viernes, 24 de marzo de 2017

CEREMONIA DE VUDÚ EN DOMINICANA. Relato de Carmen Valero







Carmen Valero


            Poco antes de dejar la República Dominicana, me llamó Alejandra la esposa de un diplomático español para decirme, que no quería regresar a la península sin haber presenciado una ceremonia de vudú o santería en la isla. Le acompañarían quizás algunos amigos. Ella y yo nos conocíamos con motivo de mi trabajo de solidaridad en una ONG, con los damnificados del destructivo huracán Georges, que con un pico de intensidad tres, golpeó la zona antillana en 1998. Quise darle gusto a Alejandra, porque había sido amable y colaboradora en alguna ocasión, por lo que pedí a Tabita, la recepcionista de la casa, que me avisara cuando se produjera alguna ceremonia  en su barrio.

            -Señora, ¿pero  va llevar a esas personas tan finas a un barrio de negros?, me preguntó Tabita sorprendida.
            -Me lo ha pedido, le contesté.

            Tabita me informó que aquella misma tarde había una ceremonia de vudú, porque había muerto el negro Eligio y podríamos asistir a la casa junto a ella. Recordé la primera vez que fui con Tabita a Villaguata, el barrio más depauperado que he conocido en mi vida, un lugar sin asfalto, con un tráfico infernal que apenas me permitía manejar la jepeeta con que yo solía desplazarme en Dominicana. Aquel barrio superpoblado de negros era una mezcla de viviendas, barracones, almacenes, bardales… en medio de un enjambre de chiquillería entusiasmada que jugaba a la pelota, sin miedo a los autos y sin acudir a la escuela que habíamos prefabricado allí, para que se continuara la docencia tras la tormenta tropical. Volver a Villaguata con el vehículo era todo un ejercicio de valor, que yo estaba dispuesta a hacer para dar gusto a la gente de la Embajada que me lo había solicitado.

            En buena parte, Villaguata estaba habitado por haitianos inmigrantes clandestinos que llegaban de la otra punta de la isla antillana, tratando de pasar de la miseria de su país a la pobreza dominicana, ciertamente un cambio cualitativo para ellos. Tabita era hija de haitiana y dominicano, lo que la elevaba por encima de los negros, en la escala de las sucesivas castas de población del país; su tez era ligeramente más blanca que la de otros vecinos negros y esa cualidad era valiosa a la hora de calificarla y enjuiciarla. Aunque en Dominicana, a primera vista, parezca indiferente ser blanco, negro o mulato , lo cierto es que blanquear la población de la isla fue obsesión de algún dirigentes como el desaparecido dictador Rafael Leonidas Trujillo, que copulaba con toda clase de blancas al objeto de tener muchos hijos claros y mejorar la raza del país. A los pintores españoles que Trujillo contrató para ornar su célebre Feria de la paz y su palacio, en 1955, les exigió que el cutis ligeramente aceituno de la familia Trujillo lo blanqueara en el lienzo y así lo hicieron José Vela Zanetti, Ricardo Zamorano o Manuel Ortega, para los que posaron él o sus hijos.

            Pedí a Alejandra que ella y sus acompañantes vistieran con sencillez y colores discretos tipo ala de mosca, para pasar lo más desapercibidos posible en el barrio de Villaguata, donde nuestras caras pálidas iban a llamar la atención de por sí. Ella apareció con su marido, uno de los agregados de la Embajada, que no quiso dejarla sola por los andurriales que íbamos a transitar, así que los tres, acompañados de Tabita aterrizamos en la casa del difunto Eligio, que yacía en un desvencijado ataúd de madera entre cirios encendidos, pese al calor reinante en la tarde. Tambores de todos los colores repiqueteaban sin cesar en torno al muerto, que parecía observarlo todo, ya que sus parpados no habían quedado bien cerrados, sino ligeramente entornados. El retumbe era ensordecedor, acompañado de vez en cuando por oraciones, exclamaciones o fraseos incomprensibles, en lenguas infernales, que añadían furor y dramatismo a la escena.

            La estancia estaba atiborrada de un sinfín de cosas, que más bien parecían recogidas en los vertederos de los barrios ricos: desde muñecas sin piernas o sin ojos, a jarrones y flores medio secas, bolas brillantes o despellejadas de viejos árboles navideños, cuadros ahumados con imágenes que no se sabía muy bien si eran de gente familiar o de santos… todo ello, distribuido o amontonado sin orden ni concierto. Era la escena perfecta del abigarramiento de la pobreza, donde todo se guarda por si sirve para algo o por si algún día se necesita. De pronto llegaron unos negros jóvenes, que empezaron a danzar desaforadamente en torno al féretro, porque según me explicó Tabita, el alma de Eligio tenía que transmigrar a uno de los danzantes para seguir purificando sus culpas en este mundo. Todo era cuestión de que cayera en trance el afectado. Yo estaba tan aturdida con el continuo vibrar de los tambores y los saltos de la danza, que, en un momento de calor, creí –pese a mi racionalismo gélido- que iba a caer en trance. Rápidamente me puse en pie para que el alma de Eligio no entrara en mi cuerpo, porque yo ya tenía bastante con la mía. El baile se prolongó largo tiempo y yo veía a algunos danzantes demasiado acalorados, excitados, nerviosos o a punto de trance. Cuando ya estaba dispuesta a salir de la casa para tomar el aire, vi como uno de aquellos caía al suelo como poseso, decía cosas incomprensibles en extraño lenguaje y los demás le contestaban con su particular jerga de lenguas. Tabita nos ilustró que el alma de Eligio ya había encontrado habitáculo carnal en el hombre desvanecido en el suelo y que el difunto podría ser enterrado tranquilamente.




            Mientras regresábamos al centro de la ciudad de Santo Domingo, Tabita nos fue ilustrando dentro de la jepeeta, de que había ceremonias de vudú para todas las causas: para conseguir un amor o alejar de sí a una persona; para librarse del mal de ojo o echar una maldición al enemigo; para obtener buena suerte, atraer la fortuna o alejar los malos espíritus; para sanar… e incluso para resucitar muertos. Su padre le había contado de un yoruba, brujo mediador en el vudú, que resucitó a dos muertos y los tuvo como zombies dedicados a trabajar para él en el batey de un ingenio azucarero; que otro brujo facilitaba amuletos, brebajes o filtros de amor que no fallaban nunca. Que estas ceremonias de vudú conllevaban sacrificios de palomas, gallinas o chivos, porque los dioses orishas requieren de ritos sangrientos para poder subsistir en los bosques…

            Tabita aseguraba que el verdadero vudú era el de los negros de Haití, ejecutado por los yorubas, tribu de Benín y Nigeria vencida por otra tribu vecina en el XVIII, y enviada casi por entero como esclavos a las Antillas para trabajar en la caña de azúcar; que Shangó era el dios principal de los orishas, dioses de la selva; que el vudú dominicano se había mezclado en exceso con la santería católica y por tanto no era tan puro;  que había identificado a Shangó con Santa Bárbara por lo de los truenos y ya no era lo mismo; que los ricos e ilustrados también creían en el vudú y acudían clandestinamente desde sus residencias patricias a los bateyes del campo o a los barrios negros de la ciudad, sobre todo cuando estaban obsesionados por algún capricho o deseo. Que en San Juan de Maguana, Higuey o en Samaná había lujosos consultorios de brujos donde los ricos acudían, porque deseaban ser más ricos todavía con una ceremonia de vudú, donde se hacen adivinaciones con caracolas o ritos sacrificiales en los que corre la sangre a raudales...

            -Para, para el coche, que me estoy mareando- reclamó Alejandra de pronto. FIN

 Madrid, miércoles, 24 de marzo de 17





           

           


-->

No hay comentarios: