Mostrando entradas con la etiqueta Acacia Uceta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Acacia Uceta. Mostrar todas las entradas

sábado, 7 de junio de 2025

ACACIA UCETA. Centenario de la poeta, celebrado en el Ateneo de Madrid


En el Ateneo de Madrid



    L.M.A.

    07.06.2025.- Madrid .- La Cátedra Mayor del Ateneo de Madrid celebró, el martes 3 de junio, el aniversario del nacimiento de Acacia Uceta, cuya larga trayectoria literaria, su sólida implantación y reconocimiento por la crítica especializada y la calidad de su obra la convirtieron en una de las voces más prestigiosas del panorama poético de la segunda mitad del siglo XX.  

 El acto se abrió con la Presentación de Miguel Losada, Vicepresidente de la Sección de Literatura, el cual recordó que Acacia Uceta se hizo socia del Ateneo en 1975, año en que la institución recobró la independencia y volvió a regirse por sus propios estatutos. En 1989 un grupo de socios la convencieron para que presentara su candidatura a Presidenta de la Sección de Literatura del Ateneo. Desde entonces, fue elegida 12 años consecutivos Presidenta, hasta la fecha de su fallecimiento, el 10 de diciembre de 2002. Tras rememorar los cientos de actos presididos por la homenajeada y la intensa labor que realizó de difusión cultural, se puso el énfasis en que no sólo intervinieron los grandes escritores del momento, también se recibió a los escritores que regresaron del exilio, se creó movimientos como Poetas sin Fronteras y se dialogó de temas polémicos del mundo literario. Además, Miguel Losada resaltó el interés especial de la Presidenta por los jóvenes poetas y narradores, y por las mujeres escritoras, en un tiempo todavía complicado. 

    Seguidamente tomó la palabra la hija de la escritora, Acacia Domínguez Uceta, que agradeció al Ateneo y a la sección de Literatura la celebración del acto y, de manera especial, a Miguel Losada, que fue compañero en la Sección durante los 12 años de presidencia de Acacia Uceta. Con unas emotivas palabras recordó la voz de su madre, siempre joven resonando en el Gran Salón que ha acogido la celebración de su Centenario. Emoción que contagió a los presentes al narrar la infancia de la escritora. Había nacido en la cercana calle Pelayo, en el seno de una familia enamorada de las Bellas Arte, los libros y la música clásica. Las mismas tres pasiones que acompañaron a Acacia toda su vida. Hija única del dibujante, pintor y decorador Rafael Uceta Sanz y de Acacia Malo Peñalver, profesora de francés, su prosperidad fue tronchada totalmente por la Guerra Civil. Los bombardeos, el hambre y la enfermedad dejaron en la escritora una herida que no dejó nunca de sangrar. Y escribió poemas recordando la gran tragedia de su vida. “Mi madre perteneció a la generación de los llamados Niños de la Guerra. La sombra del dolor y la muerte, vividos en la infancia, atraviesa de manera tangencial toda su obra”, nos dijo Acacia. La cual añadió que como hija había acompañado a su madre en todos los momentos de su vida, buenos y malos. A ello se unió su condición de escritora, confidente literaria y de ateneísta durante 4 décadas, pudiendo hablar con pleno conocimiento de su madre en todas sus facetas. Centró su intervención en dar a conocer la personalidad de Acacia Uceta y el universo poético que edificó apoyándose en fragmentos de sus poemas. Afirmó que consiguió salir de su trágica infancia y la temprana muerte de la madre gracias a su fuerza interior, que la caracterizó toda su vida y la condujo a la plenitud deseada. 

    Aunque empezó a escribir poemas a los 14 años, estudió Bellas Artes, que fue su primera vocación. En los primeros años de la posguerra la poesía no oficial se refugiaba en las tertulias literarias de algunos cafés. En la de Eduardo Alonso, Versos a media noche, del Café Varela, un 12 de mayo de 1950 leyó sus poemas por primera vez y conoció al que sería su esposo y compañero literario durante 51 años. Se trataba del escritor y periodista Enrique Domínguez Millán. Él la llevó a su ciudad natal, Cuenca, y la escritora se enamoró de la ciudad medieval entre las hoces. Su vida discurrió desde entonces entre Madrid y Cuenca. Llegaron los hijos y se sucedieron los años de plena actividad literaria: publicación de libros, recitales, conferencias y viajes por medio mundo. 

    Acacia fue construyendo una personalidad fuerte y profundamente humana, solidaria con los seres más desafortunados y absolutamente pacifista. Se interrogó por la esencia del ser humano y conoció en París el Existencialismo. Poco a poco cimentó una personalidad de absoluta independencia. Fue una libre pensadora con ideas muy avanzadas y una pionera. En el mundo literario también tuvo una actitud independiente con el fin de crear su propio universo poético. Una de sus múltiples facetas fue su actitud decidida en alcanzar la plena igualdad con los hombres en todos los campos. Abrió numerosos caminos a las escritoras. Fue de las primeras mujeres en pertenecer a una Real Academia de Artes y Letras, fundó el Grupo 14 de escritoras, creó el Premio Fémina junto a su amiga Carmen Conde, mantuvo durante décadas una tertulia de escritoras en el café jijón, etc. A continuación, la hija contó una anécdota de las duras condiciones de la mujer escritora en las décadas de los años 50, 60 y 70 del siglo pasado:  El novelista Luis Verenguer, jurado en 1970 del Premio Nacional de Literatura, aunque no conocía personalmente a Acacia apoyó la candidatura del libro Detrás de cada noche, en todas las votaciones. Al final se impuso la sin razón de que no se lo iban a dar a una mujer. Verenguer le hizo llegar a Acacia, a través del poeta Antonio Hernández, su disconformidad con tal decisión. Entonces Acacia le dijo a su hija: “lo único que no nos pueden negar es la obra que dejemos escrita.” Y la intervención finalizó con la lectura de un soneto de la homenajeada que define su personalidad.  

Estirpe.    Pertenezco a esa estirpe desdeñosa/que suele poner todo a una jugada, /que pierde todo sin que pierda nada/ y bajo el cierzo sigue siendo rosa. /

Mi actitud no es soberbia ni es hermosa: / es sólo y simplemente apasionada; /es dejarse quemar en llamarada/ por alumbrar con ella cada cosa. /

Yo me dejo ganar por no vencerme/ y me dejo prender por no ser noche/ y llegar con mi luz a la mañana. /

Mientras el triunfador se apaga y duerme/ sobre la dura almohada del reproche, / yo beso el día desde mi ventana. 

    Miguel Losada dio la palabra Martín Muelas, Catedrático de Literatura de la Universidad de Castilla-La Mancha, el cual realizó un análisis de los nueve poemarios que dejó la escritora. Por el tratamiento que realizó del paso del tiempo en su primer libro, “El corro de las horas” (1961), se la consideró una obra de carácter existencialista, característica que se acentúa en los dos poemarios siguientes: “Frente a un muro de cal abrasadora” (1967) y “Detrás de Cada Noche” (1970), que la sitúan en la llamada Segunda Generación de Posguerra, enunciada por Carlos Bousoño, aunque su poesía sobrepasa los estrechos límites temporales de la consideración generacional. En ellos, añadió Martín Muelas, se manifiestan el tiempo vivencial, el amor y la muerte y la esperanza de la propia vida, aunque sea en una soledad irrevocable. Su cuarto libro, “Al sur de las estrellas” (1976) presenta una exaltación vitalista que acrecienta la esperanza en el devenir humano. El amor al compañero de su vida se completa con los poemas dedicados a Cuenca y a los autores admirados por la escritora. “Íntima Dimensión” (1983) y “Árbol de Agua” (1987) marcan un nuevo rumbo en su poesía y ponen de manifiesto un perfecto equilibrio emocional. Cambia las referencias temporales en la organización de los poemarios, por referencias espaciales. “Íntima Dimensión” está dividido en tres partes: Esfera, Círculo y Espiral, como dimensiones habitables de estados de ánimo, en torno a las cuales se traza un camino hacia la perfección, con alusiones místicas a los laberintos interiores de un sujeto poético laico. Al final se llega a alcanzar la cima y a sentirse en plena comunión con la naturaleza. En “Árbol de Agua” se presenta un diálogo de amor con el Hacedor, que a veces se puede identificar con el Dios cristiano y otras con una fuerza absoluta, origen de todo lo creado. Con Cuenca roca viva (1980) y Calendario de Cuenca, hace de la ciudad motivo poético para reinventarla y ofrecerla como una realidad sensorial. En “Memorial de Afectos” (2004) se evocan las personas que habrían dejado su huella intelectual y afectiva en la autora. 

    Martín Muelas afirmó que los cuatro libros publicados de 1961 a 1976 participan de manera transversal de las corrientes que se van sucediendo en la poesía española entre los años 50-70, con marcados rasgos personales. Acacia hace cuestión poética de su experiencia y expectativa vital desde una perspectiva histórica, es decir, su vida y la de parte de la sociedad en la que vive. Poeta comprometida socialmente con su tiempo también está comprometida con la búsqueda de una ética personal. Terminó Martín Muelas advirtiendo que Acacia tiene una poética propia alejada de grupúsculos coetáneos, que la alejaron de los que administraban el negocio. Tal vez esto sea la causa de mantenerse al margen de reconocimientos oficializados y sea necesario realizar una relectura centrada en sus propios versos. 

Tras las doctas palabras el homenaje dio un giro y los poetas tomaron la palabra resaltando la belleza y profundidad de contenido de la obra y la personalidad serena, firme y acogedora por la que destacó en el mundillo literario. Abrió el turno Fernando Beltrán que comenzó recordando la sobrecogedora conversación que tuvo con Acacia sobre el cáncer, que al poco tiempo le provocó la muerte. Confesó que quedo tan impresionado que le inspiró un conmovedor poema que compartió con los asistentes. Terminó su intervención con la lectura de Bombardeo, un poema que Acacia escribió en recuerdo de su compañero de colegio, muerto por las bombas. Fernando se lo dedicó a todos los niños que, en la actualidad, mueren en las contiendas, como sucede en Gaza. 

    Miguel Galanes tuvo una importante intervención al reconocer que su grupo generacional del 80 tuvo en Acacia el puente con las generaciones anteriores, siendo una figura inspiradora. Sentenció: 100 años no es mucho tiempo y menos 45. Hay que leer a los muertos. Hablar con ellos y sentirse feliz. Esa fuerza de Acacia de la que se ha hablado la tenía y la transmitía, e inspiró a nuestra generación una fuerza tremenda, en dos puntos importantes, la herida sin cerrar y la obsesión por el tiempo.  En su poesía se transmuta esa espiritualidad laica que la expande en la naturaleza y hacia el interior, y este es el puente entre tu madre y nosotros.  Tengo la emoción de haber convivido con una personalidad majestuosa. Una majestuosidad que no apagaba nada la cordialidad, no apagaba nada la sencillez ni la simpatía.

    Javier Lostalé señaló que: Acacia Uceta fue aglutinadora de diversas generaciones de poetas, como les ocurrió a Gerardo Diego y a Vicente Aleixandre. Recordó que su relación con Acacia fue a través de su compañero en Radio Nacional, al gran escritor Enrique Domínguez Millán. Manifestó que de la obra de Acacia había interiorizado palabras como amor, ya que todas las respuestas que daba al mundo eran a través del amor; la palabra belleza, que también es una palabra axial dentro de su obra y de su vida, pero una belleza surgida desde el interior y la palabra esperanza. Palabras que han germinado dentro de mí como otra palabra muy de Acacia, la palabra semilla. Y glosó los versos de su última etapa leyendo un poema de Amor, cuyo sujeto pasivo es Enrique Domínguez Millán y Belleza, del Libro “Árbol de Agua”. 

    Nares Montero, la joven escritora, contó como la descubrió por casualidad ojeando una antología realizada por Carmen Conde, en su librería de viejo favorita. Narró la búsqueda de unos libros agotados que encontró en lugares insólitos. Llegó a comprar uno en una noche de lluvia, en un polígono industrial de las afueras de Madrid. Lo que la atrapó de la poesía de Acacia fue la calma limpia con la que escribe, su manera de abrir un espacio que no nace siempre de la herida o del desarraigo, sino del conocimiento y de una aceptación profunda. Añadió: Acacia escribe desde un lugar sereno y lúcido, con una soledad que no pesa, sino que acompaña, un estar consigo misma que no aísla, sino que escucha. Creo que, en estos tiempos rotos, llenos de urgencias, de miedos y del genocidio, su poesía ofrece un lugar de impulso, una forma de confiar sin ingenuidad, una energía que no niega el dolor del mundo pero que tampoco se rinde ante él. Fue Una poeta consciente de su tiempo, comprometida con su realidad, y generosa en su impulso creador.  Leerla hoy es un acto de recuperación, pero también de contagio de su fe en lo humano, de su delicada forma de mirar, un recordatorio de que la poesía ilumina, acaricia, sostiene y que trasmite con fuerza que hay otra forma de habitar el mundo.  Y leyó un extracto de La Mañana, de “Detrás de cada noche”., y un poema de amor a Enrique, del libro “Memorial de afectos”.

 Pepa Bueno basó su intervención en la poesía amorosa de Acacia leyendo varios extractos del Mediodía, de “Detrás de Cada Noche” y uno de sus poemas más profundos y vitales: Por el Hombre, del libro “Frente a un muro de cal abrasadora”

    Rafael Soler recordó su etapa de joven poeta en el Ateneo junto a Miguel Galanes, Fernando Beltran y Acacia, hija. Dirigiéndose a su compañera de generación le dijo que su madre siempre fue para él la fuerza, una mujer muy entera, con una mirada muy franca, siempre acogedora, dando ánimos. Tu padre era de dar consejos. Tu madre trasmitía una enorme serenidad. Para mí Acacia fue una mujer segura de sí misma que impregnaba a todos. Rafael se decantó por leer Desesperado Intento, del libro “Al sur de las estrellas”, un poema que recoge el canto a la vida, el amor a la vida de Acacia Uceta. 

 Miguel Losada leyó de su libro preferido, “Íntima Dimensión” y cerró el acto recordando que hasta mayo del 2026 se celebrará el Centenario y habrá que hablar de otros aspectos de su obra, como las Bellas Artes y la poesía, la ciencia entrelazada con la filosofía y de la narrativa, de sus novelas publicadas. 

    Una cerrada ovación puso fin a 90 minutos de homenaje deslumbrante por la profundidad de las intervenciones y por la emoción al recordar a una poeta tan admirada y querida que supo ayudar a los demás y crear una red de afectos que pervive frente al paso del tiempo. 



viernes, 14 de octubre de 2022

ACACIA DOMÍNGUEZ UCETA: Presentación del poemario “Los músicos dormidos” de Ángela Reyes en el Salón de la Lengua

Acacia Uceta Domínguez, escritora

Ángela Reyes, escritora


L.M.A.

15/10/22.- Madrid.- La escritora Acacia Domínguez Uceta presentó el pasado día 5 de octubre, en el Salón de la Lengua del Centro Riojano de Madrid, el libro de poemas "Los músicos dormidos" de Ángela Reyes, que reproducimos a continuación:

“Buenas tardes amigos y compañeros del mundo de las letras. Cuando Ángela me solicitó que presentara su libro Los músicos dormidos, recientemente editado por Huerga y Fierro, presentí de inmediato que iba a realizar un emotivo viaje a través del recuerdo por el sendero de un tiempo lineal que, año a año, nos ha ido uniendo. Sí Ángela ¿recuerdas? Eran los años 80, en los que más allá de la movida madrileña y de la libertad por fin ganada, había una efervescencia cultural que impregnaba toda la sociedad. En aquellos años tan creativos nos conocimos y empezamos a participar en recitales organizados por el Taller Prometeo de Poesía, aunque según Ángela íbamos de teloneras. Teníamos la ilusión de los jóvenes, la fuerza del que empieza y la compañía de nuestros seres queridos. En especial recuerdo un viaje organizado por tu esposo, el poeta Juan Ruiz de Torres en octubre de 1982 a Ávila, Salamanca y Alba de Tormes para conmemorar los 400 años del fallecimiento de Santa Teresa de Jesús (1515- 1582). Íbamos todos, los miembros de la Asociación Prometo de Poesía –fundada por Juan-y los poetas invitados, entre los que me encontraba junto a mis padres, Acacia Uceta y Enrique Domínguez Millán, en un autobús repleto de versos por las sobrias tierras castellanas. Incluso nos acompañaban un grupo de músicos jóvenes que habían musicalizado el poema “Vivo sin Vivir en mí”. Juan Ruiz de Torres creó una atmósfera de amistad y compañerismo inigualable e impuso su impronta de vitalidad que logró que todos viviésemos un día que, pese a los años pasados, sigo recordando con nostalgia. 

El tiempo, ese gran destructor, se fue llevando a nuestros seres queridos. Primero se fue mi madre, Acacia, luego partió tu marido y compañero de la poesía, Juan, y hace un año y medio nos dejó mi padre, Enrique. Entonces, Ángela, fueron los recuerdos nuestros compañeros de viaje. A cada minuto vivido le acompaña otro minuto paralelo, traído por el recuerdo, que enriquece ese presente en fuga que habitamos. 

Hoy tenemos en nuestras manos un nuevo libro, transido de recuerdos embellecidos por la magia de la poesía de Ángela. Con él se cumplen 40 años desde que apareció su primer poemario, Amaranta, publicado en 1982.  Un lapsus de tiempo en el que Ángela ha publicado 16 poemarios, 5 novelas y tres colecciones de cuentos, que la han hecho poseedora de premios tan prestigiosos como el Internacional de poesía religiosa San Lesmes Abad, el Leonor y el Blas de Otero, entre otros. Una dilatada trayectoria que ha sido reconocida por importantes estudios tanto dentro como fuera de España. Felicidades Ángela por éste aniversario.

Aunque la mayoría de los presentes lo saben, creo que es un deber reconocer que Ángela no se ha limitado sólo a su propio quehacer literario. Son muchas horas la que nos ha entregado a los demás, primero junto a su esposo Juan Ruiz de Torres y luego ella sola en la tertulia literaria Tardes de Prometeo, una ventana abierta e independiente a la poesía actual y a la de ayer, enfrentándose al olvido que trae el paso del tiempo, devolviendo la voz a los poetas que partieron. 

Un libro de sonetos

    En la introducción del libro que hoy  presentamos, Ángela abre con la cita de un gran poeta de su tierra, el gaditano Rafael Alberti que dice “el soneto siempre estará ahí”.  Ciertamente, con el paso del tiempo el soneto ha tenido un movimiento pendular, de ida y vuelta. Aunque nunca se ha dejado de escribir dicha estrofa, la última década ha visto resurgir al soneto. En esta corriente se inscribe Los Músicos Dormidos, que es un libro de sonetos. Para el lector supone adentrarse en una nueva faceta de la autora, porque nunca antes había publicado sonetos, pese a que siempre los escribió. Estamos ante un poemario que recoge sonetos de diferentes momentos de la creación de Ángela, aunque los dedicados a su esposo fueron escritos en el paréntesis de la Pandemia. Pero no por ello el libro deja de tener un carácter unitario.  Los sonetos incluidos responden a la lucha contra el olvido que el paso del tiempo provoca. La autora nos revela que está dedicado a tres hombres que nos dejaron, a tres hombres fundamentales en su vida: su esposo, su padre y su hermano son Los Músicos Dormidos, que el recuerdo de la poeta rescata de las brumas del pasado, de donde regresan convertido en música y poesía. 

El libro se articula en cuatro partes: Vibrato, Allegro, Andante y Adagio. Y es la música el hilo del que Ángela tira para traer los recuerdos, para derrotar al olvido. Ya lo decía Borges: “El tiempo es la sustancia de la que estamos hechos” Así los recuerdos son el testimonio de lo que hemos vivido o, mejor dicho, de lo que hemos salvado del olvido, para bien o para mal. Confiesa Ángela que para ella recordar siempre es doloroso, incluso aunque se recuerden momentos felices. Y ciertamente, en éste libro edificado sobre el recuerdo de los seres queridos y dedicado a ellos, hay un profundo dolor que aflora repleto de lirismo al recrear un pasado que, si fue feliz, se vuelve nostálgico por la ausencia del ser querido; y si fue trágico- léanse los poemas dedicados a la muerte de estos músicos dormidos,- se manifiesta rebelde y descorazonado ante la realidad de la muerte, a la que finalmente acepta con  fortaleza. 

Pero en Los Músicos Dormidos no nos hallamos sólo ante un lamento, sino que en los poemas se abre un cosmos de sensaciones y vivencias repletas de plenitud, donde nada le es ajeno. Estamos ante una poesía intimista pero no encerrada en su yo, sino que se expande a todo lo que rodeó y formó parte de sus vivencias ahora recordadas. 

           Las dos primeras partes de Los Músicos Dormidos, Vibrato y Alegro, son dos cantos de amor a su esposo, a Juan. Poesía amatoria que en Vibrato se materializa en los instrumentos del concierto que los amantes escucharon y les hicieron vibrar en común.  Dieciocho sonetos dedicados a diferentes instrumentos musicales en los que se produce una original simbiosis del amado con dichos instrumentos. Cada soneto responde al sonido específico del instrumento al que está dedicado, al sonido que trae a un recuerdo, con su música enclaustrada que hace surgir los sentimientos de los amantes, hasta los más apasionados.  Porque los amaban y se amaban. Y los sonetos vibran de erotismo.

Así, se produce una trasposición de los amantes a lo intrínseco del Violonchelo “Te pulso y fluye un rio sin orillas, / corriente musical que es viva hoguera/ al tenerte cautivo en la galera/de mis brazos. Remero que más brillas.”

Y en éste mismo soneto el primer cuarteto es pura poesía erótica: “Te acojo entre mis piernas y rodillas/ hombre mío de cálida madera/ y un trovo ardido me atraviesa entera, / acelera la luz de mis mejillas”.

Del xilófono escribe: “con golpecitos lentos te acaricio/por ver si trina el pájaro canoro/el que habita en tu pecho todavía.” 

El recuerdo del amado se hace omnipresente en los tres sonetos dedicados a La armónica, donde Ángela pide “Pega tus labios al acero frío, / como ayer a mi boca los pegabas, / y en abriendo la armónica sus alas/ la música me lleve hacia el delirio”

La insatisfacción y la dureza del presente a veces deja paso a la añoranza del pasado: “Toca mi amor, para que yo me crea/ que el mundo sigue siendo como ayer: / un pájaro inmortal de blancas plumas”.

Y en torno del sonido de los instrumentos, los recuerdos, los sentimientos apasionados y también el mundo que rodea a los amantes en bellas imágenes recreado. No se trata del espacio cerrado de los amantes sino que la remembranza también acoge al mundo que los rodea. 

Así con La Guitarra llegan las noches de amor en Granada, y con El Saxofón llegan Juan, el Jazz y la dureza cotidiana de Manhattan.

Y esta simbiosis con los instrumentos en La Ocarina se manifiesta con claridad: “Esta pequeña vida que ahora vivo/se torna espuma, litoral caliente, / con las notas que tu lanzas al vuelo. /  Como si fueran barcas las arribo/ a los sueños que cruzan por mi frente, / por si pudieran darme algún consuelo”. 

Y la herida que sangra se manifiesta en los versos de negra tristeza del Clarín:  “es un sonar amargo, es el tributo/que pago porque un día me quisiste”. 

Y al clarinete se une estrechamente, “De mi boca a tu boca pasa un ave/que se convierte en Aria tras su vuelo. Llega a tu corazón y en el deshielo, / cada gota es más música si cabe.”

En Alegro, el amor surge a borbotones de un latido que no ha dejado de sonar. Comienza esta segunda parte de los Músicos Dormidos con un soneto desgarrador dedicado a la muerte de Juan. Arranca con él una sucesión de sonetos sin título y sin numeración donde la ausencia del amado y la añoranza del tiempo vivido juntos, trasciende la realidad y conduce al ensueño y a la esperanza de otra vida en común fuera del espacio y el tiempo conocidos. 

Juan se hace presente cada instante: “Las olas eras tú. Yo lo sabía/ apenas me rozaron levemente/con el añil sonoro, más candente; /agua nardo, viril, callada ría.” 

O bien su ausencia y la añoranza dan lugar a poemas de fuerte erotismo: “Me fatiga dormir en esta cama/ desprovista del río masculino, / aquel que atravesaba clandestino/mis ingles de vivísima retama.” 

Y la ausencia es tratada como un prisma de numerosas caras.

Es la ausencia como deseo: “Yo quisiera dormir entre tus ojos. / Ser la lágrima que partió contigo, / la del color de los ocasos rojos.” 

La ausencia también como afirmación: “Quiero hacer de mi vida tibio guante/que a tu cuerpo se adhiera más que un beso.”  

La ausencia como desesperación “Te fuiste amor y muero lentamente”   

La ausencia como entrega a Dios de su existencia “Te doy la barca que cruzó mi vida, / la lluvia que besó mis arenales; /me quedo con la luz de la memoria.”

Incluso el recuerdo es tan vivo que Ángela afirma “No importa que no estés si ayer me fuiste/ compañero en la paz y en el combate, / amante de mi noche y de mi aurora.” 

La cama vacía, la luz apagada, el traje que espera en el armario, el sonido del bandoneón y la casa de El Palancar-de gran importancia en el poemario-, vacía para siempre, sin el amado. Y sin embargo, hay una desesperación contenida, un deseo de volver a los momentos dichosos, y un saber que el tiempo sólo vuelve con el recuerdo.

Como decía Jaroslav Seifert: Recordar es la única manera de detener el Tiempo.

Y en Los Músicos Dormidos también es una forma de quedarse con el amado: “¿Dónde ir que no vengan tus laureles, /dónde que no transites por mis sueños/ ni tus besos alumbren mi memoria.?”, nos dice.

Sí, en Los Músicos Dormidos  la duplicidad de vivir el presente enlazado al pasado abarca todas las formas del  recuerdo transido de añoranza. 

Andante es la tercera parte del libro y está dedicado a su hermano César. Ángela contiene su verbo, lo hace más pausado, más reflexivo. Afrenta el capricho de la muerte con las interrogantes metafísicas y se pregunta ¿por qué? Y se rebela ante una muerte tan temprana e inesperada. Dice en estos dos tercetos “De todo hubo en su camino, /hasta una muerte sin razón/siendo apenas trigal abierto. /             Era mayo de rosa-espino, / era el alba con desazón/ cuando se fue hacia otro Puerto”.

Por los sonetos se conoce al hombre que ya no está: “Por tu pecho pasaba un arriate/donde sembrabas granos de quimera: / pan para todos, llena la aceitera, /casa caliente, libros… !Qué dislate!/”

Y la autora nos llena de ternura ante la ausencia del hermano en la casa, la angustia ante el espacio vacío: “Desde Mayo la silla está vacía/ mas no ha perdido su calor humano/ la huella en su madera de la mano/ del hombre que hace poco sonreía. /    Está pegada a la pared. Sombría/ pasa las noches esperando en vano/ que, con los trigos rubios del verano, / vuelva aquél a quién ella adormecía. /” 

Hay dureza ante el dolor por la muerte, rebeldía ante la injusticia de la vida: “Qué prisa por llevarlo hacia lo oscuro/cuando en su pecho le sonaba un río, /correnteras de adelfas, aguas granas. /”

Hay desesperanza ante el abandono de Dios en estos dos tercetos: “el Hombre al que creíste tu hacedor, /porque con Él sembraste trigo un día/y compartiste luz de la enramada; / ayer, como quien mata al ruiseñor /tras secarle la charca en que bebía, /secó los álamos de tu mirada.”

En esta tercera parte se manifiesta un sentimiento de angustia existencial ante el destino del hombre. Ángela lo acepta en un sobrio y duro soneto con el que cierra Andante y dice adiós a su hermano “Somos terrón de cal que muerde el tiempo, / lo cincela con su colmillo negro, /nos cruje el corazón. Así es la vida.”

De nuevo el Tiempo y su pasar y el recuerdo de Jaroslav Seifert: “El tiempo nos trata despiadadamente, no le importa nuestra tristeza”. 

Por último, la cuarta parte del poemario, Adagio, está dedicada al padre. Ya en el apartado anterior Ángela consagra un soneto al padre protegiendo al hijo en el más allá. Una ensoñación que sirve de preludio al final del libro, donde la muerte forma parte de la vida. El conjunto de sonetos de Adagio fueron los primeros que escribió Ángela del presente poemario, en 1993, y en ellos hay una reflexión sobre la finitud de la vida y su sentido tras la  primera partida de un ser amado. 

Ya nos lo dice en el verso con el que abre Adagio: “Tú fuiste mi primer querido muerto”… y efectivamente los sonetos plasman ese primer encuentro con la muerte. La muerte ya no es un concepto, es una realidad. Una realidad que se personaliza en una mujer de boca grana o en la envestida de un toro, en un soneto que todo él es una imagen de gran fuerza estremecedora:

“Nadie puede ayudarte en la corrida/que la suerte te puso frente a él. / Yo también tengo escrito en el cartel/ al novillo que segará mi vida./”

Con la muerte del primer ser querido la vida ya nunca será igual porque presentimos nuestro final. Con serenidad el padre es recordado con ternura. La infancia y la juventud, la madurez y la muerte conducen a  una reflexión poética relativa al sentido del devenir del tiempo para el ser humano. Y el más allá se hace presente en el poemario tras los velos de la ensoñación.   

En total son 65 sonetos los que componen Los Músicos Dormidos, cuyos versos fluyen sin que presenten artificio o rigidez por la rima y la estructura de la estrofa. Su vocabulario es rico y a veces complejo, pero alejado de cualquier tipo de culturalismo. Es una poesía intimista, que llega al lector por el sentimiento, sin necesidad de citas de otros autores. En estos poemas lo importante es lo vivido que no se ha borrado, que está ahí edificando día a día el secreto que configura la personalidad de la poeta. Estamos ante una experiencia vital sembradora de poesía. Un intento de recobrar el tiempo pasado para que no se diluya, para que no desaparezca. Y Ángela consigue que los retazos de ese tiempo que se fue crezcan en un espacio para la belleza. Así Vibrato, Allegro, Andante y Adagio forman los tiempos de una sinfonía con la que Los Músicos Dormidos regresan traídos por el recuerdo y la añoranza”.

Gracias.

En Madrid, a 5/10/2022

Más información

https://lamiradaactual.blogspot.com/search?q=angela+reyes+