sábado, 29 de abril de 2017

Rosa Molins expone sus grabados recientes en Anagma de Valencia






L.M.A.

"Rosa Molins ha trabajado durante años el grabado en sus distintas técnicas, punta seca, resinas, coloración con planchas y muñequilla. Enamorada de su trabajo, nos transmite serenidad con sus equilibradas composiciones, siempre inspiradas en la naturaleza.



viernes, 28 de abril de 2017

El director general de Bellas Artes y Patrimonio Cultural del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte visita Lorca



§  La inversión ejecutada y prevista dentro del Plan Director para la recuperación del Patrimonio Cultural de Lorca alcanza los 64.347.760,55 euros
§  El Ministerio ha promovido diversas restauraciones en los bienes la Torre del Espolón y murallas del castillo de Lorca, la Iglesia y claustro del convento del Carmen, la Iglesia del Monasterio de Santa María la Real de las Huertas y un conjunto de piezas arqueológicas del Museo Arqueológico, afectadas por el seísmo












murallas del castillo


L.M.A.

28-abril-2017.- El director general de Bellas Artes y Patrimonio Cultural del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, Luis Lafuente, acompañado por el alcalde de Lorca, Francisco Jódar, y por la consejera de Cultura de la Región de Murcia, Noelia Arroyo, ha visitado hoy Lorca para conocer de primera mano los avances realizados en la recuperación de su patrimonio cultural. 

El Ministerio de Educación, Cultura y Deporte ha venido colaborando con el gobierno de la Región de Murcia, el Ayuntamiento de Lorca y el Obispado de Cartagena en la recuperación del patrimonio cultural dañado por el terremoto que tuvo lugar en Lorca el 11 de mayo de 2011.
El cumplimiento de las actuaciones previstas en el Plan Director para la recuperación del Patrimonio Cultural de Lorca, según el último balance efectuado con fecha de enero de 2017, puede considerarse un éxito, pues la inversión total ejecutada alcanza los 64.347.760,55 euros.
Dentro de este Plan Director para la Recuperación del Patrimonio Cultural de Lorca, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, a través del Instituto del Patrimonio Cultural de España (IPCE), ha promovido a lo largo de los últimos años, diversas restauraciones en templos y edificios civiles de la ciudad:  la Torre del Espolón y murallas del castillo de Lorca, la Iglesia y claustro del convento del Carmen, la Iglesia del Monasterio de Santa María la Real de las Huertas y un conjunto de piezas arqueológicas del Museo Arqueológico, afectadas por el seísmo.

El conjunto de intervenciones de restauración realizadas, juntamente con la redacción del Plan Director y de los estudios sobre el turismo y el patrimonio y el Plan de Calidad del Paisaje Urbano, han supuesto para el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte una inversión de 3,2 millones de euros.

Torre del Espolón
En la Torre del Espolón, entre junio de 2011 y marzo de 2012, se llevaron a cabo unas obras de Emergencia por importe de 1.087.199, 87 €. Se procedió a la estabilización, consolidación y restauración de la torre. Las almenas construidas en una intervención de los años 70, que fueron las primeras en sucumbir a las sacudidas del seísmo, no fueron restituidas o reconstruidas al considerarse un falso histórico historicista aportado en dicha intervención.



Iglesia de Nuestra Señora del Carmen
En la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, de diciembre de 2012 a julio de 2013, fue necesario acometer unas obras de emergencia para  la reparación estructural de los arcos del crucero, nave central y naves laterales incluyendo su refuerzo, cosido y solidarización, reparando la totalidad de las bóvedas agrietadas, mediante técnicas tradicionales de sustitución de fábricas rotas, incluyendo la reparación y/o sustitución de la bóveda de la nave central sobre el coro. Asimismo, se ejecutó un conexionado de la fachada principal, previamente apuntalada para evitar su vuelco, con los muros perpendiculares a esta de la nave central, solidarizando el conjunto,  y una modificación de las estructuras de la cubierta por su elevada pendiente, la cual ocultaba las ventanas del tambor de la cúpula central. El importe de estas obras fue de 638.672,19 €.
Murallas del Castillo
Las murallas del recinto del castillo de Lorca en el entorno de la Ermita de San Clemente y adecuación de los restos arqueológicos en el entorno de la Torre del Espolón, se llevaron cabo de noviembre de 2013 a junio de 2014, con una inversión de 413.744,06 €. Consistieron en el rejuntado y saneado de la mampostería existente, la colocación de un peto superior con fábrica de piedra similar, aunque distinguible, y la recuperación de los paños que habían desaparecido mediante hormigón ciclópeo de cal, en un plano más retrasado, quedando reconocibles como obedece a su etapa contemporánea.



Monasterio de Santa María la Real de las Huertas
En lo que respecta al Monasterio de Santa María la Real de las Huertas, en 2012 el IPCE realizó una intervención de emergencia en su iglesia para asegurar la estabilidad estructural del inmueble y consolidar sus elementos arquitectónicos. Esta intervención contempló también la restauración de parte de las pinturas del interior del templo. La inversión total realizada fue de 539.355,11 €. Posteriormente, entre 2015 y 2016, se ha ejecutado un nuevo proyecto de “obras de consolidación y restauración” de la iglesia del monasterio, para completar la intervención en este templo después de las obras de emergencia realizadas y hacer visitables los importantes restos hispanomusulmanes hallados. La inversión total realizada en este proyecto ha sido de 481.641,56 € y ha contemplado los siguientes aspectos: restauración de las cubiertas, de la escalera que sube desde la sacristía hasta la parte superior del claustro y de las pinturas murales de los lunetos y capillas interiores, ampliación de sondeos arqueológicos y acondicionamiento para la visita de distintos restos islámicos, adecuación de iluminación interior, y acabados y pinturas de paramentos interiores.



Consejo de Ministros Autorizada la concesión de la garantía del Estado para la exposición ‘El Renacimiento en Venecia. Triunfo de la belleza y destrucción de la pintura’




L.M.A.

28-abril-2017.- El Consejo de Ministros ha autorizado hoy, a propuesta del ministro de Educación, Cultura y Deporte y del ministro de Economía, Industria y Competitividad, la concesión de la garantía del Estado a las obras de la exposición ‘El Renacimiento en Venecia. Triunfo de la belleza y destrucción de la pintura’, que tendrá lugar entre el 20 de junio y el 24 de septiembre de 2017 en el Museo Thyssen-Bornemisza. El valor económico total de las 36 obras para las que se autoriza la garantía del Estado asciende a 421.445.943,03 euros.

La exposición ‘El Renacimiento en Venecia. Triunfo de la belleza y destrucción de la pintura’ está dedicada a la pintura veneciana del siglo XVI, y reúne obras maestras de artistas como Tiziano, Tintoretto, Veronés o Lotto procedentes de importantes colecciones y museos.

El Museo Thyssen-Bornemisza ha diseñado un recorrido que muestra a través de retratos, pastorales, temas mitológicos y religiosos  la evolución de la pintura creada en una de las ciudades más bellas del mundo: desde la importancia dada al color y a la observación del natural, con la imagen del poder y la belleza como argumentos, hasta la destrucción de la pincelada y el color en las obras de los últimos años.

Sobre la garantía del Estado
La garantía pública estatal es un sistema establecido en España y otros países, a través del cual el Estado asume el compromiso de asegurar las obras de relevante interés cultural que se presten para exposiciones celebradas en museos de titularidad estatal frente a la posible destrucción, pérdida, sustracción o daño que puedan sufrir en el periodo comprendido entre el acuerdo del préstamo y el momento de devolución de la obra al prestamista-titular de la misma. Se trata, pues, de un sistema de aseguramiento público que opera como alternativa al tradicional seguro privado.


El otorgamiento de esta garantía no implica un coste inmediato, se trata del compromiso que adquiere el Estado, en tanto que asegurador, a hacer frente a un pago en caso de que uno de los bienes culturales resulte dañado. Desde que la garantía del Estado fue implantada en España en 1988 nunca ha habido un incidente que haya obligado a conceder la indemnización correspondiente.


"Fulgencia", relato con recuerdos familiares de Carmen Valero



Carmen Valero

Madrid, 27/04/17

            Mi abuela Julia y su hermana Concha -a las que llamábamos familiarmente las abuelas- la recogieron un día como criada en su casa y Fulgencia se integró de tal modo con ellas, que constituían un trío inseparable. El gato Tití era el cuarto habitante de la casa. Fulgencia Manzanares decía que era de Madrid, pero nadie le conoció familiar alguno; siempre era esquiva cuando se le preguntaba por su cuna. Las abuelas paternas se dedicaban a coser y a bordar para dos tiendas, una en la Gran Vía madrileña  y otra en la plaza de Santa Ana; las dos mujeres dejaban sus ojos dando puntadas de hilo y aguja junto a balcón de la calle de la Fe, junto a la plaza de Lavapiés. Manos prodigiosas, eras las mejores costureras de Madrid haciendo puños y puñetas para las camisas, con ello obtenían ingresos a partir de la muerte del abuelo. La Seguridad Social no llegaría a España hasta los 50, con el ministro Girón de Velasco. El hecho de tener una criada que les hiciera la compra, la comida y limpiase la casa  proporcionaba más tiempo disponible para la costura.

            Fulgencia era una muchacha resuelta y vulgar; las abuelas soñaron con desbravarla y meterle un poco de suavidad en el habla y los modales, pero fue empeño inútil. La fuerza salvaje de Fulgencia arrasaba los intentos de las buenas mujeres por pulir un poco su palabra, estampa y figura. Fulgencia era impermeable a las finezas. Las abuelas no le pagaban mucho por su trabajo, pero a Fulgencia le bastaba para sus gastos personales y parecía feliz entre aquellas señoras que se atenían a sus servicios, sin exigir mucho, le permitían salir todas las tardes y le ofrecían comida y techo, algo muy deseado en su pasado tiempo de escasez e intemperie.

            A Fulgencia la conocía todo el mundo en el barrio, porque era una muchacha sociable y conversadora. Las abuelas, que en comportamiento eran todo decoro, se hacían de cruces con las cosas de la criada, dignas de El lazarillo de Tormes. ¡A esta criatura la conoce todo Lavapiés!, repetían. La abuela Julia le regaló en su cumpleaños una faja, para que no fuera por ahí moviendo sus carnes y ella se resistía a ponérsela, porque decía que le oprimía. Un día don Félix, el párroco, le comentó a mi abuela la desfachatez de los desvergonzados tiempos: ¡Miré lo que me he encontrado en el confesonario esta mañana! El clérigo le mostró la faja de Fulgencia. La abuela no le dijo nada, pero al llegar a casa le recriminó a la criada aquel abandono intempestivo de la prenda, que le había hecho pasar vergüenza ante el cura. Fulgencia se defendía: hacía calor durante la misa de San Lorenzo, el patrón del barrio, y ella, escondiéndose en el confesonario se la quitó con disimulo y allí la escondió; después, se olvidó de recogerla, porque se fue de inmediato a la . verbena zarzuelera en la plaza en fiestas de Lavapiés, a la que acudían muchos madrileños de otros barrios. En aquella verbena había música, agua, azucarillos y aguardiente, además de limonada, berenjenas escabechadas y toda clase de encurtidos.

            La picaresca de Fulgencia en la calle daba lugar a situaciones increíbles que se contaban en familia casi como hazañas literarias. Era una pilla ingeniosa, que ponía de manifiesto su paupérrimo origen -lumpen proletariado, decía mi padre- y sus dotes para sacar provecho de las situaciones en la vida. Fulgencia hizo la primera comunión en tres iglesia madrileñas el mismo año, porque en los años 30 se regalaba un pequeño equipo de cosas a cada comulgante para celebrarlo. Cuando las abuelas se enteraron del hecho, le cayó una buena reprimenda. Fulgencia no se defendía, había adoptado la táctica de no replicar a las abuelas y seguir haciendo lo que le daba la gana.

            Cuando le dolía una muela, Fulgencia no iba al dentista, se la ataba con un hilo de Bramante al picaporte de una puerta sólida y se la arrancaba, como había oído y visto hacer desde su infancia. El dolor lo mitigaba con alcohol. 

            A mis hermanas y a mí nos encantaba ir a casa de las abuelas en Lavapiés, exactamente en la calle de la Fe, porque nos parecía un espacio de libertad, donde se quebraban las normas de comportamiento más estrictas, que imponía mamá en casa. Lo primero que hacía la abuela Julia, al llegar, era quitarnos de encima los lindos vestidos de nido de abeja o de puntos vascos que nos compraba mamá en Mendívil, la tienda de moda, y nos dejaba con las enaguas blancas bordadas por ellas que eran como auténticos vestidos blancos, para  que pudiéramos jugar libremente en la plaza, mientras nos vigilaba Fulgencia. Lo de vigilar era un decir, porque más de una vez nos perdió de vista y tuvo que buscarnos antes de volver con las abuelas. Cuando regresábamos a casa, mamá comentaba: ¡Vuelven como sarteneras! y nos mandaba al baño directamente. No comprendía que nos mancháramos las sayas y no los vestidos, interpretaba que nos levantábamos las faldas para sentarnos en los bancos de Lavapiés o montarnos en el carrusel de los caballitos y por eso ensuciábamos la combinación. Nunca le confesábamos a mamá lo de jugar sin vestido porque, como niñas intuitivas, sabíamos que hubiera amonestado a la abuela y nos hubiera impuesto de inmediato el decoro del vestido.

            A mamá no le apetecía nunca ir a casa de las abuelas, porque le desagradaba el barrio popular y castizo –ella vivía en de los Austrias, junto a Palacio Real- porque no quería comer allí; explicaba que no se fiaba de los guisos de Fulgencia, una chica zafia y sucia; además, contaba mamá, que allí el gato Tití campaba a sus anchas, ella misma lo había visto pasear tranquilamente por encima del aparador y del trinchero del comedor, chupando las fuentes de pipí con tomate (que no era otra cosa que conejo) o de arroz con leche, fuentes que luego se servían directamente a  la mesa. El gato Tití era uno más en la familia de las abuelas y allí nadie hacia melindres por sus lengüetazos en las fuentes de comida. Los langostillos en lata eran el aperitivo típico en casa de las abuelas, cuando íbamos a comer con ella.

            Mamá nunca se llevó bien con las chicas de servicio, a ella le hubiera gustado que contaran con la preparación de un mayordomo inglés y eso era imposible en aquella España pobre y áspera de los años 30. Mi padre le decía: si fueran tan inteligentes como tú, las chicas no estarían sirviendo. Otras veces se lo decía cantando el tango de “La Menegilda” en la zarzuela La Gran Vía: “¡Pobre chica la que tiene que servir!...”  Pese a que mamá era maestra, fuimos mis hermanas y yo las que enseñábamos a leer a las chicas de servicio que pasaban por nuestra casa; Fulgencia se resistió, alegando que lo de leer y escribir era cosa de ricos, y ella no lo necesitaba para bastarse en la vida.

            Cuando llegó la guerra civil de 1936 - 39, las cosas cambiaron trescientos sesenta grados para todos, en especial para los madrileños, donde el terror y el hambre se desencadenaron con fuerza. Las abuelas andaban sin trabajo de costura y con apenas ingresos, por lo que le dijeron a Fulgencia que ya no podían tenerla en casa; escaseaba el dinero. Ella se echó a llorar, pensó de nuevo que le esperaban la escasez y la intemperie de la calle. Mi abuela la animaba a buscar un buen chico para casarse con él, pero ella replicaba: ¡antes con el gato Tití! Parecía renuente al matrimonio. Fulgencia dijo que no quería irse de la casa, que estaba dispuesta a trabajar solo por la comida y el alojamiento. Y siguió viviendo con las abuelas, que le daban de vez en cuando le daban una propina para sus gastos personales. Durante la contienda incivil de los españoles, Fulgencia había agudizado su ingenio para lograr víveres extra de aquí y de allá, que luego compartía con las abuelas, escrupulosas e incapaces de andar pidiendo comida. Más de una noche cenaron mondaduras de patata hervidas, que la criada encontraba en las basuras.

            Las tres mujeres resistieron, entre miedo y la hambruna, los tres años de contienda cainita. Después de bombardeos, refugios y cartillas de racionamiento en abastos, llegaron al final de la guerra con la piel sobre el esqueleto, pero más unidas que nunca. Hasta el gato Tití tuvo que espabilarse y cazó más ratones que nunca en aquellos años dramáticos.

            Mi padre, que era un santo de altar, comenzó a ayudar a las abuelas económicamente. Ellas habían perdido mucha vista y los tiempos no estaban para coser muchos puños y puñetas. Yo vi como mi padre sostenía la economía de tres casas; sin que lo supera mamá, hacía tres apartados con sus ingresos: uno para su familia, otro, para las abuelas y, un tercero para su hermano, diez años más joven que él, un vividor muy simpático, pero mala cabeza, al que le pagó la carrera de Derecho y mi padre lo empleo en su despacho de abogado para que aprendiese la profesión. La honestidad y honradez de mi padre eran algo natural, fluía de él como algo innato, aprendido en su familia, noble de corazón como las abuelas, quienes, pese a su modestia, tenían señorío interior que se transmitía a los suyos. Emanaban dignidad. Su único lujo en la vida era una copa de licor de vez en cuando, más para matar el frío del invierno que otra cosa.

            Aunque yo era jovencita, mi padre me encargaba llevar el sobre con el dinero a la abuela Julia, que me transmitía la contraseña acordada cuando necesitaba pedir ayuda a su hijo: Dile a tu padre que hay que dar cuerda al reloj. Aquella gestión del sobre era un secreto entre mi padre y yo, su hija mayor, lo que me llenaba de orgullo, porque yo adoraba a mi progenitor. La abuela Julia era tan generosa, que de aquel sobre sacaba en primer lugar propinas para Fulgencia, mis hermanas y para mí; puedo presumir de que a mis hermanas les daba un duro y a mí, cinco, en calidad de nieta mayor y emisaria paterna. Las nietas visitábamos a las abuelas todos los jueves por la tarde, que era el día de descanso vacacional en el colegio.


*****

            El tiempo fue pasando en Madrid, al ritmo de las estaciones del año. Los árboles de la plaza de Lavapiés lo marcaban como relojes puntuales en sus copas floridas o desnudas. La Dama del Alba comenzó a visitar la casa de las abuelas; primero se llevó a la abuela Concha y su hermana Julia quedó consternada. Fulgencia se portó muy bien con la abuela, tratando de animarla y sacándola de casa para que diese paseos y se sentara a tomar el sol en la plaza. Al cabo de dos años, la sombra de la guadaña volvió a entrar en la casa, para llamar a la abuela Julia; el desconsuelo de Fulgencia fue tal que tuvimos que administrarle dos tilas y llamar a don Fortunato Juárez, el médico amigo de mi padre, para que la atendiera (Fortunato había sido el discípulo predilecto del Doctor Juan Negrín, el que fuera presidente del Gobierno republicano). El temor de la criada de volver, a sus años de escasez e intemperie en la calle, le producía vértigo y espanto;  se lamentaba de que la muerte no hubiera recaído sobre ella, en vez de sobre doña Julia. Las palabras de mi padre la tranquilizaron, le aseguró que nunca le faltaría nada, que seguiría pagando el alquiler de la casa de Lavapiés y que no tendría por qué preocuparse.

            Fulgencia era considerada una más de la familia y se la invitaba a las fiestas de santos y cumpleaños de nuestra casa, pese a las reservas de mamá, quien aseguraba que aquella mujer seguía siendo más basta que la lija, que la cortesía urbana no había pasado por ella y que debiera de lavarse algo más, para no emanar el olor rancio a sudor de lustros que la envolvía. Mi padre y las hermanas la disculpábamos. Mamá fue siempre un poco burguesa y clasista. Aseguraba que su familia descendía de los Siete Infantes de Lara. Ella vivía por y para la belleza, el confort y, hasta donde fuera posible, el lujo. Daba mucha importancia a la estética y el estilo en la gente; no lo podía remediar, por eso le irritaba la zafiedad. Era una mujer elegante, que nunca ejerció su profesión, que vivía como una reina, adorada por su marido y sus hijas, que en el fondo la admirábamos por su gran porte. Mamá era perfecta como ama de casa, la tenía siempre cuidada y con buen gusto; dominaba el protocolo a la perfección y sabía recibir como nadie. Sus mesas tan bien puestas con mantel de Lagartera, vajilla y cristalería para comer o para tomar el té, era elogiadas por las mujeres de la familia o sus amigas; muchas de ellas le consultaban puntualmente las cuestiones de protocolo en el recibir visitas, la casa o la mesa. Ese era su mundo y lo bordaba.

            Fulgencia fue perdiendo facultades poco a poco, sobre todo la vista. Mis hermanas y yo –también mi padre- íbamos con frecuencia a verla, a veces nos quedábamos a dormir en la casa para evitar que a Fulgencia la devorasen las sombras y angustias de la noche. Don Fortunato, con su humor socarrón, la atendía periódicamente y le infundía ánimo con sus palabras, más que con sus remedios. Le ha llegado su hora, pero se resiste a doblar, le comentaba el galeno a mi padre. Hubo que buscarle un lugar de acogida y atención; mi progenitor lo consiguió en la Residencia de Ciegos, sita en la calle Ciudad de Barcelona. Al cabo de unos años, el médico certificó la defunción de Fulgencia Manzanares por paro cardiaco. Mi padre pagó su entierro y le compró una tumba en el nuevo cementerio de Carabanchel, donde había plaza, por si alguna vez aparecían familiares de la finada.

            -Esta mujer ha muerto sin utilizar el coño con los hombres, con la de ocasiones que habrá tenido en el barrio, dijo a mi padre don Fortunato,  que era otro bruto realista de la vida, como Fulgencia. FIN
           
           




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