jueves, 27 de agosto de 2026

LA CASA DE MANDERLEY DENIENSE. Relato

Paisaje de Denia (Valencia)


Julia Sáez-Angulo
miércoles, 26 de agosto de 2026

Conocí la casa en mi paseo del hotel a la playa y de la playa al hotel de Denia, donde fui a pasar las vacaciones de verano. La casa aparecía en lo alto de la carretera, semi oculta, con dos palmeras a un lado y la enorme copa de un pino mediterráneo y un ailanto crecido, al otro.  Entre medias, un gran balcón redondeado en el segundo piso, sobre un mirador pintado de gris, en el primero. Desde ambos se divisaba el mar abierto. Un sólido muro de piedra en dos alturas rodeaba la propiedad. Un óculo, bajo el ángulo del tejado de pizarra, en el lateral, le daba cierto aire de cíclope camuflado. 
Yo me detenía para descansar, contemplaba la casa despacio cada mañana y uno de los días se me representó como la casa de Manderley, en la película “Rebecca”, lo que le añadió misterio y un secreto inconfesable. Nunca vi asomarse a nadie por el balcón, el mirador o las entrevistas ventanas laterales. Quizás estuviese vacía, pensé.
    Unas escaleras de piedra, de doble tramo, parecían invitar a subir a la casa para verla de cerca. No me atreví a hacerlo, mi madre me lo enseñó siendo niña cuando penetré al zaguán de una gran casona de Chinchón, porque el portón estaba abierto y se veía una interesante ornamentación rústica dentro del gran portal. 
-No se debe entrar en las casas ajenas, hija mía. Eso es un delito. Se llama allanamiento de morada.
No lo olvidé nunca.
Pero aquella casa, que se fue metiendo en mi imaginación calenturienta y fabuladora, cobraba cada mañana una atracción mayor y un deseo potente de conocerla. Un día subí las escaleras que acercaban la casa de la carretera al muro, pero me encontré con una cancela de hierro oxidada y bien cerrada con un candado de hierro. Escaramujos y ranúnculos cerraban también aquella entrada, obstruyendo el probable camino que llegaría hasta la casa.
Ciertamente tendría que haber una entrada mayor y mejor por otro camino hacia la fachada principal, bordeando el terreno, pero no se veía desde la carretera.
Al día siguiente me propuse conocer la entrada principal de aquella casona, de aquella nueva Manderley de mi fantasía y rodeé el terreno hasta llegar al pueblo. La casa estaba en las afueras, donde encontré de nuevo, una tapia, que no un muro, con una cancela de hierro enrejada, con dos batientes, que se oponía a modo de reja. Al fondo, en línea recta, un gran portón de madera envejecido, sin duda la entrada principal. El camino de tierra entre ambas puertas parecía descuidado, pero transitable, al igual que el jardín a ambos lados del camino, con adelfas y arrayanes. Un ciprés daba la bienvenida en la fachada principal.
De pronto descubrí una motocicleta en un lateral de la fachada y a un hombre que se disponía a montarla para salir. Lo esperé y le pregunté directamente a quien pertenecía esa casa, que parecía abandonada y podría interesarme para comprarla, mentí. 
El hombre, que parecía el jardinero, a juzgar por algunas herramientas que asomaban por su mochila, me lanzó, en un principio, una mirada interrogante y desconfiada, me contó:
-En esta casa vivió y murió el célebre pintor Evelio Servet, quien la dejó, mientras viva, a su amigo y secretario Vicente Puig, que actualmente está en una residencia de mayores, porque tiene más de 90 años. Yo vengo a dar una vuelta de vez en cuando y a quitar maleza del jardín, por indicación del Ayuntamiento del pueblo, para evitar que los hierbajos secos sean fácil pasto de incendio. Usted es de fuera, ¿verdad?
-Sí, le respondí al hombre, que de pronto parecía tener ganas de hablar.
-Pues le conviene saber que esta casa hubo un crimen en los años 90: el del pintor. La asistenta de la casa descubrió, una mañana, muerto al pintor y muy herido a su joven ayudante. Al parecer fueron tres hombres, que entraron una noche escalando por el óculo, una ventana que dejaban abierta, y se llevaron un botín de más de veinte pinturas del artista y de otros colegas del pintor. Por lo visto las obras valían mucho dinero y ellos entendían, según contaron los periodistas. Ahora alguna gente del pueblo dice que ve vagar el espectro del pintor por el jardín, en las noches de luna. ¡Vaya Ud. a saber!
- ¿Detuvieron a los ladrones?, me atreví a preguntar.
-Sí… bueno, detuvieron a unos, pero los soltaron después del juicio por falta de pruebas. El crimen ha quedado impune. El pueblo está indignado con la policía, porque se dice que fue muy torpe en sus pesquisas.
- ¿Y no se vende la casa?
-No. Mientras viva Vicente, la casa es suya en usufructo, aunque ahora no la disfrute. Después, pasará al Ayuntamiento para hacer un museo sobre el pintor Evelio Servet. Algunos de fuera, como usted, que se ha interesado por la casa, reculan al saber que hubo un crimen en ella. Ya sabe Ud. lo de las malas vibraciones…
El jardinero me reveló bien el secreto de la casa de Manderley deniense. El secreto que sobrevuela mientras los asesinos sigan sueltos. El misterio que la envuelve con la presencia del espectro del pintor en las noches de lucha llena.



 


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