jueves, 16 de febrero de 2017

“El cartógrafo” de Juan Mayorga en el Teatro Español de Matadero, metáfora sobre el horror humano y su memoria






Julia Sáez-Angulo

            El dramaturgo Juan Mayorga es el autor y director de El cartógrafo, obra que se representa en la sala Fernando Arrabal del Teatro Español en la Naves de Matadero Madrid. Blanca Portillo y Juan Luis García-Pérez son los actores que, vestidos de rojo, ponen en pie a varios personajes  sobre un escenario despojado.

            Resulta curioso que Mayorga haya incidido en el tema de los judíos en las dos últimas obras suyas representadas en Madrid. El tema del horror del holocausto, de la gran infamia de la humanidad en el siglo XX, sirve de metáfora general. Está bien, pero el tema judío resulta tan manido en cine, teatro y TV, que uno echa de menos la visión de otros genocidios y exterminios humanos diferentes como son el armenio o el reciente de ETA en el País Vasco. (La novela Patria de Aramburu ha sido la gran sacudida de horror y degeneracón de las conciencias, precisamente por su cercanía y proximidad en el tiempo).

            Dicho esto, El cartógrafo es una buena obra de Mayorga, que se desarrolla en dos horas sin interrupción –quizás le sobren algunos minutos, máxime en una sala de elevada calefacción- donde los dos actores representan ese deseo de plasmar en mapas lo que sucede para que no sean los enemigos quienes lo dibujen.

            La trama se mezcla con las desavenencias y conflicto de una pareja de diplomático español y su esposa en Polonia, donde ella retoma la búsqueda del mapa del gueto judío en la capital polaca, un lugar de infausta memoria, desaparecido ante la avalancha de las nuevas firmas en los renovados edificios. El olvido ante la pátina del panta rhei, del todo cambia.

            Hacer visible lo que fue, lo que seguirá siendo y debe seguir siendo en la memoria, dibujado por aquellos que lo padecieron. Historia que se pierde en la posible leyenda de los hechos de un anciano cartógrafo y su pequeña nieta que le sirve de ojos y mirada ante el confinamiento del gueto y el horror de lo que allí sucede cada día.


            Los cartógrafos de esta obra señalan los puntos de interés de su corazón herido, de su interés cercano, de su horror padecido. Dos inocentes en las figuras de un anciano y una niña, que con su lenguaje de palabras y, sobre todo, de gestos ponen de manifiesto una situación de espanto en la condición humana. en el malhadado siglo XX con ecos en el siguiente.