miércoles, 26 de agosto de 2026

UN ASESINATO IMPUNE. La muerte de Abel Martín, reputado serígrafo, compañero y heredero de Eusebio Sempere

HOMBRE CACTUS Nº1


       Lorenzo Silva

        26. 08. 2026

        Conviene advertirlo en la primera línea: ésta es una historia oscura. La más oscura posible: un crimen. Y dentro de ese tenebroso género, la especie más desasosegante: un crimen que quedó impune. Respecto de esta historia, disponemos de un relato judicial que en su día fue confirmado por el Tribunal Supremo, y que podemos reproducir, por tanto, sin incurrir en riesgo alguno. Es la verdad de los hechos establecida por un tribunal sobre la base de las pruebas presentadas por las partes y valoradas con todas las garantías por los juzgadores en un proceso penal. Todo lo que en dicho relato se afirma es fehaciente y tiene soporte documental adecuado a las circunstancias. Y hasta donde sabe y ha podido comprobar este reportero se corresponde con la verdad. Cedámosles pues, en este punto, el testigo a sus señorías. Según la sentencia dictada el 9 de diciembre de 2008 por la Audiencia Provincial de Madrid (hoy firme y definitiva) esto fue lo que sucedió:

    “Entre las 13 y las 16 horas del día 5 de agosto de 1993 y en el interior del chalet sito en la Avenida de la Victoria número 80 de Aravaca (Madrid), en concreto en el estudio ubicado en la buhardilla de la vivienda, un individuo no identificado, bien solo o bien actuando conjuntamente con otro u otros, provocó violentamente la muerte de Abel Martín Calvo, morador de la citada vivienda. El agresor o agresores, utilizando al menos un objeto inciso-contusopunzante, causó a la víctima tres heridas de naturaleza inciso-contusa en la cabeza y otras tres heridas inciso-punzantes en región toraco-abdominal, siendo éstas últimas mortales de necesidad al afectar al corazón. Más en concreto, Abel Martín falleció como consecuencia de las heridas inciso-punzantes producidas en el ventrículo derecho del corazón, que causaron un shock hipovolémico con fracaso cardio-circulatorio y posterior parada cardio-respiratoria. El fallecido presentaba también heridas en las manos típicas de lucha y defensa. Es factible que el objeto incisopunzante o arma empleada en la producción de las heridas en la cabeza y en la zona toraco-abdominal de la víctima fuera el mismo. El autor o alguno de los autores de la muerte violenta de Abel Martín colocó una toalla para tapar la cara del cadáver. No había signos de forzamiento en las puertas y ventanas del chalet de la víctima. En el contexto de los hechos relatados, la persona o personas que dieron muerte a Abel Martín se apoderaron de algunas obras artísticas de entre las muchas que se hallaban en la vivienda. Consta acreditado que, entre otras no identificadas con seguridad, figuraban obras del artista Julio González, y en concreto los dibujos que aparecen fotografiados a los folios 384 y 385 de los autos. También entre lo sustraído había un televisor de bolsillo de la marca Panasonic”.

    En efecto, Abel Martín, reputado serígrafo, compañero y heredero de Eusebio Sempere (uno de los artistas plásticos españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX), fue violentamente asesinado en una hora imprecisa del mediodía del 5 de agosto de 1993. El móvil presumible del crimen fue el robo de las valiosas obras de arte que guardaba en su vivienda, entre las que se encontraban los mencionados dibujos originales de Julio González (entre ellos Hombre cactus) y, según diversos testimonios, varias tallas religiosas antiguas, un grabado de Picasso, un cuadro de Mompó y otro de Serge Poliakoff. Todos ellos desaparecieron de la casa, y los marcos de algunos se los encontraron por el suelo, bruscamente desmontados, los investigadores que llegaron a la vivienda después de que la mujer que se encargaba de la limpieza doméstica descubriera el cadáver del artista y diera el aviso. Según todos los indicios, a Abel Martín lo mataron clavándole en el pecho un atizador metálico tomado de la chimenea de su propia casa, procedimiento homicida que denota una particular brutalidad y un afán de neutralizarlo lo antes posible para centrarse sin estorbos en el acopio del botín. El detalle de taparle el rostro ya muerto e inexpresivo indicaría que el asesino o asesinos, pese a la violencia empleada, no quisieron proceder al robo bajo la incómoda vigilancia de esos ojos inertes.

    Con poco más que lo dicho arrancó la investigación J. P., el guardia civil de la unidad de policía judicial de la Comandancia de Madrid a quien tocó en suerte. Por no tener, ni siquiera tuvo la oportunidad de asistir al levantamiento del cadáver, porque el hecho, acaecido en plena época estival, le pilló de permiso. Es útil advertir que en el año del que hablamos, 1993, no se habían establecido los protocolos de examen de la escena del crimen que hoy se aplican, y que buscan asegurar la obtención de todo tipo de huellas y vestigios, incluido el material biológico (humano y no humano) que sirve de base para la identificación de quienes hayan podido hallarse en el lugar de los hechos. Entre la habilidad de los delincuentes, y las limitaciones técnicas de la época, el hecho es que de aquel chalet no se recogieron huellas dactilares ni restos que permitieran identificar a los culpables.

    Con este desalentador punto de partida, el investigador emprendió una labor que le llevó, en primer lugar, a hacer un inventario aproximado de las obras de arte que, según diversos conocidos del difunto que habían estado en la casa, faltaban de sus paredes. Cuando se dio cuenta del valor económico de lo sustraído (obras de autores de primera fila), comprendió que aquello no era el trabajo de unos simples rateros, sino el de alguien que sabía bien lo que podía sacar del golpe y que, atendiendo a la ganancia, asumía el coste de matar a una persona. Por otra parte, la singularidad de las obras dificultaba su comercialización, pero no había duda de que antes o después se pondrían a la venta. J.P., un policía de homicidios sin una especial formación artística, comprendió que tenía que introducirse en el mercado del arte, e instruirse sobre sus mecanismos, para seguirle la pista al fruto del robo, que era lo único tangible de lo que podía partir.

    Lo que comenzó como una exigencia profesional, relacionada con la investigación, fue evolucionando, durante los varios años que le llevaron las pesquisas, hacia una afición personal. Llegó, incluso, a convertirse en una pasión. Comenzó empapándose de la obra de Sempere, de quien Abel Martín había sido ayudante, y junto a quien había producido serigrafías de una excelencia técnica poco común. Tratando de reconstruir la vida y las relaciones de la víctima, hubo de tratar con varios galeristas (entre quienes, dicho sea de paso, detectó oscuras prácticas que le llevaron a considerar como sospechoso a alguno de ellos). Finalmente adquirió la costumbre de ir cada año a la feria ARCO a dejar su tarjeta y advertir a todos los marchantes por si veían alguna de las obras desaparecidas, para que tuvieran en cuenta que estaban relacionadas con un acto criminal y le avisaran. Así se fue familiarizando con el arte contemporáneo, hasta extremos que resultan sorprendentes, como tuvo ocasión de demostrar a lo largo de la investigación.

    Después de varios palos de ciego y unas cuantas pistas que no llevaron a ninguna parte, creyó tener al fin un hilo del que tirar cuando asoció dos detalles llamativos: en vísperas de su muerte, Abel Martín, según los camareros del lugar donde solía ir a comer, había dicho que vendrían a verlo unos portugueses; un día, inspeccionando la buhardilla, J.P. halló al dorso de un almanaque un número de teléfono con prefijo de Portugal.

    Marcó el número y al otro lado de la línea le salió un doctor, que resultó ser quien había atendido a Sempere en la fase final de la enfermedad que acabó con su vida. En la misma conversación, el médico le contó que en cierta ocasión había estado en la casa de Martín y Sempere con sus hijos; unos hijos que eran ya mayores y que, siempre según la versión del investigador, le reconoció que no andaban por muy buenos pasos. Ulteriores pesquisas llevaron a establecer que los hijos de aquel médico habían estado en España en fechas próximas a las del asesinato, y que al menos uno de ellos había tenido negocios relacionados con obras de arte. Con esos hallazgos, y alguna otra diligencia, se organizó una operación conjunta con la Policía Judiciária portuguesa, que dio como resultado la intervención, en el lugar donde vivía uno de los sospechosos y en un anticuario de Aveiro, de efectos que parecían corresponderse con los desaparecidos de la vivienda de Abel Martín: un minitelevisor Panasonic idéntico al descrito en la sentencia, de excepcional rareza, y algunas tallas. Con esos indicios en la mano, el juez de instrucción español solicitó la extradición de los hijos del médico, pero el fiscal portugués los encontró insuficientes para destruir la presunción de inocencia de los acusados y se opuso a la petición, que al final no fue cursada. El juez español dictó entonces orden de búsqueda y captura internacional. Los dos hermanos estaban a salvo en Portugal, pero en cuanto salieran de sus fronteras, si se les identificaba, corrían el riesgo de ser enviados a España.

    Para J.P. y sus compañeros, un resultado frustrante, con el que sin embargo habían de apechugar. Lo que el guardia civil no relajó fue su vigilancia de los circuitos comerciales por los que podían ponerse a la venta las obras de arte que aún no habían aparecido. Siguió yendo a ARCO cada año, y repartiendo su tarjeta. Y he aquí que esta tenacidad acabó dando fruto.

    En 1996, mientras recorría la feria de arte contemporáneo madrileña, el guardia civil vio algo que lo dejó estupefacto: el dibujo Hombre cactus, una de las piezas del lote de Julio González robado del lugar del crimen. Lo incautó inmediatamente y comprobó que había seguido un largo camino, desde Nueva York, a través de Londres, hasta Madrid. Casas reputadas como Christie’s y Waddington certificaban su autenticidad. Incluso los expertos del Reina Sofía la respaldaron. Pero no era un Julio González. Merced al conocimiento que había adquirido de la obra gráfica de Sempere y Martín, Joaquín averiguó que se trataba de una serigrafía de rara perfección que Eusebio y Abel habían realizado a partir del dibujo original, en un papel idéntico al de éste. Tan buena era, que borrando los números de serie alguien se las la había arreglado para hacerla pasar por auténtica.

    El investigador no se desanimó por esta falsa alarma. Siguió contactando con galeristas, y un día de 1998 las redes que había ido tendiendo atraparon pescado. Un galerista de París le llamó para decirle que había visto el lote íntegro de Julio González en el catálogo de una pequeña sala de subastas de Bruselas. De urgencia se cursó a través de Interpol una orden de intervención de aquellas obras. Quedaron en depósito en la propia galería, donde se comprobó que en efecto se correspondían con los dibujos, los cuadros y la pequeña escultura de Julio González que en su día habían desaparecido del chalet de Abel Martín. Entre ellas estaba el Hombre cactus, esta vez el verdadero. Con la ayuda de la policía belga, se supo que el lote lo había llevado a la sala de subastas un súbdito portugués. Cuando se entró en contacto con éste, primero declaró que las obras las había adquirido a un viejo matrimonio de su país. Pero al enterarse de que procedían de un crimen, declaró que se las habían vendido los dos hermanos tras cuya pista andaba la justicia española.

    La sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid resume así este hecho, que de nuevo ha de considerarse probado:

    “Ambos acusados (…) conocían a la víctima por ser los hijos del médico que en su día atendió al pintor Eusebio Sempere, con el cual convivió Abel Martín hasta el fallecimiento de aquél varios años antes de los hechos de autos. Los dos acusados habían visitado a la víctima en Madrid en junio o bien julio de 1993. Ambos acusados vendieron en el año 1998 a R. F. P. varias obras de Julio González, entre las que se encontraban al menos los dos dibujos antes identificados que se hallaban en la vivienda de la víctima. Las obras fueron intervenidas en Bruselas dicho año, dispuestas para la venta en el mercado del arte”.

    Sin embargo, esta nueva averiguación de nada servía. Los sospechosos seguían en Portugal, protegidos por la negativa de sus autoridades a ponerlos a disposición de la justicia española. Todo cambió con la entrada en vigor, el 1 de enero de 2004, de la llamada euroorden, u orden de detención europea, aprobada por decisión del Consejo de la UE de 13 de junio de 2002, en cuya virtud un juez de un estado miembro puede emitir órdenes que son inmediatamente ejecutivas en el ámbito de la Unión sin necesidad de seguir el procedimiento de extradición. Uno de los hermanos fue detenido en Portugal, y el otro en la frontera entre Italia y Eslovenia. Tras pasar un periodo en prisión preventiva, en 2008 comparecieron ante el tribunal para ser juzgados.

    Si estamos contando esta historia, y si en ningún momento hemos consignado sus nombres (ni vamos a hacerlo) es porque la Audiencia Provincial de Madrid finalmente consideró que debía absolverlos por falta de pruebas. Por tanto no podemos mencionarlos como autores, ni aun presuntos, del asesinato, so pena de exponernos a acciones legales por calumnias o vulneración de su derecho al honor. Uno de ellos, de hecho, interpuso contra quien esto escribe una demanda reclamando una cuantiosa indemnización, por un reportaje publicado antes del juicio y en el que se recogían las imputaciones que a la sazón les hacía la justicia española (indicando en todo momento, es importante reseñarlo, que se trataba del criterio policial y del juez de instrucción español, y dejando constancia expresa de que la fiscalía portuguesa, en su día, no había considerado desvirtuada su presunción de inocencia). Y aunque esa demanda fue íntegramente desestimada tanto en la primera instancia como en la Audiencia Provincial, en sentencia ahora firme, la prudencia aconseja aclarar que este relato tan sólo pretende recapitular lo ocurrido, hasta donde está contrastado y resulta legalmente posible, incluido el fallo judicial que impone todas estas cautelas. Para que no quede ninguna duda, conste de modo taxativo que a ninguno de los dos procesados cabe acusarlo, ni se le acusa en lo que precede, de haber tenido alguna intervención en el hecho delictivo.

    Así lo razona la Audiencia Provincial en su sentencia:

    “El hecho base consistente en la posesión por los acusados, varios meses después de los hechos, de determinados efectos procedentes de un robo con violencia en el que se dio muerte a la víctima, con el concurso de los otros hechos base antes señalados, no permite el enlace preciso, directo e inequívoco que la jurisprudencia requiere para fundamentar una sentencia condenatoria penal, es decir, tales hechos base no determinan necesariamente la conclusión de que los dos acusados, actuando conjuntamente, dieron muerte a Abel Martín. Caben otras inferencias contrarias igualmente válidas en términos epistemológicos. Así, desde la inferencia alternativa razonable según la cual sólo uno de los acusados estuvo el día 5 de agosto de 1993 en el chalet de Aravaca, provocó la muerte de su morador y se apoderó de diversas obras de arte, hasta que fuera un tercero en connivencia con uno o ambos acusados quien cometiera el homicidio, o bien que los dos acusados accedieran después de los hechos a la posesión de alguno de los efectos sustraídos, a causa de una connivencia bien previa o bien sobrevenida, directa o a través de intermediarios, con el autor o autores del robo y del homicidio. No podemos olvidar que el hecho delictivo que las Acusaciones pretenden que se induzca a partir de los citados indicios consiste en que ambos acusados, actuando conjuntamente, dieron muerte a Abel Martín. Se trata de una inferencia abierta y respecto a la cual los indicios base de partida son insuficientes”.

    Sobre este razonamiento, la sala dictó su sentencia absolutoria, luego confirmada por el Tribunal Supremo en casación. Los acusados quedaron en libertad y presentaron una reclamación para que el Estado español los indemnizase por el tiempo de privación de libertad. Los guardias, y en especial. J.P., el que llevó el peso de tan larga investigación (quince años entre el homicidio y el fallo judicial), hubieron de encajar no sólo el revés, sino las consideraciones contenidas sobre su labor en la propia sentencia, entre las que merece destacarse la siguiente:

    “… el anuncio en un medio de comunicación portugués de sorpresas por parte del más concienzudo y dedicado investigador policial del caso, unido a las consideraciones críticas anteriores sobre determinados indicios que sostienen la tesis acusatoria, recuerdan a este Tribunal el denominado, en el ámbito de las ciencias sociales, «efecto Rosenthal». Los trabajos de este profesor de la Universidad de Harvard demostraron la influencia de los prejuicios del investigador en el resultado de sus experimentos, incluyendo las pruebas de laboratorio con animales. De ahí que se afirme, en tal contexto científico, que es un hecho comprobado que si un investigador tiene una hipótesis respecto a lo que espera encontrar, obtendrá resultados que concuerden con su hipótesis”.

    Cada lector, llegado a este punto, tendrá sus conclusiones, que el narrador en modo alguno pretende mediatizar. De hecho, su trabajo se limita a exponer los hechos, y eso es a lo que escrupulosamente se ciñe hasta aquí. Falta consignar uno más: después de quince años de actuaciones judiciales, y cuando van a cumplirse veinte del crimen, ya sea por la torpeza policial, como apunta la sentencia, o por cualquier otro fallo del sistema español de persecución de los delitos, la muerte de Abel Martín, asesinado sin ningún género de dudas en su propia casa el 5 de agosto de 1993, sigue impune. Alguien lo hizo, alguien que no ha tenido que afrontar su responsabilidad y que verosímilmente nunca habrá de afrontarla. A aquel hombre asesinado con alevosía, y a quienes dejó para llorarlo, se les ha fallado amarga y estrepitosamente.

(Cedido a cualquiera que lo use sin ánimo de lucro. Copyright, Lorenzo Silva 2000-2015)




LA QUINTA DEL LLANTO EN PORTUGAL. Relato

Paisaje portugués

Julia Sáez-Angulo

 25/8/26

    En nuestra familia, Gonzalo era el hermano rico, y habíamos acabado por llamarlo, con una mezcla de ironía y gratitud, el macho alfa. No porque ejerciera autoridad sobre nosotros, sino porque, llegado el momento, era él quien nos protegía, quien organizaba, quien pagaba y quien parecía dispuesto a resolver las cosas antes incluso de que los demás hubiéramos terminado de plantearlas.

    Aquel verano reservó para todos nosotros una quinta en Portugal, cerca de Coimbra. Se llamaba Quinta del Llanto.

    El nombre, lejos de inquietarnos, nos pareció romántico. Imaginábamos una antigua casa portuguesa, elevada sobre una loma, con un gran jardín, bosque, piscina y, al fondo, el mar. Gonzalo había reservado quince días y todos esperábamos aquellas vacaciones como quien espera una pequeña tregua en la vida.

    Cuando llegamos, nos abrió la puerta una joven estudiante de Turismo que se ocupaba de recibir a los huéspedes.

—Estaba deseando que llegárais —nos dijo—. Crujía el suelo y esta casa me ha dado miedo.

    Lo dijo con una naturalidad que, retrospectivamente, debió de servirnos de advertencia.

    La quinta estaba efectivamente apartada del pueblo y próxima a un río. El agua parecía haber dejado su huella en todo: en los muros, en las maderas, en el aire mismo. Nada parecía respirar. Había en la casa una humedad antigua, inmóvil, como si durante años nadie hubiera abierto una ventana.

    El suelo de madera crujía bajo nuestros pasos. Mi hija mayor, Marisa, y yo nos miramos. No hizo falta decir nada. Las dos habíamos sentido lo mismo.

    La casa era oscura. En los salones había numerosos retratos y fotografías de niños. Eran rostros de otras épocas, niños vestidos con ropas que ya no existían, detenidos para siempre en una edad que no podía crecer. Sus miradas, o quizá nuestra imaginación, parecían seguirnos mientras atravesábamos las habitaciones.

    No nos gustaron.

    En la cocina nos esperaba otra sorpresa. Sobre la encimera avanzaba una pequeña procesión de insectos que no sabíamos identificar: moscas, hormigas y otros seres diminutos que parecían pertenecer más al subsuelo que a una cocina.

    Fue entonces cuando Marisa y yo decidimos que en aquella casa no dormiríamos.

    Nos acercamos a una ventana. Desde allí vimos a mi nieta, sola en un columpio, en medio de aquella loma. A cierta distancia, la escena tenía una belleza extraña. La niña se balanceaba bajo el cielo, mientras la casa permanecía detrás de nosotras, silenciosa y húmeda.

    Por un instante tuve la impresión absurda de que el suelo podía abrirse bajo sus pies y llevársela.

    La joven nos entregó siete llaves. Una correspondía a la iglesia anexa a la quinta. Otras abrían distintas habitaciones.

        —Hay algunas estancias que permanecen cerradas —explicó—, pero no van a necesitarlas.

    Aquella frase terminó de completar el ambiente.

    —Yo aquí no duermo —dijo Marisa.

    —Yo tampoco —añadí.

    Gonzalo nos observaba. Había puesto en aquella quinta toda la ilusión de quien encuentra algo extraordinario y quiere compartirlo con los suyos. Pero comprendió enseguida que la casa podía ser magnífica en los folletos y, sin embargo, imposible para nosotros.

    Fue entonces cuando recordamos algo que Gonzalo nos había contado durante el viaje: en Portugal existían antiguas quintas cuyos nombres tenían una tristeza particular. La Quinta de las Lágrimas, la Quinta del Llanto, la Quinta de los Tristes… Nombres que parecían conservar, como una inscripción en piedra, alguna desgracia antigua.

    Devolvimos las llaves. No pasaríamos allí ni una sola noche.

    Buscamos un hotel para toda la familia y comunicamos nuestra decisión al propietario, un caballero portugués, educado y comprensivo. No discutió con nosotros. Escuchó nuestras razones y nos devolvió el dinero al día siguiente.

    Después, Marisa hizo lo que hacemos todos, cuando una inquietud necesita convertirse en certeza: buscó en Google. Y encontró que aquella casa había sido, según la información que leyó, un antiguo convento del siglo XIII, relacionado con enterramientos intra y extramuros. Después fue adquirido por una compleja familia noble durante la desamortización de bienes religiosos en Portugal... A partir de entonces, nuestra imaginación hizo el resto.

    Los sepulcros explicaban los insectos. Los retratos explicaban las miradas. La humedad parecía venir de los muertos. Las habitaciones cerradas adquirieron un secreto. La iglesia anexa dejó de ser una iglesia y se convirtió, en nuestra imaginación, en la puerta de comunicación entre dos mundos.La casa tenía un pasado, y aquel pasado parecía gravitar sobre el presente.

    Pero quizá lo más extraño no era la casa, sino nosotros.

    Días después llegó mi hija menor, la racionalista. Le contamos lo ocurrido y escuchó nuestra historia con la serenidad de quien contempla desde fuera una superstición ajena.

    —Os habéis precipitado —dijo finalmente—. Allí no había ningún misterio.

    Nos quedamos callados.

    —Los hombres y mujeres estamos configurados para nuestra autoconservación —continuó, con aquella manera suya de decir las cosas—. Habéis visto una casa oscura, húmeda, mal ventilada y llena de bichos. Eso es todo. 

    Tenía razón.

    Quizá los muertos no habían salido de sus sepulcros. Quizá ninguna fuerza invisible habitaba las habitaciones cerradas. Quizá los niños de los retratos no nos miraban y la tierra bajo el columpio no tenía intención alguna de tragarse a nuestra nieta.

    Tal vez habíamos necesitado solamente unas horas para convertir una casa vieja en una casa maldita.

    Y, sin embargo, nunca he olvidado aquella quinta. La recuerdo como se recuerdan ciertas cosas que no llegaron a suceder: con una mezcla de alivio y melancolía. Fue una casa que pudo haber sido el escenario de nuestras vacaciones y no lo fue; una casa que conservaba demasiadas huellas de quienes habían vivido y muerto en ella, para que nosotros pudiéramos sentirnos completamente vivos allí.

    Nos despedimos de la Quinta del Llanto como de una historia que no quisimos terminar de conocer. Y quizá fuera mejor así. Hay casas que pertenecen al pasado con tal intensidad que cualquier intento de devolverles el presente resulta inútil.

    La nuestra fue, durante quince días, aquella otra casa de Portugal que nunca habitamos. La casa que pudo ser. Y no fue.


“HERE COMES THE SUN” (AQUÍ LLEGA EL SOL). La última oportunidad para el clima y un cambio para la civilización

La energía solar y la eólica ya son más baratas que los combustibles fósiles. El principal obstáculo para la transición es político: quienes han construido su riqueza sobre el control de la "escasez" se sienten amenazados y usan su poder para proteger sus intereses.

* Here comes the sun. (Aquí llega el sol). La última oportunidad para el clima y un cambio para la civilización, del activista y ambientalista estadounidense Bill McKibben.


        L.M.A.

        26.08.2026.- "Here comes the sun" es un ensayo sobre un cambio de época: la transición desde una civilización basada en los combustibles fósiles y el control de la «escasez» hacia un sistema energético sustentado en la abundancia de fuentes renovables, más distribuido, democrático y justo. EL libro ha sido editado por Capitán Swing.

    McKibben sostiene que la energía solar y eólica ya son la opción más barata del mercado, y que la tecnología necesaria para un sistema energético limpio existe. El principal freno no es técnico, sino político, marcado por los intereses de la industria fósil.

    El libro plantea esta transición como una oportunidad histórica para limitar los peores efectos del cambio climático, con profundas implicaciones económicas, sociales y geopolíticas.

    Sinopsis.- Cada dieciocho horas, el mundo instala paneles solares equivalentes a la potencia de una central nuclear. Al mismo tiempo, la combustión sigue derritiendo nuestros polos, envenenando nuestros cuerpos, agravando la desigualdad global. Y ya no es necesario: sabemos cómo convertir en energía los rayos del sol. Aunque nuestro clima y nuestra democracia se están desmoronando, McKibben insiste en que este momento también está lleno de posibilidades. La energía solar y la eólica se han convertido en las más baratas del planeta y están creciendo más rápido que cualquier otra fuente de energía en la historia; si logramos seguir el ritmo, podremos limitar los daños del cambio climático y reordenar el mundo sobre bases más sensatas y humanas. No se puede acaparar la energía solar ni mantenerla en reservas: debe estar al alcance de todos. Here comes the sun cuenta el auge de estas energías y la lucha desesperada de la industria de los combustibles fósiles y sus políticos por restringirlas. Desde los ciudadanos que, en un año, instalaron paneles solares equivalentes a un tercio de la red eléctrica de Pakistán hasta la sexta economía más grande del mundo —California—, que ha reducido casi a la mitad su uso de gas natural en los últimos dos años, McKibben traza la llegada de una energía solar abundante y barata. La esperanza de una nueva civilización que mire al sol como la estrella que alimenta nuestro mundo

        Bill McKibben.- Palo Alto (EE. UU.), 1960.- Ambientalista y activista estadounidense. Autor de más de veinte libros, entre los que se encuentra el éxito El fin de la naturaleza, publica artículos en revistas como The New Yorker o Rolling Stone. Cofundador de Third Act, un proyecto que moviliza a personas mayores de sesenta años en favor de un cambio progresista, para que actúen por el clima y la justicia. Es miembro de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias y profesor distinguido Schumann de Estudios Ambientales en el Middlebury College, donde también dirige las Becas Middlebury en Periodismo Ambiental. Ha recibido numerosos galardones, entre ellos el Premio Gandhi de la Paz y el Premio Right Livelihood, también conocido como el «Nobel alternativo», además de títulos honoríficos de veinte facultades y universidades. Foreign Policy lo incluyó en su lista inaugural de los cien pensadores globales más importantes del mundo. McKibben lideró la organización ambientalista 350.org, que ha organizado protestas en todos los continentes, incluida la Antártida, en favor de la acción climática. Desempeñó un papel destacado en el lanzamiento de la oposición a grandes proyectos de oleoductos como el Keystone XL, y en la campaña de desinversión en combustibles fósiles. Vive con su esposa, la escritora Sue Halpern. En 2014, el mundo de la biología le rindió homenaje bautizando una nueva especie de mosquito de bosque en su honor.


LA CUMBRE MUNDIAL DE LOS VALORES UNIVERSALES RECONOCERÁ A MAYTE SPÍNOLA POR SU TRAYECTORIA EN EL MECENAZGO Y LA PROMOCIÓN CULTURAL

* Les Valeurs du Monde Unis distinguirá el próximo 25 de septiembre en Madrid a la pintora y mecenas Mayte Spínola por una trayectoria dedicada a acercar el arte a la sociedad, apoyar a creadores y convertir la cultura en un espacio de encuentro, cooperación y solidaridad. 

Mayte Spínola, pintora y mecenas.

        L.M.A.

        Madrid, agosto de 2026. — La Cumbre Mundial de los Valores Universales, que se celebrará en Madrid los días 24 y 25 de septiembre, reconocerá a Mayte Spínola, fundadora del Grupo Pro Arte y Cultura, con el Award for the Value of Artistic Patronage and Cultural Promotion, dedicado al valor del mecenazgo artístico y la promoción cultural. El reconocimiento será entregado durante la jornada del 25 de septiembre, dedicada a la Concordia Humanista, dentro de la ceremonia internacional de distinciones promovida por Les Valeurs du Monde Unis, organización presidida por H.R.H. Emir Lahouari Benarba Ben Mahiedinne Al Hassani

    La elección de Mayte Spínola responde a una concepción de la cultura que atraviesa el espíritu de la convocatoria: el arte no únicamente como expresión individual, sino también como espacio de encuentro, transmisión, solidaridad y construcción de vínculos entre personas y sociedades. 

    Esta idea conecta con uno de los principios que inspiran la iniciativa promovida por Les Valeurs du Monde Unis y con el legado del Emir Abd al-Qadir al-Jaza’iri, figura histórica situada en el centro conceptual de las jornadas de Madrid. Su ejemplo de respeto hacia el otro y de responsabilidad más allá de las diferencias culturales y religiosas sirve como referencia para una noción de humanismo que no busca borrar la diversidad, sino encontrar en ella un espacio de reconocimiento mutuo. 

    En ese marco, la trayectoria de Mayte Spínola representa otra expresión del mismo principio: la cultura como territorio capaz de reunir procedencias, sensibilidades y generaciones diferentes. Una vida dedicada a crear y ayudar Pintora y mecenas, Mayte Spínola ha desarrollado durante décadas una trayectoria estrechamente vinculada a la creación artística y al apoyo a otros creadores. En 1990 fundó el Grupo Pro Arte y Cultura, una iniciativa que reunió a artistas visuales, escritores, músicos, críticos, historiadores y otras figuras relacionadas con el mundo cultural bajo un lema que sintetiza buena parte de su filosofía: “Crear y Ayudar”. 

    Desde su creación, el grupo ha impulsado exposiciones, proyectos culturales, donaciones de obras, acciones solidarias y la creación o desarrollo de colecciones y espacios de arte contemporáneo en distintos países. Su labor ha permitido conectar artistas, instituciones y sociedad civil, favoreciendo que numerosas obras y proyectos culturales encontraran nuevos espacios de difusión y permanencia. La trayectoria de Spínola constituye así un ejemplo de mecenazgo entendido no únicamente como apoyo económico, sino como capacidad para identificar talento, construir redes, movilizar voluntades y abrir espacios para la creación. 

            El mecenazgo como responsabilidad cultural 

    Ese concepto constituye uno de los fundamentos del reconocimiento concedido por Les Valeurs du Monde Unis. A lo largo de la historia, el mecenazgo ha desempeñado un papel decisivo en la conservación, producción y difusión de la cultura. En el caso de Mayte Spínola, esa tradición ha adquirido una dimensión contemporánea vinculada a la cooperación entre artistas, instituciones y sociedad. Su actividad se ha caracterizado especialmente por la mediación: conectar creadores con espacios culturales, facilitar exposiciones, impulsar colecciones y contribuir a que proyectos artísticos puedan desarrollarse y alcanzar nuevos públicos. 

    El Ayuntamiento de Madrid reconoció esta labor en 2015 cuando el Grupo Pro Arte y Cultura recibió el I Premio Iberoamericano de Mecenazgo, en una edición que puso en valor el papel de la colaboración y del apoyo privado a la cultura. Aquel reconocimiento consolidó una trayectoria que ya entonces llevaba décadas promoviendo el arte como patrimonio compartido. Una red cultural con vocación internacional El Grupo Pro Arte y Cultura ha desarrollado proyectos y colaboraciones en diferentes ciudades y países, contribuyendo a la creación y promoción de colecciones y espacios vinculados al arte contemporáneo. 

    Entre las iniciativas asociadas al Grupo figuran proyectos en España, Bulgaria, Argentina, Alemania, Austria y Suecia, junto con numerosas exposiciones y acciones solidarias. Esta dimensión internacional conecta especialmente con la vocación de la Cumbre Mundial de los Valores Universales: crear espacios donde culturas, instituciones y personas puedan encontrarse a través de lenguajes compartidos. Cultura y solidaridad La trayectoria de Mayte Spínola ha mantenido además una dimensión solidaria constante. 

    El Grupo Pro Arte y Cultura ha promovido exposiciones y acciones vinculadas a distintas causas sociales y humanitarias, reforzando una idea que forma parte de su identidad desde su nacimiento: que la creación artística puede convivir con una responsabilidad concreta hacia la sociedad. Spínola ha desarrollado también durante su trayectoria diferentes iniciativas solidarias y colaboraciones humanitarias, dimensión que contribuye a explicar por qué su reconocimiento trasciende estrictamente el ámbito artístico. 

    La Cumbre distingue, de este modo, no solamente una carrera dedicada a la pintura o al coleccionismo, sino una forma particular de entender el papel de la cultura: crear y, al mismo tiempo, ayudar. Una distinción dentro de una iniciativa internacional El reconocimiento forma parte del programa impulsado por H.R.H. Emir Lahouari Benarba Ben Mahiedinne Al Hassani, presidente de Les Valeurs du Monde Unis, en torno a la Cumbre Mundial de los Valores Universales y a la iniciativa internacional por la Concordia Humanista. 

    La convocatoria busca reunir trayectorias procedentes de ámbitos diversos para identificar expresiones concretas de valores compartidos: dignidad, servicio, cooperación, cultura, inclusión, diálogo y responsabilidad. Dentro de ese recorrido, Mayte Spínola representa el valor del mecenazgo como servicio a la cultura y de la cultura como instrumento de encuentro. 

    El reconocimiento será entregado durante la Gala Internacional y Ceremonia de Reconocimientos del 25 de septiembre en Madrid, en el marco de la Cumbre Mundial de los Valores Universales. MAYTE SPÍNOLA Award for the Value of Artistic Patronage and Cultural Promotion Reconocimiento al Valor del Mecenazgo Artístico y la Promoción Cultural 25 de septiembre de 2026 .


martes, 25 de agosto de 2026

GISELA SCAREL, LA TEJEDORA DE “BENDITA PAUSA". El 12 de junio, Día Mundial de Tejer en Público

Gisela Scarel, directora de "Bendita Pausa"

Toldo de lanas de colores y ganchillo en el Callejón del Repeso. San Lorenzo de El Escorial.

        Julia Sáez-Angulo

        25.08.2026.- El Escorial.- A Penélope, la paciente esposa de Ulises, le habría encantado conocer esta tienda de lanas, hilos, agujas y todos esos pequeños adminículos que acompañan el oficio de tejer. Está en la calle del Rey, de San Lorenzo de El Escorial y se llama Bendita Pausa. El nombre parece hecho a propósito para un lugar donde el tiempo adquiere otra velocidad y las manos recuperan una sabiduría antigua.

    Al frente está Gisela Scarel, argentina, que se hizo cargo de la tienda hace apenas un año. Pero su relación con las lanas viene de mucho antes. Empezó a tejer a los cinco años, cuando su madre trabajaba en una fábrica de lanas, y desde entonces ha ido acumulando conocimientos que hoy parecen casi enciclopédicos: sabe de fibras, de hilaturas, de tintes, de mezclas y de las infinitas posibilidades que ofrece ese mundo aparentemente humilde de la lana.

    En Bendita Pausa pueden encontrarse lanas de oveja merina, cachemir, angora, alpaca, seda y otras diversas fibras naturales. También mezclas sorprendentes, con bambú o flor de loto, que demuestran hasta qué punto el universo del tejido puede ser inagotable. Y detrás de Gisela ha ido creciendo una legión de aficionados: mujeres, naturalmente, pero también hombres que han descubierto en las agujas y en los hilos una forma de creación, de paciencia y quizá también de sosiego.

    Porque Bendita Pausa no es simplemente una tienda. Es una pequeña boutique artesanal en la que lo natural constituye una especie de declaración de principios. Allí no tiene cabida una fibra de nylon. Todo lo que entra responde a una filosofía de respeto por las materias y tintes naturales y por las manos que las trabajan.

    Por eso hasta allí llegan clientes y alumnas de toda la Sierra Oeste de Madrid, e incluso de la capital, Madrid. Vienen atraídos no solamente por la calidad de los materiales, sino por el prestigio de quienes enseñan en la boutique. Marta, Ana, Martina, Olga o Jimena son algunas de las profesoras que han convertido el establecimiento en una verdadera academia libre del tejido.

    Todas conocen el oficio en sus distintas etapas. Saben tejer y saben también teñir. Y el teñido natural tiene allí una importancia especial: palo de Campeche, quebracho, primeras capas de cebolla, índigo, té, café, aguacate o diversas cortezas de árboles, que sirven para obtener colores que parecen venir directamente de la tierra. El hilo deja entonces de ser una materia anónima para convertirse en algo vivo, teñido por procedimientos que tienen mucho de alquimia doméstica.

    Hay clases de afieltrado y de distintas técnicas de tejido con agujas rectas o redondas, ganchillos, tazones para ovillos, cuentavueltas…Se trabaja para hacer jerseys, abrigos, chales, calcetines, cuyo talón o punta exigen una especial destreza por las tensiones y resistencias que deben soportar. Cada puntada encierra una pequeña dificultad y cada dificultad, una posibilidad de aprendizaje.

    Pero quizá lo más interesante Bendita Pausa sea que funciona también como lugar de encuentro. Cualquiera puede entrar, preguntar, mirar, tocar y dejarse aconsejar. Los artesanos de distintas partes del mundo hacen llegar allí sus productos y, de algún modo, todos ellos convergen en esta pequeña tienda de San Lorenzo de El Escorial.

    No hay allí lugar para la fabricación industrial ni para la prisa. Hay lanas peinadas, cardadas, sedas, fibras delicadas y manos que conocen su secreto. Hay personas que enseñan a otras personas un oficio antiguo y, sobre todo, hay una comunidad que parece haber comprendido algo que nuestra época suele olvidar: que hacer algo lentamente no significa perder el tiempo.

Quizá por eso el nombre resulta tan exacto: Bendita Pausa

    Una pausa para las manos, para los ojos y para el espíritu. Una pequeña resistencia frente a la velocidad del mundo. Y Gisela, la tejedora argentina, parece estar en el centro de todo ello como una Penélope moderna: no espera a Ulises, sino que teje para que el tiempo, mientras tanto, no se pierda.

    El 12 de junio, Día Mundial de Tejer en público, no faltaron a su cita las mujeres y hombres que disfrutan y trabajan en torno a Bendita Pausa. Coordinadas por Gisela, se reunieron en la Casa de Cultura de San Lorenzo de El Escorial para compartir agujas, lanas, conversaciones y esa paciente alegría que solo conocen quienes construyen belleza punto a punto.

    Allí elaboraron los llamados grannies squares , esos tradicionales cuadrados de ganchillo compuestos por infinitas combinaciones de lanas y colores que, unidos unos a otros, terminan formando un gran mosaico textil para colchas, cortinas y vestimenta.

    El fruto de aquel trabajo colectivo se convirtió en una de las imágenes más hermosas de las fiestas de San Lorenzo: el 10 de agosto se inauguró un singular toldo tejido que cubría el Callejón del Repeso del municipio, como una bóveda de color suspendida entre las piedras y el cielo.

    Y la obra no ha terminado. El próximo año volverán a reunirse para seguir agrandando ese magnífico dosel de tejido y de luz, una inmensa labor de Penélopes contemporáneas que, en lugar de destejer por la noche, prefieren seguir tejiendo la amistad, la memoria y la belleza.

Con cliente de "Bendita Pausa".

Clases de tejido. Ante tazones de ovillos de lana.


lunes, 24 de agosto de 2026

"CINCO MIRADAS. UNA SAGA". Siete pintoras del grupo. Exponen en Portugal en la galería VRSA de la pintora Nuria Fuentes. Coincidiendo con las fiestas de Ayamonte.


EL MISTERIO DE LAS DOS REINAS MUERTAS EN VILLACASTÍN

Supuesto casa-palacio en la plaza de Arriba en Villacastín.
Antiguo parador de Villacastín. Casa de Señor Conde de Campo Alanje.

Julia Sáez-Angulo

        24 de agosto de 2026.- Villacastín.- Habían nacido hermanas, hijas de Fernando I de Aragón y Leonor de Albuquerque, pero el destino las había llevado por caminos distintos, entre coronas, matrimonios y reinos enfrentados. Leonor de Aragón, reina viuda de Portugal, había regresado a España tras la muerte de su esposo y se había refugiado en Toledo. Allí llevaba ya varios meses sin noticias ciertas de su hermana María de Aragón, reina de Castilla por su matrimonio con Juan I.

La incertidumbre terminó imponiéndose a la prudencia. Leonor decidió ir a verla a Villacastín.

El encuentro tuvo algo de regreso a la infancia. Las dos hermanas se abrazaron largamente, como si en aquel abrazo pudieran borrarse los años, las distancias y las desgracias. Después hablaron durante horas. Recordaron a la familia, evocaron los días de juventud y conversaron sobre los reinos que les había tocado gobernar desde la sombra de sus matrimonios.

María le contó a Leonor las dificultades que atravesaba Castilla. El enfrentamiento entre su esposo, Juan II, y los infantes de Aragón había alcanzado extremos que parecían inconcebibles. Ella había tomado partido por sus hermanos los Infantes. Esto agravó la situación. El rey Juan II había sido hecho prisionero y encerrado en una torre, aunque finalmente había logrado escapar de su cautiverio en el castillo de Portillo (Valladolid).

    Eran tiempos turbios. La corte vivía rodeada de sospechas, intrigas y silencios.

Doña María atribuía buena parte de aquellas desgracias a la influencia del privado del rey, el bastardo don Álvaro de Luna, hombre poderoso cuya voluntad pesaba sobre los asuntos del reino y cuya sombra parecía alargarse sobre cada decisión.

    Durante los primeros días, sin embargo, las dos mujeres lograron apartarse de la política. El recoleto palacio de Villacastín les ofreció un breve refugio de intimidad. Conversaban junto al fuego, recordaban el pasado y quizá se preguntaban qué habría sido de sus vidas si el destino no las hubiera colocado tan cerca de los tronos.

    Pero al cuarto día Leonor comenzó a sentirse mal.

    Primero llegó un dolor de cabeza intenso, profundo, como si algo le oprimiera las sienes. Después aparecieron las dificultades para respirar y unas extrañas manchas cárdenas sobre la piel. María, alarmada, permaneció junto a ella sin separarse de su lecho.

    El 18 de febrero de 1445, Leonor de Aragón, reina viuda de Portugal, murió en el palacio de su hermana, en Villacastín. No hubo tiempo para comprender aquella muerte.

    Al día siguiente, María comenzó a padecer los mismos síntomas. También ella sufrió fuertes dolores de cabeza, dificultad respiratoria y aquellas inquietantes manchas que habían cubierto el cuerpo de Leonor. La enfermedad que había llevado a su hermana a la tumba parecía haber elegido ahora a la otra reina. María de Aragón murió al día siguiente.

    Dos hermanas. Dos reinas. Dos muertes separadas apenas por unas horas.

    La imaginación de la época no necesitó muchas pruebas para encontrar un culpable. Pronto comenzó a hablarse de envenenamiento. Se decía que las habían matado con hierbas; otros señalaban a los enemigos políticos de la corte. Y, como sucede tantas veces cuando la muerte llega envuelta en misterio, los rumores fueron creciendo hasta convertirse en una historia.

    El nombre de don Álvaro de Luna comenzó a circular insistentemente. Para unos, era el autor moral de la tragedia; para otros, el hombre que había desencadenado aquel desastre desde las oscuridades del poder. Su figura, ya temida y discutida en vida, quedó atrapada en la leyenda de las dos reinas muertas.

    El rey Juan, que se encontraba en El Espinar, a unos veinte kilómetros de Villacastín, recibió la noticia de la muerte de ambas mujeres. Sin embargo, no se presentó en la villa. Quizás temía a los Infantes de Aragón y desconfiaba de aquellos hombres cuyo comportamiento, según se decía, no inspiraba precisamente confianza. Se a San Martín de Valdeiglesias, sin ofrecer exequias reales a su esposa Doña María.

    Mientras tanto, María de Aragón recibió sepultura en la antigua iglesia de Villacastín. Pero aquella no era su última voluntad. Había expresado en su testamento su deseo de descansar finalmente en el monasterio extremeño de Guadalupe, lugar al que había acudido años atrás junto a su esposo y donde había encontrado el recogimiento de los monjes jerónimos.

    Su hijo, Enrique IV de Castilla, heredero de la Corona, prometió cumplir aquella última voluntad. Y la cumplió nueve años después.

    Con el paso del tiempo, la historia de las dos hermanas fue entrando en ese territorio incierto donde la memoria y la leyenda terminan por confundirse. Sus muertes simultáneas alimentaron durante siglos la sospecha de un crimen. El supuesto envenenamiento encontró defensores y detractores, y el nombre de don Álvaro de Luna quedó ligado para siempre a aquella tragedia.

    Muchos años después, los restos de las reinas fueron objeto de estudios y análisis que apuntaron hacia una explicación médica para aquellas muertes. La enfermedad contagiosa aparecía así, como una posibilidad mucho más prosaica y, quizá por eso mismo, más terrible que el veneno imaginado por sus contemporáneos.

    Pero la duda no desapareció del todo.

    La historia deja a veces una puerta entreabierta, y por ella entra la leyenda.

Hoy, la casa palaciega de Villacastín permanece silencioso. Sus paredes, heridas por el tiempo, parecen guardar todavía el eco de aquellas dos mujeres que llegaron allí para reencontrarse y que no salieron con vida. Cuatro paredes desnudas esperan una mano generosa que las restaure.

    Quizá ningún monumento sea más elocuente que una ruina cuando conserva una historia. Y aquellas piedras conservan una de las más extrañas: la de dos hermanas que fueron reinas, que se encontraron después de una larga separación y que, en apenas dos días, murieron una junto a la otra.

    Desde entonces, Villacastín guarda su secreto en el la casa palaciega, hoy medio derruida, de las dos reinas muertas.