedad innombrable, pero al final ella, la maldita enfermedad, que se llama cáncer nos ganó la partida.
            Enterramos los restos mortales de Conchita Moreda en el cementerio parisino de Montparnasse. Fue la mejor esposa y compañera de un artista.

            El dibujo y la pintura volvieron de nuevo en mi ayuda, como tabla de salvación para enjugar el llanto y amortizar el luto. Me entregue a pintar de modo desaforado, desesperado, porque sabía que a Conchita le hubiera gustado que lo hiciera. La galería Biosca seguía exponiendo mi obra en Madrid y Dalmau en Barcelona, con resultados excelentes de ventas, pero yo me sentía apagado y triste si no pintaba, por lo que no hacía otra cosa que mover los pinceles para amortiguar el recuerdo y la pena. Hice una serie muy blanca sobre Praga, con sus calles y fachadas, sus iglesias de roleos y torres acebolladas, siempre con depuración de líneas, con trazos escuetos que dejaran tan solo la esencia de las formas, casi dibujísticas. Fue un éxito colosal en Madrid. Un reconocimiento que me animó. Verse reflejado en la aceptación del público y, sobre todo de los coleccionistas que adquirían mi obra, fue el mejor aliento para mi espíritu alicaído.

Invité a cenar a una mujer cercana a la galería Biosca, una muchacha treintañera atenta, despierta e inteligente que leía libros. Me contaba, mientras cenábamos, que su mayor placer estaba en la narrativa. La literatura era su mundo, más allá de la pintura. La juventud y la risa de aquella mujer treintañera me levantó el ánimo durante mi estancia en Madrid, mientras duró la exposición de la serie Praga. Cuando regresé a París, ella y yo seguimos hablando por teléfono, a propósito de cada una de las sucesivas ventas de mis cuadros; ella me lo comunicaba con alborozo. Yo le decía entonces que sería un buen pretexto para volver a celebrarlo juntos con una buena cena en Madrid.
Yo no viajé a la capital de España, pero ella si lo hizo a París. Un día en el mes de junio, la española se presentó de improviso en mi estudio parisino, alegando un viaje a la Ciudad de la luz. La invité a cenar y mi sorpresa fue mayúscula cuando me plantea que le gustaría casarse conmigo, pero vivir en España. A ella le apenaba residir lejos de su familia y además no sabía francés, me explicó. Le dije muy halagado que lo reflexionaría pues no era fácil cambiar de nuevo el país de residencia, el suelo y el techo que me cobijaban por el momento. Me gustaba el anonimato de París, aunque también echaba de menos la algarabía y los amigos con sus reuniones y fiestas en Madrid.
Acabé por responderle que sí, pues la idea de empezar una nueva vida podría ser estimulante. Volver a residir en Madrid no dejaba de ser una vuelta al origen, máxime a la ciudad que me vio nacer.
Nuestra boda fue sencilla, pero entrañable en la capital de España. La celebramos con un buen grupo de amigos pintores y conocidos en la galería Biosca. El traslado de todo mi utillaje no se hizo esperar, a un gran apartamento en el barrio de Chamberí al que yo incorporé el estudio.
Mis viejos amigos y colegas nos invitaban a sus casas madrileñas. Eran los años finales de los 70 y comienzo de los 80, España bullía con deseos de cambio y apertura. Las costumbres se habían desmadrado a extremos que me parecían más audaces, también más ingenuas, que en París. Recuerdo que una noche de verano tórrido nos invitó a cenar un amigo escultor, muy de izquierdas, casado con una alemana y, al llegar a su enorme y lujoso chalet, situado en la sierra madrileña, nos dijo la anfitriona que, si no llevábamos traje de baño podríamos desnudarnos para entrar en la piscina.  La gente en pelota picada se esparcía por el césped y se retiraba a copular en los rincones de la finca sin pudor alguno. 
Resultaba un tanto embarazoso todo aquello para mi esposa y para mí. Esto va a acabar en orgía, me dije. Con el tiempo, este tipo de actitudes en España fueron moderándose, porque los protagonistas se dieron cuenta –a más de uno se le amonestó de una u otra forma- de que la vida no era sólo cuestión de formas sino de pensamiento. En el fondo, los protagonistas de aquella movida madrileña no eran más que simples provocadores o burgueses, que deseaban epatar a otros burgueses o bohemios más que personas comprometidas. Hay un tiempo para todo, decía yo, cuando me ofrecían hierba para fumar. Yo ya he pasado de eso. Nunca la fumé.

"Ciudad", por Juan Alcalde

En la nueva vida matrimonial comencé a sentir una extraña soledad que no conocía: la soledad del que se encuentra en compañía. Con mi primera mujer no había tenido aquella sensación, pero ahora se hacía más evidente y profunda. Comencé a sentir una apatía grande, con escasas o nulas grandes de pintar. Ni yo mismo me reconocía en Madrid. Caí en una terrible depresión de la que no parecía salvarme ni el acto de pintar, panacea hasta entonces de todos mis males. La vida se me antojó de pronto absurda y sin sentido. ¿Qué hacía yo allí en aquel espacio y en esta vida viviendo con alguien que parecía estorbarme para pintar?  Yo necesitaba estar solo de nuevo para poder llevar una vida ajustada a la pintura y a nadie más. La culpa o la responsabilidad de la nueva situación era toda mía. No debí haberme casado

Ella, mi segunda esposa y yo decidimos separarnos amigablemente como pareja y seguimos hablando de vez en cuando entre nosotros con naturalidad. Como antes. Mi espacio para vivir y pintar sigue en un amplio ático en el barrio de Chamberí desde el que se divisan las torres de la Moncloa y la sierra de Guadarrama. Alcanzo a ver las cimas blancas de la sierra velazqueña cuando nieva en los días de invierno. Es una casa-estudio donde trabajo a solas y me alojo con comodidad. Yo pensaba morir en París con aguacero, como decía el poeta Cesar Vallejo, pero ya no lo creo así; lo haré, si todo sigue igual, en Madrid para cerrar el círculo de mi vida. Una ciudad de nueve meses de invierno y tres de infierno, según reza el dicterio sobre Madrid. Una ciudad grata. Sería bonito morir en el otoño madrileño, cayendo de pronto al suelo como una hoja más de los plátanos del boulevard donde resido.
No sé que será de mí en el futuro, pero de momento me las arreglo perfectamente a solas. Quiero dejar las cosas bien atadas, lo cual quiere decir que las cosas irán a su aire, como quieran hacerlo, sin que yo lo pueda ya remediar. He dispuesto incluso mi funeral: que me quemen y que las cenizas las arrojen inmediatamente en el W.C. más cercano. Yo no tengo un sentido sacral del cuerpo cuando ya está muerto y tampoco creo en el más allá, así que será lo mejor que se puede hacer con un cadáver, para que no estorbe demasiado ni ocupe espacio. Algunos amigos me dicen que esa decisión es una extravagancia más de mi vida. Será de mi muerte, les corrijo, pero ellos insisten en que la decisión ha sido tomada en vida. ¡Qué más da!
            Continuará mañana con el capítulo V y último