miércoles, 21 de agosto de 2024
martes, 20 de agosto de 2024
MARTÍN PÉREZ Y LA TABERNA DEL TUERTO PIRÓN, EN VILLACASTÍN (Segovia)
Sierra de Guadarrama, hoy parque natural desde 2013
A Carmen Valero Espinosa, que me contó
esta historia y queda como narradora oral
Julia Sáez-Angulo
20/8/24.- Villacastín.- Martín Pérez Bermejo era un buen amigo de mi padre, el abogado don Antonio Valero. Algo más joven que mi progenitor, Martín era un hombre educado y culto, pero sin oficio ni beneficio claro, por lo que andaba casi siempre con poco dinero. Nos alquiló indefinidamente su casona en la localidad segoviana de Villacastín, con un ostentoso escudo en la fachada, en medio de la Plaza Mayor. La casona tenía catorce habitaciones y una capilla. Martín dormía en lo que él llamaba la habitación de Felipe II, porque era muy grande y la cama tenía dosel con cortinas. En esa casa pasamos todos los veranos de infancia, mis padres, mis dos hermanas y yo, la mayor de las tres, además del perro Churi. Todos residíamos en Madrid, durante el curso escolar.
Mi padre quería tanto a Martín, que le permitió alojarse en la amplia casa situada al fondo del amplio patio ajardinado de la nuestra casa alquilada, que tenía también entrada por la calle de atrás. Y no solo eso, papá invitaba a comer a su amigo todos los días a casa, durante los meses de verano que disfrutábamos del “otro lado de la sierra de Guadarrama”, que nos separaba de Madrid, para que, según mis padres, respirásemos sano y sus hijas no cogiéramos la tuberculosis imperante en los años 50. Martín solo dejaba de venir a casa, cuando papá tenía que volver a Madrid, durante los días del mes de julio en que tenía que trabajar en la capital, si bien regresaba los fines de semana. Era un detalle para preservar la honra de mi madre, doña Sofía Espinosa.
Martín Pérez era tan educado, que siempre se ponía en pie y hacia una ligera inclinación de cabeza, cuando mamá o alguna de nosotras llegaba a casa o al bar, en su presencia. No dejaba de hacer su saludo y reverencia, incluso, cuando estaba algo bebido y balbuceaba las palabras. Todos en la familia lo apreciábamos
Martín Pérez era hijo de Doña Baldomera Bermejo, una mujer viuda, de carácter, excelente cocinera, que regentaba la taberna Casa Labra en Madrid, cuya especialidad, cordero con guisantes, era el furor, antes de especializarse en bacalao rebozado y croquetas, que es el atractivo posterior de hoy. En 1897, Pablo Iglesias (que no Turrión, el de la coleta) fundó el Partido Socialista Obrero Español, PSOE, en Casa Labra.
El hijo, Martín Pérez, ayudaba a Doña Baldomera y se querían, pero no faltaban las discusiones entre ambos, por lo que Martín se sentía más a gusto en Villacastín, donde tenía refugio, aunque hubiera alquilado su casa.
Siempre pensé que Martín estaba un poco acomplejado, porque no terminó los estudios universitarios como todos sus primos, que resultaron excelentes profesionales del Derecho y de la Banca, incluso tenía una brillante prima filósofa, María Riaza Pérez, discípula ilustre del profesor Julián Marías, el seguidor de la filosofía de José Ortega y Gasset. Su sobrino Román Riaza era catedrático en la Escuela de Ingenieros de Minas de Madrid.
Un día, a Martín Pérez se le ocurrió crear una taberna privada en Villacastín y pidió permiso a mi padre para hacerlo en la casa de atrás del patio ajardinado. Mi padre se lo concedió, porque el sitio tenía entrada por la calle de atrás, aunque pudiera hacerse también desde el zaguán de nuestra casa. Martín estuvo pensando en un nombre para su establecimiento hostelero privado y, tras consultar con papá, se decidió a llamarlo Taberna del Tuerto Pirón, en honor a un destacado bandolero de la zona segoviana y madrileña en torno a la sierra de Guadarrama, a finales del XIX, al que le gustaba comer bien y lo hacía periódicamente, en las fondas y tabernas de distintos pueblos. La Guardia Civil no podía dar con él, porque andaba siempre bien custodiado por los suyos y contaba con la complicidad de taberneros y posaderos. También se decía que disfrutaba de la amistad y/o tolerancia del marqués de Lozoya, porque nunca atracó ni robó en sus fincas segovianas.
La Taberna del Tuerto Pirón en Villacastín fue un éxito por el nombre y lo bien que se comía en ella. Martín Pérez se creció en seguridad en sí mismo. Se hizo amigo del maestro asador segoviano Cándido López Sanz (1903-1992), Mesonero Mayor de Castilla, que elogiaba mucho su cocina. Ambos restauradores se visitaban con frecuencia en sus respectivos establecimientos -privado y público respectivamente- y cambiaban impresiones sobre la forma de asar el cochinillo o de preparar las ancas de rana, tan populares en la región segoviana.
La taberna nos la prestaba Martín a las jovencitas -así nos llamaba- cuando hacíamos guateques en el patio.
Martín se gastaba el dinero del alquiler, a los dos días de cobrarlo, sobre todo en cenas con sus amigos en la Taberna. Era un derrochador nato. Acababa los meses pidiendo prestado a mi padre, que ganaba muy bien en aquella época.
Un bandolero de leyenda
De inmediato, todos los residentes en Villacastín nos reciclamos sobre quien había sido el Tuerto Tirón, famoso como leyenda, pero desconocido en los detalles de su vida:
Fernando Delgado Sanz, conocido como El Tuerto de Pirón o Tuerto Pirón (Santo Domingo de Pirón, Segovia, 1846 – Valencia, 1914), tenía una densa nube en un ojo, que él cubría con un parche. Sabía leer y escribir, incluso morse para trabajar como telegrafista en su pueblo. Sus andanzas como bandolero, comenzaron después del servicio militar, cuando regresó al pueblo y vio que su novia Lola había sido obligada por su padre, a casarse con otro mozo más acaudalado que él. Para vengarse le robó el mejor cordero al fallido suegro y le dejó los despojos en su puerta con la nota “Para el padrino”. Aunque él estuvo con diversas mujeres, el Tuerto Pirón siempre amó en silencio a Lola.
El Tuerto Pirón huyó del pueblo y comenzó sus fechorías de robos de todo tipo, por los aledaños, junto a amigos secuaces, que le seguían devotamente en la banda: Aquilino, Paco, Geñico, Barroso, El Madrileño, Consuegra y los tres hermanos conocidos por Los Tormentas.
Todos ellos cabalgaban por las estribaciones de la sierra de Guadarrama, entre los ríos Pirón y Lozoya. También se dice que se acercó hasta las riberas del río Voltoya. Los asaltantes y ladrones se refugiaban en bosques, cuevas como la de Murciganillos o la Vaquera, en ermitas o iglesias solitarias… incluso en las oquedades de los olmos, como el de Losana de Pirón, de 300 años, desde el que escuchaba información provechosa para futuros robos.
Dicen que, por su cultura lectora, al Tuerto Pirón le repugnaba la sangre y solo mató a “El Madrileño, uno de sus secuaces, que huyó del grupo para denunciar el paradero del Tuerto Tirón y sus cuatreros, y así, poder cobrar la recompensa ofrecida por su detención. El Tuerto Pirón lo retó a un duelo de navajas, en el que lo tiró al suelo y lo apuñaló con saña. El Tuerto Pirón permitió también, que otro secuaz matara igualmente a otro traidor y soplón de la banda.
Los robos y huidas del Tuerto Pirón eran de todo tipo, pero se hicieron célebres los de ciertas ermitas e iglesias donde lo hacía sin dejar huella alguna, por lo que la Guardia Civil no lograba dar don él. Su fama y leyenda crecían entre la gente del lugar y, más de uno, lo miraba con simpatía. Al terreno de la sierra, que recorrían los bandoleros, lo llamaban el Reino del Tuerto.
La Guardia Civil lo perseguía y ofrecía recompensas. En sus bandos describía así al Tuerto Pirón: “Edad, 35 años; estatura, más bien alto que bajo; ancho y cargado de espaldas; cara, ancha; color, moreno; barba afeitada; con un poco de bigote. Como seña particular, un granizo en el ojo izquierdo. Viste pantalón azul, chaleco de paño pardo y un chaquetón largo ó cazadora á cuadros; buenos borceguíes negros, y sombrero ancho ó boina azul muy usada."
El bandolero Tuerto Tirón fue detenido en dos ocasiones, una de ellas estuvo prófugo 15 años, pero, al fin, fue detenido, juzgado y condenado a cadena perpetua en 1888, por su ensañamiento al apuñalar al secuaz Madrileño. No pudieron legalmente aplicarle la pena de muerte, porque no disparó contra la Guardia Civil. El Tuerto conoció las cárceles Modelo de Madrid, Ceuta y finalmente, la de Valencia. Cuentan que murió de pena y soledad, de tristeza por su encierro, de nostalgia por sus días de libertad en la sierra segoviana y madrileña del Guadarrama, de melancolía por no haber amado nunca a Lola, su novia de juventud. Nunca la había olvidado. La amó en silencio.
Eñ Tuerto Pirón se portaba bien en la cárcel, por lo que él mismo pidió un indulto, pero éste no llegó a tiempo.
Crecieron los romances, las coplas y los murales sobre el famoso bandolero Tuerto Pirón. Su nombre y hazañas se hicieron legendarias, sobre todo en Segovia y Madrid. Hoy se evoca la figura del bandolero diseñando rutas con su nombre, por sus cabalgadas en la sierra, visitando las ermitas e iglesias en las que robó, siguiendo sus andanzas, ribeteando los ríos Lozoya y Pirón en los que se abastecía de agua para sí y sus caballos…
Han puesto el nombre de Tuerto Pirón a distintos establecimientos hosteleros de la zona, pero ninguno de ellos puede cotejarse con la Taberna del Tuerto Pirón que fundó Martín Pérez, el amigo de mi padre, en Villacastín. Ni punto de comparación.
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En las fiestas patronales de San Sebastián de la localidad segoviana, hay toros y vaquillas, a los que mis padres y sus amigos asistían, y, por supuesto, Martín Pérez junto a ellos. En una de las corridas, Martín Pérez, buen aficionado a la tauromaquia, hizo amistad con El Jaro, matador que había tenido un gran éxito en la plaza. Estuvieron tan animados juntos, tomando unos vinos en la Taberna del Tuerto Tirón, que Martín lo invitó a quedarse, pues tenía un cuarto libre en la parte de atrás de la taberna, que ya quedó reservada como la "habitación de El Jaro", siempre que asistía a las ferias de Villacastín.
El 8 de septiembre, cuando llegan las fiestas de la Virgen del Cubillo, papá y Martín vendían con humor las almendras garrapiñadas, que preparaban las monjas clarisas de Villacastín, para ayudar con los ingresos a esas religiosas de clausura, que los querían mucho por su gentileza como caballeros. Agradecidas, estas monjas rezaban por nuestra familia todo el año. También por la de Martín Pérez, que en el fondo era un hombre de fe: miembro de la Cofradía de los Esclavos, la más antigua de Villacastín, fundada en 1632; se ocupaba de conservar la ermita del Cristo del Valle en la carretera hacia Ávila.
Martín Pérez acabó debiendo a mi padre tanto dinero prestado, que le quiso vender la casa a cuenta del mismo. Pero papa, un caballero, no lo consintió.
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Cuando cumplí 20 años y viajé a Londres, para aprender inglés en el colegio de las Carmelitas Vedruna de Wimbledon, recibí una primera y bonita postal de la puerta de Alcalá. El ella, Martín Pérez me decía: “Desde que te fuiste, Madrid y Villacastín, están muy tristes sin ti”. Eché la moviola de la memoria atrás, removí recuerdos, recompuse escenas, recordé miradas y evoqué palabras del amigo de mi padre. Comprendí entonces, que Martín Pérez siempre había estado enamorado de mí.
Nunca le comenté a mi padre aquella correspondencia postal intensa de Martín Pérez, que solo tuvo una dirección: Inglaterra. Pensé que no debía hacerlo, por si interfería de alguna manera en su mutua amistad. Amar en silencio es siempre algo hermoso, como le sucedió al Tuerto Pirón. FIN
lunes, 19 de agosto de 2024
ADIÓS A PUENTE VIEJO. De aguas, huevos, jabalíes, lobos... De mercadillos en Sanchidrián, Villacastín. El Espinar...
sábado, 17 de agosto de 2024
MARTÍN MUÑOZ DE LAS POSADAS. Pueblo segoviano con Cardenal renacentista, iglesia con Greco y Pompeo Leoni. Palacio con escudo de Felipe II y Plaza Mayor para feria franca
Palacio del cardenal Espinosa Arévalo
Julia Sáez-Angulo
Fotos: J. Sáez
18/8/24 .- Madrid .- Martín Muñoz de las Posadas (Segovia) .- De pronto ha nacido un niño. Hacía diez años que no había nacido ninguno, por lo que ha sido todo un acontecimiento en el pueblo segoviano de Martín Muñoz de las Posadas, que pese a haber sido un pueblo histórico de relieve, que contó con el cardenal renacentista Diego de Espinosa y Arévalo (1513- 1572), de gran influencia en su tiempo como ministro de Felipe II, se ha ido despoblando hasta contar hoy con poco menos de 200 habitantes.
Juan José Alonso Gallego, voluntario de la Asociación de Amigos del Patronato Natural, Histórico y Cultural de Martín Muñoz de las Posadas www.patrimonioculturalmmp.org, nos acompaña, como visitantes, en el recorrido del hermoso pueblo y sus monumentos histórico artísticos, que van desde una iglesia gótico-mudejar en su origen, que cuenta con un preciado cuadro del Greco, titulado “El Calvario”, hasta el palacio renacentista del Cardenal Diego de Espinosa, con escudo de Felipe II, construido por los arquitectos Juan Bautista de Toledo (arquitecto del Real Monasterio de El Escorial) y Gaspar de la Vega. El palacio fue disfrutado más recientemente por los condes de Orgaz.
El pueblo cuenta con una inmensa Plaza Mayor, situada ente la iglesia y el Ayuntamiento enfrente, en ella que se celebraban ferias francas, privilegio logrado por el cardenal Espinosa para Martín Muñoz, junto a otros privilegios como el titulo de Villa y derecho de mercados.
La localidad de Martín Muñoz llegó a tener editorial e imprenta, de la que se conocen y permanecen dos libros publicados, que hoy se custodian en la Biblioteca Nacional de España y la Real Academia de la Lengua, R.A.E.
El cardenal Espinosa sostuvo diferencias con Don Carlos de Austria, hijo nde Felipe II. El palacio ofrece hoy, en su amplio patio porticado de balaustres y columnas dóricas, una exposición de reproducciones de pinturas en aluminio dibond, sobre los retratos de personajes coetáneos al cardenal Espinosa. Los balaustres se han restaurado respetando la lectura histórico de lo antiguo y lo nuevo.
La iglesia de la Asunción del pueblo, de estilo gótico mudéjar, está asentada sobre una antigua fortaleza medieval, y cuenta, entre otras riquezas artísticas, con interesantes pinturas murales góticas y renacentistas, un espléndido retablo barroco de la Asunción y unas renovadas vidrieras de Carlos Muñoz de Pablos, maestro vidriero actual, medalla de Oro a las Bellas Artes.
La escultura sepulcral en mármol y alabastro del cardenal Espinosa, esculpida por el italiano Pompeo Leoni es una de las piezas más preciadas de la iglesia, que cuenta con una doble representación del Padre Eterno, en el retablo y en una vidriera.
La parroquia tiene como patrona a la Virgen del Desprecio, una especie de Dolorosa, cuya fiesta se celebra el lunes sigueinte al domingo de Pentecostés.
Sobre la historia y presencias de este singular municipio Martín Muñoz de las Posadas, han escrito un buen libro los autores Luis Santos García y Pedro Sanz León, bajo el título “Un pueblo, un cardenal y un Greco” (2006). El pueblo tuvo su particular protagonismo durante el episodio histórico de los Comuneros de Castilla.
El próximo sábado, día 24 de agosto, se celebrará en la gran Plaza Mayor la gran Feria del Tomate, con agricultores y comerciantes de distintas procedencias, particularmente de la zona. Luis Santos García asegura que el tomate -fruta que no verdura- de Martín Muñoz tiene el grado óptimo de acidez y elogia todas sus variedades, así como su cultivo de modo tradicional. El tomate es hoy ingrediente clave del gazpacho y el salmorejo, excelentes y populares sopas frías del verano, amén de ensaladas.
A los habitantes de Martín Muñoz los denominan cariñosamente “cebolleros”, porque cuentan con una rica producción de esta hortaliza, además del tomate, producto que nos llegó de América. El pueblo se encuentra a 49 km de Segovia y 39 de Ávila.
Escultura sepulcral del autor italiano Pompeo Leoni. Foto de Sira Gadea «Viajar con Arte»
Calvario de El Greco, bien custodiado, en Martín Muñoz de las Posadas
Pintura renacentista bajo el arcosolio
Pintura mural dentro de la iglesia
viernes, 16 de agosto de 2024
RETORNO A EL ESCORIAL XXIV .- Una casa en Puente Viejo. Toros y vaquillas en Sanchidríán. Ayuntamiento nuevo, sin el lenguaje arquitectónico del lugar. Protocolo inadecuado en el salón de plenos
Salón de la casa del Coto de Puente Viejo
Subida a los dormitorios y platos sesenteros de cerámica
Julia Sáez-Angulo
Fotos: Carmen Valero
17/8/24 .- Puente Viejo (Ávila) .- “Esta casa tiene buena energía, porque la habitaron mis padres, don Antonio Valero y doña Sofía Espinosa, anfitriones generosos, que celebraban comidas y cenas con amigos y permitían guateques a los jóvenes”, afirma Cuqui Valero, una de las hijas, que me ha invitado a pasar el finde con ella y su hermana Carmen. "Doña Sofía obligó a su marido a colgar su título de Magisterio, que nunca ejerció, junto al suyo de abogado, que si lo ejerció toda su vida. Ella era todo un personaje”, cuenta su hija.
Al Coto de Puente Viejo, urbanización de 600 chalets con jardín individual, lo conocen los pueblos cercanos: Maello, Sanchidrián, Villacastín… como La Ponderosa, el nombre de una localidad del Oeste americano de una serie televisiva en los 60. Cuentan que los guionistas en la pantalla pequeña, dieron el nombre de Puente Viejo a otra serie, tipo culebrón, que se proyectó en la tele, después de la comida de mediodía.
Lo de Puente Viejo viene, al parecer, de un antiguo puente sobre un río, más bien riachuelo, al decir de Klara, la suegra austriaca de Cuqui, que se maravilla de las lejanías doradas de mies segada en Castilla, donde al carecer de horizonte, ella imagina el mar, porque en Austria, todo horizonte acaba en bosque.
Cuqui asegura que solo ha cambiado lo necesario en la casa de Puente Viejo, desde que vivieran sus padres: arreglo de tejado, construcción de un porche y cambio de electrodomésticos, que son los únicos elementos que se estropean con el tiempo en una casa. Por lo demás, los suelos siguen siendo de azulejos hidráulicos iridiscentes cincuenteros, que no está dispuesta a tapar con tarima flotante, como se ha hecho en otros chalets. En la casa, se pueden detectar los viejos muebles castellanos de cuarterones, las lámparas de pie, de pergamino con cenefas de terciopelo, una bajada de cuerda en las escaleras, como si se descendiera de la cubierta de un barco a los camarotes… y hasta una cisterna de cadena, en uno de los baños, porque tiene una forja trabajada interesante, que Cuqui no quiere perder.
Carmen Valero, en un rincón del jardín, alimenta a las aves del cielo -mayormente gorriones- echándoles pan remojado, para ello compra todos los días dos barras de pan extra. Las aves del cielo -mayormente gorriones- la adoran.
“Cuando murieron mis padres estuve varios años sin acercarme a Puente Viejo. No podía”, cuenta Cuqui con emoción. Después, por avatares, recovecos, jeribeques y disposiciones jurídicas, la casa de Puente Viejo llegó a su propiedad y, hoy, a Cuqui se le antoja el paraíso en sus días de descanso.
Toros y vaquillas en Sanchidrián. Ayuntamiento que “canta”
Por la tarde decidimos ir a las fiestas de Sanchidrián, el pueblo vecino. Llegamos a la hora de los toros y vaquillas, los primeros toreados por estudiantes de la Escuela de Tauromaquia y las segundas, por los mozos del pueblo. Entramos en la plaza, de libre aforo, ya en las últimas vaquillas. La plaza estaba a rebosar en la sombra y vacía en los tentaderos de sol, porque no hay quien aguante allí las altas temperaturas.
Cuando bajaron dos hombres, nos dejó pasar la vigilante del Ayuntamiento, revestida con una camiseta verde fosforito con letras negras que le otorgaban aire de cierto mando. Cuando fuimos a sentarnos, una señora nos dijo: “estos asientos siguen ocupados por mi marido y mi hijo, que se han ido a mear”. Tuvimos que dar media vuelta de salida molestando de nuevo a la gente. Afortunadamente se fueron otros señores en el lado opuesto y pudimos aposentar las posaderas. Al poco, llegaron unos adolescentes compungidos, porque no habían podido entrar a torear en la arena. “¡No nos ha dejado entrar la Guardia Civil, por más que les hemos dicho que teníamos más de dieciséis años!”, se lamentaban desolados. Nos apretujamos todos.
Salió al ruedo otra vaquilla nueva, delgaducha y esmirriada, cuernibaja y disparcuerna, que parecía pedir a gritos un biberón, pero el animal embestía con gracia el capote, las muletas, los banderines rojos de palo largo y los sombreros de abaniqueo. Diría que era un animal resabiado de otras corridas de pueblo. Se alternaban los ¡olé! de ciertas faenas, con los ¡ay! de posibles cogidas. Yo había visto en alguna ocasión un salto del toro por la barrera, pero, de pronto, en Sanchidrián, lo nunca visto: la vaquilla esmirriada se coló por el burladero y recorrió el corredor interior, ante el pánico de los mozos, que corrían como en San Fermín. No llegó la sangre al río y la vaquilla fue reconducida al ruedo. Todo era rechifla entre el público.
“Esto es la España rural y real, y no la de Madrid”, repetía Cuqui con énfasis, ante el espectáculo taurino que, a mí, me traía a la memoria las películas de Berlanga y Bardén, “La vaquilla” y “Plácido” respectivamente.
Volvimos a Puente Viejo, no sin antes pasar por la Plaza Mayor, donde sobresalía el Ayuntamiento, una hermosa edificación de nueva planta, que rompe la estética y el lenguaje arquitectónico del lugar, a base de ladrillo rojo. Cosas que se hacen y pasan. El salón de plenos se puede contemplar desde la calle y allí luce una galería de retratos en primer plano -los concejales, supongo-, mientras que S.M. el Rey Felipe VI, vestido de capitán general está situado en un rincón, frente a la mesa principal. Un protocolo, a todas luces, inadecuado.
Cenamos embutidos ibéricos -"Salamanca está cerca", dijo Carmen- con ensalada de tomate y aguacates. Al subir a mi habitación, abrí la ventana. La luna entró como un haiku de Basho.
Vaquillas en Sanchidrián

MARÍA LUISA VALERO: La pintura y la fuerza de la Naturaleza. Villacastín como evocación de la infancia. Puente Viejo como disfrute del presente. Retrato de "Eugenia la Cacharritos"
Julia Sáez-Angulo
16.8.2024 .- Villacastín .- La pintora María Luisa Valero veranea en su casa de Puente Viejo (Ávila), cerca de su Villacastín de infancia, pueblo segoviano, que le evoca siempre el paraíso perdido de la infancia, donde habitaban la libertad, la inocencia, el baño en antiguos lavaderos de lana, cuyo lodo curaba las heridas, la bici, la trilla… Un paraíso perdido, como todos los que se precien, pero rencontrado en parte, en la casa con porche, olivo y prunos de Puente Viejo. Allí cuenta también con un razonable estudio para pintar, aunque confiesa que, últimamente, ha estado menos “pintora”, por una temporal pérdida de hierro, que le ha restado energía.
La pintora aprovecha su buena racha actual para contemplar y plasmar la Naturaleza, fuente de inspiración fundamental en su prolongada trayectoria artística. “La naturaleza es esencia y fuerza de todo, de la creación, de los seres vivos. Es el reflejo de Dios y yo creo en Dios. Ver el crecimiento de los árboles y la plantas a lo largo de las cuatro estaciones del año es como un milagro. Otros territorios en los que yo he vivido, como las preciosas Islas Canarias, carecen del ritmo de las estaciones y eso me parece una carencia. El paso de las estaciones va ofreciendo a un pintor el cambio del color y de las formas. ¿qué más se puede pedir?
María Luisa Valero Espinosa (Madrid, 1948) ha pintado árboles, bosques, jardines…, pero también raíces y troncos secos, como si quisiera conocer la vegetación en todos sus momentos y contornos. “Es interesante conocer las raíces, son básicas en todo, para un árbol y para una familia. En los troncos, yo aprecio como los vientos logran que los árboles se tuerzan, pero no mueren… Los árboles son más longevos que nosotros; los humanos somos una parte de la naturaleza más frágil”, comenta la pintora, al tiempo que mira su olivo, los prunos y el árbol de Júpiter recién plantado en el jardín de Puente Viejo.
“Planté un árbol de Júpiter, porque supe que era el que ofrece floración durante los tres meses de verano, la temporada que estoy más tiempo en Puente Viejo”, explica la pintora. “Además de la Naturaleza, me gusta su aroma, las fragancias… El olor a tierra mojada, pino mojado o trigo cortado… es un aroma único, que no puede enfrascar ningún perfume o colonia”.
La artista visual también ha pintado el mar, pero más que en “marinas dulces”, en representaciones bravas de oleajes y rocas. “Me gusta la fuerza bravía del paisaje de mar y representarlo en el estudio con arreglo a la huella que dejó en mi mente. He pintado el soberbio mar de la isla de Hierro -con toda la riqueza de un pequeño continente en una distancia de 40 km. de largo-, en la quietud de mi estudio, después de haber absorbido su esencia en el pensamiento.
La autora confiesa que le gusta el paisaje natural, aunque también aborda de vez en cuando el paisaje urbano. “He pintado el Real Monasterio de El Escorial o las murallas de Ávila, por ser sitios cercanos y singulares y, porque he admirado interiormente su belleza y su historia. También he representado la casa de Puente Viejo, por su valor afectivo, y como homenaje a mis padres que la habitaron”.
“Me interesa también el retrato, curiosamente de personas mayores, con una vida hecha y curtida en arrugas o de los niños, que son vidas por hacer. Las arrugas, el gesto y la mirada de una persona mayor te indican la personalidad que hay detrás de ese rostro. Uno de mis retratos más célebre ha sido el de “Eugenia, la Cacharritos”, una mujer humilde, a punto de cumplir cien años, que conocí en el consultorio médico de la Alameda de Osuna. Su rostro era tan atractivo que le pedí permiso para tomar unas fotos y recrearla luego en mi estudio”.
La pintora así lo pintó en una de sus estancias en Austria, país en el que residió de recién casada y a donde vuelve periódicamente. A la vuelta quiso mostrarle el retrato a “Eugenia la Cacharritos”, pero le dijeron en el consultorio, que había fallecido dos días antes. Impresionada, dejó el retrato encima de un mueble del escritorio de su casa y, en ese momento, se cayó el espejo de la pared de enfrente. María Luisa, que se sabe dotada de poderes extrasensoriales, lo interpretó como una señal de respuesta y dialogo de la anciana modelo, desde el más allá.
En otra ocasión pintó el retrato de la suegra, que un millonario quería ofrecer a su mujer, triste por haber perdido a su madre. La fuerza de la mirada de aquel retrato hizo que la hija no pudiera resistirlo. Le producía presencia y dolor al mismo tiempo, por el realismo intenso de la mirada. “El retrato puede ser muy poderoso”. No hay más, que visitar el Museo del Prado.
La vida estival sigue en Villacastín y en Puente Viejo. Hoy, después de esta entrevista nos espera una paella de marisco, cocinada por Carmen Valero. La gastronomía también es un arte y lo vamos a disfrutar en el porche y el jardín.
Más información
https://lamiradaactual.blogspot.com/2018/10/retratos-maria-luisa-valero-pintora.html
miércoles, 14 de agosto de 2024
RETORNO A EL ESCORIAL XXIII. Iconografía de la Asunción y Coronación de la Virgen. ¿Dormición o tránsito? Pasó por la muerte como su Hijo Jesús. Mes de agosto mariano.
Virgen Blanca, patrona de Vitoria. Fiesta el 5 de agosto
Nuestra Señora de África. Patrona de Ceuta
"Muerte de la Virgen", por Inés Serna
Asunción. Misterio de Elche, por Inés Serna