martes, 16 de junio de 2026

LO QUE EL ARTE TRANSMITE EN LA HISTORIA



Claudio Fiorentini

    16.06.2926.- ¿La historia de la humanidad está contada en los libros? No es del todo cierto, los libros son una herramienta para estimular el pensamiento, pero existen bienes intangibles que la han contado y la cuentan transmitiendo su significado oculto, que va mucho más allá de la crónica de hechos y acontecimientos, que no se limita al análisis social y sociológico, que supera el relato científico de nuestra evolución y que revela el valor del ser humano y de su vida, conservando su misterio. O, si lo prefieren, su sacralidad.

No hablo de religión, sino de arte, o mejor dicho, de las artes. ¡De todas las artes!

El ser humano, desde los albores de la historia, además de ocuparse del desarrollo de la técnica que, por ejemplo, le permitió dominar el fuego, tallar una piedra transformándola en arma o inventar la rueda, también hizo cosas inútiles, como pintar una mano escupiendo saliva y hollín, o una escena de caza en las paredes de las cuevas donde se refugiaba. El sentido de esos trabajos no era hacer más confortable el ambiente de rocas y pedruscos; las rocas no se pintaban por adorno o por aburrimiento. Probablemente, el sentido de esos trabajos era celebrar la sacralidad de la vida, escribir la memoria del tiempo no tanto para dejar rastro de su paso en la historia, sino para crear un ambiente donde celebrar la ritualidad de la vida.

    El hombre de las cavernas, en una partida de caza, arriesgaba su vida y, a menudo, la perdía. Enfrentarse a bisontes y mamuts no era como irse de safari en el Serengeti, era un encuentro con la fragilidad de la vida, donde la muerte era parte del juego y donde, en caso de derrota, toda la tribu sería presa de hambre y sufrimiento.

Esa batalla, celebrada en Lascaux, Altamira y otros lugares, se cuenta con toda su crudeza. Las obras que podemos admirar después de decenas de milenios no son simples decoraciones pagadas por un mecenas o encargadas por algún poder fuerte, sino que son fruto de la creatividad, y esta iba más allá de las simples necesidades prácticas de la comunidad.

Hoy, al contemplar esas obras, inevitablemente sentimos escalofríos, pero no tanto por su belleza o antigüedad, sino por su poder comunicativo.

Así que empecemos con una palabra clave: ¡comunicar!

La lengua nos ayuda: "cum" (con) y "munus" (don, deber/encargo). En la antigüedad, el intercambio de información se veía como un acto de reciprocidad y el sentido de "comunidad" se consolidaba poniendo a disposición un "don". Hoy, el sentido del término parece un poco deslucido, sobre todo porque el uso que se hace de los medios de comunicación es trivial y superficial. Quizás lo fue, en algunas ocasiones, también en la antigüedad, pero entonces la vida era mucho más frágil y más breve que hoy, no había tiempo para tonterías, se luchaba por sobrevivir, por lo que todo término de comparación pierde significado.

Pero entonces, ¿por qué lo hicieron, si no servía para nada?

Volviendo al inicio de este artículo, podemos decir que esas obras cuentan la historia, pero ¿cómo la cuentan? ¿Qué comunican a distancia de milenios? Se trata de las primeras formas de arte que podemos conocer, y son "arte" porque dicen algo que va "más allá" del relato. El arte puede llamarse así si nace cuando se hace algo que va más allá de las necesidades primarias: el arte responde a una necesidad profunda y expresa algo que va más allá de la crónica de los tiempos. ¡El arte es expresión de vida!

He aquí el punto: ¡la vida!

 


En la historia del arte hemos pasado de esos grafitos a otras representaciones, del tizón al pincel, del pincel a la fotografía, de la fotografía al ordenador y, finalmente, a la re-contextualización de objetos, como vemos en el arte conceptual. Independientemente de las herramientas utilizadas y de la técnica desarrollada, el arte comunica. ¿Pero qué?

 

León Ferrari - La civilización occidental y cristiana (1965)

Hegel nos ayuda cuando dice que el arte es "la primera forma de Espíritu Absoluto". Su objetivo no es imitar, sino revelar. En resumen, "el arte hace visible y sensible el Absoluto (la Idea)".

En otras palabras, podríamos decir que el arte no es un simple relato de la historia, sino una representación de ideas.

Llegamos así al sentido de este artículo: cómo se cuenta o se comprende la "historia" de la humanidad.

La historia es agua pasada, cosa escrita y documentada, a veces inventada o manipulada; sin embargo vive en nosotros: es historia y, como tal, es producto de la vida. Más importante: toda esa vida "pasada" determina lo que somos hoy, es decir, somos producto de la historia. Por eso, para entender la historia, no podemos limitarnos al relato cronológico de hechos realmente ocurridos, porque la historia es transmisión de "valores", celebración de "sentimientos", estudio de las "motivaciones", comprensión de las "dinámicas" y cosas así... En resumen, la historia se manifiesta en lo que la testimonia, y el arte lo hace.

Pero ¿qué, de la historia, testimonia el arte?

Aquí se pueden tocar aspectos metafísicos, o incluso religiosos. De hecho, muchas obras de arte, a lo largo del tiempo, han servido para representar lo sagrado, para infundir temor o admiración o, más simplemente, para contar, mediante el uso de palabras, sonidos, símbolos y colores, temas que de otro modo no se pueden compartir.

Piensen en la Edad Media: el arte era bidimensional, pero no por una regresión de las capacidades, sino porque los códigos de comunicación debían simplificarse para transmitir los valores representados de forma eficaz, y quizás también popular. En la Edad Media, el arte se convirtió también en instrumento de evangelización, pero contenía, en la representación de santos, ascetas o relatos bíblicos, no solo el "temor" a Dios, sino la huella de un camino espiritual: hablaba de Dios y permitía hablar con Dios.

 

El valor espiritual del arte era indiscutible. Hablamos, sin embargo, de una historia ignorante, pobre, guerrera, una historia de dominio donde el miedo y las plagas eran el pan de cada día, una historia hecha de murallas y asedios. El arte vivía en las iglesias y monasterios, era representación de un camino interior, no salía del Templo. Al menos el arte que ha llegado hasta nosotros, porque seguramente mucho es lo que hemos perdido y, sobre todo, poco sabemos del arte del pueblo.

Luego el arte se vuelve renacentista y continúa evolucionando hasta nuestros días. Pero el tema es, en todo caso, este: si no fuera por el arte, no se hablaría de "valores".

Seré provocador: los valores no los transmite la fe ni la religión, sino que la religión los impone y aceptarlos es un acto de fe. Pero la fe no se cultiva en el temor al fuego del infierno, sino en el asombro o el estupor que se siente ante los fenómenos de la vida.

He aquí otra palabra que merece atención: "estupor". Viene de "stupere" e indica, originalmente, una condición de inmovilidad tanto física como mental. El estupor deja sin palabras, indica la incapacidad de reaccionar, como si se pusiera la mente en blanco por un instante y se volviera a empezar, justo después del momento en que se manifiesta, a vivir. ¡Pero de otra manera!

De la experiencia del "estupor" se sale enmudecido, pero también enriquecido.

Al estupor a menudo se reacciona con emociones, que son nuestro mecanismo de defensa, pero si liberáramos nuestro ser de los parásitos que lo pueblan y viviéramos la experiencia del estupor hasta el fondo, en lugar de reaccionar con emociones, emprenderíamos el camino profundo que nos lleva al conocimiento del ser, es decir, habríamos iniciado un trabajo de "meditación". Desde el punto de vista cognitivo, meditar indica "tener en mente", pero al mismo tiempo, "mederi" significa curar. En resumen, meditar es cuidar de uno mismo, la meditación es una medicina de la mente y el arte, desde el momento en que estimula el estupor e invita a la meditación, tiene un poder enorme en el proceso evolutivo del individuo y de las comunidades.

El arte, en todas sus representaciones, desde los grafitos rupestres en adelante, comunica no solo la historia, sino su sentido, pero esta historia se narra en la capacidad de asombrarse, de generar inmovilidad mental o física y recomenzar desde ahí, con una carga de información adicional, hecha de significados que solo se explican por la experiencia misma. Y su contenido es espiritual, humano, genial, profundo.

Los "valores", en la historia, ¿se perpetúan a través de la fe y la religión? Solo en parte. Veamos el significado del término "religio": "religare" indica el vínculo entre lo humano y lo divino; "relegere", en cambio, para Cicerón es "recorrer con cuidado y diligencia los aspectos del culto divino". En ambos casos falta lo que el arte logra hacer, es decir, "evocar": "ex" (fuera) y "vocare" (llamar).

Volviendo a Hegel, que recuerda que el arte no imita sino que revela, y si "el arte hace visible y sensible el Absoluto (la Idea)", he aquí que su importancia en la historia se vuelve disruptiva, ya que el arte no se limita a decorar o representar algo, sino que cuenta lo que nos anima y, sobre todo, hace evidente la IDEA.

¡Perdonen si es poco!

En el arte contemporáneo, tan poco conocido y tan poblado de chucherías de poco valor, tenemos un problema, o mejor, dos: 1) el artista está inmerso en el mundo y en su búsqueda de reconocimiento; a menudo, navega a ciegas, se distrae con espejismos y, en lugar de "crear" o, simplemente, "sembrar ideas", tiende a complacer o a auto-complacerse; 2) el público está deseducado para captar el "estupor", contentándose con celebraciones carnavalescas como algunos festivales o algunas exposiciones complacientes o degradantes por la escasa búsqueda de profundidad artística que las caracteriza. Vale para la música, el arte visual, la poesía, la literatura, el cine, etcétera...

Entonces, ¿cómo salir de esto? O mejor, ¿cómo recuperar la maravilla, el estupor, el "asombro", ese valor maravilloso (que es patrimonio de los niños)? ¿Cómo estimular la meditación, el pensamiento nuevo, la generación y cultivo de ideas aún no representadas?

 

Norbert Attard – Coexistence series – Transitions (2025)

Lo que cuenta el arte no es solo la narración, el arte transmite valores, genera estupor y, con este, genera la experiencia meditativa que, a lo largo de los siglos o milenios, se ha perpetuado, o al menos lo ha intentado.

¿El arte cuenta el hambre y el miedo? No, el arte te los hace sentir y te hace sentir las ganas de reaccionar. ¿El arte cuenta la caza del mamut? No, el arte te hace sentir la fragilidad de la vida y la lucha por la supervivencia. ¿El arte cuenta la grandeza de los Médici? No, el arte te hace sentir el carisma y te transmite el hielo del alma. ¿El arte te hace ver el juicio universal? No, el arte te representa como eres por dentro y te asusta por lo que eres y haces.

Hoy el arte, empobrecido por prácticas mediáticas, no está muerto como algunos podrían pensar, pero cuando se limpie de modas y tendencias, manifestará su lucha por seguir siendo lo que es: siembra de ideas. Y esto será, mañana, cosecha de pensamiento colectivo, valores humanos, narración de nuestra fragilidad y, quizás, generador de "estupor" y estímulo para una nueva meditación. Con ella, regeneración de esa necesidad humana que va más allá de cualquier necesidad práctica porque, si bien es cierto que el arte es inútil, también es cierto que es imprescindible, ¡porque nos hace mejores!

Claudio Fiorentini

 Publicado en La Voce d´Italia


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