domingo, 11 de abril de 2021

María Antonia Román Prado, escultora vocacional

María Antonia Román Prado, escultora


12.04.2021.- Madrid

Pocas veces he visto a una persona tan vocacional en su oficio de escultora, como a María Antonia Román Prado, mi esposa. Una profesional tan entregada a su tarea de trabajar y pulir la piedra hasta extraer de ella la forma que llevaba dentro, según el concepto, el pensamiento y la reflexión interior de la autora, desde el mismo momento en que tenía el material pétreo ante sus ojos.

“No necesito boceto previo para empezar a trabajar”, decía María Antonia con frecuencia, lo llevo dentro o lo veo nada más tener el mármol ante mí”. Efectivamente, ella se dejaba guiar por una u otra veta de la piedra, más clara o más oscura y según su consistencia, y, como diría Michelangelo Buonarroti, extraía de ella la escultura sepultada o secreta. Ella sabía lo que había dentro.

La escultora era laboriosa y obstinada hasta lograr la forma entrevista a base de tallar y pulir hasta lograr el brillo o el mate que le correspondía. Se embutía en una buena escafandra con guantes, y, con ella, trabajaba con seguridad y sin miedo al polvo o las esquirlas. Cuando terminaba y se quitaba la escafandra, sus manos y uñas cuidadas estaban impolutas. Acostumbrada a mover pesos, su capacidad para levantar o mover esculturas era asombrosa. 

A María Antonia le gustaba trabajar con todos los materiales, pero prefería el mármol blanco, el rosa de Portugal o la piedra negra y cristalina de Calatorao (Zaragoza). Todas estas piedras las adquiría en proveedores de la Comunidad de Madrid, donde residía. También trabajaba el cemento, sobre todo para piezas al aire libre. Y por supuesto la escayola, llevada después a bronce, para hacer las diversas medallas con las que concurrió al concurso de medallística de la Casa de la Moneda en Madrid.

Era una autora celosa de la conservación y transporte de sus obras, para las que exigía las máximas medidas de seguridad y mejores condiciones de embalaje.

Le escuché en más de una ocasión que ella era la representante o continuadora del arte taino de Puerto Rico, su país natal, si bien lo hacía de manera libre, abierta y siguiendo la estética del tiempo que le había tocado vivir. Sentía una gran admiración y devoción por el arte taíno al que dedicó su tesis doctoral, que finalmente no pudo leer ante tribunal público universitario, porque le sorprendió la muerte.

María Antonia Román Prado era una artista visual perfeccionista, exigente consigo misma y dotaba de una espiritualidad a su obra que se observa en el recorrido pausado de la misma. Su escultura no es abrupta en su ejecución, se revela suave y sin aristas, por lo que invita a un tacto silencioso.

Una de sus mayores satisfacciones estuvo cuando pudo mostrar buena parte de sus esculturas juntas en el Centro Washington Irving de Madrid, dependiente de la Embajada de los Estados Unidos de América.

Héctor Cavigliasso Baralis

Ingeniero Quimico

Héctor Cavigliasso Baralis, ingeniero químico


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