miércoles, 12 de agosto de 2026

“QUEVEDO, SEÑOR DE LETRAS Y DE SOMBRAS”, por ¡MARCOS LÓPEZ HERRADOR, FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ




        J.S.A.

         12/8/26.- El Escorial.-“Quevedo, señor de letras y de sombras” es el libro de Marcos López Herrador y Fernando Martínez Laínez, publicado por la editorial EDAF.

    Francisco de Quevedo Villegas es uno de los grandes genios de la literatura universal. Un personaje irrepetible de una época clave en nuestra historia, cuando España estaba en la cumbre de su poder. Tuvo una vida apasionante, más propia de un personaje de novela de aventuras que de un literato. Nada agraciado y limitado físicamente por una deformación que le llevaba a cojear, estaba movido por una fuerza interior, un espíritu indomable y rebelde que le impulsaba a actuar en los más arriesgados escenarios. Valiente, osado, desafiante y buen espadachín, vivió la angustia, como buen patriota, de contemplar cómo el Imperio comenzaba a decaer por monarcas indolentes y validos ineficaces, cuando no corruptos.

    Nacido en el Palacio Real, al pertenecer sus padres a la alta servidumbre del monarca, siempre formó parte del círculo de los poderosos, sin pertenecer a él, y su obsesión era ascender en la escala social mediante su ennoblecimiento, llegando a asumir riesgos como ser espía del duque de Osuna o participar en la llamada Conjuración de Venecia. Aun siendo ferviente católico y defensor de la monarquía, su enfrentamiento con el conde duque de Olivares y con el rey lo llevaron a sufrir varios episodios de prisión.

    Esta biografía, con un tono divulgativo y a la vez riguroso, constituye una oportunidad única para conocer la figura de tan colosal personaje, pues han sido escasas las obras publicadas sobre él. Un trabajo profundo y exhaustivo, no solo sobre la compleja época histórica que le tocó vivir, sino sobre la obra literaria que produjo, su complicada personalidad y la apasionante vida que exprimió hasta el último momento.

    Fernando Martínez Laínez, escritor y periodista, es doctor en Ciencias de la Información. Delegado de la Agencia EFE en Cuba, Argentina y la Unión Soviética, y corresponsal en Gran Bretaña, también fue director de programas de RNE, guionista de TVE y colaborador asiduo de periódicos y revistas. Además de haber sido galardonado con el Premio Rodolfo Walsh y el de Letras del Mediterráneo, es miembro de Escritores con la Historia, periodista de honor de la Asociación de la Prensa de Madrid y vicepresidente de Asociación del Camino Español de los Tercios.

    Martínez Laínez es un escritor con registros muy variados: ha escrito sobre historia, crónica social, investigación y viajes y con su novela Carne de trueque fue pionero del «género negro» en España. Sus últimas novelas han sido El rey del Maestrazgo, Los libros de plomo y Las lanzas.

    En EDAF ha publicado, dentro de esta misma colección Tercios de España y El Gran Capitán (en colaboración con J. M. Sánchez de Toca), La guerra del Turco, Pisando fuerte, Aceros rotos, Roncos tambores, Una pica en Flandes y Banderas lejanas (junto a Carlos Canales).

    Marcos López Herrador, nacido en Úbeda, es Licenciado en Derecho por la Universidad de Granada, estudios que simultaneó con los de Graduado Social; diplomado por el CUNEF (Madrid) en Estudios Financieros y empresariales, y diplomado en Marketing Financiero por la Universidad de Alcalá de Henares, entre otros títulos. Ha desarrollado toda su actividad profesional como profesor y en el mundo de la Banca, en la que ha sido directivo durante treinta y cinco años. Fue vocal de la Asociación de Estudios Melillenses, y vicepresidente de la Cámara de Comercio Industria y Navegación de Motril (Granada).

    Es escritor y poeta con más de treinta y cuatro libros publicados , entre los que cabe destacar las novelas históricas, ensayos, relatos y manuales didácticos.

    Miembro de la Asociación de Escritores de Historia, en los últimos años ha publicado, entre otros, los siguientes títulos: Los poderosos, La rebelión de las élites mundiales, Historia de la banca y el dinero, Greguerías 500 y 500 aforismos y La forja del Imperio español.


MARTA SAN MIGUEL, AUTORA DE “ÚLTIMA ESCALA, novela homenaje a la memoria y a la capacidad del arte de trascender el tiempo


Marta San Miguel, escritora.


J. S. A.

El Escorial .- 12/8/26.- Marta San Miguel es la autora de la novela “Última escala”, un homenaje a la memoria y a la capacidad del arte de trascender el tiempo.

Sinopsis.- El 24 de marzo de 1916, el compositor y pianista Enrique Granados vuelve a Barcelona después de haber triunfado en Nueva York con el estreno de su ópera Goyescas. Cuando está atravesando el Canal de la Mancha y apenas le quedan unas millas para llegar a puerto, un submarino alemán dispara un torpedo contra el barco en el que viaja. Su mujer cae al mar y aunque Granados no sabe nadar se lanza al agua para salvarla. Los testigos contaron que murieron abrazados, arrastrados por las olas.

Empujada por la curiosidad tras descubrir casualmente este episodio, la narradora del libro decide seguir las huellas del músico en el presente.

Entre la recreación histórica y lo contemplativo, esta novela se adentra en una Barcelona en plena efervescencia modernista y explora la singular vida de un pianista de talento tardío e incontrolable. Última escala es un homenaje a la memoria y a la capacidad del arte de trascender el tiempo que indaga en el misterio de la música y su poder para conmovernos.

Marta San Miguel (Santander, 1981) es autora de las novelas Antes del salto (Libros del Asteroide, 2022), que fue seleccionada entre las mejores obras debut del año por distintos medios españoles, y Última escala (Libros del Asteroide, 2026); los poemarios Meridiano (2010; XXIX Premio José Hierro de Poesía) y El tiempo vertical (2015); y la crónica Una forma de permanencia (2019). En abril de 2024, fue seleccionada para la residencia literaria de la Fundación Finestres. Licenciada en Periodismo por la Universidad de Navarra, trabajó durante veinte años en El Diario Montañés. Es colaboradora en programas como Hoy por Hoy de la Cadena SER, Las Mañanas de RNE y Herrera en COPE, y columnista en los periódicos del Grupo Vocento.


martes, 11 de agosto de 2026

La Academia Europea de Oftalmología elige al doctor Jorge Alió como presidente

Es el primer español en presidir la máxima institución científica de la especialidad en Europa tras recibir el respaldo del 95 % de los votos

Diario Escurialense XVIII. LOS HABITANTES DE "PRADO DEL MOLINO" EN TIERRA, AGUA Y AIRE. Desde el águila calzada, cárabos, milanos... hasta conejos, sapos o topos

Pilar Engelmo en Prado del Molino
Adelfas y dondiegos de noche (Mirabilis jalapa)


Julia Sáez-Angulo

        Fotos: J.S.A. 

        11/8/26.- El Escorial.- Me gusta cumplir con el ritual de visitar cada verano a las Pilares, madre e hija pintoras, en su finca llamada Prado del Molino, junto al Tamajón, pradera de la dehesa, la Hípica... son varias fincas unidas. Todas ellas están dentro de la conocida Cerca de Felipe II, el territorio de caza del monarca creador del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Una Cerca con exigente normativa de preservación del territorio, que impide poner placas solares en los tejados.

    Es una costumbre, la de visitarlas, que se ha ido convirtiendo con los años en una de esas pequeñas ceremonias de la vida que uno espera con ilusión, porque hay lugares a los que no se va solamente para estar, sino para reencontrarse. 

    Prado del Molino es una dehesa, no un bosque, recalca Pilar Engelmo, tiene sus propios habitantes. No son únicamente las personas que viven o pasan allí durante el verano junto a las anfitrionas. Son también los árboles, los animales, los pájaros, los reptiles, los insectos… Y, por supuesto, las vacas, cercadas en una de las fincas anexas, pastoreadas por un diligente y simpático vaquero. Y los caballos de la hípica, cuando está en funcionamiento.

    Y cinco habitantes excepcionales: los mastines: Martín, Dardo, Trem (de Tremendo), Lía y Lavanda. Durmientes durante el día y vigilantes audaces y ladradores en la noche.

    Los fresnos son quizá los árboles que primero llaman la atención. Hay también encinas, recias y austeras, acostumbradas a la sequedad de Castilla; robles que dan al paisaje una cierta solemnidad, ailantos y otros árboles más humildes que completan esa comunidad vegetal que hace de Prado del Molino un lugar singular.

    Uno puede sentarse allí y tener la sensación de que el campo habla. Pero hay que saber escucharlo, advierte Pilar Suja, "ornitóloga" de conocimientos, frente a Pilar Engelmo, que es sabia en botánica.

    Al amanecer comienzan los pájaros. Primero se oye alguno escondido entre las ramas y después se va levantando una verdadera conversación. Cada especie tiene su voz y su hora, como si todos conocieran perfectamente el papel que les corresponde representar.

    Por encima de todos aparece habitual el águila calzada, majestuosa, cruzando el cielo con ese vuelo que parece no necesitar esfuerzo. Su presencia es siempre bien contemplada. Uno levanta la cabeza y la sigue con la mirada hasta que se pierde en la distancia.

    Más difícil es descubrir al cárabo, que pertenece a la noche y al misterio. Su voz puede escucharse cuando ya ha desaparecido la luz, y entonces la dehesa adquiere otra dimensión. El autillo, pequeño y discreto, también forma parte de ese concierto nocturno. Y están el búho común y el milano, cada uno dueño de una parte del cielo y del paisaje. Pilar los distingue perfectamente y los contrasta con los registrados digitalmente. 

    Más cercanos: oropéndolas, golondrinas, urracas, gorriones... 

    “Así, Prado del Molino tiene una vida que continúa cuando nosotros nos acostamos”.

    Durante el día, los pájaros y los insectos parecen ocupar el espacio; al caer la tarde comienzan a aparecer otros habitantes. Hubo un tiempo en que hubo unos lagartos, “comestibles en algunos lugares de Extremadura”, me cuenta Pilar, y hasta una serpiente de unos dos metros, no venenosa ciertamente, pero su picadura no hubiera sido precisamente una caricia. Están también los conejos, liebres, sapos,  topos, cigarras,  avispas... (El Urbasón está cerca, por si llegara la picadura)

“Vinieron dos guardas de SEPRONA para verla y hacerse cargo, pero, astuta como una serpiente, se escondió entre las rocas y no hubo manera de contemplarla bien”.

    “La dehesa cambia de voz y de ritmo, según las horas. Me gusta pensar que todos estos animales estaban allí antes de que nosotros llegáramos y seguirán estando cuando nosotros nos hayamos ido. Son la vida y riqueza de la Naturaleza”, comenta la anfitriona.

    Las Pilares conocen bien ese mundo. Han vivido tantos años en la finca que saben distinguir muchos de sus sonidos animales o astrales, y reconocer los cambios del campo. Para quien llega de la ciudad, Prado del Molino puede parecer simplemente una dehesa hermosa. Para ellas es mucho más: es una casa, un paisaje y también una historia. Y quizá por eso gusta tanto volver. 

    Generosas de verdad, Prado del Molino cuenta con frecuencia con presencia de amigos invitados que pasan con ellas varios días. María Javier Díaz, la empleada hondureña, también está muy fundida y encantada con Prado del Molino, al igual que los vaqueros.

    Cada verano encuentro lo mismo en Prado del Molino y, al mismo tiempo, algo diferente, por eso vuelvo. Los fresnos siguen allí, la encina continúa resistiendo el calor, los robles cambian lentamente con las estaciones…Pero nosotros no somos exactamente los mismos. Los años pasan por las personas mucho más deprisa que por los árboles, que casi todos sobrepasan el centenario.

    Uno puede contemplar un roble y preguntarse cuántas generaciones habrá visto pasar bajo sus ramas. Cuántas conversaciones, cuántas despedidas, cuántos niños convertidos en adultos. Quizá los árboles sean los verdaderos testigos de la historia de Prado del Molino, porque son más longevos que nosotros. El Real Monasterio, el monte Abantos y las mellizas Machotas ponen fondo y telón a Prado del Molino y a la Cerca de Felipe II.

    Y luego están las aves. Me gusta imaginar que cada una de ellas conoce su territorio mejor que nosotros. El águila calzada conoce el cielo; el milano, las corrientes de aire; el cárabo y el autillo, la noche; el búho, las sombras. Nosotros apenas somos visitantes en un mundo que ellos habitan de verdad. Por eso llamo a este relato Los habitantes de Prado del Molino. Nosotros somos pasajeros y ellos permanecen.

    Y después del paseo por la dehesa, un buen baño en la piscina de sal, que no de cloro, para paliar el calor de la meseta castellana, a más de 600 metros de altura.

Las dos Pilares, pintoras, de compras.

Mastines durante el día.

Camino hacia la piscina de sal.
"La mano de Buda", cítrico en maceta de la terraza.

Lagarto en la dehesa.
Vigilando Tornero del Molino.

lunes, 10 de agosto de 2026

Diario Escurialense XIX. EL MUSEO DEL PRADO A LA LUZ DEL ECLIPSE. Un sutil juego para mostrar la importancia de la iluminación en la pintura

"El Prado a la luz del eclipse" La pradera de san Isidro. Goya


        L.M.A.

https://www.museodelprado.es/actualidad/multimedia/el-prado-a-la-luz-del-eclipse/c19a9955-00ba-dff4-5f8e-2c786451d8df

    Lunes, 10 de agosto de 2026.- El Museo Nacional del Prado publica una pieza audiovisual que juega con sutileza con la llegada del eclipse solar y cómo serían estas obras con esa iluminación diferente. El vídeo invita al público a redescubrir estas pinturas a través de nuevas atmósferas, matices y contrastes visuales.

    La propuesta combina técnicas de creación digital, inteligencia artificial e intervención gráfica para explorar el papel de la luz en la experiencia artística. El proyecto ha sido concebido como una herramienta de divulgación que busca acercar las colecciones del museo a nuevos públicos.

    El Museo Nacional del Prado presenta una pieza audiovisual que propone una nueva mirada sobre algunas de sus obras maestras a través de un fenómeno excepcional: un eclipse solar. Mediante una transformación progresiva de la luz, el vídeo muestra cómo pequeños cambios en la iluminación pueden modificar la percepción de los colores, las formas y la atmósfera de los cuadros.

    La propuesta explora cómo un eclipse puede transformar la forma de observar una imagen y cómo la luz afecta a la experiencia estética y emocional de quienes la contemplan.

    La producción ha sido desarrollada por AMB Piensa mediante la combinación de inteligencia artificial, creación digital e intervención gráfica tradicional. Para ello se utilizaron modelos de generación de vídeo que recrean profundidad, movimientos de cámara y simulan el avance del eclipse sobre las escenas representadas en las obras.

    Las herramientas de inteligencia artificial sirvieron para diseñar y perfeccionar instrucciones visuales complejas, definir aspectos como la evolución de la luz, la aparición de sombras y reflejos o el efecto sobre personajes, paisajes y elementos arquitectónicos. Posteriormente, cada secuencia fue revisada y ajustada manualmente para mantener la composición, la técnica pictórica y el carácter original de las pinturas.

    Con esta iniciativa, el museo reafirma su compromiso con la innovación y la difusión cultural, proponiendo proyectos que combinan arte y tecnología para acercar sus colecciones a un público más amplio y ofrecer nuevas vías de interpretación de sus colecciones.

    Más información

https://eltribunodejujuy.com/opiniones/2026-8-8-22-3-0-que-es-la-astrologia

Otras actuaciones


El eclipse, desde las vías verdes


Diario Escurialense XVII.- “CAMPO A TRAVÉS”. HELADOS Y YOGURES DE LECHE DE CABRA EN SAN LORENZO. Un rebaño en Las Navas del Marqués.

Paula López Montero y Mariluz Villegas



Julia Sáez-Angulo

Fotos: J.S.A.

“Campo a Través” es una innovadora micro heladería trashumante situada en San Lorenzo de El Escorial (calle San Agustín, 2) fundada por Paula López Montero y Mariluz Villegas. El establecimiento elabora de forma artesanal helados y yogures con leche de cabra de raza Guadarrama en peligro de extinción. Estas cabras dan menos leche que otras, pero su calidad es excelente.

Fabrican en pequeñas cantidades (alrededor de 50 litros diarios) con recetas de temporada que cambian según la estación. Ofrecen distintos y exóticos sabores de campo. Helado artesanal preparado con leche de cabra de pastoreo e ingredientes como frutas de temporada, miel de encina, flores, menta, albahaca, pimentón, higos, además de los clásicos melocotón pera, manzana fresa, limón naranja...

    “Campo a Través” funciona además como despensa y punto de venta de quesos locales igualmente artesanos y productos de proximidad. 

    Paula y Mariluz decidieron dejar sus respectivas carreras de bibliotecaria y fisioterapeuta para montar un negocio sabroso, de moda y acierto. Está de moda.

    La leche de cabra proviene de un rebaño de unas 250 cabras, que las pastorea Mario, en el vecino pueblo abulense de Las Navas del Marqués. 

    Todo comenzó hace dos años y el éxito ha sido tan grande que les han venido propuestas de capital de distintas procedencias, para ampliar negocio y aumentar la difusión de la marca “Campo a través”.

     Paula y Mariluz no han querido cambiar y ampliar, porque dicen que, a veces, el gigantismo y la industrialización rebaja la calidad de un producto artesanal, así como su prestigio. Prefieren seguir con ese régimen controlado, artesanal, donde no se escapa un solo detalle. 

    Además del servicio individual en la tienda, venden sobre todo sus helados y yogures en tarrinas de cristal, que se conservan muy bien en la nevera y que rotulan con etiquetas igualmente sencillas y artesanas.

    Fui a conocer a sus creadoras y probar sus helados con las pintoras Pilar Engelmo y Pilar Suja, habituales clientas de “Campo a través”. “Aquí vimos un día al fotógrafo Luis Magán con su mujer, buenos degustadores del buen helado”, me cuanta Pilar Engelmo.

    No hay nada con dar en la diana con un negocio nuevo, imaginativo, artesano… Se pone rápidamente de moda. Paula y Mariluz lo han conseguido y son capaces de vender todo lo que producen cada día, sin ambición, al menos por el momento, de ampliar el negocio.

    Estas empresarias bien merecen un reconocimiento institucional por su innovación y calidad de productos.

Pilar Engelmo y Pilar Suja, pintoras ante la tienda "Campo a través".

Las pintoras con Paula López Montero

Diario Escurialense XVII. “MI CUÑADA MARI”. TEST EN LAS BODAS DE FAMILIA. Complicidades de la Naturaleza

Uruñuela (La Rioja)


Julia Sáez-Angulo

El Escorial, 10.08.2026

    A mi cuñada Mari no le asignó nadie oficialmente ninguna misión dentro de la familia. Y, sin embargo, desde hacía años ejercía una función tan precisa como silenciosa: la de vigilar la calidad humana de la sangre que iba incorporándose a nuestro árbol genealógico.

    No lo hacía con solemnidad, ni con aire de autoridad. Lo hacía como hacen las personas que han entendido su papel en el mundo sin necesidad de que nadie se lo explique.

    En cada boda de nuestros sobrinos, Mari se movía entre los invitados con una naturalidad casi invisible. Hasta que, de pronto, se detenía junto a la madre del novio o de la novia —según correspondiera— y, con una sonrisa que no delataba intención alguna, lanzaba su frase:

—¡Vaya chico que se lleva tu hija!

O bien:

—¡Vaya chica que se lleva tu hijo!

    No había juicio explícito en la pregunta, pero sí una especie de examen encubierto. Mari no escuchaba solo la respuesta: la descomponía. Observaba el gesto, la mirada, la rapidez de la réplica, el tono. En ese instante, sin que nadie lo supiera, la familia política quedaba ya clasificada en su memoria.

    Decía que prefería dirigirse a las mujeres porque eran más espontáneas, menos preparadas para disimular. Los hombres, en cambio, requerían más tiempo, más rodeos, porque son más retorcidos. Pero al final, todos pasaban por su particular aduana emocional.

    Cuando nuestro sobrino Pedro se casó en Gijón con una asturiana, Mari cumplió su ritual nada más llegar al banquete. Se acercó a la madre de la novia y le dijo, con su habitual desparpajo:

—¡Vaya chico que se lleva tu hija!

    La mujer, quizá sorprendida por la familiaridad de la frase, respondió con cierta rigidez:

—Pues ella no es manca.

    Mari no sonrió. No hizo falta. Tomó nota, como quien archiva un dato importante.

—Poco sentido del humor —dictaminó después, con la serenidad de quien ya ha cerrado un expediente.

    Y la familia quedó, desde ese instante, catalogada.

    En otra boda, la de nuestra sobrina Piluca con un profesor de León, Mari repitió el procedimiento. Se dirigió a la madre del novio:

—¡Vaya chica que se lleva tu hijo!

    La respuesta fue inmediata, casi defensiva:

—Pues éste tiene dos carreras universitarias.

    Había en aquella frase una necesidad de equilibrio, como si la vida matrimonial pudiera medirse en títulos académicos.

    Mari lo pensó un momento, apenas un parpadeo, y concluyó:

—Estos valoran la inteligencia.

Y con eso le bastó.

    Pero quizá la respuesta que más le divirtió fue la que recibió en la boda de nuestro sobrino Juan, casado con una joven madrileña de buena presencia y familia acomodada. Mari, fiel a su costumbre, se acercó a la madre:

—¡Vaya chico que se lleva tu hija!

La mujer respondió sin dudar:

—Pues ésta cuenta con un buen patrimonio.

    Mari no añadió nada. No era necesario. La frase lo explicaba todo. La joven no destacaba por su trayectoria académica ni profesional, pero la familia tenía patrimonio. Y eso, en ciertos mundos, también era una forma de explicación.

En esta boda, Mari criticó que los novioss había ofrecido un generoso cóctel en el Hotel Palace, pero a los parientes riojanos, lo que de verdad les gusta es verse ante una buena mesa, sentados ante un plato, con cuchillo y tenedor y un buen filetón. Nada de chuminadas mano/boca de un cóctel.

Mari fue construyendo, boda tras boda, una especie de cartografía íntima de las familias políticas: las que respondían con humor, las que se defendían con títulos, las que se justificaban con dinero y las que simplemente no entendían el juego.

    Tenía un sentido muy profundo —y muy suyo— de la familia como continuidad, como linaje, como territorio. Le importaba saber quién entraba, de dónde venía y qué traía consigo, aunque nunca lo dijera en voz alta.

    Pero Mari no era solo una observadora de familias. También tenía una relación intensa, casi filosófica, con los animales.Hablaba con frecuencia de Pecos, un labrador enorme, de esos perros que ocupan más espacio emocional que físico. Mari estaba convencida de que los labradores eran los canes más inteligentes de la tierra. Lo alimentaba, lo cuidaba, lo mimaba con una dedicación absoluta.

    Sin embargo, Pecos tenía su propio criterio. Y su criterio era claro: el único amo era su marido, que lo sacaba a pasear. Pecos le profesaba una admiración y afecto increíble. Mari no lo entendía.

    —¡Después de todo lo que hago por él! —decía, indignada, como si el perro hubiera firmado un contrato de lealtad mal interpretado.

    Y remataba su teoría con una sentencia que parecía nacida de una sociología improvisada:

—Esto es complicidad y solidaridad entre machos, dentro del reino animal.

    También tenía un gato de angora, elegante y silencioso, que había adoptado la costumbre de instalarse en su regazo cada vez que Mari se sentaba a ver la televisión. Era su lugar en el mundo, sin discusión. Hasta que una noche de tormenta todo cambió.

    Los truenos comenzaron a estallar con una violencia inusual. Mari tenía al gato en brazos cuando un trueno especialmente fuerte sacudió la casa. El animal, asustado, saltó de golpe… y en el movimiento le clavó las uñas en la cara. Después huyó.

    Mari se quedó allí, inmóvil, con el rostro arañado, como si la tormenta hubiera dejado su firma en ella. Pasó el verano entero con aquellas marcas, que ella misma describía como las de un santo Cristo en Semana Santa.  

    Podrían contarse de Mari muchas más historias. Probablemente infinitas. Porque Mari ha sido, sin proponérselo, una de esas presencias que sostienen a las familias sin hacer ruido. Aunque es mi cuñada, hace tiempo que dejó de ser solo eso. Es parte del paisaje emocional de todos nosotros: está en las bodas y en los entierros, en las comidas largas y en las discusiones pequeñas, en las celebraciones y en los silencios. Y, por supuesto, está también en el Día de Todos los Santos.

    Ese día Mari se encarga personalmente de que en el panteón de nuestros padres y abuelos haya un ramo de flores digno. Lo encarga a Interflora, sin reparar demasiado en el precio, y después reparte el gasto entre los hermanos. Una vez, uno de ellos protestó:

—Oye, Mari, ¿no te parece un poco caro el ramo?

    Ella lo miró con calma, como quien explica una evidencia:

—Claro que podríamos poner unas flores más sencillas. Pero somos los importantes del pueblo. Si pusiéramos un ramo barato, nos criticarían todos por tacaños. Y eso no puede ser. Perderíamos categoría.

    Así era Mari. Con sus códigos, sus intuiciones, sus clasificaciones silenciosas, sus animales, sus flores y su manera muy particular de entender la dignidad familiar. A ella le correspondía, sin que nadie se lo pidiera, vigilar que la sangre nueva que entraba en la familia tuviera, al menos, una cualidad imprescindible: un poco de sentido del humor.

    Y si no lo tenía, Mari lo descubría en la primera frase.