Pintura de Hammershoi
Julia Sáez- Angulo
15/2/26.- Madrid.- Desde la severidad protestante a lo monótonamente espléndido son las sensaciones que transmite la pintura del pintor danés Wilhelm Hammershoi (1864-1916), exposición, que tiene lugar en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, bajo el título de “Hammershoi. El ojo que escucha”, hasta el 17 de mayo de 2026.
La exposición ha sido organizada por el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, en cooperación con la Kunsthaus Zürich.
Una sucesión monocorde de cuadros, en su mayoría de mediano formato, que representan interiores, casi siempre en la misma y sobria vivienda del pintor, con un único modelo, su esposa, Ida, y a veces su madre y prácticamente de espaldas en su totalidad. El resultado es una pintura silenciosa, poética y repetitiva, aunque como diría Cesare Pavese “Todo artista es monótonamente espléndido”.
La Galería Nacional de Copenhague tuvo en su día una donación de 30 cuadros de Hammersoi, que devolvió a su sueño al cabo del tiempo por falta de interés en su pintura. Después ha ido comprando sus cuadros y hoy es la institución museística que más obras tiene del pintor danés.
Seguramente el artista estaba pasado de moda (nos duele decir que el arte pasa también por la moda que es aceptación) o no era lo suficientemente espectacular en tamaño o imágenes. No siempre los museos aciertan.
Los “revivals” de artistas hacen milagros y esas resurrecciones de pintores que cayeron en el olvido como fue Hammersoi, después de unos últimos años de su vida de reconocimiento de su obra, son algo habitual en la Historia del Arte. Unos se resucitan por interés estético y otros, por aniversarios redondos y, otros, por causas menos claras. En este caso, cabe decir que se trata de un artista interesante, buen pintor, poeta que indaga en la pintura, casi con la voluntad de ir mejorando o cambiando el motivo.
El arte y “su doble” de alguna manera circula por esta pintura, que habla de la sobriedad, el despojamiento, cierto hieratismo y la severidad de la sociedad protestante del norte, que trae a la memoria películas como las de Ingman Bergman y otros cineastas escandinavos que también la reflejan en su cine. Una pintura que choca con “la cultura mediterránea, donde no te tiene miedo al cuerpo desnudo, porque se convive con él.”
A los japoneses les gusta besar la nuca y el cuello de las damas, la figura de Ida Hammershoi invita a ello.