martes, 1 de septiembre de 2026

ÉXITO DE LA ÓPERA CHINA EN MADRID. Actuó con su obra "Tierra salvaje" en el Teatro Príncipe Pío

 

Fotos: Adriana Zapisek





EVA C. EN LA CASA SILENCIOSA. Relato de Francisco Manuel Pastor Garrigues y Julia Moreno Cárcel

Alicante, 30.08.2026

I

La casa se levantaba sobre una pequeña elevación, apenas separada del paseo marítimo por una franja de jardines y una pendiente cubierta de vegetación. Desde abajo, entre las ramas de los pinos y las palmeras, apenas podía verse su fachada completa. Había que acercarse para descubrirla poco a poco, como si la casa se resistiera deliberadamente a ser contemplada de una sola vez.

Era una construcción antigua, de aspecto casi señorial, aunque sin la solemnidad de las grandes mansiones. Sus muros, de un color indefinido entre el ocre y el rosa envejecido, mostraban aquí y allá las huellas del tiempo. Sobre la fachada principal se abría un pequeño óculo circular, y debajo de él una puerta acristalada daba a un balcón de hierro forjado, ligeramente curvado hacia el exterior. Más abajo, un mirador acristalado sobresalía de la pared como una pequeña atalaya desde la que debía de contemplarse el mar.

La casa estaba rodeada de una vegetación exuberante y algo salvaje. Los pinos extendían sus copas sobre el tejado, mientras las palmeras, más altas y esbeltas, aparecían detrás de la vivienda como figuras inmóviles contra el cielo azul. Entre ellas crecían arbustos, helechos y plantas que habían terminado por apoderarse de buena parte del jardín. Había en aquel abandono algo extrañamente atractivo: no parecía una casa deshabitada, sino una casa que hubiese decidido vivir al margen del mundo.

Por las tardes, cuando el sol comenzaba a descender sobre el Mediterráneo, las sombras de los árboles cubrían la fachada y el edificio adquiría un aspecto diferente. Las ventanas parecían más oscuras y el pequeño círculo de cristal de la parte superior recogía los últimos reflejos de la luz. Desde el paseo marítimo podía contemplarse entonces aquella casa silenciosa, escondida entre la vegetación, como un lugar perteneciente a otra época.

Allí vivía Eva C.

La conocí en circunstancias que no vienen ahora al caso. Sabía que practicaba el espiritismo y que había adquirido cierta notoriedad en determinados círculos. No era, sin embargo, una mujer que necesitara esforzarse para llamar la atención. Había en ella algo difícil de definir: una mezcla de inteligencia, seguridad y sensualidad que hacía que cualquier conversación terminase girando a su alrededor.

Aquella noche asistí por sexta o séptima vez a una de sus sesiones.


II


Las amplias cortinas habían sido corridas y las tinieblas eran casi completas. Al principio la oscuridad parecía ser absoluta e impenetrable, pero a los pocos minutos sus pupilas fueron adaptándose a ella de tal manera que se distinguían los unos de los otros, aunque muy difusa y vagamente. Andrés no distinguía dentro del estudio ninguna cosa más, fuera del negro contorno de las figuras inmóviles. La mano de aquella obesa mujer en la suya le parecía caliente y pegajosa y la de su vecino a la izquierda ardiente y reseca. Era ya la sexta o séptima ocasión que acudía a aquellas sesiones de espiritismo, y no temía, precisamente, a los espíritus. Deseaba que Eva, la médium oficiante, hubiera estado a su lado, y tenía continuamente conciencia del espacio oscuro y vacío del cuarto que había a sus espaldas y en el cual podía ocurrir cualquier cosa. Trató de soltar las manos, pero se las tenían firmemente asidas.

En la habitación reinaba completo silencio. En el pasillo tic-tacaba un reloj. Muy lejos ladraba de manera intermitente un perro. Cruzaron por la calle con estrépito algunos coches, y el brillo de sus faros, al penetrar por la rendija de las cortinas, rompió ligeramente aquella espera sombría.

La respiración de Eva emitía un curioso silbido; poco a poco, fue haciéndose más profunda y de mayor fuerza. La mesa empezó a latir con un pulso poderoso. Se balanceaba firme, rítmicamente, con un movimiento fácil, de vaivén bajo los dedos de los asistentes. De su interior brotaban golpecitos y chasquidos breves, una especie de chisporroteo de fuego por descargas.

Algo —una silla o una mesa-crucifijo—, y de pronto exclamó una voz:

—Sí, sí... no oigo... Habla más fuerte... —era la voz de Eva, pero son algo distinto: una voz absorbida por una idea, por un contacto imaginario más allá del pequeño mundo oscuro, constreñido, en el cual se hallaban sentados.

—¿Qué queréis de mí? ¿Por qué me llamáis continuamente?

Aquella voz extraña, firme, metálica, no podía brotar de ninguno de los presentes. Andrés clavó sus dilatadas pupilas en la sombra donde estaba presumiblemente el rostro de Eva. No, de aquel lado no procedían aquellas palabras.

—¿Quién eres? ¿Podrías decirnos cómo te llamas?

—A ustedes no puede importarles quién soy. Soy uno que vivió como ustedes viven ahora y que murió como ustedes morirán.

En una lejana habitación comenzaron a resbalar los acordes de un disco con piano mozartiano.

—¿Es usted feliz en su estado?

—Sí, mucho.

—¿No le gustaría volver a vivir?

—No. Con seguridad que no.

—Entonces, ¿no sufren pesar ni tristeza en esa vida suya?

—No, el dolor es solo una cosa corporal. No lo sufrimos. En cambio, siempre puede uno sentir tristeza y ansiedad.

Un largo silencio se abrió en aquellos instantes. Fue entonces cuando una voz burlona y altisonante restalló en la habitación, como escupiéndole a aquella presencia:

—Déjese de historias y rollos y conteste de una vez: ¿Existe Dios?

Simultáneamente, la lira que descansaba cerca de la mesa, apoyada junto a las cortinas, se desplomó rápidamente sobre la mesa, en medio de un formidable estruendo. Entonces estalló un babel de gritos histéricos por todas partes mientras volaban sillas, vasos, mesas y rodaban todos por el suelo, en tanto que uno de los asistentes se precipitaba a encender una de las lamparillas de la habitación. Eva yacía allí, en el suelo, entre los restos de su silla. Alguien abrió de par en par la puerta del enorme comedor, y algunos se abalanzaron huyendo de él. Entre Andrés y otro de los asistentes, Eva fue tendida inconsciente sobre un sofá. Uno de los componentes del círculo espírita, un hombre de negocios insensible, había caído al suelo y yacía desmayado sobre la esterilla de la chimenea. Otro, igual que un epiléptico, estaba lívido como un cadáver y daba respingos y temblequeaba.


III

Habían pasado doce horas y Eva, enfundada en un enorme jersey azul oscuro, sentada junto a la biblioteca de su casa, se libraba de los pulloveres que sujetaban su pelo recogido en un hermoso moño. Su pelo, espeso y negro, acariciado dulcemente por sus manos, le llegaba hasta el hombro. A continuación, se quitó sus botas negras con doble tacón en las que llevaba ajustados sus vaqueros y, descalza incluso, se acercó al rincón donde había tenido lugar la sesión. Los vidrios rotos habían sido recogidos y amontonados en una parte de la sala, así como los restos de madera de la lira (que había quedado destrozada).

Sobre la mesa de nogal reposaba el cheque por valor de varios miles de francos con el que aquel corredor de bolsa había querido recompensarla por los desperfectos ocasionados durante aquella estampida, de la cual ella había salido duramente perjudicada. En su costado derecho sentía un dolor continuo, quizás provocado por alguna de las patadas y pisotones recibidos por la gente que había saltado por encima de ella.

Todavía no había tenido tiempo de ducharse: cuando el último de los espíritas se había marchado, se había acostado durante tres o cuatro horas en una de las camas de un extremo de su piso, y luego, sin abandonar aquella habitación, se había puesto a estudiar intensamente aquel libro, El perdón, de un escritor húngaro, E. A. Fránczy, que tanto le interesaba por su conocimiento en el ocultismo. Al fin, se había decidido a comer algo y se apresuró a levantarse, alisando la colcha de la recién desocupada cama. No se había quitado la ropa que había usado durante la sesión y tenía ahora el imperioso deseo de limpiarse... ella y sus atavíos.

Un gracioso biombo japonés separaba el comedor de la cocina. Eva lo rodeó y se dispuso a prepararse un bocadillo antes de ducharse y de meter la ropa en la lavadora. De repente, en su semblante apareció una amarga señal de contradicción: junto a los cuadros del fondo de la sala y sentado apaciblemente en el sofá se encontraba Andrés, uno de los espíritas al que conocía superficialmente por haber frecuentado relativamente las últimas sesiones que habían tenido lugar allí.

Le fastidiaba aquel tipo.

—¿Qué hace Vd. aquí? ¿Por qué no se ha marchado con los demás?

—Eva... —sonrió—. No resulta muy difícil explicárselo. Lo que tuvo lugar anoche en esta casa no ha hecho más que reafirmarme en una idea que no me abandona desde hace días. Pensé que debía quedarme... no sé... esperar a que Vd. se serenase... Ayer estuvo usted maravillosa... no frunza el ceño... no sé si me entiende... la verdad es que todo ese mundo del más allá... de las sesiones mediúmnicas no me interesa para nada, salvo para intentar aproximarme a Vd. Quiero que comprenda que ha llegado a ser una obsesión para mí. Cuando el último de sus clientes se hubo marchado, permanecí largo rato pensando. Creí que debía sincerarme con Vd. al fin, y he esperado a que volviese a salir de su cuarto. No quiero que se lo tome a mal, pero me gustaría ser su discípulo... estar aprendiendo con Vd. los secretos de su "profesión"... indudablemente porque no me puedo separar de su lado. Tómeme por su alumno y tal vez a lo largo de ese proceso...

Eva esbozó una leve sonrisa y acercándose a Andrés, se sentó en el sofá, tomó un paquete de cigarrillos de la mesita y extrajo uno calmósamente.

—¿Y en ese proceso que quiere usted abrir, piensa que le voy a enseñar todos mis trucos, y además de ello, el discípulo sentirá una atracción afectiva por la maestra que le llevará a enamorarla?

—¿Y eso no le puede sentir la maestra del alumno?

—¿Cree en la seducción?

—Es el instinto lo que me empuja hacia Vd.

—Stendhal lo llamó "cristalización"... el amor nace allí donde nuestra fantasía social cristaliza sus intereses.

—No me interesa saber por qué...

—Un snob sólo puede enamorarse... pero sinceramente de una condesa... o de una baronesa... un avaro de una mujer rica... un actor de una diva.

—Yo no me he enamorado de una diva aunque reconozco que la actuación de anoche fue magistral... La amo a usted porque me ha acogido en su casa... estoy fascinado por su arte y quiero que me enseñe.

—Querría hacer de mí, como un pequeño Apolo resplandeciente... dispuesto para los fastos y resplandores de la escena.

—Puede ser que sí... puede que quisiera nacer de Vd. con un poco de su sangre en mi sangre.

—Eso es ambición.

—No, se lo juro... es un sentimiento absolutamente desinteresado.

—¿Desde cuándo los sentimientos son desinteresados?

—No tengo fines ocultos.

—Lo sé... de otro modo no le hubiera recibido y tampoco estaría charlando aquí con Vd. Su ingenuidad es asombrosa... vaya en lo obsceno.

—Me alegro de que lo reconozca.

—Es la fascinación del artificio. Un buen fundamento para el amor... pero no es aún un amor...

—Un buen comienzo... ¿quizás?

—No quiero amor... Yo no le puedo amar a Vd.... Si quiere ser mi alumno... quiero obediencia... una obediencia desobediente...

—Perdóneme, Eva... Sus ojos le brillan maliciosamente. No la comprendo.

—Un choque entre inteligencia y sabiduría... entre instinto y conocimiento.

—Me gusta su voz. Jamás había oído nada tan sensual.

—Es la voz de quien juega con un poder exquisito... ¿Quiere Vd. saber cómo empecé a desarrollarlo? Cuando tenía quince años, vivía en Argel. Mi familia pertenecía a la clase media... funcionarios... notarios del Estado... gente acomodada... Asistí a los mejores colegios... nos codeábamos con las más altas personalidades de la provincia... Llegué a ser novia del hijo del general Noel, un alto cargo en la Legión Extranjera... Lo amé intensamente a Bernard... sólo vivía para él... con ese fuego de pasión de mis años de adolescente... un día, Bernard se ahogó en la playa.

Su madre era una ferviente espiritista, y a partir de la muerte de Bernard, para el cual profesaba un excesivo amor, creía ver en cualquier nimiedad la acción de los espíritus. Con el corazón destrozado y queriendo conocer si su hijo quería algo o sufría en la vida después de la vida obligaba a sus sirvientes a actuar de médiums. Yo seguía frecuentando su residencia asiduamente incluso después de muerto Bernard... y con el tiempo... la tristeza... el enorme vacío dejado por él... las constantes y apremiantes invitaciones de su madre... me llevaron a cambiar bruscamente de vida. Tuve que dejar mis estudios y quedé encerrada prácticamente entre los naranjos de Villa Carmen... apenas si salía algunos días soleados a pasear junto al mar... bien pronto ella me convenció para que actuase también como médium "con el fin de procurar la felicidad de Bernard"... Con el transcurso del tiempo, empezó a acudir allí gente, atraída por los rumores que circulaban en torno a las sesiones de invocación que allí yo tenía que llevar a cabo obligada por Madame Noel... Acudieron incluso varios científicos... fotografiaron todo aquello... las presuntas apariciones de una serie de espíritus materializados que surgen tras mis invocaciones. A partir de entonces, mi vida quedó ya unida al espiritismo, y años después, cuando me he trasladado a París, mi fama me ha acompañado. Puedo decir hoy en día que estoy considerada como la mejor médium de Europa... investigada por dos Premios Nobel y por la Universidad de París... Como ves, gozo del poder de transformar la Naturaleza y de jugar con los hombres.

—¿Quiere decir que a Vd. también le producen placer estas sesiones?

—Claro... detesto los deberes... son como las purgaciones. ¡Pobre del que no se divierta con su trabajo!

—Eso es una idea aristocrática. Hay quien no quiere divertirse con su trabajo.

—Por fin me contradice. Y por pasión política.

—No quería contradecirla.

—Timidez y pasión política —el rostro hermoso de Eva resplandecía tras el humo de su cigarrillo—... dos ingredientes absolutamente necesarios para realizar... bien... este oficio de actor.

—¿Cree que... una médium... una actriz como usted se califica no debiera interesarse por la política?

—¡Quién lo ha dicho! Funcionario de partido, por supuesto que no... burócrata ideológico tampoco, pero que sienta un fervor político... o mejor aún cierta languidez política es deseable.

—Y según usted, ¿cualquier ideología política puede valer?

—Por supuesto que no, debe ser revolucionaria... aunque contaminada de esteticismo... fuertemente vinculada con la sensualidad y con la gula.

—¿La gula?

—Un médium que no sea goloso se convierte necesariamente en un asceta, y en este escenario, los ascetas producen nauseas.

—Goloso, barrigón, presumido... en resumen... un Falstaff...

—La inteligencia del médium consiste precisamente en introducir la lengua en la miel sin mancharse los labios... saciar la gula sin saciar el vientre. Es una cuestión de paladar y no de estómago.

—Es decir, que uno come y después se mete el dedo en la boca...

—Y un vino añejo... un estofado tierno con mantequilla... un faisán al coñac... unas judías sazonadas con hierbas... una tarta de requesón... con tal de que no se agrie o se vuelva aridez forman parte de la educación de los sentidos.

—No sé cómo puede Vd. llegar a expresar esa sensualidad en sus sesiones.

—Dejarse embriagar por la suavidad de los objetos.

—Eva, no sé...

—En el fondo de sus angustias, se vislumbra un destello de sensualidad, pero no se manifiesta... Es una alcachofa en vinagre.

—Creo que me he enamorado perdidamente de Vd. ¿Qué puedo hacer para besarla?

—Antes tendría que volverse viejísimo.

—¿Por qué?

—Un hermoso anciano de rostro azulado.

—Realmente, ¿no le intereso nada como hombre?

—Como hombre, no. Como discípulo, sí. Como médium, en absoluto. Es usted un mono frente a un espejo.

—Entonces, Vd. también es un poco mono.

—Por supuesto que sí. Soy un mono vanidoso y muy goloso. Pero sé rascarme las pulgas mejor que usted.

—¿Puedo invitarla a cenar?

—No... la lección ha terminado por hoy. ¡Y le ruego que tenga sueños angustiosos y lúcidos!

—Sólo pensaré en usted.

—No olvide comprarse unas botas camperas.

—No llevo botas.

—Podrían subrayar esos aires de conquistador... Adiós... recuerdos a su cuñada.

—Yo no pienso nunca en ella. Todo me aburre. Ahora sólo tengo un deseo: pasar a su lado el mayor tiempo posible.

—Haga el amor con su cuñada... y piense en mí.

Le espetó Eva mientras tras empujarle suavemente hacia la escalera, cerraba la puerta sumergiendo a Andrés en un mar de confusiones.


IV

El ascensor descendía lentamente, mientras el cerebro de Andrés parecía que iba a estallar... que las compuertas de sus sienes iban a reventar ante aquella llave de pensamientos, de sensaciones nuevas que estaba experimentando.

Al salir de la casa, permaneció unos instantes inmóvil frente a la puerta. La tarde comenzaba a caer sobre el paseo marítimo y el aire del mar llegaba cargado de humedad y de sal. Detrás de él, la mansión parecía recuperar poco a poco su silencio.

Andrés echó a andar.

Durante unos minutos caminó sin rumbo, contemplando las palmeras, las casas y el mar que se extendía al fondo bajo una luz cada vez más tenue. Le parecía imposible ordenar lo ocurrido durante las últimas horas. Había entrado en aquella casa creyendo que buscaba una explicación y salía de ella sabiendo únicamente que estaba más perdido que antes.

Entonces creyó escuchar música.

Se detuvo.

Desde alguna parte, quizá desde la casa, quizá desde otra vivienda cercana, llegaban unos acordes de piano. Le pareció reconocer aquella música mozartiana que había sonado durante la sesión.

Andrés miró hacia atrás.

La mansión permanecía silenciosa entre los árboles. Una sola ventana estaba iluminada.

Esperó.

No ocurrió nada.

Pensó que acaso la música no había existido. O quizá sí. En aquella casa ya no estaba seguro de distinguir lo real de lo imaginado.

Siguió caminando por el paseo marítimo.

Detrás de él, la luz de la ventana continuaba encendida.

Andrés comprendió entonces que nunca sabría si aquella noche había asistido realmente a una sesión espiritista o simplemente había penetrado en otro mundo: el mundo de Eva C., donde los espíritus podían ser imposturas, las imposturas podían convertirse en verdad y el amor, al menos para él, podía ser también una forma de encantamiento.

No volvió la cabeza.

La casa quedó atrás, oculta poco a poco entre los árboles.

Y siguió andando junto al mar.



Francisco Manuel Pastor Garrigues

Julia Moreno Cárcel




ROSA ESCALONA EXPONE EN EL PALACIO DE MEDINACELI (Soria). Se inaugura el día 5 de septiembre con una performance romántica.

Palacio de Medinaceli (Soria)


lunes, 31 de agosto de 2026

LAS FLORES EN EL SUELO DE FIN DEL VERANO, CONOCIDAS COMO “ROBA MERIENDAS”. Anuncia el acortamiento de los días y fin del verano.

Quitameriendas o roba meriendas (cuyo nombre científico es "Colchicum montanum" o Merendera montana)
"Crocus sativus",  flor del azafrán.


Julia Sáez-Angulo

1/9/26.- El Escorial._ Junto al Parque de La Manguilla, el gran pulmón verde y parque público de El Escorial, el gran pulmón de la Noble Villa de El Escorial, están los prados que lucen distintos nombres: prado Tornero, prado del Obispo, Prado Nuevo, Prado Molino, Prado del Arroyo, Prado de la Fuente… en todos ellos  crecen los crocus, la planta conocida como quitameriendas o roba meriendas (cuyo nombre científico es Colchicum montanum o Merendera montana) es una pequeña y llamativa flor de color lila o rosáceo, muy similar al azafrán, que brota directamente del suelo sin hojas a finales de agosto y durante septiembre. 

Algunos llaman crocus a estas flores, por su parecido con la flor del azafrán crocus sativus.

    El origen de sus curiosos nombres populares se debe a una tradición pastoril y rural sobre el acortamiento de los días. Su floración coincide exactamente con el final del verano y el inicio del otoño. En esta época, las horas de luz solar disminuyen de forma drástica y las tardes se vuelven mucho más cortas. 

    La pérdida de la merienda: Antiguamente, los pastores y trabajadores del campo pasaban todo el día con el ganado. Al ver brotar estas flores, sabían que la noche se les echaría encima mucho antes, por lo que debían regresar temprano a casa. Al adelantarse la hora de la cena, se veían obligados a suprimir o "quitar" la merienda de su rutina diaria. De ahí que se dijera que la flor les "robaba" o "quitaba" la merienda.

    Por esta misma razón, en distintas regiones de España también recibe nombres como excusameriendas, sacamerendas, tollemerendas o espantapastores. Un dato muy importante que se debe tener en cuenta es que, a pesar de su belleza, es una planta altamente tóxica debido a su contenido en colquicina, por lo que nunca debe consumirse ni manipularse en exceso. 

    Estas flores anuncias que se acortan los días, que llega el melancólico fin de verano y que pronto llegará el hermoso y rojizo otoño con la caída de las hojas.


roba-meriendas
Cardo silvestre



VIVIANE BRICKMANNE. Escultura de oquedades y plenitud, con estudio en Torrelodones





Julia Sáez-Angulo

31/8/26.- El Escorial.- La escultora belga Viviane Brickmanne, es la autora de obras donde se alternar oquedades y plenitud. Con estudio en Torrelodones (Madrid), actualmente expone en la colectiva “Mínimo Tamaña Grande”, MTG, que tiene lugar en la Casa de Cultura de San Lorenzo de El Escorial, hasta el próximo 12 de septiembre. La curadora es Elena Blanch.

Vivianne cuenta que comenzó con la pintura, como muchos artistas, pero una suerte de llamada interior le fue llevando hacia la tercera dimensión y sus esculturas fueron cobrando vida con distintos materiales según las diferentes etapas.

“Acudí a la Escuela de Cerámica del Ayuntamiento de Madrid, donde tuve la suerte de contar con profesores excelentes, que permitían una libertad de temas y de realización”, me explica ante obras de barro, que resisten “perfectamente” el aire libre, según confirma con una bella pieza en el jardín.

“Muchas de sus obras las funde en bronce o aluminio, tras modelar el barro y la cera. Me gusta fundir en los talleres del escultor José Luis Fernández en Torrejón de Ardoz. Lo hacen muy bien. También trabajó otros materiales como el metacrilato, en este caso me gusta hacerlo en unos talleres belgas, que trabajan muy bien”, explica la escultora. Los temas van desde la naturaleza al aire.

El tema del ladrillo con múltiples orificios, le llamó un día la atención y lleva una temporada trabajando con ellos de una mil maneras, enteros o fragmentados, en toda gama de color, mezclándolo con otros materiales…

Un escultor requiere mucho espacio, por eso Viviane Brickmane instaló su taller en un espacio amplio construido en su jardín. En él me muestra también una interesante serie de serigrafías inspiradas en las fotos de niña de su abuela y la hermana gemela, Juana Y Marta.

“Acudí un tiempo al taller de la estampadora alemana Brita Prinz. Era una profesora estupenda con la que aprendí mucho en su día”, cuenta la escultora.

En arte, todo aprendizaje suma. Los artistas de hoy son polivalentes y esto les honra. Es el caso de Viviane Brickmane. Su casa es un amplio escaparate de sus obras, desde los cuadros bidimensionales hechos con grandes collages de papeles, donde resalta el ondulado del papel de embalaje, hasta las últimas esculturas de ladrillo y cemento que se engarzan o separan a gusto del coleccionista.

Vivianne llegó a España muy joven para trabajar en la Cámara de Comercio con su país de origen y los vecinos. Lo compatibilizó con el arte, pero llegó un momento que tomó la opción definitiva del arte, cuando ya se dedicó por entero a la escultura. Hoy la artista belga es diputada de la Fundación Amberes, donde una vez expuso en una colectiva. Forma parte de la organización https://sculpture.org/

    Está casada con un español.

        Más información

https://vivianebrickmanne.dreamhosters.com/

Remesa de ladrillos pintados, pendientes de trabajo
Bronce y vid esculpida

domingo, 30 de agosto de 2026

"LA INSIGNE ORDEN DEL TOISÓN DE ORO y su armorial ecuestre”. Una publicación completa de su trayectoria (1430-1996), escrita por historiadores, con la relación de todos los que la lucieron

Felipe VI honra a la Constitución con el Toisón de Oro, símbolo de concordia.

Juan Antonio de la Herrán y Luzarraga, impulsor del libro

Julia Sáez-Angulo

30/8/26.- El Escorial.-  Además de la “Historia de la insigne Orden del Toisón de Oro y su armorial ecuestre (1430-1996).” , el libro contiene las biografías, escudos  y fotografías de 1192 caballeros que lucieron el collar del Toisón de Oro, uno de ellos el rey Harald del Noruega que acaba de fallecer. El libro, todo un lujo de información y presentación, llevó cuatro años de trabajo y vale 350 euros. Se editó -980 ejemplares- con motivo de los 500 años del matrimonio de don Felipe el Hermoso con doña Juana de Castilla, con los se produjo la llegada de la Orden del Toisón de Oro a España. 

    El libro fue editado por Ediciones Montalbo. Las imágenes: documentos de todo tipo, pinturas, esculturas, fotografías, libros… procedentes de distintos foros y archivos, desde Patrimonio Nacional y la Biblioteca Nacional de España, a distintas instituciones similares de diversos países, en especial de Bélgica. Un ejemplar pesa casi ocho kg. El coste de la edición ascendió a 50 millones de pesetas y ha sido patrocinado por diversas instituciones culturales y financieras como Patrimonio Nacional. 

    Los primeros ejemplares, en una numeración singular, se le entregaron al rey Don Juan Carlos.

    Los impulsores del libro fueron Juan Antonio de la Herrán y Luzarraga, y Santiago Otero de Navascués. El equipo de historiadores estuvo coordinado por el profesor Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila, Marqués de la Floresta.

    “Faltaba un libro tan completo y lujoso como éste sobre el Toisón de Oro. También se ha publicado un libro de divulgación sobre el Toisón, con menos ilustraciones que el grande”, explica Juan Antonio de la Herrán, orgulloso de esta publicación  ambiciosa y completa en cuanto a documentación e ilustración.

    Actualmente se contempla la publicación de una Adenda, con los 18 últimos afortunados con el Toisón de Oro, entre ellos la reina Doña Sofía y la Princesa de Asturias, Doña Leonor de Borbón.

    La presentación escrita del libro corre a cargo de don Carlos de Borbón Dos Sicilias y Borbón Parma, Infante de España y Duque de Calabria.

    La Insigne Orden del Toisón de Oro es la condecoración más prestigiosa de la Corona española, creada originalmente en Brujas el 10 de enero de 1430 por el duque de Borgoña, Felipe III el Bueno, para conmemorar su matrimonio con Isabel de Portugal. La fundación borgoñona nació como una exclusiva orden de caballería de inspiración mitológica (el vellocino de Jasón y los argonautas) y católica, desligada de un territorio fijo. 

    La soberanía pasó por herencia y matrimonio a la Casa de Austria. Llegó a España a través del enlace de Juana I de Castilla con Felipe el Hermoso, consolidándose plenamente con el emperador Carlos V, en 1519, que llevó cabo la redacción de los definitivos Estatutos y así figura en la catedral de Barcelona. Allí hizo jurar a todos los aballeros la defensa de la Cristiandad. Había 30 Caballeros con el Toisón y sus escudos figuran en los sitiales de la citada catedral.

    Durante el Imperio español, el collar y el símbolo del Toisón se convirtieron en la máxima expresión visual de la autoridad del rey por todos sus dominios. Tras la muerte de Carlos II y con la llegada de los Borbones y la Guerra de Sucesión, la Orden se dividió en dos ramas: la española y la austriaca. 

    En el siglo XIX, bajo el reinado de Isabel II, pasó a integrarse formalmente entre las órdenes civiles del Estado español, abriéndose también a personalidades no católicas. 

    El rey Felipe VI es el actual gran maestre de la rama española, que hoy premia la trayectoria excepcional y el servicio a la sociedad y a la democracia. 

    El Archiduque Andrés Salvador de Habsburgo Lorena es el Decano del Toisón de Oro, rama austriaca, que lo sigue otorgando tan solo a personalidades católicas, ateniéndose así al espíritu de su origen.

    El collar del Toisón de Oro ha de devolverse a la muerte del Caballero o Dama galardonados. Siempre se ha cumplido la devolución, salvo en el caso del emperador japonés Hiro-Hito, porque le desapareció en un vuelo de Iberia de 1994, que hizo escala en el aeropuerto de Moscú.

   Información:  http://www.toison.com/historia.html

https://www.revistavanityfair.es/articulos/toison-de-oro-reina-sofia-historia-akihito-japon-rey-arabia-saudi 

La Princesa de Asturias con el Toisón de Oro.

Collar del Toisón de Oro
Archiduque Andrés Salvador de Habsburgo Lorena, Decano del Toisón de Oro en Austria. (Retrato al óleo, por Inma Merino)

LAS SIØSTRØM, UNA SAGA DE MUJERES DE HIERRO Y PAPEL. "El gramaje de la lluvia", de Maribel Molina Rey, una novela construida sobre la fuerza de una dinastía de libreras desde la Noruega del siglo XVIII hasta la Córdoba de los años 70

    La autora abrió en Córdoba en enero de 2023 la librería El reino de Agartha, especializada en Historia, Cartografía y Humanidades

    El libro ha sido editado por Almuzara


Maribel Molina, autora

            J.S.A.

    26 de agosto de 2026.- Almuzara publica El gramaje de la lluvia, una novela de Maribel Molina Rey que tiene a dos ciudades tan distantes y distintas como Córdoba y Bergen como puntos de anclaje. “Desde mi ventana en el ático, Bergen no es una ciudad, es un organismo de madera pintada de colores que intenta no deslizarse hacia el mar. Vivo justo enfrente de nuestra librería y taller, en un edificio que se inclina tanto hacia la calle que a veces tengo la sensación de que, si estirara mucho el brazo, podría tocar el cartel de hierro con nuestro nombre en letras góticas: Siøstrøm Bog-Værksted. Desde aquí arriba el mundo es una sucesión de tejados de pizarra negra, brillantes por la lluvia perpetua, que se amontonan como las escamas de un pez”. 

    Así empieza el libro. Allí trabajan ella, Astrid, una joven de 20 años, y la tía Solveig, menuda y corajuda, de tez muy blanca y que luce una trenza bien armada. La obra traza una fascinante línea temporal que abarca cuatro épocas distintas desde el siglo XVIII hasta los años setenta del pasado siglo y une dos ciudades Patrimonio de la Humanidad: la brumosa ciudad noruega de Bergen y la soleada Córdoba. 

    En ese imperio de papel no se ponen los hombres: “Nuestra historia no es una genealogía, es una resistencia. El taller lleva trescientos años pasando de manos de tías a sobrinas, saltando por encima de los hombres de la familia como si fueran simples errores de imprenta” (...) y es que “no hay maridos en los retratos del piso de arriba, solo mujeres con manos manchadas de tinta y ojos cargados de una sabiduría seca (...)”, escribe la autora. Y esa presencia femenina no es sino “una ley no escrita: un Siøstrøm trae a la hija al mundo y una tía la convierte en guardiana. Así hemos sobrevivido a los incendios que devoraron Bergen, a las ocupaciones nazis que buscaban mapas prohibidos entre nuestros estantes, y al salitre que intenta pudrir cada página. Somos las guardianas de lo que sobra, las archiveras de los que se fueron” (...) narra Astrid. Está huérfana desde los 8 años. La tía Solveig la rescató de un orfanato y la llevó a su mundo de papel.

    La historia de esta dinastía de mujeres comienza tras una tragedia imprevista: el viaje de una joven cordobesa, Isabel, despojada de su hogar y de su nombre, a quien el mar arrastra hasta las frías tierras del norte. Tras sobrevivir al devastador incendio que asoló Bergen en 1702, logra levantar una librería y un taller de encuadernación, sin saber que está sembrando la primera semilla de un legado inquebrantable. Andando el tiempo a la Córdoba de los años setenta del pasado siglo viajará la tía Solveig con su mellizo Magnus, para aprender encuadernación. En la casa de la tía Mara, una mujer de una pieza que esconde algún secreto, se les abre un mundo nuevo. En la Escuela de Artes y Oficios de la Plaza de la Trinidad han tocado los lomos de los libros y han respirado papel. Están tan lejos de Noruega… A partir de ese momento, la novela sigue las huellas de una dinastía de mujeres libreras que, a lo largo de los siglos, protegen volúmenes prohibidos, secretos familiares y verdades enterradas. ¿Quién era Ulrico, el acompañante de la tía Mara? ¿Y Don Julián? ¿Por qué se marchó la tía Mara a Córdoba tras la Segunda Guerra Mundial y compró una casa?