viernes, 23 de diciembre de 2016

"LA MADRE EN EL POZO DEL TÍO RAIMUNDO", CUENTO DE CARMEN VALERO


Carmen Valero

            Un día llegó al barrio del Pozo del Tío Raimundo, un lugar entre marginado y lumpen proletariado de la periferia madrileña en los años 60. Con su aire de monja seglar,  aquella mujer con la edad indefinida de quien pudiera frisar el medio siglo, era silenciosa, callada y eficiente. Nadie la había llamado, pero su trabajo la hizo imprescindible. Algunos decían que se había escapado de un convento burgués y otros se atrevían a decir que era la Virgen María Madre rediviva. Su figura, pese a la aparente insignificancia, emanaba respeto y autoridad. Sus pocas palabras se hacían oír y todos obedecían sus indicaciones precisas y oportunas, desde como cuidar a un anciano, llevar un enfermo al hospital o rellenar formularios para tratar de lograr trabajo a los medio analfabetos. Todos acabaron por llamarla La Madre, porque se comportaba con la misma protección que una gallina clueca con sus polluelos. Vivía sola en una chabola de chapas, que se construyó, ayudada por unos muchachos del Pozo. Los curas obreros de la cercana iglesia prefabricada, padres Llanos y Díez Alegría –más adelante Fernando Riaza o Jaime García Escudero- contaban con ella, para tomar decisiones colectivas en favor del barrio o le pedían consejo sobre como gestionar asuntos sociales que a todos concernían. La Madre siempre estaba dispuesta a ayudar y ser útil de una y mil maneras. No están los tiempos ni el lugar para especialidades. Hay que ser todoterreno, repetía, cuando alguien argumentaba que no sabía hacer alguna cosa. Ella lo practicaba con su ejemplo: lo mismo atendía un parto,  que construía una pared de ladrillo para levantar otra chabola de acogida a un inmigrante.

            Con el tiempo, La Madre iba ganando un aspecto más venerable y solemne, como de imagen de iglesia. Los políticos locales la respetaban; ninguno se hubiera atrevido a detenerla en las frecuentes manifestaciones del barrio para reclamar agua y electricidad en las casas que se habían construido subrepticiamente durante la noche, burlando  las ordenanza municipales. El Pozo del Tío Raimundo era un dolor de cabeza para el alcalde, ya que por una u otra razón, estaba todos los días en los periódicos y no precisamente para aplaudirle. La Madre intervenía poco en la prensa, pero cuando lo hacía, sus palabras eran ariete demoledor del poder; sabían llegar a la terminación nerviosa que causaba mayor vergüenza a los ediles.


            Un día La Madre desapareció con el mismo misterio que había llegado al Pozo del Tío Raimundo. Unos decían que regresó a su antiguo convento y otros que de nuevo fue asunta a los cielos. El barrio había dejado de ser miserable para ser simplemente pobre, como el mismo Cristo. Nadie olvida en él a La Madre, su efigie se venera en estampas. FIN