miércoles, 21 de agosto de 2019

María Eugenia Martínez, presidenta de la Tertulia Ilustrada de Madrid, viajera y cosmopolita


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María Eugenia Martínez en Hoyo de Manzanares (2019)


Julia Sáez-Angulo
Foto Pablo Reviriego

            21/8/19 .- Madrid .- Tuvo interés en tomar el testigo de la tertulia que Consuelo Rubio Tovar clausuraba en 2003, la rebautizó, junto a un grupo de amigos, con el nombre de Tertulia Ilustrada, porque todos los asistentes son cultos, eruditos e ilustrados. Como una nueva y dieciochesca madame de Staël, María Eugenia Martínez ofreció su gran salón para reunirse en domingo, una vez al mes, con un formato de breve ponencia –algunos se prolongan con su ciencia- y coloquio, seguido de un ligero ágape para conversar bis a bis. Se han llegado a contar hasta 35 personas. Ella preside esta Tertulia, privada y por invitación, en la que se pautan los tiempos como en las recepciones diplomáticas, para que no se prolongue el encuentro más allá de las 9,30 horas.

            Por esta Tertulia Ilustrada pasan y han pasado escritores, artistas visuales, filósofos, científicos, diplomáticos, abogados, periodistas, cronistas de ciudad, sopranos, barítonos, cantantes de bolero, intérpretes de órgano o guitarra... Un sinfín de tipos preparados, avezados, bohemidos y hasta extravagantes. Todos ellos firman su paso en el libro de honor de la casa. En el salón de Madame Martínez lucen las antigüedades familiares de abanicos y mantillas, amén de las adquiridas por gusto, capricho y vanidad en las subastas, a las que es buena aficionada. Su gusto es ecléctico, desde un Madrazo o un Toral, a fanales cuzqueños o huacos peruanos. Algunas piezas se las hemos regalado los amigos. Desde su salón se divisa una vista tan amplia de Madrid, que ya la quisiera para sí un cuadro de Antonio López sobre la capital. Una pequeña foto de M. Eugenia vestida de toga, birrete y gola ilustra sobre su belleza juvenil y bella sonrisa.

            María Eugenia Martínez Gómez (Madrid, 1950) es bioquímica y durante años ha investigado sobre bromatología e ingesta de alimentación, lo que le llevó a los Estados Unidos con sus hijos Eduardo y Nuria, a los que adora con la misma pasión de abuela que a sus tres nietos, de ellos habla con gusto y orgullo, porque los sabe guapos y de buena genética. Viaja periódicamente a Londres para ver a dos de ellos y trae fotos para mostrar a los amigos, al tiempo que cuenta anécdotas de su gracia y progresos. Todavía recuerdo cuando en la boda de su hijo y, sin saber que estaba el micrófono abierto, M. Eugenia le pregunto después del sí quiero: Hijo, ¿eres feliz? Fue una pregunta entrañable que nos conmovió.

       Yo la conocí en Toledo en los años 90, porque ambas somos miembros de la Cofradía Internacional de Investigadores de la ciudad imperial. Juntas hemos desfilado con la toga en la procesión del Corpus Christi toledano, bajo un sol de justicia mitigado por los toldos anudados de balcón a balcón. Congeniamos y sin declaración formal alguna de tal, nos hicimos buenas amigas desde entonces. 

            Como los amigos todo lo comparten, María Eugenia comenzó a hacerme partícipe de su casa y sus amigos, a través de cumpleaños y cocidos mensuales con sabor a menta, que prepara o dirige como nadie. Los amigos la queremos a fondo y conocemos muy bien sus virtudes y debilidades. Admiramos su generosidad, despierta nuestro espíritu de protección y envidiamos su talla 42, que ahora anda por la 40, a base de suelas y caminatas por la capital de España. Es disciplinada y constante en este sano deporte de andar y dice que con él duerme en la noche casi como una bebé.

            Viajera cosmopolita y globe-troter siempre acaba de llegar de un país o está dispuesta a viajar a una u otra ciudad. Por ella sabemos que en realidad siguen existiendo el Perú, México, Tailandia, Finlandia, Moscú, Berlín, Viena, Londres, o Bélgica, por citar solo lo más reciente de sus escapadas, por supuesto siempre revisitado en varias ocasiones por la viajera. Su próximo objetivo es Lisboa, por quinta o sexta vez. Antes viajaba un poco como los japoneses, recorriendo ciudades y pueblos por horas, pero ya prefiere hacer pie en una ciudad y explorarla a fondo.
            Melómana de música clásica, cuenta con un abono anual al Auditorio, que  veces comparte con amigos, cuando sus viajes le impiden acudir a escuchar los conciertos.

            Hoyo de Manzanares ha sido su lugar de descanso y veraneo de toda la vida, porque allí lo hacían varios miembros de su familia. Sus padres tenía una amplia casa con jardín, que María Eugenia también nos ha hecho disfrutar a sus amigos. Cuenta M. Eugenia con nostalgia las muchas películas del oeste que se ha visto junto a su padre en la tele, después de almorzar con él. A veces los dos se quedaban dormidos. Cuando le faltó su progenitor sufrió un luto profundo que tratamos de consolar los amigos. La presidenta de la Tertulia Ilustrada sigue pasando tres meses del verano en Hoyo de Manzanares, porque necesita ese paisaje y pulmón de peñascales del pueblo serrano madrileño. Es una cuestión de fidelidad y querencia a la tradición familiar y al lugar. Sigue citándonos allí a los amigos.

            Cuando alguien de su equipo dice que son muchos años de Tertulia Ilustrada, ella replica que está dispuesta a presidirla hasta el final de los tiempos. Asistentes (la crema de la crema) no faltan y todos rinden pleitesía con cariño a la anfitriona. La veneran como a una diosa.


M. Eugenia, en segundo plano, junto a la ponente de la Tertulia, M. Antonia Sánchez de León

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