19/7/26. Madrid. El aire caliente permanece inmóvil sobre los tejados. Las calles parecen respirar lentamente bajo la luz del verano. Es el dieciocho de julio, fecha que vuelve cada año con la puntualidad de las estaciones. Y, como cada año, los amigos nos reunimos para celebrar el cumpleaños de Alfonso Sebastián: 85 años.
Es una edad que ya no se cuenta; se contempla. Cada año deja de ser un número para convertirse en un paisaje. En un cuadro. En una memoria.
Alfonso continúa pintando. Eso es lo admirable. Hay quienes llegan a cierta edad y viven del recuerdo. Él vive del proyecto. En su estudio crece una exposición que quizá sea la más importante de toda su carrera. La ha dedicado a las catedrales. La Primada de Toledo ocupa el centro de esa conversación silenciosa con la piedra. A su alrededor aparecen las de León, Burgos y París. No son únicamente fachadas. Son rincones, nervaduras, columnas, vitrales, claroscuros donde la luz parece haber aprendido a rezar antes de entrar por las vidrieras. El pintor busca la arquitectura como otros buscan el alma. El mismo es arquitecto técnico, si bien la pintura lo devora por dentro. El evento toledano tendrá lugar el 6 de septiembre próximo.
La celebración tuvo lugar en el Torreón de Atocha. Desde allí Madrid parece una ciudad distinta. Las luces borran las distancias. Los edificios pierden su peso y adquieren una ligereza inesperada. La noche suaviza incluso aquello que durante el día parece apresurado. Abajo, la ciudad continúa viviendo. Arriba, un grupo de amigos conversa sin prisa. Guía Boix, crítica de arte y esposa del homenajeado ofrece bebidas y viandas.
De pronto aparecen los camareros. Traen botellas de Moët & Chandon envueltas en hielo. Las copas centellean. Suena el «Cumpleaños feliz». Es una melodía sencilla que nunca envejece. Quizá porque todos, al escucharla, volvemos por un instante a la infancia. Brindamos.
Sobre la mesa hay un excelente embutido, salchichón rosette llegado de Lyon, regalo del doctor Jean-Paul Larvre e Isabel Hirschi. También las amistades viajan. Hay afectos que cruzan fronteras con la misma naturalidad que una botella de champán. También estaban Maite y Pedro del Arco. Carmen Román, historiadora del arte, nos cuenta la solución ingeniosa que se dio a la cúpula de Toledo, respecto a las anteriores. La Doctora Myriam Cornejo y Eugenia Corzón también aparecieron con sus regalos respectivos. A Alfonso se le quiere.
Faltan algunos amigos. En julio siempre ocurre. Las vacaciones dispersan las conversaciones habituales. Se echa de menos a Alfonsito hijo (en el Machu Pichu),Lola Gallardo; a Adriana; a Zapisek; a Carmen Valero, a Pato… Las ausencias también ocupan un lugar alrededor de la mesa. Son una forma discreta de la presencia.
María Guía Sebastián sonríe. A su lado está Jesús del Arco. Esperan a Daniela. La niña todavía no ha nacido y, sin embargo, ya forma parte de la reunión. La esperanza siempre llega antes que las personas. La maternidad concede a la mujer una belleza y serenidad difícil de describir. Hay una luz nueva en el rostro de quien espera una vida. Alfonso y Guía se sienten ya abuelos.
Desde el ventanal miramos la ciudad. Frente a nosotros, la discoteca Kapital deja escapar destellos de colores. Se adivinan figuras que bailan. Juventud, música, movimiento. Nosotros permanecemos quietos. No sentimos nostalgia. Cada edad posee su manera de celebrar la existencia. La juventud baila. La madurez conversa. La vejez recuerda y agradece.
Después del brindis, habla Alfonso. No levanta la voz. Las palabras importantes nunca necesitan hacerlo. Habla del pasado. Habla de la amistad. Habla del trabajo constante. Y deja caer una frase que permanece en el aire como una de esas campanas que tardan en extinguirse. «La senda principal no siempre ofrece lo mejor. Los caminos laterales pueden guardar las sorpresas más felices.»
Nadie responde inmediatamente. Hay silencios que son una forma de asentimiento.
Pienso entonces que acaso toda la pintura de Alfonso haya consistido precisamente en eso: abandonar el camino más fácil para detenerse en un rincón de un claustro, en una piedra gastada por los siglos, en un fragmento de vidriera que otros no habrían mirado. Allí donde los demás pasaban de largo, él encontraba un cuadro. Quizá esa sea también una manera de vivir.
Al abandonar el Torreón, Madrid seguía extendiendo sus luces bajo la noche cálida del verano. La ciudad parecía la misma de siempre. Nosotros tampoco éramos distintos. Únicamente habíamos añadido un recuerdo más a esa larga colección de instantes que, con los años, terminan siendo la verdadera biografía de una amistad. La fotógrafa Isabel Hirschi lanza su cámara al Madrid de la noche. Le gustan los nocturnos vacíos de gente.
Másinformación: https://lamiradaactual.blogspot.com/2026/07/catedral-de-toledo-el-espanol-petrus.html
Torreón de Atocha. Madrid
María Guía aportó la tarta de limón
Alfonso y María Guía, padre e hija ante la tarta y champagne.
Alfonso y Guía con los camareros de la vecina discoteca Kapital. que sirvieron el Moët Chandon.
Maite y Pedro del Arco, los otros abuelos de la esperada Daniela
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