domingo, 25 de octubre de 2009

Jorge Rando, La Pintura sobre la condición humana

Julia Sáez-Angulo





El arte deriva del misterio de lo sagrado. Esta afirmación que se ha hecho con más frecuencia referida al origen de la escultura –tótem, menhir, dolmen y cromlench-, también cabe aplicarla a la pintura, cuando ésta jugó un papel de representación en el campo del icono, en la primera escuela de Bizancio o en Italia, patria de la perspectiva y de la gran pintura, durante el Renacimiento, con su múltiple representación de Madonnas y diferentes personajes bíblicos. Algo similar cabe decir de las culturas y las artes orientales.

Ahora, en la obra pictórica de Jorge Rando, no se trata de hablar de su arte religioso, referido a la representación de los protagonistas del Evangelio (no excesivas piezas en relación a su extensa obra), sino de analizar su mirada ascética hacia el hombre y el mundo, en el conjunto de su pintura. Una mirada atenta y compasiva sobre el ser humano, una contemplación piadosa y de respeto hacia el hombre y muy especialmente sobre los personajes asociales, marginados, outsiders y dolientes que pueblan el repertorio de sus cuadros.

En la mirada ascética que vamos a analizar en este texto sobre la trayectoria artística de Jorge Rando, convendría hacer tres grandes apartados en referencia a sus series pictóricas: “La Pasión en la Pintura de Rando”, inaugurada recientemente e el Palacio Arzobispal de Málaga; “La pasión de Käthe Kollwitz”, recogida en el libro Rando ¡Más luz! y, un tercer y más amplio campo sobre las series: “Maternidades; Infortunios; El odio, la guerra y Prostitución”, que bien podría merecer capítulos diferenciados cada una de ellas. En suma una reflexión conceptual y humana del artista a través de su expresionismo ético, a través de la pintura como lenguaje de impacto visual y tan universal como la música.

Sin perder un ápice de interés por el acto creador y el gesto de pintar, por la indagación matérica en la aplicación del pigmento, por la combinación del color que va definiendo su cromatismo, Jorge Rando va dejándo un diario de sus inquietudes temáticas, un repertorio de temas, una alcancía de argumentos queridos para sus diferentes series pictóricas. “Hay un tiempo para todo”, reza el sentencioso Eclesiastés. De la misma manera que en la obra de Rando hay ciertos momentos gozosos para “correr” con sus magníficos ciclistas en tensión a la carrera; de admiración ante los hermosos paisajes de la naturaleza abierta; de nostalgia afectiva por los animales domésticos de su infancia; de experimentar el gesto automático y libre en sus Pintarradas..., de igual modo, hay otros momentos en los que el pintor siente la necesidad de plasmar la tristeza, la tragedia o la aflicción, ante situaciones padecidas por el hombre, un ser sagrado porque, como narra el Génesis, fue creado a imagen y semejanza de Dios. Esa es la mirada que merece llamarse acética en la pintura de Rando.


La Pasión en la Pintura de Rando (2005 –2007)


“Mi Pasión... quiere salir de las tinieblas y entrar en la Luz de la Esperanza, en la Luz de la Resurrección, en la Luz de la Felicidad, en la Luz de las Luces, que es la Luz del Amor”. Estas son declaraciones de Rando ante una serie ambiciosa como es la representación de la Pasión de Cristo; declaraciones reveladoras de un artista que hace profesión de fe en las virtudes teologales, en la idea salvífica del Cristo como Hombre/Dios único capaz de representar con toda grandeza y dignidad al género humano.

Con el verde, el magenta y el negro –colores por antonomasia del pintor- junto a toques de amarillos, rojos y azules, la Pasión según Rando revela a un Cristo, Varón de dolores, sumiso, prendido, ultrajado, rendido, aparentemente vencido ante los sayones –representantes de las fuerzas del mal, de la maldad universal- que le arrastran como oveja al matadero, que humillan a la Víctima, al Cordero universal, que se mofan de quien ya no muestra hermosura, que vendan los ojos al Inocente y atan las manos de Sanador de los caminos de Israel. Un Cristo doliente que representa al género humano, con los ojos entornados en una mirada interior, la de la aceptación y la entrega. Impresiona el cuadro titulado “Tercera caída” en la que el Hombre es ya un guiñapo sin rostro y apenas sin forma. ¿Dónde están los apóstoles? Ya todos han huido y le han dejado solo. ¿Dónde, la solidaridad humana? El Cristo despreciado y abandonado iba a ser la imagen por antonomasia de muchos otros hombres que han padecido injusticias en los avatares de la historia.
En el cuadro titulado “Tercera caída”, el expresionismo del lenguaje se hace más elocuente. Un hombre caído en tierra, desplomado y desfigurado, apenas sin fuerzas ni facciones reconocibles, intuye ya su final. Con los brazos abiertos se entrega por entero a sus verdugos. Aquí la mirada del pintor revela al hombre vencido por completo, sin más dignidad que aquella que le niega su prójimo.
La serie de la Pasión es exhaustiva en la meditación ascética del artista. Las escenas recogidas en los cuadros van desde “La última cena” a “Getsemaní”, “La traición de Judas”, el “Prendimiento”, los “Ultrajes”, la “Coronación de espinas”, el “Ecce Homo”, “Camino del Calvario” o “La Crucifixión”.

Pero la Pasión en la pintura de Rando, como en los versos de Antonio Machado, no se queda en el Jesús del madero sino que llega al “Resucitado”, “Luz de la Esperanza y del Amor”, en una representación singular. Frente al icono al uso del Resucitado, en el que, al tercer día, sale triunfante del sepulcro, el pintor malagueño ha querido mostrar a Cristo resucitado en un óleo emocionante, como el Salvador, como el Sacerdote eterno, que cobija y abraza a la humanidad entera al mostrarlo con los brazos rodeando su cuerpo. Pigmento y collage son los materiales utilizados para este cuadro en los que la figura de Cristo, sin perder su rostro humilde manifiesta el perdón y el amor a un tiempo.

Con esta Pasión resuelta en cuadros de gran formato, Rando se inscribe en esa larga serie de grandes artistas que han sabido ilustrar sin recelos iconoclastas el último tramo de la vida de Cristo sobre la tierra, siguiendo las pautas de los Evangelios sinópticos más que el de San Juan. Con esta obra expresionista, Rando –sin ser un imaginero- se inscribe en la larga saga occdental de grandes maestros del arte que se han adentrado en el misterio del Crucificado: Grunnewald, Velázquez, Goya, Ribera, El Greco... y más recientemente Rouault, Ensor, Guayasamín, Guillermo Pérez Villalta, Luis Berrutti, Claudio Bravo, José Luis Olea ... Sin hacer un Via Crucis en sentido estricto, la mirada ascética de Rando sobre la Pasión y Muerte del Cristo será una de las que perduren en la memoria de aquellos que la contemplan.



La pasión de Käthe Kollwitz, una mujer doliente


Su nombre de soltera era el Käthe Schmidt y su trabajo plástico se desenvolvió fundamentalmente en el dibujo, la escultura y la obra gráfica. Mujer culta y liberal ha dejado un trabajo artístico asombroso y sobrecogedor que captó la atención y el interés de Jorge Rando en Alemania. Käte Kollwitz (1867 – 1945) vivió junto a su marido Karl Kollwitz en un barrio obrero de Berlín, donde la gente vivía en unas condiciones infrahumanas, lo que le llevó a representar en sus grabados el gran sufrimiento de los niños y sus madres empobrecidas. Fue la primera mujer elegida miembro de la Academia Prusiana de las Artes
Entre sus series de aguafuertes y xilografías que narraban la devastación de los cuatro jinetes del Apocalipsis –pobreza, hambre, guerra y muerte-, destacó “La rebelión de los tejedores”, inspirada en la obra dramática de Gerhart Hautman, serie que le llevó a la fama. Artista comprometida, denunció las injusticias sociales y mostró una gran valentía y solidaridad por los pobres, marginados y víctimas de las contiendas bélicas. “La guerra de los campesinos” fue otra serie inspirada en el texto del historiador y teólogo Wilhelm Zimmernann, que narraba las revoluciones campesinas entre 1522 y 1525. Su naturalismo inicial se fue haciendo cada vez más expresionista, siguiendo el grito de su rebeldía. Con trazo maestro, Kollwitz dibuja escenas desgarradoras del sentimiento de dolor, sufrimiento, impotencia y sacrificio de un pueblo y una comunidad que le rodea. Su arte se hace cada día más comprometido y en 1927 viaja a Moscú para celebrar el décimo aniversario de la Revolución de 1917.

Al ascender el partido nazi al gobierno de Alemania, los grabados de Kolwitz fueron declarados “arte degenerado” y a ella se la expulsa de la Academia Prusiana de las Artes y se le prohíbe de facto exponer su obra. Obligada a vivir en un exilio interior, la artista se refugia en la escultura y en la docencia en su taller junto a un grupo de jóvenes artistas. Durante la II Guerra Mundial mueren su marido y su hijo menor. Los bombardeos aéreos sobre Berlín destruyeron su casa y su estudio con la mayor parte de sus obras. El príncipe Ernst Heinrich de Sajonia le ofreció alojamiento en su palacio de Moritzburgo, cercano a Dresde, donde falleció al cabo de un año. Una potente escultura de esta mujer se muestra hoy en Berlín.

Esta notable artista de vida dramática es el personaje seleccionado por Jorge Rando para su serie “La pasión de Käthe Kollwitz”, una de las más duras y expresionistas de su pintura, en la que el cromatismo se repliega en turquesas, verdes, blancos, negros –fundamentalmente para dibujar el planteamiento de la figura- con algunos toques rojizos. El resultado es de un patetismo sobrecogedor. Un homenaje conjunto a la artista y a la mujer marcada por el sufrimiento. El cuerpo de la alemana aparece inerme en su desnudez, contorsionado y doliente sobre una cruz dibujada. Cuadros de gran formato que muestran de modo sucesivo a la mujer que sufre, que llora, que muestra a su hijo abatido en lo alto, que abraza y que, finalmente, vencida, se entrega a la muerte. Kollwitz no aparece crucificada como Cristo, sino derrumbada tras su valiente resistencia.
Cinco grandes lienzos de más de metro y medio de altura y longitud, pintados en el 2004, que reflejan la solidaridad, la mirada ascética y solidaria del pintor malagueño con la escultora alemana, imagen femenina maltratada por la vida, representante de una generación castigada por la segunda y terrible guerra civil europea, pues no otra cosa fueron las Guerra Mundiales de la primera mitad del XX.
Para un tema tan dramático como el de Käthe Kollwitz, sólo cabía el expresionismo como lenguaje de la pintura de Rando. Expresionismo de trazo grueso para gritar las ideas y subrayar los conceptos con la línea y el color. Expresionismo como estilo por antonomasia para denunciar éticamente la dureza del mundo y de la historia hacia tantas vidas, para manifestar con fuerza el constante padecimiento de la humanidad, la crueldad de las fuerzas del mal y la presencia de víctimas inocentes.


Maternidades. Prostitución. Infortunios. El odio, la guerra



La mirada compasiva, solidaria y ascética de Jorge Rando se extiende en definitiva a toda su pintura. Cuando observamos las series tituladas Infortunios. Maternidades. Prostitución, Infortunios o El odio, la guerra. La elección de los temas por el pintor malagueño no es baladí. Contrasta su visión de la madre junto al hijo con el de la prostituta dedicada al comercio de su carne. Hay enorme respeto, ternura y compasión en la interpretación de las Maternidades (1997 – 2006), serie que tuvo una amplia exposición monográfica en la Fundación Unicaja para recoger toda su creación en este campo durante una década.
El repertorio icónico va recorriendo la maternidad desde la casi sacralidad de la Teotocos o Madre de Dios, hasta el grupo familiar de la madre de espaldas, sin rostro, que protege a los hijos y les ayuda a seguir adelante, pasando por maternidades más adustas en las que la mujer aparece más dura o envejecida porque sus circunstancias no son precisamente gratas o favorables en la existencia. El pintor ha dado aquí sobrada muestra de variedad de situaciones y formas, de dibujo y color, de composición en suma. Ha resuelto con acierto maternidades serenas, serias, tristes o esperanzadas. El color, con su poder evocador, ha ido definiendo el pathos de cada una de ellas y sorprende en ocasiones, alguna representación monocromática en verdes, subrayada por la fuerza dibujística del negro y los trazos blancos que matizan el espacio y la escena.

En la serie Prostitución, el pintor malagueño representa a las mujeres en su apagado y monótono comercio carnal. Mujeres de bocas jugosas en el rojo intenso que indefectiblemente señala sus labios. Solas o acompañadas de “respetables” hombres de traje y sombrero, antagonistas y clientes pagadores en la transacción del placer. El expresionismo se hace en ocasiones radical, a base de rotundas y amplias pinceladas –más que manchas- de color. Otras veces deja que sea la línea del dibujo en trazos sueltos de distinto grosor y factura, el que predomine por encima del cromatismo, reservado al rojo de los labios y a la bebida como contrapunto compositivo. De vez en cuando se intuye el “azar controlado” a la hora de trabajar. Mujeres de anatomías generosas, pubis señalados, senos y piernas al aire... siempre dibujadas en una contención de trazos, lo que las expone discretas, nunca impúdicas o procaces. Rando muestra sin condenar, señala sin herir, lamenta sin escandalizar esa vieja lacra de la prostitución que se ceba por antonomasia en la mujer.

En la serie Infortunios descubrimos, por un lado, cabezas humanas, fundamentalmente masculinas, con mirada circunspecta, rostros en primer plano..., y, por otro, animales solitarios y ateridos, en una metáfora de soledad y abandono. Figuras construidas básicamente por el color para exaltar luces o provocar sombras. Hay algo de lamento en algunos de estos personajes representados. Figuras con la mano en la sien, como si sujetara su preocupación o sus pensamientos; figuras que esconden el rostro ante un personaje que les acecha; efigies de infinito cansancio; ancianos desencantados; viejos que han visto demasiadas miserias... Una vez más la humanidad doliente que avanza con su cortejo de sombras como señala el libro de Job: Nosotros somos de ayer y no sabemos nada, porque nuestros días son una sombra sobre la tierra.

Por último El odio, la guerra, como azotes de la vida. Se dice que la primera victima de la guerra es la verdad. En ella todo se manipula para buscar razones, que no razón; para justificar lo injustificable; para aplacar culpas... El resultado lo muestra el pintor en esta serie de niños huérfanos, famélicos, muertos; madres impotentes, grupos de refugiados, rostros fatigados y abatidos por la insensibilidad del prójimo y sus necesidades perentorias. El artista recurre en ocasiones a las palabras para incorporarlas en collages al soporte del cuadro: Sudán, avalancha, refugiados, exiliados... Son pinturas como carteles de llamada, gritos en la pared. De nuevo la mirada ascética y compasiva del pintor se posa en el hombre y lo refleja en los cuadros. Una mirada abarcadora que en ocasiones parece interrogar al espectador: Tú y yo ¿qué hacemos ante todo esto?

Jorge Rando es un artista comprometido desde lo más profundo. Su pintura no siempre es grata y placentera a los ojos, en lo que a temas se refiere. No es pintura fácil para el cuarto de estar sino para grandes espacios e instituciones que llegue al gran público. El pintor interpela y sacude las conciencias al mostrarnos una galería de personajes y retratos en los que no se ahorra la visión del dolor de la vida.

La creación artística tiene sus enigmas y misterios. Con frecuencia se necesita ese estado o rapto de inspiración del que hablaban los clásicos -cuando no rendían pleitesía a las musas- aunque haya que dar la razón a Baudelaire y trabajar para facilitar que la inspiración llegue en plena tarea. La actitud fundamental del artista es la de procurar entrar en el trance de creación y mantenerse allí el tiempo necesario para completar la obra deseada, la que va a merecer y trascender al espectador.
El arte no es únicamente un fenómeno estético sino una forma de conocimiento, un medio que influye en nuestra visión, carácter y destino. La mirada compasiva y ascética de la pintura de Jorge Rando se transmite por contagio de retinas y de pensamiento a todos aquellos que miran sus cuadros. Su repertorio de imágenes nos lleva a ver e interpretar de nuevo la Pasión de Cristo, la pasión de Käthe Kollwitz, la maternidad, la prostitución, el infortunio, el odio y la guerra de otra manera. Una reflexión plástica y ética que trasciende más allá de la mirada.