sábado, 27 de marzo de 2021

Que la poesía nos una


Roberto Alifano


    27-03-2027.- En este mundo moderno (o posmoderno, como quieren algunos) que nos ha tocado en el reparto, todo tiene su fecha conmemorativa. Es tan así que hasta la modesta e inofensiva poesía, que desde remotos tiempos muchos intrépidos cultores han anhelado empuñar como un arma, hoy tiene su día. En efecto, el 21 de marzo, coincidiendo con el inicio de la primavera europea, se celebró la fiesta de la encantadora, humildísima poesía. Saludable conmemoración que nos da pie para ensayar algunas reflexiones.

Decía León Felipe que “los políticos dividen a los pueblos, en tanto que los poetas los unen”. Ojalá así sea. Empecemos con la devaluada política, cuya etimología se remonta a la Grecia antigua y viene de polis; es decir, ciudad, un vocablo que deriva a su vez de la politeia, como llamaban los griegos a la “Teoría de la Polis” y refiere un conjunto de actividades que se asocian con la toma de decisiones en grupo, o con otras formas de relaciones entre individuos para contribuir al bien común, tales como la distribución equitativa de recursos, el ejercicio de la justicia, el mejoramiento de la convivencia y del estatus social. Para Aristóteles, quien fuera uno de los mentores del armado estatal, el hombre es un animal social, reconocido en la frase zoon politikón.  La ciencia política (así se la considera) constituye una rama de esta disciplina ocupada de la actividad en virtud de la cual una sociedad, compuesta por seres humanos libres, resuelve los problemas que le plantea su interrelación colectiva. Pero, atención, también la política es un arte referente al gobierno de los Estados que une, da sentido y ordena éticamente la relación entre las personas; lo cual significa que no sólo forma parte de la ciencia sino también de la estética. 

¡Qué grato sería entonces imaginar países gobernados por artistas y hombres de letras, por sabios y no por ignorantes! Si bien hubo poetas y filósofos gobernando a lo largo de la historia no es algo corriente sino excepcional. Para muestra basta un botón, como dice el refrán; empecemos mencionando a Marco Aurelio en Roma, y sigamos por François- René de Chateaubriand en Francia, Johann Wolfgang von Goethe en Alemania y Benjamín Franklin en los Estados Unidos; y en Nuestra América Hispánica no podemos dejar de nombrar a nuestro Domingo Faustino Sarmiento, a Rómulo Gallegos y, más cercano a los  días que vivimos a don José María Sanguinetti, el ex presidente de la República Oriental del Uruguay, que me honra con su amistad. Hay más, por supuesto, y acaso no nos alcancen estas páginas para mencionarlos.  

En un sentido general, la comunicación es otra forma de interacción verbal y correlación de hechos. Para mejor ilustrar el párrafo anterior, agreguemos que Luis Cernuda y Gabriel Celaya, contrapuestas voces de la poesía de España, coincidían en recuperar para nuestra lengua a don Ramón de Campoamor, un auténtico innovador del lenguaje poético y en algunas ocasiones político ético y eficaz. En pleno siglo XIX el aedo asturiano dejó de lado la altisonancia en que había caído la lírica para brindarse en un tono cotidiano; también fue celebrado por Manuel Machado, Miguel de Unamuno y Rubén Darío (que lo calificó de “amable filósofo” y le dedicó unos versos memorables). Todos estuvieron de acuerdo con esta apreciación, y cada uno a su modo lo enalteció y defendió como correspondía. Campoamor había sido el artífice de las “Doloras”, una composición breve, antirromántica, que coincidió con el desarrollo del positivismo. A él pertenece aquella afamada cuarteta, a modo de copla, siempre certera y bien repetida, que sigue vigente y es aplicables a demasiados casos.  

En este mundo traidor 

nada es verdad ni mentira;

todo es según el color

del cristal con que se mira. 


Verbigracia que cae de regalo y encaja como anillo al dedo en nuestra decadente Argentina, rincón del planeta donde vivimos sin rumbo un arduo final de los tiempos que ante la apertura de otro tiempo que aún no nos revela la forma puede adoptar, se agota y es todo es manoteo de ahogados las corruptelas e incongruencias son cosa cotidiana; en especial en días como estos cuando una peste ecuménica nos invade y nos tiene arrinconados contra las cuerdas sin saber muy bien “qué rumbo hay que tomar para seguir”, como balbucea la letra de un tango. En fin, complejísimos momentos donde una sola forma de argumentar parece igualarnos y volvernos socráticos a todos (“solo sabemos que no sabemos nada”, o muy poco); tanto es así, que de un manera melancólica, hemos llegado al colmo de resignarnos a vulgares mentiras y vernos y ver lo que sucede según el color con que se nos hacen mira las cosas y mirarnos. Por supuesto, en medio de una avanzada descomposición social que nos tiene a merced de devaluados personajes, que hacen cierta aquella apreciación de Azorín sobre la política: “ese juego sucio entre matones”; y, me permito agregar, de descarados pillos donde la necesidad popular que los eligió no son una certeza ecuánime ni democrática, sino una zona de pura duda y desconcierto. Para ser otra cosa se necesitaría la contundencia del sentido común por parte de quienes nos representan y, obviamente, no tienen grandeza ni se los ve a la altura de tales circunstancias.

En esto, la castigado Argentina, no es más que una grosera y grotesca muestra de temeridad que nos condena -¿acaso per secula saecularum; ojalá no?-. Días en los que la caída libre caracteriza a una amada república, que ya podemos calificar del irrespeto y donde las corporaciones se manejan a gusto y placer; en la mayoría de los casos en manos de bandas de mafiosos, todas de acuerdo y en complicidad para sumar pobreza y desamparo; atentando impunemente con la calidad de vida de un ingenuo pueblo que aún los soporta y los legitima con su voto.  

Hoy los representantes del Gobierno han abierto una guerra jurídica que mencionan con la expresión inglesa lawfare (y nos resulta gracioso que los pioneros del menos inclusivo que promocionado lenguaje del “ellos” y “ellas”, o “elles”, que va contra todas las normas del buen español, usen esta expresión para referir la supuesta persecución judicial de la que, en verdad, nadie se salva, sean tirios o troyanos). Es así que se permiten pisotear las leyes establecidas y constitucionales, que van desde detener indebidamente a los adversarios políticos, paralizar financieramente y desprestigiar oponentes. Una forma de arrinconar al enemigo (que lo es cada vez más porque esta es una guerra en medio de la peste), con el soborno político, sin la necesidad de utilizar las desprestigiadas fuerzas militares. Eso sí manipulando las divisiones internas de la sociedad, y utilizando como verdaderas armas a las redes sociales y los medios de comunicación. 

Pero la realidad real es más patética y, sin duda, más trágica que esta imbécil y todavía guerra conceptual entre oficialistas y opositores, cómplices en el fondo, que incluye hasta la publicación de libros de memorias, por quienes parecen haber perdido completamente la memoria y justificar su inoperancia (por no decir ignorancia, sean la señora ex o el señor ex), pretendiendo ahora escudarse en las más infames mentiras que ya la oscura y limitada literatura que los caracteriza no les permite justificar. Lo cierto es que aquellos y estos; vele decir, todos los ejecutores de la mala política, que han fundido un país lleno de recursos y condenado a la pobreza a más de un 40 por ciento de la población, donde la mayoría ya no puede ni siquiera subsistir, donde se reconoce oficialmente que para vivir se necesitan al menos el equivalente a 500 dólares mensuales y la mayoría de los sueldos no llegan a 300. Donde un jubilado que trabajó toda su vida gana menos de 200. Donde la educación no es prioridad y de la salud ni me acuerdo. Llegando al colmo del impune tráfico de vacunas, como si fuera poco y como frutilla del postre.

Esta es la Argentina que se habita en estos tiempos de pandemia, un país donde el extravío de una niña pone al descubierto la miseria y la marginalidad que la dirigencia argentina ha conseguido; donde hay miles de chicos en que viven en la indigencia y el desamparo, porque ni siquiera pueden acceder a comer lo básico. Algo espantoso que nos lleva a preguntarnos dónde está el Estado, en qué remoto rincón de este rico territorio se oculta. Un Estado al que cada político de turno ha contribuido para convertirlo en un verdadero paquidermo paralítico y nos los quieren vender como esencial e inmaculado. Un Estado que sirve para regalar subsidios y financiar la ineficacia. Un Estado que utiliza una minoría que cada día se enriquece más a costilla de las mayorías, que deben pagar altísimos impuestos para poder sobrevivir, donde el IVA supera al 21 por ciento y donde el impuesto a la riqueza lo pagan todos los pobres, no unos pocos privilegiados; un territorio, en definitiva, que tiene alimentos para casi diez veces más de la gente que alberga y, sin embargo... (¿para qué seguir mencionando a lo que todos ya saben?)

Es desesperante escuchar a estos políticos (o politiqueros de turno) repetir barbaridades cuando no tienen ni siquiera la grandeza de contribuir con una parte mínima de sus abultados sueldos para ayudar solidariamente a sus representados en un momento de tanta escases y tan patético como el que vivimos.  

Triste, muy triste. Y esto no viene solo del frágil gobierno del gestor presidente Fernández – Fernández, viene de décadas y se agrava día a día. Es más, un país donde tuvimos a los pibes sin ir a la escuela durante casi un año, donde el principal objetivo de todos los impresentables es limpiar las causas de la justicia para que nadie vaya preso, salvo algún que otro testaferro. En fin, un país que cada día se desdibuja más y la justicia (si se la puede llamar de alguna manera) es otra corporación que participa de esta escandalosa complicidad, y hasta se llega a decir que la difusión de las actividades judiciales la hacen jueces que juegan a la política.

Todo se denigra y devalúa, todo se aplebeya y se desvirtúa, y permanece en una zona roja de alerta, que nos puede llevar a ser la otra Venezuela. Ya nada es verdad y acaso todo es mentira; o, como decía Campoamor, “de acuerdo al cristal del color con que se mira”; eso sí, del lado que favorece a estos inescrupulosos señores. Las revelaciones de la prensa tampoco sirven demasiado contra el gran delito. ¡Ojalá en algún momento la poesía nos una! Mientras tanto navegamos sin brújula a una deriva que puede desembocar en un naufragio atroz. Terrible esto de que los políticos dividan a los pueblos. Tal vez en algún momento los poetas los unan. Mientras tanto, tristemente, lo seguimos permitiendo. ¿Hasta cuándo? 


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