Caballo de Troya en la playa de Troya
Julia Sáez-Angulo
15/7/26.- Cuando desperté de la anestesia local tras la operación del ojo izquierdo de cataratas, experimenté una sensación inesperada. No era exactamente sueño, ni vigilia. Era un agradable aturdimiento, una placidez difícil de describir, como si el cuerpo hubiera decidido descansar de sí mismo durante unos minutos. Me sentía tan bien que se lo dije a la enfermera.
—Estoy aturdida... encantada.
Ella sonrió con naturalidad.
—Claro, como que está usted drogada.
La respuesta, tan sencilla como sincera, me hizo pensar. Si un breve efecto farmacológico podía producir semejante bienestar, comprendí por un instante la tentación de quienes buscan refugio en las drogas, aunque también comprendí enseguida que aquel placer era un préstamo de la medicina, no un camino para vivir.
Entonces recordé a mi amiga Mamen S. Ella suele decir, con una serenidad que desconcierta:
—A mí morir no me da miedo. Como me gusta tanto dormir, será un largo sueño plácido...
Nunca termina la frase de la misma manera, pero siempre quiere decir lo mismo: imagina la muerte como un descanso definitivo, como una prolongación del sueño sin sobresaltos.
Otra amiga, la pintora asturiana Adelina Covián, sostiene una idea distinta, aunque igualmente esperanzadora. Está convencida de que lo que nos espera será mucho mejor que este mundo. «Formidable, estupendo, genial», repite con entusiasmo. Frente a este valle de lágrimas que tantas veces llamamos vida, ella espera una luz más limpia y una alegría sin grietas.
No son pensamientos extraños cuando uno sale de un quirófano. La medicina, incluso en una intervención tan frecuente como la cirugía de cataratas, nos recuerda discretamente nuestra fragilidad.
Hay algún escritor que llama al sueño «la pequeña muerte» y Edgard Allan Poe se refiera al dormir como “rebanadas de la muerte”. Mientras dormimos desaparecen las preocupaciones, se suspenden las prisas, se borran durante unas horas las inquietudes del día. Pero el sueño también puede traer pesadillas. La anestesia, en cambio, me regaló únicamente una paz breve y absoluta, un paréntesis sin angustias del que uno despierta casi con nostalgia. Afortunadamente no vi esa “luz al final del túnel”, con que descubren algunos la peligrosa frontera entre la vida y la muerte.
Los franceses llaman metafóricamente al orgasmo o al periodo refractario que le sucede. Describe la breve pérdida de conciencia, el desvanecimiento o la intensa sensación de rendición y relajación extrema que se experimenta después de llegar al clímax. El escritor uruguayo Eduardo Galeano escribió un texto poético titulado “La pequeña muerte” donde alude a la intensidad del acto amoroso. Pero esto es otra cosa.
El sueño, el dormir, el poder dormir es algo tan delicioso, que Shakespeare condena a Macbeth cuando escribe en su texto “Macbeth ha asesinado el sueño”, por asesinar a puñaladas a rey Duncan dormido. Lo mismo que hicieron los griegos con los troyanos, utilizando la treta de Ulises, con su célebre caballo de madera. El sueño es sagrado y regenera los cuerpos como la mejor medicina.
Macbeth asesina al rey Duncan durmiendo
